FAZER LOGINNo recuerdo haber reaccionado cuando mi padre explicó que nuestro abuelo había sellado un pacto con el Alfa de la manada Umbra Noctis durante la Guerra de las Tres Coronas, cuando los reinos humanos estaban al borde del colapso y fue Cassiel Raventhorn quien inclinó la balanza para salvar nuestro ducado, dejando claro que los lobos ayudarían… a cambio de algo que en su momento pareció insignificante, algo que mi abuelo creyó que jamás tendría que pagar.
Una de las hijas de su primogénito.
Un tributo.
No lloré.
Elena sí.
Porque si yo estaba comprometida con Sebastián Castellane, el rey de Boca del Río, entonces era evidente quién debía saldar la deuda.
Ella.
Huyó sin mirar atrás, directo a su habitación, mientras mis padres seguían discutiendo.
Yo solo… la seguí.
Su puerta estaba entreabierta.
Entré sin llamar.
La encontré de espaldas, caminando de un lado a otro como un animal acorralado, con las manos temblando y la respiración rota, viendo cómo su mundo comenzaba a desmoronarse, de una forma que yo conocía demasiado bien.
—Esto no puede estar pasando, —repetía—. Esto no puede ser real, necesito hablar con Sebastián.
Cerré la puerta tras de mí, e sonido la hizo girarse y cuando me vio, algo cambió en su expresión.
—Lila… —susurró, acercándose—. Tienes que ayudarme.
No respondí, solo la miré y eso pareció alterarla más que cualquier palabra.
—No entiendes —continuó, apresurándose—. Yo no puedo ir, ¿de acuerdo? No puedo, no puedo terminar así, no después de todo…
Se detuvo, me observó con más detenimiento como si intentara tomar una decisión.
—¿Por qué estás tan tranquila? ¿No te importa que tu hermana menor vaya ser victima de un destino tan cruel?
Una risa baja, amarga, escapó de mis labios.
—¿Importarme?
La pregunta se sintió ajena en mi boca.
—Lila, escúchame —insistió, ignorando mi reacción—. Yo sé que esto puede ser horrible, pero hay una forma de solucionarlo, ¿sí? Hay una forma de evitar que me lleven ante Cassiel Raventhorn necesito contarte una verdad.
La miré en silencio esperando para ver si con tal de salvarse de la situación se atrevía a decirme lo que yo ya sabía y que me destrozaba por dentro.
—Sebastián no te ama — hizo una pausa, midiendo las aguas. —Él me ama a mí —continuó, con urgencia—. Siempre lo ha hecho. Todo esto, este compromiso, fue solo una forma de protegerme, de mantenerme fuera del alcance de sus enemigos, ¿entiendes? Sus sentimientos nunca fueron reales.
No aparté la mirada ni reaccioné y eso la descolocó.
—Dime algo —exigió, su voz quebrándose—. Di algo, Lila.
Incliné ligeramente la cabeza.
—Ya lo sabía. Lo descubrí anoche.
El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores.
Pesado, cortante e inesperado para mi hermana menor.
—¿Qué? —susurró.
—Que ya lo sé —repetí, sin cambiar el tono—. Estuve en el jardín anoche.
La forma en que retrocedió fue casi imperceptible, pero la vi.
—Tú… —su voz tembló—. Tú no debías…
—Escuchar la verdad —terminé por ella—. Lo sé.
Nos quedamos mirándonos, por primera vez sin máscaras.
—Entonces entiendes —dijo finalmente, aferrándose a esa idea—. Entiendes que esto no tiene sentido, que tú no deberías casarte con él, que yo, yo soy a quien…
—¿El ama? —la interrumpí.
No respondió de inmediato.
—Sí —dijo al final, casi en un suspiro.
Algo dentro de mí se tensó.
—Curioso —murmuré—. Porque yo también creía que él me amaba.
—Pero no lo hace —respondió con rapidez, casi con desesperación—. Y ahora lo sabes, así que no hay razón para que sigas aquí, para que lo obligues a seguir fingiendo algo que no es real, para que…
—¿Para que tome tu lugar?
La palabra quedó suspendida entre nosotras y en su silencio, encontré la respuesta.
—Lila, por favor —sus ojos se llenaron de lágrimas—. Tú no entiendes lo que es ese lugar, lo que dicen de ese hombre, de su harén, de lo que les hace a las mujeres que.
—Es cierto no lo sé, pero si se lo que es que te toquen sin que tu lo desees.
Mi voz salió más dura de lo que esperaba. Me alegro, después de todo el infierno al que me sometieron era mi acompañante noche y día.
—Entonces ayúdame —susurró, dando un paso hacia mí—. Haz esto por mí y por Sebastian. Déjanos ser felices.
—Basta.
La palabra la detuvo, tenía muchos sentimientos negativos acumulados.
—Siempre —repetí, sintiendo cómo cada sílaba quemaba—. Siempre, Elena. Siempre yo por ti, siempre yo detrás de ti, siempre yo limpiando lo que tú rompes, cargando con lo que tú no quieres, aceptando lo que tú no soportas.
Negó con la cabeza.
—¡Eso no es cierto!
—Claro que lo es —di un paso hacia ella—. Solo que ahora, ahora puedo verlo. Tu le dijiste a Sebastian que siembre te he tratado mal cuando siempre ha sido al revés.
—Estás confundida…
—No —la interrumpí, más firme—. Por primera vez, no lo estoy, no solo escuche una parte de lo de anoche lo escuche todo.
Intentó hablar, pero no la dejé.
—¿Sabes qué es lo más irónico? —continué, sintiendo cómo algo dentro de mí finalmente se liberaba—. Que durante años pensé que tú eras la que sufría, la que necesitaba ser protegida, la que si se portaba mal conmigo era porque te sentías desatendida por nuestros padres.
—¡Porque así es! —gritó, rompiendo—. ¡Siempre lo ha sido!
Y entonces pasó, le di el primer empujón.
No supe ni por que inicie yo quizá por mi dolor acumulado pero no dudo que sintió el impacto.
La sorpresa y luego nada más importó.
Sus manos, mis manos, el suelo, el dolor, los gritos, todo mezclándose en algo caótico, desordenado, real.
Hasta que me detuve y dejé de golpearla.
Hasta que la sostuve contra el suelo, sus muñecas atrapadas bajo mis manos, su respiración agitada, sus ojos llenos de lágrimas que esta vez no parecían falsas.
—¿Por qué? —sollozó.
La miré.
—Porque estoy cansada.
El silencio cayó entre nosotras.
—Lila —su voz se rompió—. No puedo ir por favor déjame a mí y a Sebastián ser felices.
Cerré los ojos un instante.
Y cuando los abrí la decisión ya estaba tomada.
—Está bien yo iré en tu lugar.
Se quedó inmóvil.
—¿Qué…?
—Tomaré tu lugar.
Su expresión cambió, no solo estaba confundida también parecía incrédula.
—¿Segura?
La solté y me puse de pie.
—Si, porque nada puede ser peor que quedarme junto a un hombre que permitió que otros abusaran de mí por un castigo de algo que ni siquiera cometí.
No añadí ninguna palabra más, no necesitaba hacerlo, pero antes de salir de su recamara la vi una vez más y le escupí en el rostro. repudiando de esa forma que fuéramos hermanas.
Los hombres de Cassiel Raventhorn estaban esperando afuera y poco importaba cuál de las dos hijas fuera mientras la deuda se saldará.
Pero mientras me retiraba del castigo con ambos, una pregunta se formó en mi mente, silenciosa. ¿Sería realmente Sebastián feliz con Elena? ¿Qué pasaría cuando descubriera la verdadera naturaleza mezquina y malvada de mi hermana? ¿Se arrepentiría de perderme?
La habitación permanecía en calma después de la entrega de sus cuerpos, aunque aquella calma no era frágil ni dulce en el sentido común de la palabra, porque donde el príncipe oscuro existía nada podía sentirse del todo inocente. La sombra lo seguía incluso en reposo, se extendía desde su piel como una bruma negra que parecía respirar con él, envolviendo la cama, las cortinas y el cuerpo de Freya su alma gemela con una posesividad silenciosa que no necesitaba violencia para ser absoluta.Freya estaba recostada sobre su pecho, con una mano apoyada sobre la piel marcada de su compañero, todavía tibia por el esfuerzo compartido. Hacía apenas unos meses había dado a luz, y aun así Philip la miraba como si ninguna reina, ninguna diosa ni ninguna criatura nacida del más alto linajes pudiera compararse con la loba híbrida que respiraba tranquila entre sus brazos.—Estás pensando demasiado —murmuró ella, sin levantar la cabeza.Philip deslizó los dedos por su espalda con una lentitud que no bu
Uno reconoce a quien ha estado en el infierno y sobrevivido, porque hay una clase de silencio que no nace de la calma, sino de haber gritado tanto que el alma aprende a quedarse inmóvil para no romperse de nuevo, y cuando el príncipe oscuro regresó con Orion Fangmoon, Maerys Dravelle y un bebé envuelto contra el pecho de ella, supe antes de tocarlos que ninguno había salido ileso del cautiverio del demonio dragón.No me dieron explicaciones al inicio.El príncipe jamás desperdiciaba palabras cuando consideraba que los hechos eran suficientes, así que solo dejó a los tres en la cámara médica que me había asignado y me miró con esa expresión que siempre lograba hacerme recordar que, aunque lo sirviera por obligación y no por lealtad, mi existencia seguía dependiendo de su paciencia.—Atiéndelos —ordenó.No pregunté qué había sucedido, porque Orion a pesar de ser una creatura inmortal que debía sanar por sí solo tenía marcas de sometimiento sobre la espalda que jamás se borrarían y rastro
Cruzar el velo fue como permitir que algo me arrancara de mi propio territorio mientras todavía escuchaba, a lo lejos, los ecos de una guerra que no había terminado, y aunque cada instinto de Alfa me gritaba que regresar era mi obligación, el vínculo que llevaba latiendo débilmente dentro de mí se abrió con tanta violencia que cualquier pensamiento ajeno al de salvar a mi compañera destinada dejó de tener sentido.—Aguanta —murmuré, sin saber si podía escucharme—. Ya crucé.El mundo original no me recibió con claridad, sino con un paisaje roto así que hice lo único que se me ocurrió y aquello me hizo pensar en Cassiel, en todas las veces que lo critiqué por recurrir a magia negra cuando su desesperación lo llevaba a bordes que cualquier lobo sensato habría evitado. Lo llamé imprudente. Lo llamé condenado por sus propias obsesiones. Le dije más de una vez que jugar con fuerzas prohibidas siempre cobra de vuelta.Pero entonces me abrí la palma con una garra y dejé que mi sangre cayera f
El regreso a Umbra Noctis no tuvo la apariencia de una celebración inmediata, porque las victorias verdaderas rara vez llegan limpias, envueltas en música y sonrisas, sino cargadas de cuerpos cansados, silencios largos y manos que tiemblan cuando por fin dejan de sostener armas.Aun así, cuando las puertas del castillo se abrieron para recibirnos, sentí que algo dentro de mí terminaba de asentarse.No porque el dolor hubiera desaparecido ni porque el pasado hubiera dejado de existir, sino porque al fin regresaba a casa con todo aquello que habían intentado arrebatarme.Cassiel caminaba a mi lado con Cassian en brazos, mientras yo sostenía a Alessia contra mi pecho. Nuestros hijos dormían tranquilos, ajenos a la forma en que toda la manada inclinaba la cabeza al vernos pasar, no con temor, sino con una emoción contenida que convertía cada mirada en algo demasiado grande para nombrarlo.Cinthia caminaba detrás de nosotros junto a Roy, ambos agotados y tercamente preocupados por nosotros
El amanecer encontró el territorio de Orion cubierto de cansancio, heridas y silencio, pero no de derrota.Razar estaba muerto, el velo seguía sellado y a los dragones que aceptaron las condiciones impuestas se les permitió habitar con tranquilidad hasta que el velo pudiera abrirse de nuevo.Mis hijos dormían por fin.Alessia descansaba contra mi pecho, con su respiración tranquila rozándome la piel, mientras Cassian dormía en brazos de Cassiel, pequeño, agotado y ajeno a la manera en que su existencia acababa de obligar a lobos, rebeldes y dragones a redibujar sus límites. Verlos así, vivos, protegidos, respirando bajo la luz nueva del día, hizo que mi cuerpo comprendiera el cansancio que mi mente había estado ignorando.Cassiel estaba a mi lado, aun herido.—Sabes que voy a sanar por mí mismo, no necesito ayuda—murmuró él.—Necesitas dejar de discutir por todo.Cinthia, que estaba junto a nosotros, le apretó el vendaje a Roy con más fuerza de la necesaria.—Tu ni empieces a decir lo
Razar estaba bajo mis garras, derrotado ante los lobos, los rebeldes y los dragones que habían cruzado con él, pero todavía no estaba destruido.Lo sentí en su mirada.Incluso tendido sobre la tierra de Etheria, con la sangre marcándole el rostro y la autoridad rota frente a todos, seguía buscando una salida, una palabra, un gesto, cualquier grieta desde la cual reconstruir el derecho con el que había intentado reclamarme a mí y a mis hijos.Los reyes como él no se rendían solo por perder una batalla, sino que cambiaban de máscara, esperaban el momento adecuado y volvían a llamar tradición a las cadenas.Por eso comprendí, con una calma que no me pertenecía únicamente a mí, que dejarlo vivo era permitir que la amenaza respirara otra vez sobre Alessia y Cassian.Ciri lo entendió al mismo tiempo que yo y, aunque no habló porque no hacía falta, Razar intentó sonreír.—Si me matas, los dragones no olvidarán.—No necesito que olviden —respondí, manteniéndolo contra el suelo—. Necesito que







