LOGINEn el día de su boda, Giovanni Ferrari y Florella Francesca Castello se encuentran ante el inicio de una vida juntos, desafiando las expectativas de sus familias. Mientras Giovanni, un carismático empresario, busca disfrutar de la vida con su nueva esposa, Francesca lucha por desprenderse de los valores conservadores que han definido su existencia. Su primera noche juntos está llena de nervios y malentendidos, lo que marca el inicio de un viaje complicado hacia la intimidad. A medida que su amor florece, también lo hacen las tensiones externas. La influencia de la madre de Francesca amenaza con arruinar su felicidad, sembrando dudas en la mente de su hija y obligándola a cuestionar la lealtad de Giovanni. En medio de este caos, una devastadora enfermedad pone a prueba su vínculo, revelando secretos y enfrentando a la pareja con sus peores miedos.
View MoreTres años después.Giovanni FerrariTres años. Treinta y seis meses en los que la villa Ferrari volvió a funcionar con la precisión de un reloj suizo. Sebastián había cumplido cada una de sus promesas. A sus diecisiete años, ya manejaba los manifiestos de la aduana y los reportes de nuestras fábricas de coches con la misma frialdad que yo. Se había convertido en un Ferrari completo: implacable, silencioso y dedicado por entero a la diversidad de empresas de la familia. Se movía con la seguridad de saberse el heredero de un imperio con siglos de historia.Durante todo este tiempo, Alicia y yo seguimos siendo estrictamente secretaria y jefe. Trabajábamos codo a codo en las oficinas, manteniendo la distancia profesional que las reglas exigían. Sin embargo, en las largas jornadas de papeleo y balances industriales, la confianza mutua creció. Entre carpetas y firmas, yo le contaba la profunda soledad que arrastraba desde la muerte de Francesca, y ella me escuchaba, hablándome con una fra
Giovanni FerrariEl amanecer sobre el puerto de Palermo no traía los colores vivos del verano mediterráneo. Era una franja gris, cortada por las siluetas de las grúas de carga que se alzaban como gigantes de hierro contra el cielo de Sicilia. El viento soplaba con fuerza, arrastrando el olor a salitre, gasóleo y madera mojada de los muelles. Aparqué el coche frente a la zona de acceso privado de las oficinas aduaneras de la empresa Ferrari.Miré de reojo al asiento del copiloto. Sebastián estaba allí, inmóvil, con la mirada fija en el parabrisas. Llevaba el abrigo oscuro abrochado hasta el cuello y los puños metidos en los bolsillos. Su rostro de catorce años no mostraba cansancio, sino una rigidez gélida que se había vuelto su nueva facción permanente desde el entierro de Francesca.—Es aquí, hijo —dije, apagando el motor—. Detrás de estas verjas se mueve el dinero real de Palermo. Aquí es una parte importante donde los Ferrari mandamos.Sebastián asintió sin decir una palabra. Abrió
Giovanni FerrariLa villa Ferrari continuaba sumergida en ese silencio pesado que deja la muerte cuando los visitantes finalmente se marchan. Habían pasado apenas unas horas desde que regresamos del cementerio. Sebastián se había encerrado en su habitación a descansar, tal como le pedí, extenuado por la guardia que hizo frente a la fosa. Me encontraba solo en el gran salón de mármol, sirviéndome un trago de whisky para intentar quemar el frío que llevaba metido en el pecho, cuando el sonido metálico del portón principal rompió la calma de la tarde.Gero no tardó en aparecer en el umbral del salón. Su rostro maduro lucía tenso, y sus manos se mantenían rígidas a los costados.—Signore... hay alguien en la entrada —anunció en voz baja, con un tono que me encendió las alarmas—. Es Ágata Rosso. Se enteró de la muerte de la signora Francesca y exige pasar.El vaso de cristal estuvo a punto de estallar entre mis dedos. Sentí cómo la sangre me subía a la cabeza con una violencia salvaje. De
Giovanni FerrariLa villa Ferrari se había transformado en un santuario frío durante el velatorio. El olor espeso de los cirios y las coronas de flores llenaba el gran salón de mármol. Políticos, empresarios, socios y trabajadores de la empresa desfilaban frente al ataúd de Francesca, dejando un murmullo constante de pésames falsos que me revolvía el estómago. Yo me mantenía de pie junto al féretro, con la mandíbula tensa y el traje negro impecable, sosteniendo el peso de las miradas de todo Palermo.Sebastián no se había apartado de mi lado en toda la noche. Su rostro de catorce años lucía pálido, rígido, congelado en una madurez que el dolor le había impuesto de golpe.Sentí una vibración constante en el bolsillo interior de mi chaqueta. Gero me miró de reojo, cubriéndome el espacio mientras yo daba tres pasos largos hacia el pasillo lateral, buscando la penumbra del jardín de invierno para contestar. Saqué el aparato. El nombre en la pantalla me aceleró las pulsaciones.Alicia.—Gi


















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