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4. ¡No seas bruto!

Autor: Lizzy Bennet
last update Fecha de publicación: 2026-04-14 09:56:42

Dante

El motor de mi Cadillac ruge bajo mis pies, una vibración que se sincroniza con la furia sorda que me golpea el pecho. Cada segundo que pasa es un insulto a mi capacidad de control. El GPS marca que estoy a trescientos metros del complejo de apartamentos donde tengo a la chica.

Lleva una semana, solo un como protegida de mi empresa y si hay lgo que Volko Seguridad tiene, es excelencia, sin embargo este caso no ha sido como los demás.

Para empezar llevo toda la put4 semana monitoreando a la chica, algo que nunca antes he hecho, pero no puedo evitarlo.

Hay algo en inocencia que atrae a mis demonios como una polilla a la luz. 

No puedo parar.

Sin embargo hoy agradezco no haberlo hecho, porque las cámaras que he hackeado de la calle donde tenemos el apartamento fueron las que me hicieron notar los autos sospechosos vigilando y los hombres de Ramirez haciendo la identificación del terreno.

No dudé en avisar a mi hombres y salir de la mansión, solo espero que no sea demasiado tarde.

—¡Dante, estamos a 2 minutos! —la voz de Alexei retumba en mi auricular.

Es un aviso de guerra. Alexei aunque no trabaja para mí es mi mano derecha en todo; es el único que camina a mi lado en este infierno. Lo veo por el retrovisor en su propia camioneta, escoltándome con el mismo hambre de sangre que yo.

Freno en seco, quemando caucho frente al edificio. El aire ya está viciado con el olor a pólvora. Salgo del auto antes de que termine de detenerse, con la Glock en mano. Mis ojos escanean las ventanas.

—¡Limpia la parte de atrás! —le grito a Alexei mientras corro hacia la entrada.

—¡Ya estoy en eso, no me des órdenes! —me devuelve el grito, pero ya lo veo desplegándose con la eficiencia de un depredador.

Subo las escaleras. El silencio es lo peor. Significa que el enemigo ya terminó su trabajo o está esperando. En el rellano del tercer piso, me topo con el cuerpo de Luka. Tiene un agujero en el pecho. Aprieto la mandíbula hasta que me duelen los dientes. Era un buen hombre. 

Más adelante hay tres hombres que debió envíar Ramirez, muertos todos.

Miro hacia el final del pasillo y veo a Mateo, mi otro guardia, cubriéndose tras una pared, con el brazo empapado en sangre.

—Reportame, ¿qué tan mala es la herida?—pregunto mientras me acerco y barro el lugar con la mirada.

—Con agujero de salida, jefe. Voy a estar bien.

Le doy un solo asentimiento antes de preguntar:

—¿Dónde está ella? —mi voz es un gruñido bajo.

—En la habitación... —jadea Mateo, recargando su arma con manos temblorosas—. Entraron por el balcón, Dante. No pude detenerlos a todos. Son profesionales.

—Lárgate de aquí y busca a Alexei, que te cure esa herida —le ordeno sin mirarlo.

Camino hacia la puerta del apartamento, que cuelga de una sola bisagra. Dentro, el desorden cuenta la historia de una lucha desesperada. Muebles volcados, casquillos en el suelo. 

Entonces lo escucho. Un sollozo que se corta de golpe. Viene del armario.

Me acerco con las botas crujiendo sobre los escombros de lo que solía ser un hogar. Abro las puertas del armario de golpe y la luz del pasillo la golpea. Isabel está hecha un ovillo entre mis abrigos, abrazando un estuche de violín como si fuera su propia vida. Su rostro es una máscara de terror, manchado de lágrimas y polvo.

—Mírame, Isabel —sentencio.

El hecho de que ella obedezca a la primera hace que una satisfacción enfermiza me recorra el cuerpo.

Sus ojos, esos que se veían tan vivos y llenos de inocencia en la fotografía, ahora están aterrados y mi odio por Ramirez incrementa a  niveles que creí imposibles al notar que ha roto algo que era puro y perfecto tal como estaba.

—¿Quién eres?

Su pregunta consigue que el cuerpo se me tense, porque esto no está en mi manual, no es lo que hago, pero aquí estoy.

Así que le doy la respuesta más sincera que puedo, la única que importa:

—Soy quién va a mantenerte con vida.

Sin embargo todo rastro de obediencia queda desecho en el instante en que Estiro el brazo y la sujeto por el hombro para sacarla de ahí.

Debemos irnos antes de que lleguen más hombres.

—¡No! ¡Déjame! —su grito es agudo, lleno de un pánico que me araña los oídos. Empieza a forcejear, a patalear con su pierna sana, golpeándome el pecho—. ¡Aléjate de mí! 

La irritación me recorre entero. No tengo tiempo para esto.

—Cállate de una maldita vez —le digo, inmovilizando sus manos con una sola de las mías. Mi paciencia es un hilo fino a punto de romperse—. Si quisiera matarte, ya estarías muerta. Soy Dante Volkov. Soy el que pagó por este lugar y el que acaba de limpiar la basura que intentó llevarte.

Sus ojos, grandes y oscuros, se clavan en los míos. Están llenos de un miedo y un miedo tan profundo que me resulta fascinante. Deja de gritar, pero su respiración es un desastre. 

No voy a arriesgarme a que salga corriendo.

La cargo en vilo, ignorando el pinchazo de su violín contra mi costado.

—¡Mi violín! ¡Cuidado con él! —protesta mientras salimos al pasillo.

—Es un trozo de madera, Isabel. Tu vida vale más —respondo con frialdad mientras bajamos hacia los autos.

—¿A dónde me llevas? ¡Bájame! No seas bruto.

Ignorando su insulto le digo:

—Voy a llevarte al único lugar a dónde no podrán tocarte. Mi casa.

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