Home / Romance / La culpa del desamor / IV. Mi lugar de escape

Share

IV. Mi lugar de escape

Author: Debbie Folk
last update publish date: 2024-12-10 13:00:23

Finalmente llegué al encuentro con la agente inmobiliaria, una mujer rubia, en sus cuarenta, aún atractiva. Me había asegurado que tenía tres opciones muy distintas para presentarme. Le había especificado que necesitaba un departamento que se adaptara a mis necesidades de soltero. Después de cuatro años aguantando a Katherine, necesitaba desesperadamente recuperar mi libertad.

Katherine llevaba algunos meses viviendo con sus padres, aunque aún conservaba las llaves del departamento donde, técnicamente, vivía solo. Dylan había vuelto a nuestra ciudad natal, Robert viajaba constantemente y estaba a punto de casarse. El viejo apartamento, que alguna vez fue nuestro templo de solteros, ya no cumplía su propósito. Era momento de encontrar un nuevo lugar.

Coincidentemente, la agente se llamaba igual que mi hija: Gabrielle. De las opciones que me mostró, uno destacó inmediatamente: un loft con vista a la bahía, sala de doble altura, cocina y comedor integrados. En el mezanine estaban el dormitorio principal y un pequeño estudio. Ni bien entré, pude visualizar mi vida en aquel espacio.

—Gabrielle, no quiero rentarlo. Quiero comprarlo.

La agente, profesional, mantuvo una sonrisa.

—Sinceramente, Anthony, los dueños no tienen intención de vender, pero les haré llegar tu propuesta. Mi recomendación es que empieces rentándolo; tengo otras dos visitas para esta tarde.

Mientras hablaba, mi mente recreaba todas las anécdotas del viejo templo de solteros trasladadas a este nuevo escenario: mejor vista, mejores acabados y muebles. Casi podía imaginar a Firenze cruzando el balcón, con su silueta perfilada contra el atardecer, avanzando directo hacia mí. Este era el lugar que necesitaba.

—Lo rentaré —sentencié.

De vuelta en la oficina, llegué tarde y encontré una luz encendida. Firenze seguía trabajando en la propuesta. Era evidente que estaba sola. Me acerqué a la oficina que compartía con el equipo de marketing para saludarla, pero justo en ese momento sonó su celular.

—¿Aló? ¿Estás afuera de mi trabajo? —dijo apresurada—. Aún no termino, pero creo que ya fue suficiente por hoy.

Desde la puerta, observé cómo se apresuraba a guardar sus cosas. Al intentar salir de prisa, casi tropieza conmigo.

—Ten cuidado, podrías caerte —le dije, medio sonriendo.

—Disculpe, señor Walker. Nos vemos mañana.

Mientras se alejaba, pensé que debía quitarle esa costumbre de llamarme "señor". Aún no llegaba a los treinta; no había motivo para que me tratara como a un viejo.

Subí a mi oficina, curioso por ver desde la ventana con quién se encontraría. Minutos después, un auto deportivo plateado se estacionó frente a la puerta. Un hombre maduro, rondando los cuarenta, salió del vehículo.

—¡George! —exclamó Firenze al reconocerlo—. ¡Me sorprendiste! ¿Cómo supiste dónde trabajo?

—Busqué en internet. No soy tan obsoleto como crees —respondió él, con una sonrisa confiada.

La escena me dejó una sensación incómoda. No había imaginado a Firenze saliendo con alguien tan diferente a ella, y mucho menos con alguien así de experimentado.

Más allá de la sorpresa inicial, mi mente trabajaba a toda velocidad buscando comprender esa relación. ¿Qué veía Firenze en ese hombre? ¿Sería un eco de algún trauma del pasado, una figura paternal que anhelaba o, simplemente, un interés práctico? No importaba cuál fuera la respuesta; lo que era claro es que ese sujeto era un obstáculo en mis planes, y necesitaba desentrañar su propósito.

Desde mi ventana, observé su interacción con detenimiento. Él no parecía especialmente atractivo, quizá lo fue en su juventud, pero ahora bien podría pasar por el padre de Firenze. El auto deportivo plateado que conducía era el típico símbolo de una crisis de mediana edad, más propio de alguien que se niega a aceptar el paso del tiempo que de un hombre de familia. Su estilo no evocaba estabilidad ni madurez, sino una especie de intento desesperado por mantenerse relevante.

Mis pensamientos se interrumpieron con el sonido de mi celular. Era Gabrielle, mi agente inmobiliaria.

—Hola, Anthony. ¡No sabes lo que ocurrió! Llevé el contrato de alquiler a los propietarios, y resulta que su única hija está embarazada de mellizos. Eso los ha llevado a considerar mudarse cerca de ella de forma definitiva, así que ahora están interesados en vender la propiedad.

—Eso quiere decir que la propiedad está disponible para compra.

—¡Exacto! Me dijeron que primero harán una tasación, pero estoy segura de que tu propuesta estará dentro de sus expectativas. Con un par de semanas, podríamos cerrar la operación. Es increíble, Anthony. Esto tiene que ser el destino. ¡Tienes mucha suerte!

—Gracias, Gabrielle. Desde que nos conocimos, supe que me traerías suerte en esta búsqueda.

Colgué la llamada con una sensación de triunfo. Las piezas encajaban perfectamente. No solo aseguraría mi nuevo refugio, sino que también me liberaría de cualquier aparición inesperada de Katherine. Ahora, finalmente, tendría el control absoluto de mi espacio y de mi vida.

Continue to read this book for free
Scan code to download App

Latest chapter

  • La culpa del desamor   EPÍLOGO

    El aire olía a tierra mojada y lirios. El viento soplaba con esa calma que precede a la tormenta, moviendo las ramas del ciprés bajo el cual me ocultaba. Desde ahí podía ver el cementerio entero: un mosaico gris de cruces, paraguas negros y pétalos arrastrados por el suelo. No debía estar aquí. Y, sin embargo, no podía marcharme.Habían pasado diez años desde la última vez que vi a mis hijos. Noah y Zoe eran aún pequeños, pero habíamos compartido lo suficiente como para habitar un rincón de sus memorias. Me recuerdan, sin duda, pero no sé cómo. Quizá con rabia, quizá con lástima. Hoy los observo de lejos, sin que lo sepan, mientras entierran al hombre que les enseñó lo que yo nunca pude.El niño que ahora toma de la mano a Zoe se parece tanto a Luca… pero esos cabellos ondulados que se mueven con el viento me devuelven a Firenze. Luca vivió la vida que yo arruiné: el hogar que nunca supe construir. Y, aun así, la enfermedad se lo llevó con una rapidez tan limpia que dejó tras de sí un

  • La culpa del desamor   90. El Adiós

    Su cabello está más oscuro, lacio, como si intentara borrar su antiguo reflejo. Sus ojos, inquebrantables, cargados de un fuego que nunca antes había visto.—Solo algo para el dolor —dice con una calma aterradora.Intento moverme, pero mi cuerpo no responde.—Tranquilo, no voy a matarte. Si eso quisiera, lo hubiera hecho desde el principio.Firenze se acerca. Me observa con la misma intensidad de siempre, pero sin el fuego que solía consumirnos; ahora esa intensidad tiene bordes fríos, precisos, casi solemnes.—A veces me pregunto qué tanto te amé, Tony —susurra.Sus palabras me golpean más fuerte que cualquier puñetazo.—Y creo que demasiado… quizás todavía hay una parte de mí que lo hace.No puedo creer lo que estoy escuchando. ¿Acaso es efecto de la droga? Si estoy alucinando, no importa. Quiero decirle que yo también la amo, que siempre la amé, que sí, soy un maldito desgraciado, pero ella es lo único real que he tenido en mi vida. No me sale la voz.—Si algo aprendí es que el amor

  • La culpa del desamor   89 Letargo

    Y así, llegamos al punto donde todo comenzó.La sirena de la patrulla se filtra entre la bruma de mi conciencia, lejana, amortiguada, como un eco distorsionado en la niebla. No entiendo lo que está pasando. Siento el peso de mi propio cuerpo, inmóvil, atrapado entre el delirio y la realidad.Luego, el dolor.Un latigazo ardiente me recorre el costado. Algo pesado oprime mi pecho, haciéndome imposible respirar con normalidad. Intento moverme, pero un mareo me hunde de nuevo en la oscuridad. Las voces se vuelven lejanas, los pasos resuenan como si estuvieran dentro de una cueva. La luz intermitente del pasillo parpadea en mi mente más que ante mis ojos.En algún momento, entre el murmullo de órdenes y el brillo estroboscópico de las sirenas, caigo por completo en la inconsciencia.Despierto en una habitación con luces fluorescentes que me lastiman la vista. El aire huele a desinfectante. Siento agujas bajo la piel, y el tirón leve de una vía intravenosa en mi brazo me confirma que estoy

  • La culpa del desamor   88 La presa y el cazador

    Durante las siguientes semanas, las cosas marcharon como yo esperaba. Sentía que mi triunfo era inminente y que dentro de poco podría recuperar todo lo que perdí. Necesitaba ser paciente; Firenze aún no estaba lista para hablar con los niños sobre nuestra reconciliación. Ella insistió en que debíamos darles tiempo para procesar los cambios, que habían sufrido suficiente con nuestra separación y que necesitaban estabilidad antes de que tomáramos cualquier decisión apresurada. También mencionó que extrañaban a su amigo Luca y que no quería que sintieran que las relaciones podían desecharse con facilidad.Todo tenía lógica. Entendí que si me pedía discreción era porque planeaba quedarse. Además, la proximidad de la inauguración de su nueva muestra le estaba demandando mucho tiempo. Si quería recuperar nuestra dinámica de pareja, tenía que respetar su espacio profesional, sus logros. Tenía que ser un apoyo para ella, y no el obstáculo en el que me había convertido por despecho.—Tony, disc

  • La culpa del desamor   87 Deja vú

    Estaba recostado en el sillón de la sala, aún en penumbra, con la pesada sensación de que todo lo que había hecho hasta ahora no había sido suficiente. La relación con Firenze y mis intentos por mantenerla bajo control habían fracasado. Pero en el fondo de mi alma, algo seguía ardiendo, algo que me impulsaba a seguir adelante con mi juego. El destino, ¿cómo no verlo? Estábamos destinados a estar juntos, y si no podía convencerla de eso, entonces era un hombre perdido.Noté que Firenze había bajado a la cocina; sostenía una taza humeante sentada sobre la silla junto a la ventana. Su figura se recortaba contra la luz tenue de la luna, pero sus ojos no se encontraban con los míos. Parecía más distante que nunca, más cerrada. Y eso solo alimentaba mis dudas. ¿Qué había fallado? Ella nunca lo entendería si no le mostraba la magnitud de lo que podía hacer por ella. Si no podía ver la verdad en mis palabras, volvería a los brazos de Luca. Me levanté y caminé hacia ella, siguiendo mi intuición

  • La culpa del desamor   86 Una Última Jugada

    Aquel día me ofrecí a cuidar a los niños, un gesto que Firenze aceptó sin pensarlo demasiado. Confiaba en que mi presencia les haría bien, pero la verdad era que tenía un propósito distinto. Necesitaba observar, escuchar, entender hasta qué punto había avanzado en su nueva vida. No podía permitir que siguiera alejándose sin dejar rastro, no cuando aún tenía poder sobre ella. La vi salir con su teléfono en mano, ajustando su abrigo con esa naturalidad que me irritaba. Se veía diferente, más segura, más firme en sus decisiones, y eso solo encendía mi necesidad de controlarla.Los niños jugaban en la sala mientras yo, con sigilo, me movía por la casa. Sabía que Luca iba a reunirse con ella y su cercanía me inquietaba. Caminé despacio por el pasillo hasta quedar a una distancia prudente de la oficina de Firenze. La puerta entreabierta me permitió escuchar sus voces. No hablaban con la complicidad de dos amantes, pero había algo en la conversación que me hizo tensar la mandíbula.—Firenze,

More Chapters
Explore and read good novels for free
Free access to a vast number of good novels on GoodNovel app. Download the books you like and read anywhere & anytime.
Read books for free on the app
SCAN CODE TO READ ON APP
DMCA.com Protection Status