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Capítulo 3: La Geometría del Miedo

Author: Giulian Hoks
last update Petsa ng paglalathala: 2026-05-04 09:28:22

Capítulo 3: La Geometría del Miedo

La luz del amanecer en la Casa de Cristal no traía consuelo. Entraba de forma agresiva, refractándose en mil ángulos que herían los ojos. Clara se despertó de un salto, con el diario todavía abierto sobre sus piernas. El mensaje escrito a mano —Mañana empezaremos con los cimientos— parecía haber brillado con luz propia durante la noche.

Su primer instinto fue la huida. No era una mujer que se dejara amedrentar fácilmente, pero la aparición de su diario personal, robado de un apartamento a cientos de kilómetros, cruzaba una línea que ningún contrato profesional podía justificar.

Se vistió a toda prisa, ignorando el traje sastre que Gabriel había dejado colgado fuera de su armario —un conjunto que, casualmente, era de su talla exacta— y se puso sus propios vaqueros y una camisa de lino. Agarró su maletín y salió al pasillo.

Esta vez, no se dejó engañar por los reflejos. Mantuvo la mano pegada a la pared, usándola como guía física para no perderse en el juego de espejos del corredor. Llegó a la puerta principal. Introdujo el código de seguridad que Gabriel le había dado el día anterior: 0405. La fecha de su cumpleaños.

El panel emitió un pitido grave. Acceso Denegado.

Lo intentó de nuevo. Acceso Denegado.

—El sistema se actualiza a medianoche por seguridad —la voz de Gabriel llegó desde el piso superior, resonando en el atrio como si la casa misma estuviera hablando—. Ningún código de ayer sirve para hoy, Clara. Es una medida necesaria. Estamos en una zona aislada.

Clara levantó la vista. Él estaba apoyado en la barandilla de cristal, vistiendo una camisa blanca de lino, perfectamente relajado.

—Déjame salir, Gabriel. Esto ha dejado de ser un proyecto de restauración. Mi diario estaba en mi habitación. Alguien entró en mi casa en la ciudad.

Gabriel bajó las escaleras con una lentitud exasperante. Cada paso parecía una sentencia.

—Nadie entró en su casa, Clara. Sus cosas simplemente están llegando a donde pertenecen. ¿Por qué aferrarse a un apartamento vacío y una vida de soledad cuando aquí tiene el lienzo más grande del mundo para trabajar? —Se detuvo a dos escalones de ella, quedando a la misma altura—. Además, tenemos un contrato firmado. Y las cláusulas de rescisión son... prohibitivas.

—No me hables de contratos. ¡Me tienes encerrada!

—Está usted protegida, no encerrada —corrigió él con una calma gélida—. Venga al estudio. He preparado los planos originales. Si después de verlos sigue queriendo irse, yo mismo la llevaré a la estación. Se lo prometo.

El plano oculto

Clara dudó. Sabía que era una trampa, pero su curiosidad profesional era su mayor debilidad. Gabriel la guio al estudio, donde un enorme plano de papel vegetal estaba extendido sobre la mesa de ébano.

—Observe —dijo él, señalando con un dedo largo y fino.

Clara se inclinó sobre el mapa. Sus ojos de arquitecta recorrieron las líneas. Al principio, todo parecía normal: el atrio, las alas este y oeste, la estructura de carga. Pero entonces, sus pupilas se dilataron.

—Estos cálculos están mal —dijo ella, frunciendo el ceño—. Según este plano, el volumen exterior de la casa no coincide con el espacio interior. Hay una discrepancia de casi cinco metros de ancho en el núcleo central.

—Exacto —murmuró Gabriel, colocándose justo detrás de ella—. Hay una casa dentro de la casa. Un espacio que mi abuelo diseñó pero que nunca "abrió". Mi padre pasó su vida buscando la entrada. Creía que allí se guardaba el secreto para que esta estructura no fuera solo vidrio y acero, sino algo vivo.

Clara trazó el perímetro con el dedo. La discrepancia rodeaba precisamente su habitación y el estudio.

—Es un espacio muerto —dijo ella—. Un vacío estructural.

—O un nido —añadió él—. Quiero que use su talento para encontrar la entrada. Quiero que abra el corazón de esta casa. Si lo hace, la dejaré ir con una compensación que le permitirá no volver a trabajar por el resto de su vida.

La cámara en la hiedra

Gabriel la dejó sola con los planos bajo la promesa de que no intentaría forzar las salidas. Clara, sin embargo, no confiaba en una sola palabra del heredero.

Regresó a su habitación para buscar su equipo de medición láser. Se sentó en la cama, tratando de calmar el temblor de sus manos. Su mirada se perdió en las molduras de hiedra del techo, esas que tanto se parecían a sus dibujos de infancia.

Algo brilló.

No era el brillo del yeso blanco. Era un destello azulado, casi imperceptible, en el centro de una de las hojas grabadas. Clara se subió al escritorio y se acercó al techo. Con el corazón en la boca, extendió la mano y tocó la moldura.

Era una lente de cámara. Una micro-cámara de alta resolución oculta en el nervio de la hoja de hiedra.

Siguió la línea de la moldura con la mirada y descubrió otra en la esquina opuesta. Y otra sobre el cabecero de la cama. No era una habitación de invitados; era una caja de observación. Gabriel no la estaba esperando para que restaurara la casa; la estaba observando para ver cómo se desmoronaba bajo la presión de ser "reconstruida".

Presa de una rabia gélida, Clara bajó del escritorio. Iba a confrontarlo, pero algo en el suelo le llamó la atención. Bajo la alfombra, cerca de la base del escritorio, el láser de su medidor proyectó una línea roja que no era recta.

Había una junta en el suelo de mármol que no aparecía en los planos.

Se arrodilló y presionó la piedra. No cedió. Pero al desplazar el escritorio —un mueble pesado que se movió con una facilidad sospechosa sobre rieles ocultos—, descubrió una pequeña ranura circular en el suelo.

Tenía el tamaño exacto de la llave de hierro antigua que Gabriel le había dado para abrir la puerta principal.

El primer secreto

Clara sacó la llave de su bolsillo. Sus manos sudaban. Sabía que si abría eso, cruzaría un punto de no retorno. Pero la idea de ser vigilada por esas cámaras la empujaba a buscar cualquier salida, incluso si era hacia las entrañas de la mansión.

Introdujo la llave y la giró.

Un siseo de aire comprimido llenó la habitación. No se abrió una puerta en el suelo, sino que una sección de la pared azul —la que estaba frente a su cama— se deslizó hacia atrás sin hacer ruido, revelando un pasadizo estrecho y oscuro.

El aire que salía de allí olía a papel viejo, a humedad y a un perfume que Clara reconoció de inmediato. Era el mismo que ella usaba.

Entró con la linterna de su móvil encendida. El pasadizo era apenas un espacio entre las paredes reales y las de cristal. A través de rendijas ocultas, podía ver su propia habitación desde fuera. Podía ver su cama, su baño, su escritorio.

Caminó unos metros hasta llegar a una pequeña cámara oculta en el corazón de ese vacío estructural. Allí, colgados de hilos invisibles, había cientos de fotografías de ella. Fotos en la universidad, fotos caminando por el parque, fotos durmiendo en su apartamento de la ciudad.

Y en el centro de la habitación, sobre un pedestal, había un busto de mármol.

No era un busto antiguo. Era el rostro de Clara, tallado con una perfección aterradora, pero con una diferencia: los ojos del busto no estaban vacíos. Tenían incrustaciones de cristal gris, del mismo color que los ojos de Gabriel.

En la base del busto, una placa grabada decía:

"Propiedad de la Casa de Cristal. Pieza No. 1: El Alma".

Clara sintió que el pasadizo se estrechaba. Escuchó un clic detrás de ella. La pared por la que había entrado se cerró de golpe, dejándola en la oscuridad total del "espacio muerto".

—¿Le gusta su nuevo taller, Clara? —la voz de Gabriel sonó a través de unos altavoces ocultos en el pasadizo, suave y cercana, como si estuviera susurrándole al oído—. No se preocupe por los planos. Ya ha encontrado lo que buscaba. Ahora, empecemos a quitar las piezas que sobran.

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