INICIAR SESIÓNAntes de que escaparan por completo, Don Elion Donnati acabó con los últimos hombres que quedaban en el pasillo.
Serena apenas pudo seguir sus movimientos.
Incluso herido, seguía siendo aterrador.
Uno de los atacantes intentó lanzarse sobre él con una navaja.
Elion lo detuvo en seco. Su mano atrapó la muñeca del hombre con una velocidad brutal. Un crujido seco rompió el aire.
El grito de dolor se apagó casi de inmediato.
Los demás retrocedieron al instante.
El miedo ya no era duda. Era certeza.
No estaban frente a un hombre común.
Estaban frente al hombre más temido de toda la mafia del sur.
—¡Retírense! —gritó uno de ellos.
Y, sin pensarlo dos veces, huyeron.
Corrieron por el pasillo sin atreverse a mirar atrás.
El silencio cayó de golpe.
Serena soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
Por un instante, todo terminó.
O eso creyó.
Porque apenas los pasos se desvanecieron, el cuerpo de Elion vaciló.
Su mano buscó apoyo en la pared. Su respiración se volvió más pesada, irregular.
El sudor comenzó a marcar su frente, una gota tras otra.
Su camisa estaba empapada, no solo por la sangre, sino por el esfuerzo extremo de seguir de pie.
Por primera vez, no parecía invencible.
Parecía un hombre sosteniendo algo que lo superaba.
—Don Elion… —llamó Serena, con un hilo de preocupación en la voz.
Él cerró los ojos un instante.
Su mandíbula estaba tan tensa que parecía a punto de romperse.
—Estoy bien.
La respuesta fue inmediata.
Demasiado firme. Demasiado forzada.
Serena dio un paso hacia él.
—Está herido. Puedo llamar a su sobrino.
El efecto fue inmediato.
Los ojos de Elion se abrieron.
—No.
Un solo tono. Corto. Definitivo.
Serena se quedó quieta.
—Pero…
—No llames a Rocco.
Su voz se volvió más baja. Más oscura.
Había algo en ella que Serena no alcanzó a descifrar.
Antes de que pudiera insistir, Elion sujetó su muñeca.
Su agarre no fue violento.
Pero sí firme. Demasiado firme.
Como si necesitara anclarse a algo para no caer.
—Venga conmigo.
No fue una invitación.
Fue una decisión tomada por él.
Serena dudó solo un segundo.
Luego lo siguió.
***
La habitación privada estaba en penumbras.
Las cortinas estaban cerradas.
Solo la luz de la ciudad entraba en líneas delgadas por los ventanales.
La puerta se cerró detrás de ellos.
El silencio se volvió absoluto.
Elion soltó su muñeca. Y por primera vez en toda la noche, Serena lo vio realmente.
Su respiración era más rápida ahora. Más pesada.
Su pecho subía y bajaba con dificultad contenida.
Las venas del cuello marcadas por la tensión.
Había algo claramente mal.
—Don Elion… ¿qué ocurre?
Él no respondió de inmediato.
Se llevó una mano al rostro, como si intentara recuperar control. Sus ojos se cerraron un segundo.
Cuando los abrió, algo había cambiado.
Eran más oscuros. Más tensos. No de rabia. De lucha.
—Cometí un error —dijo al fin.
Serena frunció el ceño.
—¿Qué tipo de error?
Elion exhaló lentamente.
—Me drogaron.
El aire se congeló.
—¿Qué?
—Un afrodisíaco.
Serena dio un paso atrás sin darse cuenta.
—¿Qué…?
—No uno común —interrumpió él.
Apoyó ambas manos sobre la mesa.
La madera crujió bajo la presión. Sus nudillos se volvieron blancos.
El control que lo sostenía estaba siendo forzado al límite.
—Es potente —añadió—. Muy potente.
El silencio cayó de nuevo.
Serena lo observó.
Elion estaba claramente en combate. Pero no contra alguien externo. Contra sí mismo.
Y aun así… dio un paso atrás. Lejos de ella.
Como si la distancia fuera lo único que lo mantenía en control.
—Debe irse —dijo.
Serena parpadeó.
—¿Qué?
—Ahora mismo.
La orden fue más dura. Más urgente.
Serena no se movió.
—Usted está herido.
—Eso no importa.
—Necesita ayuda.
—Lo que necesito —su voz se tensó— es que salga de esta habitación.
Elion levantó la mirada.
Y Serena lo entendió. Había algo ahí.
Algo que él estaba intentando encerrar con toda su fuerza.
Control a punto de romperse.
—Serena —su voz bajó un tono—. Escúchame.
Ella tragó saliva.
—Eres la prometida de mi sobrino.
Esa frase cayó como una barrera invisible.
Prometida. Serena sintió el golpe. No por lo que significaba para él.
Sino por lo que había significado para ella durante tanto tiempo.
Elion continuó:
—Incluso si él no te merece… sigues siendo su prometida.
Serena no habló.
—Y por eso no debes estar aquí.
Elion se alejó otro paso. Luego otro.
Como si cada centímetro entre ellos fuera una decisión consciente.
Una batalla interna. Se quitó la chaqueta lentamente.
Aflojó el cuello de su camisa. Respiró más fuerte. Más irregular.
—Vete —repitió.
Pero esta vez… no fue una orden. Fue una súplica disfrazada.
Serena lo miró.
Y entendió algo que no había entendido antes.
Ese hombre no la estaba rechazando.
Se estaba protegiendo de ella. Y la estaba protegiendo a ella de sí mismo.
Dio un paso hacia la puerta. Luego otro. El pomo estaba ahí. La salida.
Pero se detuvo.
Su mano quedó suspendida. Porque algo dentro de ella cambió.
Si salía… ¿Podría dejar que Rocco siguiera su vida como si nada? ¿Y que sería de ella? ¿No era está su mejor oportunidad en la vida?
Serena retiró la mano lentamente. Y se giró.
Elion la miró.
Por primera vez, su expresión cambió.
—¿Por qué sigues aquí?
Su voz fue más baja. Más tensa.
Serena dio un paso hacia él.
—Porque ya no quiero ser la prometida de su sobrino
Silencio.
Otro paso.
—Él nunca me eligió. Y yo ya no voy a seguir esperando por un hombre cobarde, yo quiero a un hombre de verdad, uno como usted.
La distancia desapareció.
Elion la observó. Inmóvil.
Serena sostuvo su mirada. Sin miedo. Sin temblor.
Solo decisión.
—Así que dígame, Don Elion Donnati…
Su voz fue firme.
—Si decido quedarme aquí… ¿qué va a hacer conmigo?
El silencio cayó. Pesado.
Absoluto.
Y por primera vez en toda su vida…
El Don no respondió.
Fiorella despertó lentamente.Durante unos segundos permaneció inmóvil, todavía envuelta entre las sábanas, sintiendo el calor del cuerpo de Lorenzo junto al suyo. Su brazo descansaba alrededor de su cintura y su respiración tranquila le provocó una sonrisa.Giró ligeramente la cabeza para observarlo.Lorenzo seguía dormido.Fiorella lo contempló en silencio, disfrutando de aquella sensación que jamás había imaginado experimentar. Después de tantos obstáculos, de tantas lágrimas y de tantas veces sintiéndose inferior a Roseen, finalmente estaba allí.En los brazos del hombre que deseaba.Aquella noche había cambiado algo.O al menos eso quería creer.Lorenzo abrió los ojos poco después y la miró con cierta confusión.—¿Estás aquí?Fiorella sonrió.—Sí.Él permaneció unos segundos mirándola antes de incorporarse.—Voy a bañarme.Se levantó de la cama y desapareció en el baño.Fiorella se quedó sentada, abrazando sus propias piernas mientras una sonrisa satisfecha se dibujaba lentamente
—¿Qué has dicho? Eso no era el trato —exclamó Fiorella, dando un paso hacia atrás mientras la incredulidad y un destello de aprensión cruzaban por su mirada.Él caminó hacia ella con una lentitud pausada, casi felina, reduciendo el espacio de la estancia hasta que la sombra de su porte imponente envolvió por completo la figura de la mujer.—Fiorella, te lo suplico... —murmuró él, con una voz profunda que vibraba cargada de una devoción peligrosa—. A cambio... te daré lo que quieras. Lo que me pidas será tuyo.Ella negó con la cabeza rotundamente, apretando las manos contra su pecho en un intento vano de marcar una distancia defensiva.—¡No quiero! No voy a ceder a esto.Antes de que pudiera dar un solo paso más para alejarse, él la estrechó entre sus brazos con firmeza.La atrajo hacia su cuerpo hasta que ni un solo soplo de aire quedó entre los dos.Fiorella alzó el rostro, atrapada por la calidez que emanaba del torso del hombre, y lo miró fijamente a los ojos, buscando una explicac
Cuando Roseen salió de aquella habitación, apenas podía mantenerse en pie.Las lágrimas corrían por sus mejillas sin detenerse. Caminaba por el pasillo con pasos torpes, como si cada parte de su cuerpo pesara demasiado.No podía dejar de pensar en su hermano.En su rostro herido.En aquella súplica desesperada."Roseen, sálvame."La frase se repetía una y otra vez dentro de su cabeza.No podía permitir que muriera.No podía.Aunque para salvarlo tuviera que destruir la única promesa que había protegido durante tanto tiempo.De pronto, escuchó unos pasos apresurados.—¡Roseen!Ella levantó la cabeza.Lorenzo corría hacia ella.En cuanto la vio llorando, aceleró.—¡Roseen!La abrazó con fuerza.—¿Qué ocurrió? ¿Quién te hizo esto?Roseen se aferró a su camisa y rompió a llorar contra su pecho.—¡Mi hermano!Lorenzo se tensó.—¿Qué pasó con él?—¡No puede morir!Ella levantó el rostro, empapado en lágrimas.—¡No puede morir, Lorenzo! ¡Por favor, tienes que salvarlo!Lorenzo apretó la mandí
La mujer permaneció frente a Roseen durante varios segundos, observándola como si estuviera estudiando cada una de sus reacciones.Después, una sonrisa lenta y maliciosa apareció en sus labios.No era una sonrisa amable.Era la expresión de alguien que acababa de encontrar exactamente el punto débil que necesitaba para destruir a otra persona.Roseen sintió un escalofrío.—¿Qué quiere de mí?La mujer inclinó ligeramente la cabeza.—Quiero algo.—¿Qué cosa?—Algo que he deseado durante mucho tiempo.Roseen tragó saliva.—No entiendo.La mujer dio un paso hacia ella.—Y solamente tú puedes hacerlo realidad.—Dígame qué es.La mujer sonrió.—Un nieto.Roseen abrió los ojos de par en par.Por un instante creyó haber escuchado mal.—¿Un… nieto?—Sí.Roseen llevó instintivamente una mano hasta su vientre.Su corazón comenzó a latir con fuerza.—¿Quiere que Lorenzo y yo tengamos un hijo?La mujer soltó una carcajada.Aquella risa fue tan burlona y fría que Roseen sintió que la piel se le eriz
A la mañana siguiente, Roseen recibió una llamada que, al principio, consiguió cambiarle por completo el ánimo.Cuando vio el nombre de la persona que la llamaba, sus labios se curvaron en una sonrisa.Era la señora Ferrano, la madre de Lorenzo.Durante unos segundos permaneció contemplando la pantalla, casi sin atreverse a responder.—¿Sí?—Roseen, quiero que vengas a casa.La voz de la mujer sonaba seria, pero Roseen no quiso interpretar aquello como una amenaza.Por el contrario, su corazón se llenó de esperanza.Quizá finalmente su suegra había comprendido quién era realmente.Quizá había descubierto que Fiorella no era más que una mujer que intentaba destruir su matrimonio.Quizá, después de todo, la familia Ferrano terminaría aceptándola como la verdadera mujer de Lorenzo.—Claro, señora Ferrano. Iré inmediatamente.Colgó.Una sonrisa satisfecha apareció en su rostro.Durante todo el camino se imaginó diferentes escenarios.Tal vez su suegra quería hablar con ella sobre Lorenzo.
En la mansión Donnati, la celebración por el cumpleaños del Don continuaba.La noche estaba en su punto más alto.Las copas de champán circulaban entre los invitados, la música llenaba los enormes salones y los hombres más poderosos de la sociedad conversaban mientras las mujeres lucían sus mejores vestidos y joyas.Sin embargo, en una de las salas privadas de la mansión, la atmósfera era completamente diferente.Allí no había celebraciones.Había apuestas.Y uno de los invitados estaba a punto de descubrir que había cometido el peor error de su vida.Elion observaba desde una distancia prudente.Había reconocido al hombre desde el principio.Ruffino.Era uno de esos hombres que habían conseguido dinero recientemente gracias a Roseen y a Lorenzo, y que, creyendo que tener una fortuna significaba pertenecer a la misma categoría que los grandes Don, se comportaban como si fueran intocables.Elion lo observó apostar una cantidad tras otra.Primero fueron cien mil euros.Después medio mill







