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Un año después, la mansión estaba llena de vida.El sol de la tarde iluminaba los grandes jardines verdes que rodeaban la propiedad.Las flores estaban en plena temporada y el aire llevaba el aroma fresco de las rosas y los jazmines que Camely había insistido en plantar meses atrás. Todo lucía cuidado, armonioso, como si aquel lugar hubiera sido creado para celebrar momentos felices.Zacarías estaba de pie cerca de la terraza principal, sosteniendo con cuidado a su pequeño nieto en brazos.El bebé era el hijo de Rosanne. Apenas tenía unos meses de vida y era tan pequeño que parecía caber perfectamente en el abrazo protector de su abuelo. El niño estaba envuelto en una manta suave, y su respiración tranquila subía y bajaba con calma.Zacarías lo arrullaba con paciencia, moviéndose ligeramente de un lado a otro.Su expresión era completamente distinta a la del hombre imponente que todos conocían en los negocios. En ese momento solo era un abuelo orgulloso, con los ojos llenos de ternur
Avana y Álvaro llegaron al hospital en silencio. El ambiente en el lugar era tenso y frío. Las luces blancas del pasillo hacían que todo pareciera aún más serio.Ambos caminaban uno al lado del otro, pero ninguno sabía qué decir.Cuando llegaron a la sala de espera, se sentaron.Estaban esperando noticias sobre Agustín.Avana tenía las manos juntas. Sus dedos se movían nerviosos. No podía dejar de pensar en todo lo que había pasado.Álvaro la observó y se acercó un poco más a ella. Luego la rodeó con sus brazos, tratando de darle algo de calma.Avana apoyó la cabeza en su pecho.—¿Por qué tenía que hacerlo? —dijo con voz temblorosa—. ¿Por qué Karina se volvió loca?Su voz estaba llena de confusión y tristeza.Álvaro no respondió de inmediato.Avana continuó hablando.—Todo fue por su dolor… lo sé… pero aun así… —respiró profundo—. Él no tenía la culpa.Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.Álvaro la abrazó con más fuerza.Luego inclinó la cabeza y besó suavemente su frente.—Tran
Agustín solo escuchaba el llanto de Karina.No decía nada. No tenía palabras.El sonido de ese llanto era suficiente para entenderlo todo.El médico ya se lo había dicho. Todos lo sabían.Al final, no pudieron salvar a la bebé.Karina estaba sentada en una silla del hospital cuando recibió la noticia. Sus manos temblaban y su mirada estaba perdida. Había pasado tantas horas esperando un milagro que su mente parecía incapaz de aceptar la realidad.La pequeña había recibido el trasplante. Habían hecho todo lo posible. Pero no fue suficiente.Cuando el médico terminó de hablar, Karina simplemente empezó a llorar. No gritó, no hizo preguntas. Solo lloró. Era un llanto profundo, lleno de desesperación.Agustín estaba a unos pasos de ella.No sabía qué hacer.Nunca había sido bueno enfrentando emociones. Era un hombre acostumbrado a controlar situaciones, a tomar decisiones rápidas, a resolver problemas. Pero aquello era distinto.No había nada que pudiera arreglar. La bebé había muerto.**
Al salir del edificio, Karina corrió tras Avana con el rostro desencajado y la desesperación latiéndole en el pecho como un tambor furioso.—¡Avana, no hagas esto! ¡No te desquites conmigo usando a una pobre bebé!Su voz se quebraba, pero su orgullo aún intentaba sostenerla.Avana se detuvo apenas un segundo. Rodó los ojos, cansada. No quería escucharla. No quería volver a sentir esa punzada de compasión que, a pesar de todo, todavía existía en algún rincón de su corazón.—Déjame en paz, Karina —respondió con frialdad—. No puedo ayudarte. Entiéndelo de una vez.—¡Tu hijo puede salvarme! —gritó Karina, aferrándose a esa última esperanza como si fuera el único salvavidas en medio del naufragio.Avana apretó la mano de Álvaro, que permanecía firme a su lado.—Por última vez —dijo con voz firme, aunque por dentro le temblaba el alma—, no arriesgaré a mi hijo por ti.El silencio que siguió fue pesado, insoportable.Karina la miró con los ojos inyectados en rabia y dolor.—¡Perra! ¡Espero qu
Pronto llegó el día del juicio. La mañana se presentaba tensa, el aire pesado con la anticipación de lo que estaba por suceder.Avana caminaba por los pasillos del tribunal, de la mano de Álvaro, quien la miraba con firmeza y confianza.Ella estaba nerviosa, sus dedos se entrelazaban con los de él con fuerza, buscando en ese contacto un poco de estabilidad.Sabía que enfrentarse a Agustín y a todo lo que había detrás no sería sencillo, pero tenerlo a su lado le daba coraje, le recordaba que no estaba sola.A medida que avanzaban por el corredor, se encontraron con Agustín Miles y su abogado, Herman Miles. La tensión fue inmediata.Al otro lado, Karina los acompañaba con una mirada dura, evaluando cada movimiento. Avana notó la hostilidad en los ojos de ellos, la frialdad con la que la observaban. Sintió la necesidad de devolverles la mirada con fuerza, pero decidió no hacerlo.Respiró hondo y optó por ignorarlos, por concentrarse en lo que realmente importaba: el juicio y la verdad so
En la comisaria.Agustín llegó acompañado de su padre y se detuvo frente a ella, con el ceño fruncido y los hombros tensos. La mirada que le lanzó era de reproche absoluto, de quien cree tener la verdad completa de la situación. Sus palabras fueron duras, directas y llenas de acusación.—¡Ni siquiera puedes cuidar a mi hijo! —dijo, con un tono que pretendía ser firme pero que revelaba su frustración—. ¿Acaso crees que un juez lo dejará a tu lado?Avana no dudó ni un instante y respondió con igual intensidad, sintiendo cómo el corazón le latía con fuerza.—Eres un desgraciado, estás detrás de esto —dijo, señalándolo con la punta de los dedos, con una mezcla de rabia y decepción en su voz.Agustín la miró de reojo, con una expresión que intentaba ser desafiante.—¿Tienes algo de vergüenza, Agustín? —dijo Marianne, cruzándose de brazos y manteniendo la calma mientras él la desafiaba.—¡No te metas, Marianne! —respondió él, con un hilo de ira contenida.—Me meteré —replicó ella, firme—. ¿Y







