FAZER LOGINPDV: Eryx Voltaire
El auto se desplazaba por las calles desiertas y empapadas sin el menor esfuerzo.
Iba sentado en el asiento trasero, con la tableta en la mano, repasando cifras que sumaban más dinero del que la mayoría de los hombres vería en toda su vida. La pantalla emitía una luz azul y fría. Afuera, la ciudad lucía oscura y silenciosa. Había llovido temprano; el asfalto se veía negro y brillante bajo las farolas.
Aldric, mi chofer, no decía una palabra ni intentaba darme conversación. Sabía perfectamente que no debía hacerlo. Llevaba seis años conmigo y en ese tiempo había aprendido que yo no tiendo puentes con charlas triviales ni pregunto por la familia de nadie. Su trabajo era simple: conducirme a donde yo necesitara, en el momento en que hiciera falta. A mí no me importaba el clima, fuera bueno o malo. Le pagaba generosamente para que manejara el auto cuando y a donde yo quisiera, y para que mantuviera la boca cerrada mientras lo hacía.
Cruzábamos una zona de la ciudad por la que no solía pasar. En un día normal jamás me verían en lugares así: salones de eventos baratos, carteles desteñidos, calles llenas de basura y autos que costaban menos que mis zapatos. Venía por este rumbo porque había un negocio inmobiliario que requería mi atención. Un edificio viejo que estaba evaluando comprar para demolerlo. Me gustaba demoler cosas. Todo cobraba sentido después de limpiar el terreno. El año pasado arrasé con una manzana entera de apartamentos antiguos. Había familias que llevaban décadas viviendo allí, pero a mí me dio igual. La tierra valía más sin ellos encima.
—Disminuye la velocidad y detente por aquí cerca —ordené con calma.
Aldric no preguntó por qué. Hizo lo que le pedí y aminoró la marcha. Había visto algo a través del ventanal de un edificio bajo con luces deslumbrantes más adelante. Una fiesta de algún tipo. Gente vestida con sus mejores galas, lo cual no siempre resultaba bien. Y en medio de todo aquello, había una mujer.
Estaba de pie junto a un hombre esmirriado en mitad de la sala. Llevaba un vestido verde. Un verde suave, como el de las hojas tiernas. Se le ceñía al cuerpo, acentuando cada curva. Tenía una anatomía distinta: la cintura maciza, las caderas amplias y unos brazos que evocaban suavidad y calidez. Sostenía una copa en la mano y, de haber estado más cerca, habría jurado que los dedos le temblaban.
El tipo esmirriado hablaba y todo el salón permanecía en silencio. De pronto, las puertas se abrieron y otra mujer entró. Esta era flaca como una caña. Vestía de rojo y tenía facciones afiladas. Caminó directo hacia el hombre y lo besó; el lugar estalló en murmullos y bullicio.
Pero yo no miraba a la mujer del vestido rojo. Mis ojos volvían una y otra vez a la dama de verde. Tenía un magnetismo cautivador, debo admitirlo, pero al mismo tiempo proyectaba una desolación absoluta.
Su rostro se fue desmoronando despacio, como cuando el hielo empieza a agrietarse. Abrió la boca ligeramente. Se le dilataron los ojos, inundados en lágrimas. Retrocedió un paso y el sujeto esmirriado le soltó la mano como si fuera un trapo sucio. La mujer de rojo le espetó algo y el salón entero estalló en risas.
Sentí que se me tensaba la mandíbula. No sabía por qué. No era lástima. Yo no sentía lástima; la lástima es un afecto inútil. Lo que experimenté fue asco ante la crueldad mezquina y barata de esa gente. Un nido de buitres ensañándose con una mujer vulnerable solo porque podían. Porque estaba allí de pie, con un vestido verde que probablemente le había costado una fortuna, y ellos habían decidido que no daba la talla.
Sin embargo, había algo más en ella. Algo en la manera en que la tela del vestido se tensaba sobre sus caderas. En cómo le vibraba el cuerpo al contener el llanto. Su suavidad, su opulencia. Algo se agitó en mi interior, algo oscuro y hambriento, pero lo reprimí.
—Avanza —dije.
Aldric puso el auto en marcha. Giramos hacia el aparcamiento contiguo al salón. Me autoconvencí de que quería inspeccionar la propiedad de al lado, pero la verdad era que necesitaba verla otra vez.
Salió corriendo por la puerta trasera, descalza. Los pies le golpeaban contra el suelo mojado. Llevaba el vestido rasgado por el costado, dejando al descubierto la piel de su cintura. Una piel suave, tersa, suculenta. La clase de piel que haría perder la cabeza a cualquier hombre cuerdo.
Se detuvo junto a un contenedor de basura grande y se encorvó. Los hombros le sacudían en un llanto mudo. No emitía ningún sonido; solo eran lágrimas calientes cayendo sobre la seda rota. Presionaba la rasgadura con la mano, intentando recomponerse. El tejido verde estaba oscurecido por la lluvia, el sudor y la vergüenza.
—Para el auto —ordené.
Aldric frenó. Bajé la ventanilla y el aire gélido se coló en el habitáculo. Olía a lluvia, a flores marchitas y al pescado barato que debieron de servir ahí dentro.
Ella levantó la vista hacia mí.
Tenía los ojos dorados, del color de la miel cuando la atraviesa la luz. Los tenía hinchados de llorar, pero no desvió la mirada. Me sostuvo el contacto visual de frente y sentí que algo en mi pecho se cerraba como un puño.
Simplemente dejé que me mirara, que me registrara por completo. El traje impecable, los ojos plateados que no revelaban la menor emoción. Yo contemplé su vestido roto, sus pies descalzos, la curva de su cadera desbordándose por la costura desgarrada. La miré como miro las propiedades que planeo adquirir: como un objeto que deseo poseer, despojado de cualquier sentimentalismo.
Luego, subí la ventanilla.
—Vámonos —le dije a mi chofer.
El auto se alejó. No miré atrás, pero seguía viéndola en mi mente. La fuerza con la que me habían clavado esos ojos dorados, la opulencia de sus formas. La estampa de ella allí de pie, temblando, sosteniéndose la ropa con una mano y, aun así, sin bajar la mirada ante mí.
Esa noche, en mi ático, me resultó imposible concentrarme.
Me serví un whisky. El vaso se sentía pesado y frío. Me aposté ante el ventanal y contemplé las luces de la ciudad abajo. Desde mi altura, todo parecía insignificante. Todo era algo que podía comprar, romper o ignorar.
Excepto ella. Excepto la mujer del vestido verde.
La voz de mi madre resonó en mi cabeza. Siempre volvía en los momentos de silencio. "La emoción es una cadena, Eryx. Cualquiera que la sostenga se adueña de ti. Nunca dejes que vean lo que sientes. Nunca les permitas saber lo que deseas".
Odessa Voltaire me había grabado esa lección a fuego con sus guantes de seda y su sonrisa gélida. Me había criado en una mansión de mármol y mutismo. El afecto era una debilidad y el deseo, una puerta que dejabas abierta para que cualquiera entrara y te despojara de todo.
Yo jamás había sido débil. Jamás había dejado la puerta abierta.
¿Por qué, entonces, no podía sacarme el rostro de esa mujer de la cabeza?
Le di un trago al whisky; me quemó la garganta al bajar, pero la imagen seguía allí, grabada a fuego en el reverso de mis párpados. La piel desnuda, la forma en que el vientre se le curvaba suavemente sobre la pretina del vestido, la fricción de sus muslos cuando corría. La deseaba... el pensamiento me asaltó de la nada, contundente como una bofetada. A mí no me interesaban las cosas blandas. Las mujeres eran para una noche y luego desaparecían. No las conservaba, no volvía a pensar en ellas. Pero esta... esta mujer vulnerable, que lloraba descalza y no tenía donde caerse muerta, me había alterado el pulso, y la odiaba por eso.
Me fui a la cama furioso. Furioso con ella por hacerme experimentar sensaciones que no quería consentir. Furioso conmigo mismo por haberlo permitido. Furioso con el tipo esmirriado, la mujer flaca y todo ese salón miserable y cruel por haberla cruzado en mi camino.
Me aseguré a mí mismo que se me pasaría. Siempre se me pasaba. Pero esta vez no fue así.
Tres semanas después de nuestros dos encuentros, me encontraba en mi oficina, mi verdadero hogar.
El despacho era amplio y frío, una combinación de cristal y madera oscura. Los ventanales dominaban la ciudad. Mi escritorio estaba despejado, cada objeto en su sitio exacto. Me gustaba el orden.
Cleo, la encargada de contrataciones, aguardaba de pie frente a mí con una tableta entre las manos. Estaba nerviosa; la gente siempre se ponía nerviosa en mi presencia, y así era exactamente como me gustaba.
—La selección final para el puesto de secretaria ejecutiva, señor Voltaire —anunció—. Tengo cinco candidatas y todas tienen un perfil excelente.
No levanté la vista de la pantalla.
—No necesito cinco. Con la mejor será suficiente.
Cleo se aclaró la garganta.
—Hay una que es... particular. Se llama Elowen Hart. Tiene una trayectoria impecable; de hecho, sobrepasa las competencias para este puesto. Trabajó antes en un bufete jurídico pequeño, pero lleva tres semanas desempleada y sus cartas de recomendación son excelentes.
El nombre no me decía nada. Yo no había pedido nombres, pero se me tensó la mandíbula al escucharlo.
—Parece una apuesta firme —continuó Cleo—. Es reservada, no es el perfil que solemos contratar. Es un tanto... peculiar, de trato muy suave.
La palabra me tomó desprevenido y levanté la cabeza. Cleo dio un pequeño paso atrás, como si temiera una reprimenda. Le extendí la mano.
—Dame la tableta. Ahora.
Me la entregó. Miré la fotografía y era ella.
Los mismos ojos dorados, el mismo rostro redondeado. La misma suavidad que me había quitado el sueño durante tres semanas. En la foto llevaba una camisa sobria, el cabello recogido y una leve sonrisa en los labios. Una sonrisa profesional, pero yo ya la había visto sin esa máscara. La había visto rota y expuesta.
Algo se removió en mi pecho, pero no permití que se reflejara en mis facciones.
Le devolví la tableta.
—Contrátala de inmediato —ordené.
Cleo parpadeó, desconcertada.
—¿Puedo preguntar la razón, señor? Hay otras candidatas que cuentan con más...
—No. —Mi tono fue seco, cortante y definitivo—. Empieza el lunes.
Cleo asintió con rapidez y salió de la estancia a toda prisa. La puerta se cerró con un clic amortiguado.
Me puse en pie y caminé hacia el ventanal. La ciudad se extendía abajo, gris, bulliciosa, poblada de sujetos insignificantes con vidas minúsculas. En algún punto de esa urbe, la mujer del vestido verde probablemente estaba sentada en un apartamento barato, sin sospechar que su destino acababa de dar un vuelco. Sin saber que estaba a punto de adentrarse en mi territorio.
No sabía a ciencia cierta por qué la había contratado. Me dije que era porque cumplía con el perfil, pero era mentira. No eran sus competencias lo que me interesaba; pensaba en la mujer del vestido roto, en la piel que había quedado expuesta, en los ojos dorados que no habían pestañeado y que seguían saboteando mi tranquilidad.
Quería verla otra vez. Quería comprobar si se encogería al verme, si recordaría al hombre del auto negro que la había devorado con la mirada.
Una sonrisa sutil y fría me dibujó los labios.
Vaya si me recordaría. Y cuando cruzara mi puerta el lunes, entendería que el hombre del auto no era un simple extraño que pasaba de largo.
Era su nuevo jefe, y yo iba a ser el dueño de cada milímetro de su suavidad.
Capítulo 90: La revelación y el felices para siempre POV: Eryx Voltaire La noche era cálida y el jardín estaba en silencio. Me quedé junto a la barandilla, esperando. Me había pedido que nos encontráramos allí sin explicarme el motivo. Solo una sonrisa suave y una promesa susurrada de que tenía algo que contarme. Las niñas estaban dentro con mi suegra, quien se había convertido en una presencia discreta y constante en nuestras vidas durante los últimos meses. El interior de la casa bullía de vida y voces cálidas, pero aquí fuera, en el jardín, solo estábamos los dos. Cuando la puerta corredera de cristal se abrió, ella salió. Llevaba el pelo suelto sobre los hombros y un vestido blanco y sencillo que realzaba su silueta perfecta. Iba descalza, y sus pasos sobre la piedra eran completamente silenciosos. —¿Querías verme? —le pregunté, observando su rostro con atención. Cruzó el jardín, se detuvo a mi lado y deslizó su mano en la mía. —Tengo algo que decirte —dijo en voz baja.
Capítulo 89: Las disculpas de la madreLa oficina de la fundación estaba completamente en silencio.El personal ya se había marchado a casa. Me quedé sola en mi escritorio con las gafas de lectura puestas, revisando los documentos de unas subvenciones mientras mi taza de té se iba enfriando poco a poco a mi lado.Unos nudillos golpearon la puerta con suavidad y vacilación.—Adelante —dije sin levantar la vista de los papeles.La pesada puerta se abrió con un chirrido. Y entonces escuché una voz que no había oído en años.—¿Elowen?Todo mi cuerpo se quedó congelado. Alcé lentamente la vista.Mi madre estaba de pie en el umbral.Parecía mucho más mayor de lo que recordaba. Su pelo, que solía ser de un castaño oscuro intenso, estaba ahora cubierto de mechas grises. Las arrugas surcaban su rostro. Llevaba un vestido sencillo y sobrio, y tenía las manos apretadas con fuerza frente a ella, temblando ligeramente.—Madre —dije con frialdad.Se encogió como si la palabra la hubiera golpeado fí
Capítulo 88: El regreso y la fundación POV: Elowen Hart La puerta se abrió de golpe antes de que pudiéramos siquiera acercarnos. —¡MAMÁ! ¡PAPÁ! Tres cuerpecitos se abalanzaron sobre nosotros con toda la fuerza del mundo. Silver me rodeó la cintura con los brazos, pegando el rostro con firmeza contra mi estómago. Rain se aferró a mi rodilla, sujetándome la falda con sus manitas. Ember, sencillamente, trepó por Eryx como si fuera un árbol, enroscando las piernas alrededor de su cintura y rodeándole el cuello con fuerza. —¡Habéis vuelto! —gritó Ember, retumbándole la voz directo en el oído—. ¡Os hemos echado muchísimo de menos a ti y a mamá! —Solo nos hemos ido una semana, osita —se rio Eryx por lo bajo, intentando soltarse de sus brazuelitos con divertida ternura. —Una semana ha parecido una eternidad —dijo Silver con total seriedad, con la voz amortiguada contra mi abrigo. Me dejé caer de rodillas, estrechándolas a las tres en un abrazo apretado y cálido. Olían a jabón dulce, a
Capítulo 87: La luna de mielPOV: Eryx VoltaireLa villa era pequeña, recóndita y sencillamente perfecta.Estaba enclavada en una playa tranquila, entre altos acantilados negros y una franja curvada de arena blanca que resplandecía bajo el atardecer. La casa era sencilla y clásica. En el borde del patio, una piscina infinita parecía fundirse directamente con el océano.Sin ruidos. Sin guardias. Sin peligros acechando en las sombras.Solo nosotros.Mi mujer permanecía de pie al borde de la terraza de piedra, dándome la espalda. La brisa cálida le mecía el pelo en libertad. Llevaba un vestido playero blanco muy sencillo que ondeaba suavemente sobre sus rodillas, con los pies descalzos apoyados en la piedra tibia. Parecía un sueño hecho realidad tras largos y duros años de espera.Me acerqué por detrás, acortando la distancia entre los dos. Le rodeé la cintura con firmeza y la pegué a mi pecho.—¿En qué piensas, mi amor? —le susurré al oído, inhalando su aroma a vainilla.—En nada —dijo,
Capítulo 86: La boda en el jardínPOV: Eryx VoltaireEl jardín de la azotea se había transformado en algo salido directamente de un cuento de hadas.Las guirnaldas de luces iluminaban las celosías, mientras que las flores blancas y las sillas se alineaban pulcramente ante un sencillo altar.Aguardaba junto al altar al lado de Aldric, con el corazón batiéndome a toda prisa.Me había enfrentado a rivales de negocios despiadados. Había destruido a criminales sin pestañear. Había levantado mi propio imperio desde la nada y presidido salas de juntas repletas de hombres que temían mi solo nombre.Pero nada en toda mi vida me había aterrorizado jamás como este preciso instante.Porque esta vez era de verdad. Sin contratos, sin acuerdos forzados, sin la menor sombra de peligro. Solo amor... amor verdadero.Los invitados ocupaban las primeras filas envueltos en una calurosa expectativa. Margie estaba sentada cerca del pasillo central, apretando ya un pañuelo entre las manos. La señora Pembroke
Capítulo 85: El reencuentro y la víspera de la bodaPOV: Elowen HartLa larga mesa del comedor del ático se había transformado por completo.Alguien... muy probablemente la señora Pembroke, con su refinado ojo para el detalle, la había vestido con un mantel de lino color crema, engalanándola con velas de cristal y un frondoso centro de preciosas rosas blancas.El banquete en sí, sin embargo, era obra exclusiva de Margie. Se había adueñado de la cocina, despachando al chef con un gesto de la mano y un comentario sobre «las comidas finas que te dejan con el estómago vacío una hora después».Ahora la mesa gemía bajo el peso del pollo asado, el puré de patatas cremoso, las judías verdes, el pan caliente traído de la panadería de la señora Pembroke y una salsera de la que Ember ya había intentado beber directamente.—Ember —dije, quitándole con suavidad la salsera de las manitas—. Usamos platos, mi amor.—Pero así es más rápido —protestó Ember.—Que sea más rápido no significa que







