FAZER LOGINAtrapada en una deuda ineludible tras la muerte de su madre, Aurora Jackson, de veinte años, se ve obligada a soportar constantes abusos como niñera interna de la despiadada Tina May. Su vida es una condena diaria de supervivencia… hasta que él se muda a la casa de enfrente. El despiadado y poderoso CEO de treinta y cinco años, Jace Carter, necesita una esposa para asegurar su imperio. Cuando presencia el sufrimiento de Aurora, le ofrece una salida: firmar un contrato matrimonial, darle un heredero y marcharse con total libertad e independencia económica. Aurora acepta el pacto con el diablo para escapar de su pesadilla. Pero dentro de su gran mansión, a puerta cerrada, las líneas entre una fría transacción comercial y una peligrosa pasión empiezan a difuminarse. ¿Es solo una cláusula de su contrato o se ha encerrado en algo mucho más profundo?
Ver mais**POV de Aurora**
—¿Te das cuenta de lo que esto significa, verdad? —La voz de la señora Tina sonaba como un eco de fondo mientras yo contemplaba el cuerpo inerte de mi madre.
Todo se movía a mi alrededor como una borrosa confusión y no creía estar lista para enfrentar esto… lista para enfrentar mi realidad.
—¡Ay!
Sentí una mano tirarme de la oreja…
—Te dije que espero que sepas lo que esto significa, Aurora.
Asentí.
—Usa las palabras —escupió.
—Sí, señora —bajé la cabeza, todas mis emociones desplomándose sobre mí a la vez.
Satisfecha, se apartó, midiéndome de arriba abajo con una sonrisa de aprobación en el rostro y, con un resoplido, se dio la vuelta.
—¿Quién se hará cargo de los costos finales de la señorita Jackson? —dijo el doctor en cuanto entró en la habitación y se acercó a mi madre para cubrirla.
—Yo. La pobre huérfana no puede hacer nada por sí misma —me lanzó una sonrisa dulce y burlona.
El doctor me miró con lástima y siguió a la señora Tina.
Me acerqué al cuerpo de mi madre, tomé su mano fría entre las mías y, por primera vez desde que todo comenzó… solloceé.
—Como solo queda una de nosotras, solo una de nosotras ganará esto por las dos —mi voz se quebraba entre hipidos.
Una sombra se acercó y, sin mirar atrás, supe quién era.
—¿Ya terminaste? No eres la primera en quedarte huérfana —el clic de sus tacones anunciaba que se acercaba.
—Aurora…
Me giré hacia ella, que ya lucía una expresión de irritación.
—Me debes dinero.
—Lo sé, señorita. Por favor, deme algo de tiempo. Le conseguiré su dinero —supliqué, esperando que me diera un plazo.
—¿De dónde crees que vas a sacar más de cien mil dólares? Debes de estar enferma de la cabeza —escupió con tanto veneno.
—Cuando termines tu fiesta de autocompasión, quiero verte de vuelta en mi casa exactamente a las seis de la tarde. Toda esta exhibición de tonterías sinceramente no me concierne.
El sonido de sus tacones alejándose llenó toda la sala.
Volví a mirar el cuerpo sin vida de mi madre y desee que al menos la señora Tina hubiera pagado la cremación.
—Lamento que tenga que pasar por esto —la voz del doctor me sacó de mis pensamientos.
—Está bien… ¿por favor, la tarifa de la cremación estaba cubierta?
—No, señorita, no lo estaba —su voz estaba cargada de lástima—. Pero creo que puedo ayudarla. Lo haré gratis. Se merece quedarse con las cenizas.
No podía estar más agradecida.
—Muchísimas gracias. Dios la bendecirá de verdad.
Él solo sonrió y sacó el cuerpo de la sala hacia donde lo cremarían.
**~45 minutos después~**
Estaba de pie frente al hospital con las cenizas de mi madre en brazos y sin idea de cómo iba a llegar a la casa de la señora Tina.
«Pero si va a seguir ladrando, más vale que me tome mi tiempo para llegar a la casa», pensé.
Encontré la playa más cercana y tomé un taxi hasta allí, decidiendo que sería el lugar de descanso final de mi madre, porque amaba la playa con todo su corazón.
El viento esparció el polvo gris pálido sobre las oscuras olas del océano. De pie en la orilla, con el aire salado ardiendo en mis ojos hinchados, no solo me despedí de mi madre: le hice una promesa.
Un cubo de agua fría me cayó por encima del cuerpo y me hizo despertar de un salto.
—¿Qué demonios fue eso? —grité, mirando a mi alrededor con frenesí, hasta que mis ojos se posaron en los engendros del mismo diablo, que se reían y se carcajeaban.
—Nuestra madre dijo que despertáramos a la inútil —y luego salieron caminando con aire de superioridad.
Uno esperaría que, por ser niños, tuvieran más compasión que su madre, pero odio decirte que son peores que ella.
Exactamente un año después, todavía tengo que aguantar esta m****a y, lo peor de todo, ni siquiera puedo hacer un recuerdo digno por mi madre.
—Presumo que sabes a qué hora se supone que debes despertarte. No me hagas recordártelo nunca más.
Necesito encontrar una salida, y rápido.
Me arrastré fuera del colchón empapado, temblando mientras la tela húmeda de mi ropa se pegaba a mi piel. La habitación no era más que un armario de almacenamiento glorificado escondido debajo de la escalera principal de la mansión, con corrientes de aire y un leve olor a moho.
Pero no dejé que las lágrimas cayeran.
No me había permitido llorar delante de Tina ni de sus hijos sádicos en trescientos sesenta y cinco días, y tenía la intención de que siguiera siendo así.
Me sequé la cara con el dorso de la muñeca magullada y respiré hondo y despacio para calmarme.
La rutina matutina era una maratón brutal diseñada para mantenerme exhausta. Preparar el desayuno para dos adolescentes desagradecidos, fregar la casa hasta que brillara, planchar su ropa, cuidar los jardines.
Y no olvidemos sus gritos de por medio.
A media tarde, los músculos me dolían y las manos me ardían por los químicos de limpieza, pero mientras arrastraba una pesada cesta de ropa húmeda hacia el balcón del segundo piso, me detuve y me sequé el sudor de la frente.
Fue entonces cuando vi un auto deportivo detenerse en la casa de al lado y, por curiosidad, quise saber de quién se trataba.
Un hombre bajó.
Era alto… calculé unos 1,93 metros, con un extraño peinado partido al medio y hombros anchos. Gritaba a gritos “hombre rico egoísta” y, naturalmente, yo odiaba a esa clase de personas.
Pero…
Cuando se detuvo… giró la cabeza lentamente, mirando directamente a través del estrecho espacio entre los dos edificios, hacia el balcón del segundo piso de la casa de Tina.
Sus ojos se cruzaron con los míos durante una fracción de segundo.
—¡Aurora!
Puse los ojos en blanco.
—¡Aurora! —la voz de Tina volvió a chillar desde el pasillo, el pesado golpeteo de sus tacones resonando con furia hacia el balcón—. ¡¿Dónde está mi té, inútil?!
Fingí no oírla mientras mantenía la mirada fija en el hombre de ojos azules que se mudaba a la casa de al lado.
Tina irrumpió en el balcón, el rostro contorsionado por la rabia, la mano ya levantada para golpearme en el hombro.
—¡¿Me oíste hablarte?!
Me agaché ligeramente, recibiendo el golpe con un asentimiento sumiso practicado, pero por el rabillo del ojo vi cómo él se detenía al oír el impacto. Su mandíbula se tensó, pero mantuvo una expresión pasiva, sus ojos azules recorriendo la escena que se desarrollaba en mi balcón.
—Bienvenido a nuestro pequeño tablero de ajedrez —un leve gesto se dibujó en la comisura de mis labios mientras Tina me arrastraba hacia adentro.
**POV de Aurora**La sala de juntas se quedó en silencio en el momento en que Jace se levantó.Doce rostros se volvieron hacia él con la particular atención reservada a los hombres que ya habían decidido el resultado de una votación antes de que empezara la reunión. Jason se sentaba al otro extremo de la mesa, la postura relajada, la expresión cuidadosamente neutral, la mirada de un hombre que creía que por fin había forzado el momento decisivo.Jace no abrió con una defensa. No abrió con números. Simplemente dejó una sola hoja de papel sobre la superficie pulida y la empujó hacia el centro.—Con efecto inmediato, dimito como co-CEO de la firma J&J. Renuncio a toda autoridad operativa, a todos los derechos de voto vinculados a mi cargo ejecutivo y a cualquier reclamación de control exclusivo bajo los términos de sucesión establecidos por nuestro padre. La empresa pasa íntegramente a Jason Carter.El silencio que siguió fue absoluto. El bolígrafo de alguien se detuvo a mitad de un traz
**POV de Aurora**Se lo conté en el estudio, con la puerta cerrada y la luz de la tarde ya desvaneciéndose a través del escritorio donde el contrato matrimonial una vez se había sentado entre nosotros como una negociación terminada.Jace estaba de pie de espaldas a la ventana, los brazos cruzados, esperando en la particular quietud que usaba cuando ya sospechaba la forma de lo que se avecinaba. Dejé la confirmación de la clínica sobre la madera entre nosotros y observé cómo sus ojos se movían por la fecha y la única palabra clara.Positivo.No habló de inmediato. Miró el papel durante un largo rato, luego a mí, luego de nuevo al papel como si los números pudieran reorganizarse en algo menos permanente.—¿Cuánto tiempo llevas sabiéndolo?—Una semana. Un poco más.—Y esperaste.—Necesitaba estar segura de algo más que la prueba.Exhaló una vez, lento y controlado, el sonido de un hombre recalculando un tablero entero en tiempo real. Luego cruzó la habitación y me atrajo hacia él con un
**POV de Aurora**El banco se encontraba en una esquina tranquila del distrito financiero, de esos lugares que no anuncian su presencia y no dan la bienvenida a las preguntas. Le di a la empleada el nombre de la carta de mi madre y el código de referencia escrito con su letra cuidadosa. La mujer detrás del mostrador estudió mi identificación durante un largo rato antes de desaparecer en una habitación trasera.Regresó con una pequeña caja de metal y un formulario que requería mi firma y una segunda prueba de identidad. Firmé. La caja pesaba más de lo que parecía.Dentro había un único sobre sellado y un delgado libro de contabilidad encuadernado en cuero. El sobre llevaba de nuevo la letra de mi madre. El libro contenía página tras página de números, registros de transferencias y una anotación final fechada la semana antes de su muerte.Los derechos de voto secundarios nunca se habían extinguido. Habían sido colocados en un fideicomiso inactivo bajo un nombre corporativo que ya no apa
**POV de Aurora**John me observaba con atención, y fue entonces cuando comprendí lo que estaba haciendo. No se limitaba a decirme que lo sabía: estaba observando para ver qué haría yo con la información.—¿Lo sabe Jace?—No.—¿Planeas contárselo?—Sí.—¿Cuándo?—Cuando esté lista.Su expresión se mantuvo ilegible.—Puede que no sea lo bastante pronto.—¿Qué significa eso?—Significa que deberías entender lo que representa tu embarazo antes de anunciarlo.Lo miré.—Mi bebé no es un activo empresarial.—Para ti, quizás.—Y para Jace.John soltó una risa baja.—Todavía no entiendes a mi hijo.—Lo entiendo mejor de lo que crees.—¿Lo crees?—Sí.—Entonces deberías saber que Jace ha pasado toda su vida creyendo que tiene que ganar.No dije nada.—Él piensa que esta empresa es el premio.—¿Y tú no?—Creo que la empresa es el campo de batalla.Me giré hacia él.—¿Y exactamente por qué estás peleando tú?—Por el control.La respuesta llegó sin dudar. Miré la carpeta que seguía abierta sobre


















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