INICIAR SESIÓN—Serena… —su voz bajó ligeramente—. Piensa bien lo que estás haciendo.
No fue una advertencia común. Fue un límite.
Una línea invisible que, una vez cruzada, no tendría regreso.
Elion no se movió. No la tocó. Solo la miró.
Y en esa mirada había algo más peligroso que cualquier amenaza: control.
Serena lo sostuvo sin apartarse.
El silencio entre ellos se volvió denso, como si la habitación entera estuviera esperando una decisión que no dependía de nadie más.
Ella dio un paso más cerca.
Luego otro.
Hasta quedar a una distancia que ya no permitía fingir indiferencia. Su mano se elevó lentamente.
Y se posó sobre su pecho.
El latido de Elion era fuerte.
Demasiado constante para alguien que intentaba contener algo invisible.
—Lo estoy pensando —susurró ella.
Y lo besó. No fue un beso tímido. Ni accidental.
Fue una elección. Una ruptura.
Como si todo lo que había sido antes dejara de existir en ese instante.
Elion no respondió de inmediato.
Se quedó inmóvil un segundo demasiado largo.
Como si su cuerpo hubiera entendido antes que su mente lo que estaba ocurriendo.
Después, sus manos se cerraron con firmeza alrededor de sus brazos.
No la empujó. No la atrajo.
La sostuvo. Conteniéndola. Conteniéndose a sí mismo.
—Serena… —su voz se volvió más grave, más baja—. Si cruzas este límite… no voy a detenerme.
Sus ojos se encontraron.
Profundos. Oscuros. Demasiado honestos.
—Y no podrás deshacerlo.
El mundo pareció detenerse. No había ruido afuera.
Solo ese instante suspendido entre ambos.
Serena lo sabía. Sabía que lo correcto era retroceder.
Que nada de esto era seguro. Que ese hombre no debía ser el elegido.
Pero también sabía otra cosa. Que el mundo ya la había roto antes.
Y que aquella noche, por primera vez, no quería obedecer el dolor.
—No quiero que te detengas… Elion.
El nombre cayó entre ellos como una decisión irreversible.
Algo cambió en él. No de golpe. No con violencia.
Sino como una grieta que deja de poder cerrarse.
Elion había estado luchando desde el momento en que ella entró en esa habitación.
Contra su cuerpo. Contra su instinto. Contra lo correcto.
Había intentado alejarla. Había intentado protegerla de sí mismo.
Pero ahora… ella seguía allí.
Eligiéndolo. Mirándolo como si no fuera un peligro.
Y eso fue lo que lo quebró. La distancia desapareció.
Elion la atrajo hacia él con una fuerza contenida, como si por fin dejara caer algo que llevaba demasiado tiempo sosteniendo.
Y esta vez, cuando la besó… no hubo contención.
El beso fue profundo. Intenso. Dominante.
Serena sintió cómo algo dentro de ella se desarmaba sin permiso.
El pasado. El miedo. Las decisiones erradas.
Todo se diluyó en ese contacto.
Sus manos se aferraron a él con más fuerza.
Porque por primera vez no estaba siendo arrastrada. Estaba eligiendo.
Elion la sostuvo contra su cuerpo, firme, como si temiera que desapareciera si la soltaba.
Sus manos no eran suaves. Eran seguras.
Como si incluso en medio de lo que sentía, todavía intentara mantener el dominio.
Serena lo notó. Y eso no la detuvo.
Al contrario. La acercó más.
Elion inclinó el rostro apenas, su respiración rozando la piel de ella, provocándole un estremecimiento que le recorrió la espalda entera.
No había prisa en sus movimientos. Y eso lo hacía más peligroso. Más intenso.
—Aún puedes detenerte… —murmuró él.
Pero ya no era una advertencia.
Era la última frontera que quedaba en pie.
Serena negó lentamente. Sus dedos se aferraron a la tela de su camisa.
—No quiero hacerlo… te deseo.
La cercanía se volvió abrumadora.
Serena sintió cómo el mundo se desvanecía a su alrededor, reducido únicamente a ese momento, a ese hombre, a esa decisión. Y cuando la atrajo con más fuerza, no fue solo deseo. Algo más peligroso. Algo que no podía nombrar. Algo que no debería existir.
Cuando finalmente cayeron sobre la cama, el silencio de la habitación se cerró sobre ellos como un pacto.
Como un secreto sellado en la oscuridad.
Era el inicio de algo que ninguno de los dos podría detener después.
Ya no había espacio para dudas. Ni para arrepentimientos
. Solo para el deseo y sus consecuencias.
Elion volvió a buscar sus labios, esta vez sin reservas.
Serena cerró los ojos, dejándose arrastrar por esa tormenta que él despertaba en ella, por esa intensidad que no conocía… que nunca había sentido.
Cada roce era distinto. Como si él supiera exactamente cómo desarmarla… incluso cuando ella misma apenas comenzaba a entender lo que ocurría dentro de su cuerpo.
Un estremecimiento recorrió su espalda cuando sus manos la sostuvieron con firmeza, sin brusquedad, pero sin permitirle escapar.
Y, por primera vez, Serena dejó de resistirse a todo.
Se permitió sentir.
Y ese simple acto, fue suficiente para que todo cambiara.
Nunca había conocido algo así.
Nunca había sentido su cuerpo responder de esa forma, traicionándola, rindiéndose, buscándolo.
Él no solo la tocaba, la deshacía, la rendía al placer.
Sus dedos se aferraron a su cuerpo.
Serena sintió su cuerpo debilitarse, y arder en esos brazos, un pequeño dolor la quebró, pero se desvaneció convirtiéndose en placer y desesperación, en instintos, él no se detuvo hasta que ella lloró y suplicó.
Entonces, quedaron quietos y entrelazados.
“Si mañana voy al infierno…” pensó, mientras se abrazaba a ese hombre.
“Estaré lista para enfrentarlo.”
Un mes después.Fiorella permanecía de pie frente al enorme ventanal de la habitación, contemplando el jardín de la mansión.Durante mucho tiempo, aquel lugar había pertenecido a los Ferrano.Ahora era suyo. Todo había cambiado.Sin embargo, esa mañana había algo mucho más importante entre sus manos.Fiorella miró nuevamente la pequeña prueba de embarazo.Dos líneas. Dos malditas líneas que habían cambiado su mundo en cuestión de segundos.Estaba embarazada.Durante unos instantes no supo qué sentir.Ella, que había enfrentado enemigos sin temblar, que había aprendido a disparar antes incluso de aprender a confiar, que había visto morir personas y había tenido que endurecer el corazón para sobrevivir… ahora tenía miedo.Pero no era un miedo que quisiera evitar.Era un miedo diferente. Uno que nacía del amor.Bajó lentamente la mirada hacia su vientre, todavía completamente plano, y apoyó una mano sobre él.Sonrió.—Bebé… —susurró.Sus ojos se humedecieron.—No soy la mejor madre del mu
Cuando Fiorella salió de la habitación, lo primero que encontró fue la mirada de Stefano.Los ojos del hombre estaban clavados en ella.Fiorella se detuvo frente a él y sostuvo su mirada.Durante los últimos días había tomado decisiones que podían cambiar para siempre el destino de aquella organización. Había enfrentado a Lorenzo, había eliminado su amenaza y había conseguido que aquellos hombres que alguna vez obedecieron a otros ahora inclinaran la cabeza ante ella.Pero todavía quería saber qué pensaba Stefano.—¿Me tienes miedo? —preguntó.Stefano permaneció en silencio unos segundos.Después negó lentamente con la cabeza.—No.Fiorella arqueó una ceja.—¿Entonces?Él se acercó un poco.—Eres fuerte.La miró directamente a los ojos.—Y eres capaz de defenderte sola. Eso me encanta.Fiorella sonrió.—¿Te encanta?—Sí.Stefano hizo una pequeña pausa.—Y quiero una mujer así para mí.Giró la cabeza hacia los hombres que estaban alrededor.Todos permanecían atentos.Esperando sus órden
Por un segundo, por apenas un centímetro, la bala estuvo a punto de alcanzar a Stefano.Todo ocurrió demasiado rápido.Stefano apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando Lorenzo se abalanzó sobre él y lo golpeó con todas sus fuerzas. El impacto hizo que Stefano perdiera el equilibrio y retrocediera varios pasos.El disparo se desvió.La bala pasó rozando el lugar donde había estado su cabeza y terminó incrustándose en el techo.El estruendo sacudió toda la habitación.Un poco de polvo blanco cayó desde el techo y cubrió los hombros y el cabello de Lorenzo.—¡Maldita sea! —rugió él.Stefano respiró con dificultad.Había estado a punto de morir.Sin embargo, antes de que cualquiera pudiera reaccionar, la puerta se abrió violentamente.Varios guardias irrumpieron en la habitación con las armas levantadas.—¡Donna! —gritó uno de ellos—. ¡Hay un intruso! ¡Es un traidor!Fiorella permanecía en medio de la habitación.Llevaba una bata sobre el cuerpo, pero su expresión era completamente distinta
Lorenzo fue liberado después de varios minutos que parecieron una eternidad.El hombre que había conseguido sacarlo de allí le entregó un arma y señaló el camino que conducía hacia la parte trasera de la enorme villa.Lorenzo tomó la pistola con la mano temblorosa.—Llévame con Fiorella —ordenó con la voz ronca—. Ella es mía.El hombre lo observó durante unos segundos.El hombre finalmente asintió. No hizo más preguntas.Lorenzo comenzó a caminar detrás de él, acompañado por su ayudante. Ambos avanzaron con cautela, aprovechando la oscuridad y los puntos ciegos de la propiedad para evitar a los guardias.Cada paso hacía que el corazón de Lorenzo golpeara con más fuerza contra su pecho.No sabía qué encontraría.Pero necesitaba verla.Necesitaba escuchar de sus propios labios que todo aquello había sido un malentendido.Durante los últimos días había intentado convencerse de que Fiorella lo odiaba.Quizá la pérdida de su hijo había destruido cualquier sentimiento que ella pudiera haber
El deseo brilló en las profundidades oscuras de los ojos de Stefano con la fuerza descontrolada de una tormenta contenida durante demasiado tiempo.No lo pensó; en ese segundo de silencio, toda su cautela y su férreo autocontrol se desmoronaron por completo.La deseaba con una voracidad, la anhelaba.Por más que intentara luchar contra sus propios demonios, era absolutamente incapaz de borrar de su mente la primera vez que ella fue suya: la textura de su piel bajo su tacto, los gemidos ahogados que ella intentó contener y la rendición absoluta que los consumió a ambos en aquella noche imborrable.Cuando sus labios tomaron posesión de la boca de ella, no encontró la menor resistencia.Fiorella devolvía el beso con la misma energía desbordante, atrapada en la misma vorágine de necesidad.Jamás había sido capaz de negarse a los labios de Stefano; para ella, él poseía una gravedad destructiva y perfecta a la cual le resultaba imposible escapar.Desde la primera vez que él rozó con sus labi
—Fiorella, ¿qué estás haciendo?La voz de Lorenzo resonó en aquella habitación oscura.Él apenas podía mantenerse sentado.Tenía el rostro marcado por los golpes, la ropa desgarrada y varias heridas que todavía sangraban. Después de todo lo que había soportado, jamás imaginó que la persona que aparecería frente a él sería precisamente Fiorella.Su esposa.Ella permaneció frente a él, mirándolo sin compasión.Lorenzo intentó incorporarse.—Fiorella...Ella soltó una pequeña carcajada.—¿Qué?—¿No recuerdas que me amas?Sus ojos se endurecieron.—¿Amarte?Fiorella volvió a reír.—¿Quién dijo que yo te amo?Lorenzo la miró desconcertado.—Tú...—¿Yo qué?Ella dio un paso hacia él.—¿Crees que después de todo lo que me hiciste todavía puedo mirarte y sentir amor?Lorenzo apretó los dientes.—Fiorella, yo...—¡Me hiciste tanto daño!Su grito hizo que Lorenzo guardara silencio.Fiorella respiró profundamente.Había imaginado aquel momento demasiadas veces.Había soñado con la venganza mil ve







