INICIAR SESIÓNClaraEl mazo del juez golpea la madera y el sonido resuena en la sala del tribunal como el punto final de una larga pesadilla. No me giro a mirar atrás. Sé perfectamente quiénes están sentados en el banquillo de los acusados, pero ya no tienen ningún poder sobre mí. Las esposas tintinean cuando los oficiales de seguridad los obligan a ponerse de pie.—Por los cargos de fraude fiscal, lavado de dinero y privación ilegal de la libertad —dicta el juez con voz monótona y firme—, se condena a Mauricio Roth a la pena de dieciocho años de prisión sin derecho a fianza. Asimismo, por los cargos de extorsión, violencia física intrafamiliar y falsedad documental, se condena a Ricardo Soler a la pena de doce años de prisión. Se levanta la sesión.Siento que el aire que entra a mis pulmones es, por fin, completamente limpio. Maximiliano, sentado a mi lado, me aprieta la mano con una suavidad reconfortante. Me giro para mirarlo y veo que la rigidez de su mandíbula ha desaparecido por completo. El
Clara Las últimas semanas han sido una auténtica locura. Si alguien me hubiera dicho hace un par de meses que terminaría viviendo en una mansión, cuidando de mi hermanito y ayudando a desmantelar un imperio criminal de la alta sociedad, me habría reído en su cara. Pero aquí estoy.El torbellino legal que desató Maximiliano no ha dado tregua. Tomás, su abogado, ha estado trabajando día y noche junto al detective Ferrer. Las demandas cayeron como un mazo: contra mi padre, Ricardo Soler, por violencia doméstica, extorsión y falsedad documental; y contra el señor Roth, por secuestro legal, fraude, lavado de activos y falsificación de informes médicos. Ver cómo la prensa devora vivos a los intocables de la ciudad ha sido extrañamente catártico. El imperio del padre de Max se está cayendo a pedazos, y el mío está a un paso de terminar tras las rejas de forma definitiva.Sin embargo, el verdadero milagro no está en los tribunales, sino aquí, en el jardín de la mansión.Observo a través del
MaximilianoA la mañana siguiente, el ambiente en el auto es radicalmente distinto. El sol apenas está saliendo por el horizonte, tiñendo el cielo de un tono grisáceo y frío. Matti se quedó en la mansión bajo el cuidado estricto de Martha. Recuerdo perfectamente cómo el niño se aferró a mi pierna antes de salir, pidiéndome que lo llevara con nosotros.«No puedes venir esta vez, campeón —le había dicho yo, agachándome para revolverle el cabello con una sonrisa forzada—. Pero te prometo que cuando regresemos, te voy a llevar al parque y vamos a comprar el helado más grande que encuentres, ¿de acuerdo?».Él había asentido, conforme con la promesa, y eso me dio la fuerza necesaria para subirme al auto.Ahora, mientras devoramos los kilómetros hacia las afueras de la ciudad, noto que mi pierna derecha no deja de temblar ligeramente sobre el pedal. Llevo las manos firmes en el volante, pero por dentro soy un manojo de nervios e incertidumbre. ¿Cómo estará? ¿Me reconocerá después de veinte a
MaximilianoEl ruido del motor de mi auto es lo único que compite con el zumbido violento en mis oídos. Salimos de la gala tan rápido que apenas recuerdo haberle tirado las llaves al aparcacoches. Tengo una mano fija en el volante, apretándolo con tanta fuerza que los nudillos me duelen, mientras que con la otra sostengo el teléfono celular contra mi oreja en altavoz, apoyado en la consola central. A mi lado, Clara me observa en silencio, con los ojos grises cargados de una ansiedad que casi puedo respirar.—Habla ya, Ferrer —le espeto al detective, sin ocultar la furia que me carcome por dentro—. Dime qué carajos encontraste.La voz del detective suena cansada, distorsionada por la señal de la carretera, pero cada palabra que sale de su boca es un golpe de mazo directo a mi realidad.—Si señor, yo...la encontré. Pero prepárese, porque esto es mucho peor de lo que imaginábamos —comienza Ferrer, soltando un suspiro pesado—. Su madre nunca se fue de la ciudad por voluntad propia. Hace c
ClaraEl padre de Max me mira como si yo fuera menos que la mierda que se pisa con la suela de un zapato. Sus labios se contraen en una línea delgada y vuelve a dirigir la palabra a su hijo, buscando desesperadamente recuperar el control de la situación.—¿No estás viendo que dice puras incoherencias, Maximiliano? —se burla con amargura, haciendo un ademán despectivo con la mano—. Ella misma lo acaba de admitir. Su padre es un ebrio y un jugador. Por Dios, reacciona. No tienes idea de la clase de hombre que es Ricardo Soler si estás dispuesto a comprar sus historias de lástima.Esta vez, Maximiliano no se contiene. Da un paso hacia adelante, interponiéndose entre su padre y yo, y su mandíbula se tensa de una forma que da miedo.—Claro que sé la clase de hombre que es Ricardo Soler, padre —le espeta Max, con los ojos inyectados en rabia—. Y créeme que no lo estoy defendiendo. De él también me estoy encargando personalmente por lo que le hizo a Clara, puedes estar seguro de eso. Pero qu
ClaraTengo los ojos fijos en las manos de Maximiliano, sintiendo cómo sus nudillos se tensan tanto que la piel se le vuelve casi transparente. Todo pasa a una velocidad vertiginosa a mi alrededor, pero mi atención está completamente centrada en el hombre que tenemos enfrente. Observo la metamorfosis exacta en el rostro del padre de Max.Cuando escucha mi verdadero nombre, cuando las palabras Clara Soler salen de la boca de su hijo seguidas de esa exigencia tajante de saber dónde está su madre, la fachada del magnate hotelero se desmorona. Se pone pálido, de un blanco enfermizo que delata el impacto del golpe, antes de que sus ojos se inunden de una furia ciega mezclada con un pánico contenido.Trato de mantenerme rígida, con la frente en alto y la espalda recta, tal como Maximiliano me dijo que hiciera hace apenas unos minutos en el auto. Sin embargo, en el momento exacto en que los ojos del señor Roth se clavan en mí, siento como si todo se me revolviera por dentro. Es una mirada ca







