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Capítulo 5

Autor: Leslie g
last update Data de publicação: 2026-02-03 05:03:05

Al amanecer, antes de que el castillo despertara por completo, Lyria fue sacada de la habitación en silencio y llevada a la casa de campo de la familia Avelyne, una residencia discreta, rodeada de jardines altos y lejos de miradas indiscretas. Allí, entre muros que guardaban secretos antiguos, comenzaron las clases a escondidas de los empleados: la joven noble y la muchacha usurpadora frente a frente, separadas solo por el destino, repitiendo gestos, palabras y silencios bajo la vigilancia estricta del caballero. Día tras día, Lyria aprendió a caminar como dama, a sostener la mirada sin desafío, a inclinar la cabeza con la exacta medida de respeto, mientras Elinor corregía cada error con nerviosismo y urgencia. Con el tiempo, y para sorpresa de todos, Lyria comenzó a moverse por la casa de campo como si siempre hubiera pertenecido a ella; recorría los pasillos con paso seguro, se sentaba a la mesa con naturalidad y respondía a los saludos con una gracia sencilla que nadie cuestionó. Las empleadas, acostumbradas a obedecer sin preguntar, no parecieron notar el cambio… o quizá, sin saber por qué, aceptaron sin resistencia que aquella joven de sonrisa luminosa fuera, sin duda alguna, la dama de la casa.

El agua estaba caliente.

No tibia. No agradable apenas.

Caliente de verdad.

Lyria se quedó inmóvil cuando la sumergieron hasta la cintura, con los ojos muy abiertos y los labios entreabiertos, como si el cuerpo no supiera aún si aquello era un regalo o una trampa.

—¿Mi lady? —preguntó una de las criadas, alarmada—. ¿Desea que bajemos la temperatura?

—No —respondió Lyria casi de inmediato—. Está… está perfecta.

No era cierto. Era demasiado. El calor le subía por la piel como un abrazo desconocido, pero no quería que lo quitaran. Nunca en su vida alguien se había preocupado por la temperatura del agua para ella.

El vapor flotaba en el aire, empañando los espejos. El aroma de aceites perfumados le cosquilleaba la nariz y le hacía girar un poco la cabeza. Cerró los ojos con cuidado, temiendo que, si los abría, todo desapareciera.

—Es como… —murmuró— como meterse dentro de un sueño.

Las criadas se miraron entre sí. Una frunció apenas el ceño.

—Mi lady —dijo con cautela—, debe cuidar sus palabras.

Lyria abrió los ojos de golpe.

—¿Dije algo malo?

—No es apropiado expresarse de ese modo.

—Oh —susurró—. Lo siento. Intentaré… hablar menos.

Bajó la mirada, avergonzada, y hundió un poco más las manos en el agua para ocultar el leve temblor de sus dedos. No era solo miedo. Era la sensación de estar caminando sobre hielo delgado, sin saber dónde podía romperse.

Lady Elinor.

Eso era ahora.

No debía olvidar ni por un instante que ese nombre no le pertenecía.

Una criada se colocó detrás de ella con una jarra de cerámica.

—Incline la cabeza, por favor.

Lyria obedeció, y cuando el agua caliente recorrió su cabello, dejó escapar un pequeño suspiro antes de poder detenerlo.

—Perdón —dijo enseguida—. No volverá a pasar.

—No ha hecho nada incorrecto —respondió la mujer, aunque su tono era rígido.

Mientras le lavaban el cabello con manos suaves y movimientos expertos, Lyria pensó en el río. En el agua helada que le cortaba la respiración cada invierno. En cómo debía lavar su ropa golpeándola contra las piedras. En cómo el frío se metía en los huesos.

Esto era… otro mundo.

—¿Siempre… —se atrevió a preguntar— siempre es así para las damas?

—¿Así cómo, mi lady?

—Con agua caliente. Con perfumes. Con gente que ayuda.

Hubo un silencio incómodo.

—Sí —respondió la criada finalmente—. Es lo normal.

Lyria sonrió para sí.

Entonces lo normal es maravilloso, pensó.

Cuando salió del baño, envuelta en telas suaves, casi no sentía los pies al tocar el suelo. El frío del aire la hizo estremecerse, pero enseguida la rodearon, secándola, peinándola, hablándole en voz baja como si fuera de cristal.

La llevaron frente a un arcón enorme.

Cuando lo abrieron, Lyria tuvo que llevarse la mano al pecho.

Vestidos.

Decenas.

Colores que nunca había visto juntos. Telas que brillaban como agua bajo el sol. Bordados tan delicados que parecían dibujados con hilos de luz.

—¿Todos…? —preguntó, sin terminar la frase.

—Son de mi lady —respondió una criada.

Lyria dejó escapar una risa pequeña, nerviosa.

—Creo que necesitaría otra vida entera solo para probármelos.

Nadie rió con ella.

Se mordió el labio.

—Lo siento —dijo de nuevo—. Olvido que no debo bromear.

La ayudaron a vestirse. El corsé le robó el aire por un momento y casi pidió que lo aflojaran, pero recordó que una dama no se quejaba. Cuando el vestido quedó ajustado, azul pálido con hilos plateados, Lyria se miró al espejo.

La joven que la observaba desde el reflejo no parecía una campesina.

Parecía… alguien importante.

—¿De verdad… —susurró— esa soy yo?

Una criada carraspeó.

—Mi lady es hermosa.

Lyria bajó la mirada, ruborizada.

—Gracias.

Le colocaron joyas sencillas pero elegantes. Peinaron su cabello con cuidado. Cada gesto era lento, solemne, como si estuvieran creando algo sagrado.

—Debe caminar con pasos cortos —le explicó una—. No balancee los brazos.

—¿Así? —intentó Lyria, dando un paso demasiado grande.

—Más pequeño.

—¿Así?

—Menos rápido.

Lyria soltó una risita, sin poder evitarlo.

—Es más complicado que cargar sacos de grano —murmuró.

—¿Mi lady?

—Nada —respondió rápido—. Nada importante.

Pasó horas aprendiendo a sentarse sin desplomarse, a inclinar la cabeza en lugar de bajarla por completo, a no tocarse el rostro ni jugar con las manos. Cada corrección era una pequeña herida a su naturaleza, pero ella las aceptaba con una sonrisa esforzada.

No porque no doliera.

Sino porque quería sobrevivir.

Cuando el caballero entró finalmente, el aire pareció tensarse.

Lyria estaba practicando una reverencia cuando lo vio reflejado en el espejo. Se giró de inmediato.

—¿Está bien así? —preguntó—. Creo que esta vez no me caí.

Él la observó largo rato.

Muy largo.

Sus ojos recorrieron el vestido, el peinado, la postura… y luego su rostro. El mismo rostro que pertenecía a otra.

—Funciona —dijo por fin.

Lyria dejó escapar el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—Me alegra —respondió—. Tenía miedo de que… —calló, insegura— de que no fuera suficiente.

—Lo eres —dijo él con voz neutra—. Mientras recuerdes tu lugar.

Ella asintió.

—Lo intentaré.

Se quedó sola al caer la noche.

La habitación era enorme. La cama, demasiado grande para una sola persona. Las sábanas olían a flores secas. Lyria se sentó despacio, tocándolo todo con cuidado, como si temiera romperlo.

Tenía miedo.

Del rey.

Del amanecer.

De decir algo mal.

De olvidar quién debía ser.

Pero también pensó en el baño. En el vestido. En la comida abundante que había probado por primera vez sin sentir culpa.

—Quizá… —susurró al vacío— quizá pueda encontrar cosas buenas aquí.

Se tumbó en la cama, mirando el techo alto.

—Si voy a ser alguien que no soy… —cerró los ojos— intentaré hacerlo bien.

Sonrió, aunque sus ojos estaban húmedos.

Lyria, la campesina.

Lyria, la falsa dama.

Aún no sabía que su sonrisa sería lo más peligroso que llevaría a la corte.

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