MasukNarra Raphael:El tiempo, esa corriente caprichosa que en otros tiempos amenazó con arrastrarnos hacia el abismo, ha tenido la gentileza de curar las heridas más profundas del mundo. Han pasado cuatro años desde aquella fatídica noche en que el infierno amenazó con devorarnos, cuatro años desde que el fuego oscuro de los Otros intentó apagar la esperanza y la vida misma.Hoy, al recorrer con la mirada los vastos y prósperos campos de los dominios Roshan, donde la hierba verde y frondosa ha vuelto a extenderse con una vitalidad renovada, siento que la paz ya no es un sueño lejano, sino una realidad palpable y sagrada.Y en el centro de ese universo recuperado, caminando entre los rosales florecidos con una sonrisa que ilumina hasta el rincón más oscuro de mi alma, se encuentra ella.Ya no es Camille. Ese nombre quedó enterrado en el pasado, sepultado junto a las lágrimas, el dolor, el desprecio y las cadenas invisibles de una vida que intentó destruirla. Hoy, la mujer que sostiene mi c
Narra Camille:El abismo no era un lugar de fuego ni de castigo eterno; era un espacio de una quietud absoluta, un mar de terciopelo negro donde el tiempo había dejado de latir. Flotaba en esa inmensidad sin peso, sin dolor, con la certeza absoluta de que el aliento que había sostenido mi cuerpo se había extinguido al otro lado del velo.Sabía que estaba muerta. Y lo que pesaba más que la propia muerte en mi conciencia era la dolorosa certeza del precio que habíamos pagado. Al sellar la brecha de los Otros, al fusionar mi magia con la de los Alfas elementales, había consumido no solo mi propia existencia, sino también la pequeña y frágil vida que latía en mi vientre. Mi hijo, el fruto sagrado de mi amor con Raphael, se había desvanecido conmigo en el altar del sacrificio por un mundo que apenas comenzaba a merecer la paz.Una profunda y dolorosa resignación me invadió. Si el mundo vivía, si Raphael respiraba, si los niños de las manadas tenían un mañana bajo el sol, entonces mi sacrif
Narra Camille:El mundo a mi alrededor parecía haberse detenido, reducido a un eco lejano y sordo. En medio del dolor por la pérdida de Enzo y la tensión sofocante que envolvía los restos de la manada Roshan, un zumbido sutil comenzó a nacer en el fondo de mi mente. No era un sonido físico; era una llamada ancestral, profunda y magnética, que atravesaba el tejido mismo de la tierra y resonaba directamente en mi sangre.“Camille...”La voz canturreaba en un idioma antiguo; un coro de susurros que llamaba mi nombre con una urgencia sagrada. Mis ojos, fijos en el horizonte donde el humo negro de las ruinas oscurecía el cielo, perdieron el foco. Mis pies comenzaron a moverse por voluntad propia, desprendiéndose del suelo con una ligereza extraña, como si una corriente invisible me arrastrara hacia el norte, hacia donde Raphael y los Alfas elementales luchaban contra el abismo.—¡Mi señora! ¡Camille, ¿a dónde vas?! — la voz de Celeste resonó a mis espaldas, llena de pánico.Sentí que unas
Narra Raphael:El estruendo del colapso final de la mansión Auclair dejó tras de sí una densa columna de humo negro que se elevaba hacia el cielo gris de la madrugada, mezclándose con las cenizas de un legado podrido por la ambición y la locura. Con Camille firmemente asegurada entre mis brazos, aparté la mirada de los escombros humeantes, pero una fría necesidad táctica me hizo detener el paso antes de ordenar la retirada.Aún no podíamos marcharnos. Tenía que estar absolutamente seguro de que los monstruos que habían incendiado nuestro mundo no habían encontrado una rendija para escapar de nuevo.—Delta. —llamé con voz firme, bajando a Camille con extrema delicadeza al suelo, asegurándome de que se mantuviera a salvo junto al perímetro de los vehículos. — Deja a un par de hombres custodiando a mi esposa. El resto, conmigo. Vamos a remover los escombros. Quiero pruebas físicas de que el fuego se ha tragado esta pesadilla por completo. —Delta asintió de inmediato. Con las manos envue
Narra Raphael:El calor del fuego negro y sofocante que devoraba la mansión Auclair, no era nada comparado con el infierno ardiente que estalló en el fondo de mi pecho en el preciso instante en que crucé el umbral del salón principal.Mis ojos aguamarina no veían ya con claridad; estaban teñidos por una capa de sangre y una furia tan atroz, tan primaria y destructiva, que juré que en ese mismo segundo quemaría hasta las cenizas no solo este maldito lugar, sino el universo entero si con ello lograba arrancar de las garras de la muerte a lo único que le daba sentido a mi existencia.Allí estaba él.Vincent Moreau, con su rostro descompuesto por la locura y las manos manchadas con la podredumbre de los Otros, sostenía a Camille con una fuerza bestial. Vi cómo intentaba hundir sus colmillos en el cuello inmaculado de mi esposa, cómo intentaba quebrantar el lazo sagrado que nos unía, cómo su asquerosa presencia profanaba el espacio que le pertenecía única y exclusivamente a mi alma.—¡SUÉL
Narra Vincent:El aire en la mansión Auclair se había vuelto pesado, espeso y nauseabundo, impregnado con el hedor inconfundible de la podredumbre y la muerte que emanaba tanto de los cadáveres en el vestíbulo como de la patética criatura que pataleaba en el suelo.El rostro de Juliette ya no era ni la sombra de lo que un día fue. La descomposición avanzaba a zancadas implacables sobre su piel grisácea y reseca, deformándole las facciones en una mueca grotesca. Mientras intentaba incorporarse, soltaba gritos desgarradores, chillidos histéricos dirigidos directamente a mi anciano y patético suegro.—¡Padre! ¡Dime qué me está pasando! ¡Mírame la cara! — aullaba Juliette con desesperación, tirándose de los cabellos que ahora caían a mechones secos. — ¡¿Por qué me ocurre esto?! ¡¿Por qué he perdido mi belleza?! ¡Dime la verdad, maldita sea! —Henri Auclair, con el rostro surcado por las lágrimas y los hombros encorvados bajo el peso de una culpa insoportable, la miró con una mezcla de lás







