INICIAR SESIÓNEl teléfono sonó en el despacho privado de Víctor Roch con un tono estridente que rompió el silencio de la medianoche. El patriarca, con el ceño fruncido, deslizó el dedo por la pantalla del dispositivo encriptado.
—¿Quién habla a estas horas? —escupió Víctor con voz ronca.
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Las semanas en la mansión de los Brown transcurrieron como un bálsamo para el alma herida de Giselle. Lo que más la había conmovido, sin embargo, no era la seguridad del lugar, sino la calidez de quienes lo habitaban. La familia de Harry la había acogido no como a una refugiada o una huésped temporal, sino como a una hermana más.—A ver, Giselle, soltá ese libro ahora mismo o te quito los anteojos —bromeó Elena, la madre de Harry, entrando a la habitación con una bandeja repleta de frutas frescas y té de manzanilla.Giselle dejó escapar una risa suave, acomodándose mejor entre los cojines de la sala de estar.—Estaba revisando solo unos apuntes legales con Julian, Elena. Te juro que ya casi termino.—Los juicios de Julian pueden esperar. Lo único importante en esta casa es que tú y ese bebé descansen —dijo Elena con una sonrisa maternal, sentándose a su lado y tomando sus manos—. Sabes que desde el momento en que pisaste este país, eres parte de nuestra familia. Nadie va a volver a h
El zumbido constante de los monitores en la unidad de cuidados intensivos privados era el único sonido que competía con el latido acelerado del corazón de Giselle. La puerta se deslizó con suavidad y el médico principal entró, seguido de cerca por Harry y Rebeca, quienes la observaban con una mezcla de ansiedad y esperanza contenida.—Los últimos análisis de sangre y la ecografía de control muestran una ligera mejoría —anunció el doctor, apoyando la tableta portapapeles en la mesa auxiliar—. La inflamación en la zona placentaria se ha estabilizado lo suficiente. Si seguimos un protocolo estricto de traslado en camilla medicalizada, podemos asegurar el vuelo sanitario hacia Londres esta misma noche.Giselle exhaló un suspiro largo, sintiendo que una minúscula fracción de aire volvía a sus pulmones.—¿El bebé está bien? —preguntó con voz débil, llevando instintivamente una mano temblorosa hacia su vientre.—El ritmo cardíaco fetal es estable, señora Roch... disculpe, señorita Ramírez —
Las palabras de Giselle resonaban en su cabeza como martillazos incansables, destruyendo el último ápice de cordura que le quedaba.—¿Es esto lo que quieres? ¿Que firme mi propia condena? —preguntó Marcel, con la voz rota, levantando la vista hacia ella con los ojos anegados en lágrimas—. ¿Crees de verdad que no me duele?—Lo único que quiero de ti, Marcel, es que desaparezcas de mi vida —respondió Giselle, con una frialdad ensayada que le desgarraba las entrañas—. Ya me quitaste todo lo demás. No me niegues al menos la paz de no volver a verte la cara.Marcel tragó saliva con dificultad, sintiendo un nudo inmenso en la garganta.—Antes de que me vaya... tienes que saber una cosa sobre ese vídeo. Lo que viste... lo que dije allí, fue grabado meses atrás, mucho antes de que empezáramos a sentir algo real, antes de que este matrimonio dejara de ser una farsa para convertirse en mi única verdad. No justifico lo que fui, pero ya no soy ese hombre.—Las palabras no borran las acciones, Mar
El pasillo del ala privada del hospital olía a desinfectante y a una tensa quietud. Rebeca estaba sentada en la silla de vinilo junto a la puerta de la habitación, hojeando unos pasaportes y formularios de traslado médico internacional con manos temblorosas. Unos pasos acelerados resonaron con fuerza contra el piso de baldosas.Al levantar la vista, el alma se le encogió de rabia. Era Marcel. Venía directo de la gala, aún con el esmoquin negro de la noche anterior arrugado, la pajarita desatada y una expresión de puro pánico en el rostro demacrado.—¡Rebeca! —jadeó Marcel, deteniéndose en seco frente a ella, con el pecho agitado—. ¿Dónde está Giselle? Me costó horas averiguar en qué clínica estaba. ¿Está bien? ¿El bebé...?Rebeca saltó de la silla como un resorte, escondiendo de inmediato los documentos de viaje tras su espalda y arrojándolos sobre el asiento. Sus ojos echaban chispas.—¡No te acerques ni un paso más, imbécil! —escupió Rebeca, plantándose frente a él con los puños cer
El teléfono de Rebeca la hizo saltar de la cama. Al ver el nombre de Harry en la pantalla y escuchar la frase «Giselle tuvo un accidente, estamos camino a urgencias», el mundo se le vino abajo.No parpadeó. Se puso los primeros vaqueros que encontró, una sudadera y salió corriendo de su apartamento. Diez minutos más tarde, conducía su coche pisando el acelerador a fondo, ignorando las luces rojas y los límites de velocidad. Una sirena estridente estalló a sus espaldas: una patrulla de policía la interceptó, obligándola a orillarse.—¡Señora, baje del vehículo! ¿Sabe a qué velocidad iba? —escupió el oficial con gesto severo, extendiendo la libreta de multas.—¡Escúcheme bien, oficial! ¡Mi mejor amiga está embarazada, acaba de sufrir un accidente automovilístico y la estoy buscando en urgencias! ¡Póngame la maldita multa que quiera, pero no me detenga! —le gritó Rebeca con los ojos anegados en lágrimas y una furia tal que el policía, anonadado, terminó por firmar el papel de prisa—. ¡To
El motor del auto de Harry rugía exigiendo el máximo esfuerzo mientras surcaba la avenida con los neumáticos chirriando en cada curva. A unos pocos metros adelante, la luz roja del vehículo donde viajaba Giselle parpadeaba frenéticamente en medio del tráfico nocturno.—Vamos, no te apartes... por favor, no te apartes —mascullaba Harry, aferrado al volante con los nudillos blancos de tanto apretarlo.Estaba a solo dos coches de distancia. Pudo ver la silueta de Giselle a través de la ventanilla trasera, encogida en el asiento, con las manos aferradas al vientre. Pisó el acelerador con la intención de rebasar al último camión que los separaba, cuando un sonido seco, metálico y ensordecedor estalló en el aire.







