LOGINMilena Carlson siempre supo que la vida no sería fácil, pero jamás imaginó que estaría tan cerca de derrumbarse. Estudiante de Medicina, solo quería sobrevivir a una universidad que parecía un desfile de humillaciones y escapar de la miseria que la consumía día tras día. Trabajaba en dos empleos para pagar las cuentas y comprar los medicamentos de su padre, que luchaba por sobrevivir después de sufrir un segundo accidente cerebrovascular. Llevaba meses sin poder pagar la matrícula de la universidad y su sueño de convertirse en médica parecía desvanecerse poco a poco. Hasta el día en que fue llamada a la oficina del hombre más temido del campus. Marcelo De Valliére. Multimillonario, controlador, heredero de un imperio y emocionalmente destrozado desde que su prometida cayó en coma. Necesita un heredero para conservar la herencia de su madre, y el tiempo se está agotando. Milena entra en aquella oficina esperando una advertencia. Pero termina recibiendo una sentencia. —Si no paga la matrícula antes de la próxima semana, será expulsada. Sin universidad. Sin futuro. Sin ninguna forma de cuidar de su padre. Desesperada, suplica una oportunidad. Y Marcelo, sin el menor rodeo, le hace una propuesta que ningún corazón inocente debería escuchar: —Necesito a alguien que finja ser mi prometida ante la sociedad y mi familia. Y también que sea la madre subrogada. Usted, Carlson, es perfecta para eso. Entre la ruina y el sacrificio, Milena acepta. Por amor a su padre. Porque no tiene otra opción. Y porque, en el fondo, la fría mirada del multimillonario nunca le había parecido tan peligrosa... ni tan imposible de ignorar. Pero lo que debía ser un contrato frío termina convirtiéndose en un juego de poder y deseo, y el precio que tendría que pagar sería demasiado alto.
View MoreMilena Carlson se sentó en el escalón más escondido del pasillo de la universidad, abrazando su mochila con las asas rotas, sujetas apenas con grapas, que ya estaba empapada en gran parte por sus lágrimas.
Era allí, en el edificio de las carreras de la salud, donde pasaba la mayor parte de sus días intentando sobrevivir al agotador ritmo de la carrera de Medicina. Hoy había dormido apenas cuatro horas otra vez y no había comido nada. Después de terminar su turno en el bar, corrió directamente a casa para cuidar de su padre, Álvaro, que había sufrido un segundo accidente cerebrovascular. Era el único familiar que le quedaba desde que su madre la abandonó, aunque a veces él ya ni siquiera la reconocía. Pero parecía que, por mucho que se esforzara, la vida no daba ninguna señal de mejorar. Ahora ya ni siquiera sabía si valía la pena seguir en la universidad, persiguiendo aquel sueño que ya se había convertido en un lujo para ella. Milena estaba tan sumergida en su propio caos que no notó lo que ocurría a su alrededor. No se dio cuenta de la figura que permanecía al final del pasillo, con una postura firme, una presencia imponente, las manos en los bolsillos, observándola como si intentara descifrar cada fragmento de aquel llanto. El reloj de oro brillaba bajo la luz blanca, llamando la atención incluso desde la distancia. Con las manos se secó el rostro apresuradamente y se puso de pie. Caminó hasta el baño, entró rápidamente y se encerró en el cubículo más alejado. Apoyó la frente contra la fría puerta y sintió que las lágrimas volvían. Silenciosas. Cansadas. Sacó del bolsillo la receta médica arrugada. Era una lista de medicamentos esenciales, y lo que más la atormentaba era que eran demasiado caros. Apenas tenía dinero para el autobús. ¿Cómo iba a pagar todo aquello ese mes? —¿Por qué todo tiene que ser tan difícil? —susurró con la voz ronca. Se pasó el dorso de la mano por el rostro, intentando recomponerse. Cuando estaba a punto de salir del cubículo, la puerta del baño se abrió. Milena reconoció de inmediato las voces: Sara, la hija consentida del director, y Carina, que siempre iba pegada a ella. Rápidamente volvió a cerrar la puerta y permaneció en silencio. —¿Viste que Milena está llegando tarde todos los días? —preguntó Sara con desdén—. Los profesores están perdiendo la paciencia. —Es una lástima —dijo Carina—. Es una de las mejores alumnas de la clase. Pero si sigue así, pueden expulsarla. Sara soltó una breve carcajada. —Vamos, Carina. ¿De verdad crees que no hace todo eso para llamar la atención? Esa chica parece una mendiga. Seguro que vino a estudiar aquí para ver si encuentra a alguien que la mantenga. —¡No creo eso! —replicó Carina—. Sé que trabaja muchísimo en el bar cerca de su casa. Y además cuida sola de su padre enfermo. Quien busca una vida fácil no haría eso. —Es su problema —la interrumpió Sara con impaciencia—. Tú y tu manía de sentir lástima por los pobres. Pero basta de hablar de ella. Tengo algo mucho mejor que contar. Aunque no se lo digas a nadie. Mi padre comentó que el señor De Valliére está buscando a alguien para ser madre subrogada. ¿Eso no es ilegal? Milena abrió los ojos de par en par dentro del cubículo. Carina arqueó las cejas. —¿Hablas en serio? ¿Una madre subrogada? En fin, no es ilegal si hay un contrato. Ya sabes cómo es él... está rodeado de abogados. Necesita un hijo, pero su prometida lleva años en coma. El procedimiento de inseminación artificial no tiene burocracia. Será fácil para quien acepte. Y hay algo más... mi padre dijo que necesita un heredero con urgencia; de lo contrario, toda la fortuna de la familia pasará a manos de su padre. Y, por lo que dijo mi padre, él jamás permitirá que eso ocurra. —Eso es interesante —dijo Sara con entusiasmo. —¿Te parece normal? —replicó Carina—. Es un poco... enfermizo. —¿Enfermizo? Para nada. —Sara se encogió de hombros—. Si el pago fuera bueno, hasta yo aceptaría. ¿Te imaginas la cantidad? Y seamos sinceras, ¿quién le diría que no a un hombre tan atractivo como Marcelo? Carina suspiró. —Él no va a querer a alguien como tú. Va a querer a alguien discreta, con pocos contactos y que esté tan desesperada que acepte ser utilizada de esa manera. Estoy segura de que ya tiene a alguien en mente. Sabemos que el señor De Vallière no hace nada sin haber planeado hasta el último detalle. Y... bueno... hay gente que dice que lo vio observando a Milena, porque se parece un poco a su prometida. Sara se rio a carcajadas. —Ay, por favor, Carina, esos son solo rumores. ¿De verdad crees que un hombre como él perdería el tiempo observando a alguien como ella? Su prometida era perfecta. Milena no le llega ni a los talones. Pero... la verdad... da un poco de miedo pensar que pueda existir alguien tan parecida a otra persona sin ser familia. Si él elige a alguien, no me sorprendería que fuera ella. ¿Crees que aceptaría? —No lo sé. Pero estoy segura de que muy pronto lo descubriremos. Milena sintió que el corazón se le aceleraba. Aquello era demasiado absurdo. Pensó que algo así solo existía en las novelas y en los libros. Y pensar que incluso Sara, que había crecido rodeada de lujos, había considerado esa posibilidad hacía que todo pareciera aún más irreal. Las dos salieron riéndose. Cuando la puerta se cerró, Milena se quedó inmóvil, respirando hondo, intentando procesar todo lo que había oído. Cuando se dio cuenta de que estaba sola, salió del cubículo y fue hasta el lavabo. Se lavó el rostro con agua fría, intentando borrar las huellas del llanto. En el reflejo vio que sus ojos seguían hinchados, se quitó el uniforme de trabajo y se puso su ropa gastada. Siempre llevaba una muda sencilla en la mochila, porque a veces necesitaba cubrir el turno de alguien y salía directamente del trabajo para ir a clases. Con los dedos, recogió su largo cabello pelirrojo y se hizo un moño para ocultar el cansancio acumulado. —Nunca imaginé que alguien como él... tan poderoso... pudiera querer algo tan absurdo —murmuró, horrorizada—. El mundo de los ricos es realmente extraño. Pagan incluso para tener un hijo. —Por un momento se miró de una manera diferente—. ¿Será que de verdad me parezco a ella? Un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Sacudió la cabeza, ahuyentando aquellos pensamientos. Milena guardó rápidamente la receta de nuevo en la mochila y respiró hondo. Necesitaba ir a clase; sus constantes retrasos realmente podían perjudicarla. Pero, al salir del baño, no dio ni tres pasos antes de chocar de frente con un estudiante al que nunca había visto. —¿Eres Milena Carlson? —preguntó él. Ella entrecerró los ojos y le dedicó una sonrisa amable. —Sí, soy yo. ¿Por qué? El joven se acomodó la mochila sobre los hombros, luciendo nervioso. —El señor De Valliére quiere hablar contigo, ahora mismo. Dijo que es urgente. —¿El dueño de la universidad? —Milena sintió que el estómago se le hundía—. ¿Qué quiere conmigo? El joven asintió. —No lo sé. Pero me pidió que fueras a verlo ahora mismo. Me pareció que se trataba de un asunto serio.La enfermera observaba la escena en silencio mientras Heitor seguía sosteniendo a la pequeña en brazos como si tuviera miedo de que se le escapara. El llanto del bebé ya había disminuido; solo quedaban pequeños quejidos bajos contra su pecho. — Necesitamos registrar el nombre del bebé, señor. —dijo la enfermera con suavidad—. ¿Ya lo ha elegido? Heitor bajó la mirada hacia su hija unos segundos. Los dedos acariciaron despacio el rostito pequeño antes de que respondiera. — Había pensado en Laura. ¿Qué le parece, abuelo? Richard permaneció inmóvil un instante. Laura no era el nombre que Sophia había elegido. Oír otro nombre puesto a aquella niña provocó un apretón extraño en su pecho. Porque durante los últimos días solo había existido «Aurora». Veía por la cámara a Sophia conversando con la barriga. Le cantaba y, cuando dijo por primera vez el nombre que había elegido, parecía tan acertado mantenerlo. Richard respiró hondo antes de acercarse despacio. — ¿Qué le parece Aurora? Ta
Durante todo el camino, Heitor no consiguió quedarse quieto; la pierna se balanceaba sin control. El hospital apareció pocos minutos después. Heitor prácticamente frenó frente a la entrada de urgencias y salió del coche sin siquiera cerrar bien la puerta.Danilo lo vio atravesar el pasillo demasiado rápido. El rostro cerrado, los ojos cargados de una tensión que raramente demostraba.— ¿Mi hija? —preguntó de inmediato.— Sin noticias por ahora. —respondió Danilo acercándose—. La chica perdió mucha sangre en el accidente; estoy preocupado.Heitor se pasó la mano por el rostro nerviosamente.— No me importa cómo está ella. Si está ahí es por su propia culpa.Heitor empezó a andar de un lado a otro por el pasillo, demasiado inquieto para permanecer quieto. La mandíbula trabada delataba el esfuerzo absurdo por mantener el control.— ¿Cómo ha podido hacer una idiotez de esas? —murmuró irritado.Danilo desvió la mirada un instante.— Entró en pánico cuando me vio.Heitor soltó una risa seca
El semáforo seguía en rojo, pero Sophia ya no conseguía pensar con claridad. El corazón latía demasiado rápido, la respiración fallaba, y los ojos no conseguían despegarse del retrovisor donde Danilo todavía la miraba.— No… no… no… —murmuró desesperada.El dolor volvió más fuerte esta vez, atravesando la parte baja de la barriga. Sophia apretó el volante con fuerza mientras intentaba respirar, pero todo parecía demasiado apretado dentro del pecho. Entonces vio a Danilo abrir la puerta del coche de al lado.Aquello fue suficiente. En el instante siguiente aceleró atravesando el semáforo en rojo.— ¡Sophia! —gritó Danilo antes de maldecir en voz baja y entrar en su propio coche—. ¡Joder!Arrancó detrás de ella de inmediato.Más adelante, Sophia apenas veía con claridad. Las manos temblaban tanto que el volante parecía escapársele de los dedos. El nerviosismo aumentaba a cada segundo, mezclado con el dolor que volvía en oleadas cada vez más fuertes. Miró de nuevo por el retrovisor. Dani
Mientras conducía, un dolor leve atravesó la parte baja de la barriga, haciendo que Sophia apretara el volante automáticamente. Aurora ya estaba encajada desde hacía semanas; los movimientos habían disminuido mucho en los últimos días, pero la presión constante y las pequeñas molestias parecían aumentar conforme se acercaba el parto.Sophia respiró hondo, intentando mantener la calma. Necesitaba llegar al hotel. Después de eso, todo cambiaría. Estaría demasiado lejos para que cualquiera pudiera encontrarla.Pero las manos seguían temblando en el volante; la respiración corta. El corazón demasiado acelerado.Pasó por un giro sin darse cuenta del todo y solo lo notó cuando las calles empezaron a volverse estrechas y demasiado silenciosas. No reconocía aquella zona; siempre que salía era con Hugo o con un chófer. Miró rápidamente por el retrovisor y sintió que el nerviosismo aumentaba aún más.— Joder… joder…Al otro lado de la ciudad, Heitor atravesaba el vestíbulo del edificio del abue






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