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Capítulo 2 —Aquella noche

Autor: Francis Wil
last update Fecha de publicación: 2025-03-25 07:22:51

Capítulo 2 —Aquella noche

Narrador:

El silencio en la habitación estaba roto apenas por el sonido de sus respiraciones entrecortadas. La sábana a medio cubrir, la piel húmeda, el cuerpo aún vibrando del orga*smo. Ella yacía boca arriba, con los ojos en el techo, mientras él, a su lado, seguía mirándola como si aún no pudiera creer lo que había pasado.

—Aún no me has dicho tu nombre —murmuró él, con la voz grave y cargada de deseo contenido.

Ella giró el rostro hacia él, con una sonrisa ladeada, aún sin aliento.

—¿Y tú el tuyo?

Él estiró la mano y le retiró un mechón de cabello de la frente.

—Damas primero.

—Lucía —dijo ella, sin pestañear.

—Daniel—respondió él, después de un segundo de pausa, como si saboreara la idea de decirlo solo para ella.

—Encantada, Daniel —susurró, con una sonrisa pícara —Aunque creo que ya nos conocemos bastante bien, asi que nada de apellidos.

—Todavía no lo suficiente —murmuró él mientras se inclinaba sobre ella otra vez.

La besó, lento al principio. Su lengua recorrió su boca con una dulzura peligrosa, como si quisiera poseerla con cada movimiento. Pero pronto el beso se volvió más sucio, más húmedo, más profundo. Se enredaban otra vez, como si la primera vez no hubiera sido suficiente.

Él se deslizó sobre su cuerpo, sintiendo su piel tibia, sus curvas que encajaban con las suyas como si estuvieran hechas para encontrarse. Ella abrió las piernas sin decir una palabra, ofreciéndose de nuevo.

—No he tenido suficiente de ti, Lucía —susurró contra su cuello —Y no pienso irme hasta que termines rogando por más.

Ella jadeó cuando sintió sus labios bajar por su pecho, su lengua húmeda acariciando sus pezones, mordiéndolos justo lo necesario para arrancarle un gemido. Se arqueó bajo su boca, hundiendo los dedos en su cabello.

Él descendió sin apuro, dejando un camino de besos calientes por su abdomen hasta llegar a su centro.

Se detuvo apenas un segundo, y la miró.

—¿Puedo?

—Hazlo ya —dijo ella, con la voz ronca y la necesidad ardiendo entre las piernas.

Entonces la besó allí, con la misma pasión con la que la había besado arriba. Lento, preciso, húmedo. Su lengua se movía en círculos, subía, bajaba, jugaba con ella como si fuera un postre que no quería que se acabara.

Ella se retorcía, con las piernas abiertas, los dedos agarrando las sábanas, los labios entreabiertos y un gemido atrapado en la garganta.

—Oh, Dios… sí… ahí… no pares…

Cuando estuvo a punto de explotar, él se detuvo solo para mirarla y alzarse de nuevo sobre ella, con la respiración agitada y el deseo a flor de piel. La penetró otra vez, más lento esta vez, más profundo, pero igual de intenso. Ella sintió cómo la llenaba por completo, cómo la tomaba con una firmeza que no tenía nada de casual.

Se movía dentro de ella con ritmo, con hambre, con esa mezcla perfecta de dominio y placer. Sus cuerpos se reconocían, se buscaban, se entendían.

—Eres tan jodidamente perfecta… —gruñó él entre dientes, besándola con fuerza.

La tomaba como si fuera suya desde siempre. Y ella se entregaba como si lo hubiera estado esperando toda su vida.

El segundo orga*smo la tomó por sorpresa, más intenso, más sucio. Gritó su nombre, aferrándose a su espalda mientras él también se derramaba dentro de ella, temblando, jadeando, con los músculos tensos y los labios pegados a su cuello.

Quedaron exhaustos, entrelazados, con la piel pegajosa, con las bocas aún rozándose.

Esa noche no durmieron. Y tampoco lo sabían aún, pero acababan de encender una llama imposible de apagar. Y volvieron a hacerlo, una y otra vez.

La madrugada se filtraba débilmente por la cortina del hotel. Él estaba recostado, con una mano detrás de la cabeza, el pecho desnudo aún cubierto por una fina capa de sudor. Ella, a su lado, jugaba con la sábana, envuelta solo hasta la cintura, dejando que uno de sus pechos quedara libre, sin pudor alguno.

—No suelo hacer esto —dijo ella, sin mirarlo directamente, con la voz suave —Acostarme con un hombre al que acabo de conocer.

Él sonrió apenas, sin sorpresa.

—Yo tampoco.

—Mientes —dijo ella con una sonrisa ladeada.

—Tú también.

Ella giró el rostro hacia él. Sus miradas se encontraron por unos segundos que parecieron más largos de lo que eran.

—Ni siquiera te llamas Daniel, ¿verdad?

—¿Y tú no eres Lucía? —respondió él con una ceja alzada.

Ella soltó una risa breve, nasal, sin culpa.

—Qué importa. Lo que pasó... pasó. Y fue jodidamente bueno.

—Eso no puedo negarlo —murmuró él, y le acarició la pierna bajo las sábanas.

Ella cerró los ojos por un segundo, disfrutando el contacto, pero sin dejar que el silencio se instalara.

—No preguntaré por tu vida. No quiero saber si de verdad es una despedida de soltero o solo un truco barato para levantar mujeres.

Él suspiró, sin dejar de mirarla.

—Eso sí es verdad, en unos días voy a casarme —admitió, sin adornos.

Ella se giró por completo hacia él, apoyando el rostro sobre su mano.

—Entonces mejor así. Sin nombres reales, sin drama, solo esto.

—¿Esto?

—Se*xo rico, intenso... y sin consecuencias.

Él deslizó la mano por su cadera, apretándola suavemente.

—Me gusta cómo suena.

—Claro que te gusta —dijo ella, con una sonrisa satisfecha —Pero no te confundas, no quiero volver a verte. Y tú tampoco a mí. Nos quedamos con esto. Con lo que fue.

—Una noche perfecta —dijo él, acercando sus labios a los de ella.

—Y nada más.

Se besaron de nuevo. No era un beso romántico. Era húmedo, cargado de deseo, de la promesa de un último round antes de que el amanecer los separara.

—Dime que aún puedes —susurró ella, con los labios contra los suyos.

—Contigo... siempre.

Y volvió a tenerla.

Desnudos, sudorosos, jadeando, como si fuera la última vez.

Sin saber que lo peor, y lo mejor, estaba aún por venir.

El sol comenzaba a colarse tímidamente entre las cortinas pesadas del hotel. La ciudad despertaba con ruido, pero dentro de esa habitación todo era silencio. Ella estaba ya vestida, con el cabello algo revuelto, los labios todavía hinchados por los besos y las piernas un poco temblorosas de tanto placer.

Él se sentó en el borde de la cama, apenas con los pantalones puestos, observándola en silencio mientras ella se ajustaba los tacones.

—No dejaré mi número —dijo ella sin mirarlo, con un tono seco pero no frío.

—No esperaba que lo hicieras —respondió él, cruzando los brazos sobre el torso desnudo.

Ella se acercó a la puerta, con la cartera colgada del hombro. Se detuvo un instante, solo para volverse hacia él.

—Gracias por la noche.

Él asintió, con una sonrisa leve y algo torcida.

—Gracias a ti, Lucía.

Ella entrecerró los ojos y negó suavemente con la cabeza, sonriendo.

—Sabemos que no es mi nombre.

—Ni el mío es Daniel.

Ella se apoyó brevemente en el marco de la puerta.

—Mejor así.

—Sí... mejor así.

Se quedaron en silencio unos segundos más. Luego, ella abrió la puerta y salió, dejando atrás el aroma a se*xo, a whisky y a una noche imposible de repetir.

Él se quedó mirando la puerta cerrada, aún desnudo del todo por dentro, como si algo en su cuerpo ya supiera que no sería tan fácil olvidarla.

Y ella bajó en el ascensor con una sonrisa apagada, repitiéndose mentalmente que fue solo eso: una aventura, un cuerpo, un gemido. Nada más.

Hasta que el destino se encargara de volver a ponerlo frente a ella…

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Comentarios (1)
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Mayte G
Que educado me salió, pidiendo permiso después de tremenda ronda inicial, jajaja
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