INICIAR SESIÓN
El sueño volvió a encontrarme.
No llega como los sueños comunes, esos que se desvanecen al abrir los ojos. Este no. Este se aferra. Se incrusta en la piel como una espina que nadie ve pero que sangra cada vez que respiro.
Estoy otra vez ahí.
El carruaje detenido. El silencio extraño en medio del camino. El grito que nunca salió de mi garganta. Recuerdo las manos antes que los rostros, siempre las manos, ásperas, urgentes, reclamándome como si mi cuerpo fuera un territorio conquistado. El olor a tierra húmeda. La tela desgarrándose. Mi voz quebrándose en súplicas que nadie escuchó.
—No…
Intento decirlo, pero en el sueño nunca suena. Nunca tengo voz.
Lo peor no es el dolor. Es la certeza. Esa sensación insoportable de que todo estaba decidido mucho antes de que yo lo supiera. Como si mi destino hubiera sido escrito en una tinta oscura y cruel.
Despierto de golpe.
El aire no entra bien en mis pulmones. Mis manos tiemblan sobre las sábanas. Mi camisón está pegado a la piel, húmedo. Tardo unos segundos en recordar dónde estoy. El techo alto. Las cortinas pesadas. El lujo frío que nunca llega a sentirse como hogar.
Esto en el palacio de Sebastián Castellan, el rey, mi prometido.
Me incorporo lentamente, pero el temblor no se detiene. Es como si el sueño no se hubiera ido del todo. Como si algo dentro de mí insistiera en mantenerlo vivo, en repetirlo, noche tras noche, sin descanso.
No olvides.
Esa es la sensación.
No olvides.
Aprieto los dedos contra mi pecho, como si pudiera contener el eco de lo vivido, pero es inútil. Nunca se detiene. Nunca me deja en paz.
Respiro hondo. Una vez y otra. Pero no es suficiente.
Siento que no puedo quedarme aquí.
Salgo de la cama sin encender las luces. No quiero ver mi reflejo. No quiero comprobar si en mis ojos todavía vive ese miedo. Camino descalzo por la habitación y abro la puerta con cuidado, como si el silencio pudiera romperse con el más mínimo gesto.
El pasillo está vacío.
Eso, por sí solo, ya es extraño.
Desde que llegamos al palacio de Sebastian, siempre hay guardias. Siempre. En cada esquina, en cada acceso, en cada puerta. Él insistió en ello. Por mi seguridad.
Por mi bienestar.
Por mi tranquilidad.
Pero ahora, no hay nadie.
Avanzo despacio, sintiendo el frío del suelo bajo mis pies. El silencio no es reconfortante. Es inquietante.
—¿Hola…?
Mi voz suena baja, insegura. No espero respuesta. No la hay.
Sigo caminando.
Tal vez debería volver a mi habitación. Tal vez debería llamar a alguien. Pero hay algo dentro de mí, una inquietud que no logro nombrar, que me empuja hacia adelante.
Hacia el jardín.
Desde que llegue al palacio siempre he encontrado algo de paz ahí. Aunque sea una ilusión. Aunque dure solo unos minutos.
Empujo la puerta que da al exterior y el aire nocturno me envuelve. Es fresco, suave. La luna ilumina los senderos de piedra con una claridad tenue, casi irreal.
Y entonces lo veo.
El lugar, mi lugar favorito y me detengo.
No puedo evitarlo.
El pequeño claro entre los rosales, donde las luces doradas cuelgan como estrellas atrapadas. Donde el mundo pareció detenerse aquella noche.
Donde Sebastián se arrodilló frente a mí y me pidió matrimonio.
—No me importa lo que te hicieron, Lila —me dijo entonces, con esa voz firme que siempre parecía protegerme de todo—. No cambia nada. Tú sigues siendo tú. Y yo, yo te amo. Además nadie tiene porque enterarse.
Recuerdo haber llorado como nunca.
En ese instante, todo el dolor, toda la vergüenza, todo lo que había perdido, pareció encontrar un lugar donde descansar. Porque él estaba ahí. Porque me eligió incluso rota.
Porque me amaba o eso creí.
Doy un paso hacia el claro y entonces escucho voces.
Me detengo de inmediato.
Reconozco la suya.
Sebastian.
No debería estar aquí a esta hora y no está solo, la otra voz es de Elena. Mi hermana menor.
Mi corazón da un vuelco.
No sé por qué, pero no me acerco. No salgo a su encuentro. Me quedo donde estoy, oculta entre las sombras, como si algo dentro de mí supiera que no debo ser vista.
—Esto se ha prolongado más de lo necesario —dice Sebastian, en un tono que no le conocía—. No podemos seguir así.
—No fue mi decisión —responde Elena, suave, casi herida—. Tú fuiste quien insistió.
Hay un silencio breve.
—Era la única manera —dice él finalmente—. Necesitaba mantenerte a salvo.
Siento cómo mi respiración se vuelve más lenta, más pesada.
—¿A salvo, de qué exactamente? —pregunta ella—. Porque no me parece que casarte con mi hermana sea una solución sencilla.
Sus palabras me atraviesan. ¿De qué se trata esto?
—Es la única solución —replica Sebastián—. Mientras todos crean que mi interés está en Lila, tú quedas fuera del juego y no correrás ningún peligro.
El mundo se inclina ligeramente porque no entiendo.
No quiero entender.
—Siempre encuentras la forma de justificarlo —dice Elena, con una risa baja—. Incluso aquello…
Se detiene.
—No empieces —la interrumpe él, más brusco de lo que jamás lo he escuchado.
—¿Por qué no? —insiste ella—. Después de todo, funcionó, ¿no? La destruiste justo lo suficiente para que dejara de ser una amenaza para mi.
Siento que el aire desaparece.
—No fue para tanto —dice Sebastián, pero su voz no suena convincente.
—Claro que lo fue —responde Elena, casi con dulzura—. Lila siempre me ha odiado. Siempre me ha molestado —hace una pausa— y agredido.
Mis manos comienzan a temblar. Aquello es una mentira porque Elena siempre a sido la que me a maltratado a mí no al revés.
—No la odio —dice él. — pero tenía que asegurarme de que recibiera su merecido. Debía pagar por todo el daño que te ha causado.
—Entonces dime —susurra Elena—, ¿a quién amas?
El silencio que sigue es largo, demasiado largo y cuando finalmente habla, su voz es más baja, más íntima.
—A ti.
Todo dentro de mí todo se termina de romper.
No soy capaz de gritar, pero si lo que entiendo es correcto Sebastián está detrás del ataque en donde aquellos hombres…
—Siempre ha sido así —continúa él—. Desde el principio.
—Entonces. ¿Estás seguro de que Lila no te interesa? —murmura entonces Elena.
—Ya te lo dije, ella es un medio para protegerte—dice Sebastián, con una calma que me resulta insoportable—. Nada más. Un sacrificio necesario.
No puedo moverme, siento que no puedo respirar y no soy ni capaz de pensar con claridad.
¿Cómo podré seguir adelante?
La habitación permanecía en calma después de la entrega de sus cuerpos, aunque aquella calma no era frágil ni dulce en el sentido común de la palabra, porque donde el príncipe oscuro existía nada podía sentirse del todo inocente. La sombra lo seguía incluso en reposo, se extendía desde su piel como una bruma negra que parecía respirar con él, envolviendo la cama, las cortinas y el cuerpo de Freya su alma gemela con una posesividad silenciosa que no necesitaba violencia para ser absoluta.Freya estaba recostada sobre su pecho, con una mano apoyada sobre la piel marcada de su compañero, todavía tibia por el esfuerzo compartido. Hacía apenas unos meses había dado a luz, y aun así Philip la miraba como si ninguna reina, ninguna diosa ni ninguna criatura nacida del más alto linajes pudiera compararse con la loba híbrida que respiraba tranquila entre sus brazos.—Estás pensando demasiado —murmuró ella, sin levantar la cabeza.Philip deslizó los dedos por su espalda con una lentitud que no bu
Uno reconoce a quien ha estado en el infierno y sobrevivido, porque hay una clase de silencio que no nace de la calma, sino de haber gritado tanto que el alma aprende a quedarse inmóvil para no romperse de nuevo, y cuando el príncipe oscuro regresó con Orion Fangmoon, Maerys Dravelle y un bebé envuelto contra el pecho de ella, supe antes de tocarlos que ninguno había salido ileso del cautiverio del demonio dragón.No me dieron explicaciones al inicio.El príncipe jamás desperdiciaba palabras cuando consideraba que los hechos eran suficientes, así que solo dejó a los tres en la cámara médica que me había asignado y me miró con esa expresión que siempre lograba hacerme recordar que, aunque lo sirviera por obligación y no por lealtad, mi existencia seguía dependiendo de su paciencia.—Atiéndelos —ordenó.No pregunté qué había sucedido, porque Orion a pesar de ser una creatura inmortal que debía sanar por sí solo tenía marcas de sometimiento sobre la espalda que jamás se borrarían y rastro
Cruzar el velo fue como permitir que algo me arrancara de mi propio territorio mientras todavía escuchaba, a lo lejos, los ecos de una guerra que no había terminado, y aunque cada instinto de Alfa me gritaba que regresar era mi obligación, el vínculo que llevaba latiendo débilmente dentro de mí se abrió con tanta violencia que cualquier pensamiento ajeno al de salvar a mi compañera destinada dejó de tener sentido.—Aguanta —murmuré, sin saber si podía escucharme—. Ya crucé.El mundo original no me recibió con claridad, sino con un paisaje roto así que hice lo único que se me ocurrió y aquello me hizo pensar en Cassiel, en todas las veces que lo critiqué por recurrir a magia negra cuando su desesperación lo llevaba a bordes que cualquier lobo sensato habría evitado. Lo llamé imprudente. Lo llamé condenado por sus propias obsesiones. Le dije más de una vez que jugar con fuerzas prohibidas siempre cobra de vuelta.Pero entonces me abrí la palma con una garra y dejé que mi sangre cayera f
El regreso a Umbra Noctis no tuvo la apariencia de una celebración inmediata, porque las victorias verdaderas rara vez llegan limpias, envueltas en música y sonrisas, sino cargadas de cuerpos cansados, silencios largos y manos que tiemblan cuando por fin dejan de sostener armas.Aun así, cuando las puertas del castillo se abrieron para recibirnos, sentí que algo dentro de mí terminaba de asentarse.No porque el dolor hubiera desaparecido ni porque el pasado hubiera dejado de existir, sino porque al fin regresaba a casa con todo aquello que habían intentado arrebatarme.Cassiel caminaba a mi lado con Cassian en brazos, mientras yo sostenía a Alessia contra mi pecho. Nuestros hijos dormían tranquilos, ajenos a la forma en que toda la manada inclinaba la cabeza al vernos pasar, no con temor, sino con una emoción contenida que convertía cada mirada en algo demasiado grande para nombrarlo.Cinthia caminaba detrás de nosotros junto a Roy, ambos agotados y tercamente preocupados por nosotros
El amanecer encontró el territorio de Orion cubierto de cansancio, heridas y silencio, pero no de derrota.Razar estaba muerto, el velo seguía sellado y a los dragones que aceptaron las condiciones impuestas se les permitió habitar con tranquilidad hasta que el velo pudiera abrirse de nuevo.Mis hijos dormían por fin.Alessia descansaba contra mi pecho, con su respiración tranquila rozándome la piel, mientras Cassian dormía en brazos de Cassiel, pequeño, agotado y ajeno a la manera en que su existencia acababa de obligar a lobos, rebeldes y dragones a redibujar sus límites. Verlos así, vivos, protegidos, respirando bajo la luz nueva del día, hizo que mi cuerpo comprendiera el cansancio que mi mente había estado ignorando.Cassiel estaba a mi lado, aun herido.—Sabes que voy a sanar por mí mismo, no necesito ayuda—murmuró él.—Necesitas dejar de discutir por todo.Cinthia, que estaba junto a nosotros, le apretó el vendaje a Roy con más fuerza de la necesaria.—Tu ni empieces a decir lo
Razar estaba bajo mis garras, derrotado ante los lobos, los rebeldes y los dragones que habían cruzado con él, pero todavía no estaba destruido.Lo sentí en su mirada.Incluso tendido sobre la tierra de Etheria, con la sangre marcándole el rostro y la autoridad rota frente a todos, seguía buscando una salida, una palabra, un gesto, cualquier grieta desde la cual reconstruir el derecho con el que había intentado reclamarme a mí y a mis hijos.Los reyes como él no se rendían solo por perder una batalla, sino que cambiaban de máscara, esperaban el momento adecuado y volvían a llamar tradición a las cadenas.Por eso comprendí, con una calma que no me pertenecía únicamente a mí, que dejarlo vivo era permitir que la amenaza respirara otra vez sobre Alessia y Cassian.Ciri lo entendió al mismo tiempo que yo y, aunque no habló porque no hacía falta, Razar intentó sonreír.—Si me matas, los dragones no olvidarán.—No necesito que olviden —respondí, manteniéndolo contra el suelo—. Necesito que







