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2. La jaula de oro

last update Fecha de publicación: 2026-03-28 03:08:29

El sol de la mañana se filtraba por las cortinas de la habitación de Giselle, iluminando las dos maletas abiertas sobre la cama. Antes de salir a trabajar, dejó sus maletas listas para ser llevadas a la mansión de su abuelo; una vez puesto en marcha el divorcio, su permanencia allí sería innecesaria.

Salió al pasillo cargando un bolso pequeño. Marcel salía de su habitación al mismo tiempo, ajustándose los gemelos de la camisa con ese aire de superioridad que siempre lo envolvía. Al pasar frente a la puerta de Giselle, se detuvo de golpe. 

—¿Piensas irte de viaje? —preguntó Marcel, arqueando una ceja con auténtica sorpresa. 

Algo estaba cambiando en ella; lo del día anterior en la oficina no había sido una mera casualidad, y ese destello de independencia en sus ojos le irritaba profundamente.

—Pienso mudarme para el final del día, Marcel —respondió ella con voz clara—. No hay razón para permanecer aquí. El divorcio, ¿recuerdas?

Marcel soltó una carcajada seca, carente de humor. Chasqueó la lengua mientras negaba con la cabeza, como si estuviera hablando con una niña pequeña que no entiende cómo funciona el mundo.

—Sigues con eso —dijo, dando un paso hacia ella—. Olvídalo de una vez, Giselle. Tendrás que renunciar a absolutamente todo para obtener ese papel.

Giselle sintió un pinchazo de ansiedad en el pecho. Tragó grueso, esperando que solo fuera una mala broma de su parte para amedrentarla.

—¿Qué quieres decir con que tengo que renunciar a todo? La mitad de la fusión me pertenece por legado.

—Veo que tu abogado no se molestó en darte los pormenores reales de nuestra unión —Marcel sonrió con malicia, disfrutando del desconcierto que empezaba a dibujarse en el rostro de su esposa—. Le diré a mi abogado que te visite hoy mismo en la empresa y te ponga al corriente de la realidad.

Se dio media vuelta, dirigiéndose al comedor con paso despreocupado.

—¡Marcel! —llamó ella, pero él ni siquiera se inmutó—. ¡Explícate!

—Espera a la reunión, Giselle. No quiero arruinarte la sorpresa antes del desayuno.

Giselle lo vio marcharse, sintiendo un mal presentimiento que se le instaló en la boca del estómago como un peso de plomo.

En cuanto llegó a su oficina, sus dedos temblaban mientras marcaba el número de su representante legal.

—Licenciado, necesito que esté presente hoy en la sede. El abogado de Marcel viene a una reunión —dijo en cuanto contestaron—. Marcel mencionó cláusulas que no conozco. La sola idea de estar atada a ese hombre por el resto de mi vida me revuelve el estómago. Venga de inmediato.

Las horas siguientes fueron una tortura. Giselle intentó concentrarse en los informes de logística, pero las palabras se mezclaban ante sus ojos. 

Estaba tan metida en su trabajo y en sus propios temores que perdió la noción del tiempo, hasta que su secretaria llamó a la puerta.

—Señora, el abogado de la familia Roch la espera en la sala de juntas. Su abogado ya ha llegado también.

Giselle se levantó, alisando su falda con manos temblorosas. Podía sentir su corazón latiendo con una fuerza dolorosa contra sus costillas. 

Al entrar en la sala, el ambiente era gélido. El abogado de Marcel, un hombre de rostro inexpresivo, ya tenía varios folios extendidos sobre la mesa.

—Buenas tardes —saludó Giselle, sentándose al lado de su abogado, quien le dirigió una mirada de disculpa que ella no alcanzó a comprender.

—Iremos al grano —dijo sin preámbulos el abogado de Marcel—. Aquí tiene las cláusulas específicas del testamento cruzado que firmaron su abuelo y el señor Roch padre durante la fusión. 

Lanzó el documento frente a ella con un golpe seco.

—En él podrá ver que si usted, la señora Giselle Carter, inicia unilateralmente el proceso para el divorcio antes del plazo estipulado de cinco años, la totalidad de las acciones de la empresa Carter pasarán automáticamente a mi cliente, el señor Marcel Roch. Usted perdería todo derecho sobre la propiedad, los activos y el legado de su familia.

Giselle sintió que el mundo se detenía. El aire se volvió escaso.

—Esto no puede ser posible... —susurró, hojeando las páginas con desesperación—. ¡Es una locura! ¿Cómo es que no me advertiste de esto? —preguntó volviéndose hacia su propio abogado, su voz subiendo de tono por la indignación.

—Es una copia, se la pueden quedar —interrumpió, levantándose y recogiendo su maletín—. Si van a seguir adelante con el divorcio a pesar de esto, aquí tienen mi número. No duden en llamarme para la transferencia de activos.

El hombre dejó su tarjeta sobre la mesa y se retiró con una inclinación de cabeza. Giselle esperó a que la puerta se cerrara para estallar.

—¿Cómo es posible que, siendo el abogado de mi abuelo por años, su mano derecha, no supieras de esto? —exigió saber, poniéndose de pie y alejándose hacia la ventana, buscando aire desesperadamente—. ¡Me vendió! Me encadenó a ese hombre y me quitó la salida.

—Lo siento, Giselle —dijo el abogado con pesadumbre—. Hubo reuniones privadas entre Gustavo y el señor Roch en las que no estuve presente. El viejo Gustavo era muy reservado con ciertas ideas... Yo le advertí que no firmara nada sin mi revisión final, pero él creía que sabía lo que era mejor para ti.

—¿Lo que era mejor para mí? —Giselle rió con amargura, las lágrimas empezando a nublar su vista—. ¡Me dejó en una posición de mendiga si decido ser libre!

—Giselle, debes calmarte —le pide al verla tan alterada. 

—¡No me pidas que me calme! —gritó, golpeando la mesa—. Debes encontrar el modo en que pueda recuperar la empresa y mi libertad. No estoy dispuesta a permanecer ni siquiera un año más al lado de Marcel. No puedo más con su desprecio, con su amante, con su odio…

Su voz se quebró. Se cubrió la boca con la mano, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies.

—Voy a hacer todo lo que esté a mi alcance, te lo prometo —dijo el abogado, acercándose con cautela—. Solo espero que no cometa el mismo error de su abuelo y escuche mis consejos a partir de ahora. Analizaremos cada coma de ese contrato.

—¡¿En qué estaba pensando mi abuelo?! —deja caer ambas manos sobre la mesa en un golpe seco que hizo saltar los bolígrafos y sorprendió al abogado—. ¡Me odiaba tanto como Marcel!

—Encontraré una salida, no se preocupe. Pero por ahora, señora... por ahora, el divorcio es un suicidio financiero.

Giselle no respondió. Caminó hacia su oficina en busca de sus cosas. Necesitaba salir, tomar el aire caliente de la ciudad y pensar. Pero una certeza crecía en su interior: no iba a permitir que Marcel se quedará con su empresa ni con su vida.

Llegó a la mansión mucho más tarde de lo habitual. Sus maletas seguían en el pasillo, un monumento silencioso a su fracaso de esa mañana. 

Encontró a Marcel en el comedor, sentado solo frente a una copa de vino, una escena que rara vez ocurría dado que siempre estaba fuera con Antonia.

Él levantó la vista, una sonrisa triunfal y cruel bailando en sus labios.

—¡Regresaste! —exclamó con fingida sorpresa—. Sabía que lo harías. Después de todo, no tienes otro lugar a donde ir, ¿verdad? Tu abuelo se aseguró de que tu "valentía" tuviera un precio muy alto.

Giselle se quedó en el umbral, apretando la correa de su bolso.

—No te alegres tanto, Marcel. Esto no ha terminado.

—Acéptalo de una vez, Giselle —dijo él, poniéndose de pie y acercándose a ella con paso lento—. Más bien agradece que no he sido yo quien disolvió el matrimonio. ¿Qué hombre querría o sentiría lástima de una mujer como tú si te quedas en la calle? Mírate. No sabes ni cuidar de tu propia apariencia, ¿cómo esperabas cuidar de una empresa de este calibre?

Él la recorrió con la mirada de arriba abajo, deteniéndose en sus lentes y en su ropa de trabajo, con un asco que ya no intentaba ocultar. 

Giselle sintió que el corazón se le estrujaba, pero contuvo las lágrimas. Esta vez no se quebraría frente a él. Esta vez, eligió ser fuerte, aunque por dentro sintiera que se estaba rompiendo en mil pedazos.

—Ya veremos quién termina cuidando de qué, Marcel —susurró ella antes de dar media vuelta y subir las escaleras, dejando atrás las maletas y las risas de su esposo.

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