INICIAR SESIÓN
El vestíbulo del Hotel Imperiale brillaba con un lujo deslumbrante. El mármol blanco reflejaba la luz de las inmensas lámparas de cristal, mientras los empleados recibían a cada huésped con impecables sonrisas profesionales.
Serena Lassani apenas reparó en nada de aquello.
Su corazón golpeaba con tanta fuerza que le costaba respirar. Apretó con nerviosismo el pequeño bolso que llevaba entre las manos y permaneció unos segundos frente a la entrada, intentando reunir el valor suficiente para cruzarla.
Aquella noche estaba a punto de entregar algo que había protegido toda su vida.
Y lo haría por el único hombre al que había amado.
Rocco.
Cerró los ojos un instante. Todavía podía escuchar su voz grave, la misma que durante años había sido capaz de acelerar sus latidos.
—Confía en mí.
Solo dos palabras.
Dos palabras que bastaron para derrumbar todas sus dudas.
Las antiguas familias mafiosas conservaban reglas que nadie se atrevía a desafiar. La prometida de un heredero debía llegar intacta al matrimonio. Era una cuestión de honor para ambos clanes.
Pero Rocco le había dicho que el amor estaba por encima de cualquier tradición.
Y ella le creyó.
Siempre le había creído.
Desde que eran niños y corrían por los jardines de las villas familiares, Serena había vivido pendiente de él. Mientras las demás niñas soñaban con príncipes, ella solo soñaba con convertirse algún día en la esposa de Rocco Donnati.
Aunque él casi nunca le dedicara una sonrisa.
Aunque olvidara su cumpleaños. Aunque jamás respondiera a sus mensajes con el mismo entusiasmo.
Siempre encontraba una excusa.
"Está ocupado."
"Tiene demasiadas responsabilidades."
"Algún día aprenderá a quererme."
Aquellas pequeñas mentiras habían sostenido durante años un amor que solo existía de un lado.
Respiró hondo y caminó hacia la recepción.
—Buenas noches, señorita Lassani. El señor Donnati ya la está esperando. Su suite está preparada.
La recepcionista deslizó una elegante tarjeta magnética sobre el mostrador.
Serena la tomó con manos ligeramente temblorosas.
Mientras el ascensor ascendía hacia el piso privado, observó su reflejo en el espejo.
El vestido color marfil abrazaba delicadamente su figura. Había dedicado horas a elegirlo porque deseaba verse hermosa para él.
Deseaba que, por una vez, Rocco la mirara como un hombre mira a la mujer que ama.
Las puertas se abrieron con un suave sonido.
El piso estaba envuelto en un silencio elegante, interrumpido únicamente por unas risas masculinas que llegaban desde una sala cercana.
Serena dio un paso.
Después otro.
Hasta que una voz pronunció su nombre.
Se quedó inmóvil.
La puerta estaba entreabierta.
No pretendía escuchar una conversación ajena.
Pero entonces alguien preguntó entre carcajadas:
—¿De verdad vas a casarte con Serena Lassani?
Hubo un breve silencio.
Luego habló Rocco.
—¿Casarme? Claro que no.
Aquellas cuatro palabras hicieron que el aire abandonara los pulmones de Serena.
—Después de esta noche, ese compromiso dejará de existir.
—¿Qué piensas hacer?
—Solo necesito que todos crean que pasó la noche con otro hombre.
Las risas estallaron dentro del salón.
—Cuando salga de esa habitación, su nombre quedará manchado para siempre.
—¿Y su familia?
—La repudiarán antes de que salga el sol.
Serena sintió un nudo en la garganta.
No.
No podía ser cierto.
Rocco jamás...
Pero él continuó hablando con una tranquilidad que terminó de destrozarla.
—Es la única forma de librarme de ese matrimonio.
—Todo por Minnie, ¿verdad?
Esta vez no hubo ni una sola duda en su respuesta.
—Siempre ha sido por Minnie.
Las palabras cayeron sobre Serena como un disparo.
Durante años había esperado escuchar una declaración de amor. Finalmente la había escuchado.
Solo que estaba dedicada a otra mujer.
Comprendió entonces que nunca había sido la prometida elegida.
Solo era el sacrificio conveniente para proteger el verdadero amor de Rocco.
Las lágrimas nublaron su vista.
Recordó las cenas canceladas, las llamadas ignoradas, las flores que nunca llegaron y las incontables veces que justificó su indiferencia.
Qué ingenua había sido.
Mientras ella soñaba con construir una vida a su lado, él llevaba años planeando la forma de destruirla.
Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del bolso.
Las lágrimas dejaron de caer.
El dolor seguía allí.
Pero algo mucho más peligroso comenzaba a ocupar su lugar.
Orgullo. Rabia. Dignidad.
Secó lentamente sus mejillas.
No permitiría que nadie volviera a verla llorar por un hombre que jamás la había amado.
Fiorella despertó lentamente.Durante unos segundos permaneció inmóvil, todavía envuelta entre las sábanas, sintiendo el calor del cuerpo de Lorenzo junto al suyo. Su brazo descansaba alrededor de su cintura y su respiración tranquila le provocó una sonrisa.Giró ligeramente la cabeza para observarlo.Lorenzo seguía dormido.Fiorella lo contempló en silencio, disfrutando de aquella sensación que jamás había imaginado experimentar. Después de tantos obstáculos, de tantas lágrimas y de tantas veces sintiéndose inferior a Roseen, finalmente estaba allí.En los brazos del hombre que deseaba.Aquella noche había cambiado algo.O al menos eso quería creer.Lorenzo abrió los ojos poco después y la miró con cierta confusión.—¿Estás aquí?Fiorella sonrió.—Sí.Él permaneció unos segundos mirándola antes de incorporarse.—Voy a bañarme.Se levantó de la cama y desapareció en el baño.Fiorella se quedó sentada, abrazando sus propias piernas mientras una sonrisa satisfecha se dibujaba lentamente
—¿Qué has dicho? Eso no era el trato —exclamó Fiorella, dando un paso hacia atrás mientras la incredulidad y un destello de aprensión cruzaban por su mirada.Él caminó hacia ella con una lentitud pausada, casi felina, reduciendo el espacio de la estancia hasta que la sombra de su porte imponente envolvió por completo la figura de la mujer.—Fiorella, te lo suplico... —murmuró él, con una voz profunda que vibraba cargada de una devoción peligrosa—. A cambio... te daré lo que quieras. Lo que me pidas será tuyo.Ella negó con la cabeza rotundamente, apretando las manos contra su pecho en un intento vano de marcar una distancia defensiva.—¡No quiero! No voy a ceder a esto.Antes de que pudiera dar un solo paso más para alejarse, él la estrechó entre sus brazos con firmeza.La atrajo hacia su cuerpo hasta que ni un solo soplo de aire quedó entre los dos.Fiorella alzó el rostro, atrapada por la calidez que emanaba del torso del hombre, y lo miró fijamente a los ojos, buscando una explicac
Cuando Roseen salió de aquella habitación, apenas podía mantenerse en pie.Las lágrimas corrían por sus mejillas sin detenerse. Caminaba por el pasillo con pasos torpes, como si cada parte de su cuerpo pesara demasiado.No podía dejar de pensar en su hermano.En su rostro herido.En aquella súplica desesperada."Roseen, sálvame."La frase se repetía una y otra vez dentro de su cabeza.No podía permitir que muriera.No podía.Aunque para salvarlo tuviera que destruir la única promesa que había protegido durante tanto tiempo.De pronto, escuchó unos pasos apresurados.—¡Roseen!Ella levantó la cabeza.Lorenzo corría hacia ella.En cuanto la vio llorando, aceleró.—¡Roseen!La abrazó con fuerza.—¿Qué ocurrió? ¿Quién te hizo esto?Roseen se aferró a su camisa y rompió a llorar contra su pecho.—¡Mi hermano!Lorenzo se tensó.—¿Qué pasó con él?—¡No puede morir!Ella levantó el rostro, empapado en lágrimas.—¡No puede morir, Lorenzo! ¡Por favor, tienes que salvarlo!Lorenzo apretó la mandí
La mujer permaneció frente a Roseen durante varios segundos, observándola como si estuviera estudiando cada una de sus reacciones.Después, una sonrisa lenta y maliciosa apareció en sus labios.No era una sonrisa amable.Era la expresión de alguien que acababa de encontrar exactamente el punto débil que necesitaba para destruir a otra persona.Roseen sintió un escalofrío.—¿Qué quiere de mí?La mujer inclinó ligeramente la cabeza.—Quiero algo.—¿Qué cosa?—Algo que he deseado durante mucho tiempo.Roseen tragó saliva.—No entiendo.La mujer dio un paso hacia ella.—Y solamente tú puedes hacerlo realidad.—Dígame qué es.La mujer sonrió.—Un nieto.Roseen abrió los ojos de par en par.Por un instante creyó haber escuchado mal.—¿Un… nieto?—Sí.Roseen llevó instintivamente una mano hasta su vientre.Su corazón comenzó a latir con fuerza.—¿Quiere que Lorenzo y yo tengamos un hijo?La mujer soltó una carcajada.Aquella risa fue tan burlona y fría que Roseen sintió que la piel se le eriz
A la mañana siguiente, Roseen recibió una llamada que, al principio, consiguió cambiarle por completo el ánimo.Cuando vio el nombre de la persona que la llamaba, sus labios se curvaron en una sonrisa.Era la señora Ferrano, la madre de Lorenzo.Durante unos segundos permaneció contemplando la pantalla, casi sin atreverse a responder.—¿Sí?—Roseen, quiero que vengas a casa.La voz de la mujer sonaba seria, pero Roseen no quiso interpretar aquello como una amenaza.Por el contrario, su corazón se llenó de esperanza.Quizá finalmente su suegra había comprendido quién era realmente.Quizá había descubierto que Fiorella no era más que una mujer que intentaba destruir su matrimonio.Quizá, después de todo, la familia Ferrano terminaría aceptándola como la verdadera mujer de Lorenzo.—Claro, señora Ferrano. Iré inmediatamente.Colgó.Una sonrisa satisfecha apareció en su rostro.Durante todo el camino se imaginó diferentes escenarios.Tal vez su suegra quería hablar con ella sobre Lorenzo.
En la mansión Donnati, la celebración por el cumpleaños del Don continuaba.La noche estaba en su punto más alto.Las copas de champán circulaban entre los invitados, la música llenaba los enormes salones y los hombres más poderosos de la sociedad conversaban mientras las mujeres lucían sus mejores vestidos y joyas.Sin embargo, en una de las salas privadas de la mansión, la atmósfera era completamente diferente.Allí no había celebraciones.Había apuestas.Y uno de los invitados estaba a punto de descubrir que había cometido el peor error de su vida.Elion observaba desde una distancia prudente.Había reconocido al hombre desde el principio.Ruffino.Era uno de esos hombres que habían conseguido dinero recientemente gracias a Roseen y a Lorenzo, y que, creyendo que tener una fortuna significaba pertenecer a la misma categoría que los grandes Don, se comportaban como si fueran intocables.Elion lo observó apostar una cantidad tras otra.Primero fueron cien mil euros.Después medio mill







