Compartir

XI

Autor: Daimé
last update Fecha de publicación: 2026-01-23 10:44:21

La sangre se derramaba sobre las sábanas, como una copa de vino rechazada por manos torpes, extendiéndose en manchas densas que se impregnaban en la tela con una lentitud obscena, como si el propio tejido quisiera beber de aquel cuerpo agonizante. El cuerpo del espía temblaba, estremecido por la manera cruel en que la vida se le escapaba, gota a gota, suspiro a suspiro, en convulsiones breves y húmedas.

Raluca recogía cada hilo que descendía por el cuello pálido, saboreándolo con una devoción impía, enardecida entre el deseo y la agonía de saberse ignorada por su conde, de no ser la elegida, de no ser la que compartía el lecho ni el sudor ni la respiración nocturna de aquel hombre al que había entregado su fe. Si bien aceptaba a Catherine como su dueña, como emperatriz y señora de su destino, sentía un rechazo profundo y corrosivo por la emperatriz viuda, aquella mujer que compartía carne y cama con su amado ser, aquella que ocupaba el sitio que Raluca codiciaba en silencio desde hacía demasiado tiempo.

Desde lejos aún podía oír los gemidos abruptos de la anciana.

Ojalá violara la orden de mi conde, pensaba, aturdida por el efecto viscoso de la sangre fresca, embriagada por su hierro caliente, por su dulzor enfermizo.

Gateando por las fortificadas paredes, arrastrando su cuerpo como una sombra adherida a la piedra húmeda, logró ingresar por una de las ventanas que daban a un amplio balcón donde Thomas solía detenerse para observar la luna, para respirar la noche, para fingir que no gobernaba un reino corroído por la guerra.

La reina descansaba, atrapada en una pesadilla profunda. Se aferraba a una túnica del rey como si aquella prenda pudiera calmar el temblor de su pecho, como si pudiera invocar su presencia con la presión desesperada de los dedos.

La fragilidad de su reina la conmovió de una manera peligrosa.

Posó la mano sobre el rostro frío y dejó que su mente descendiera hacia los recuerdos que no le pertenecían, hundiéndose en escenas antiguas, juramentos de sangre, coronaciones manchadas, traiciones murmuradas entre columnas de mármol y velas agonizantes. Una ira densa la atravesó al pensar en el hermano al que todavía no había matado.

—Nos vengaremos, mi reina —susurró, besando aquellas manos inertes con una reverencia que parecía una promesa.

De un salto silencioso aterrizó sobre las rocas exteriores y tomó el camino hacia donde se encontraba el conde, cuya figura, aun en pleno acto estimulante, seguía graficándose en su mente con la claridad de una blasfemia: Catherine de Luxiner, erguida, soberana, imposible de arrancar del centro de sus pensamientos.

Con el retorno de Edward, el reino había comenzado a fortalecerse de una forma visible, tanto en cuerpo como en espíritu. Catherine había logrado atraer a nobles de menor rango, hombres que durante años habían sido desmerecidos por la corona y ahora encontraban en aquellas reformas una oportunidad para recuperar dignidad y poder. A ello se sumaban las negociaciones bilaterales con otras naciones, que habían traído un incremento sostenido de la demanda comercial, reduciendo la pobreza, el desempleo y la desesperanza que la guerra había sembrado como una plaga.

Pese a su apretada agenda, Catherine siempre se presentaba allí donde estaban sus soldados, evaluando el progreso, observando heridas, corrigiendo posturas, anotando nombres, estudiando rostros que quizá no volvería a ver. La cantidad aún era pequeña: necesitaban incentivar a los miembros de la guardia a permanecer, seducir a otros con la promesa de ascensos y reconocimiento.

Como medida estratégica, el conde había sugerido un sistema de puntos entre batallas: según a quién se abatiera sería la recompensa obtenida. De esa forma, podrían acumular méritos y avanzar hacia un nuevo puesto dentro de la nobleza militar, escalando peldaños construidos con sangre.

Las espadas chocaban en la arena mientras la lluvia transformaba las prácticas en una imitación grotesca de la guerra real. El barro se adhería a las botas, los cuerpos resbalaban, los golpes dolían más. Catherine, junto a Edward, seleccionaba en conjunto a los posibles soldados que serían enviados donde el rey combatía.

El agua recorría sus mejillas y se filtraba bajo las verdes vestimentas, delineando sin pudor lo que ocultaban las telas pulcras. Para Edward fue inevitable mirarla; se compadeció de sí mismo por ser un simple caballero y luego recordó, con una punzada amarga, que ella era la madre de la nación, la esposa del rey, aquella a quien él, como humilde servidor, debía proteger incluso de sus propios pensamientos.

Con la poca conciencia que le quedaba bajo su piel flagelada por el frío, insistió en que ingresara, se cambiara las vestiduras y bebiera algo caliente. Ella se negó varias veces, pero terminó accediendo cuando el viento comenzó a robarle el calor que aún conservaba.

Ante aquel deseo obsesivo de que su esposo fuese protegido, necesitaba ser ella quien eligiera lo mejor, incluso si algo malo sucedía en el proceso.

—Majestad —ingresó Raluca, sujetando las puertas para evitar que se escuchara desde los pasillos.

—La emperatriz viuda intentará truncar el proyecto —comentó—. Ha sembrado discordia en la academia, y parte de los eruditos están a su favor… por no decir la gran mayoría.

Las malas noticias le desencadenaron un malestar profundo, aun cuando faltaba tan poco para aprobarlo todo.

Sentada al borde de la cama, con las túnicas todavía húmedas, Catherine se recorrió el rostro con la mano, queriendo arrancarse el peso de los hombros. Miró a Raluca, que aguardaba órdenes.

—Necesito nombres, direcciones y puntos débiles —ordenó—. Enviá a algún noble… o al mismo conde. Si él no logra disuadirlos… —pausó— usaremos sus debilidades y los destruiremos.

Raluca salió en busca del duque que obedecía como un perro las órdenes de su ama.

Catherine se sintió decepcionada de sí misma; cuando creía que todo estaba resuelto, algo nuevo surgía para ser demolido por sus enemigos.

Se quitó las prendas húmedas, vistiendo solamente su naturaleza desnuda, y tomó los elementos para escribirle a su esposo.

Para mi amado rey:

¿Cómo son tus días? Aunque el sol brilla cada mañana y los pájaros abrazan mis sueños al despertar, yo vivo en una oscuridad sin colores ni sonidos. Tu risa era mi música, y mi color eras tú. Siento que la vida nos separó desde que nacimos, y ahora vuelve a alejarnos sin misericordia.

Pronto iniciaremos un nuevo proyecto que beneficiará a la nación. He estudiado durante horas enteras por un bien mayor. Anhelo tu llegada triunfal y digna. Verás lo que hemos sido capaces de construir para Inglaterra.

Mi amado Thomas, ya han pasado nueve meses desde que marchaste a la guerra. Tal vez, si yo hubiese puesto más esfuerzo, hoy tendríamos un heredero al trono. Aunque no sea así, pronto volveremos a nuestro tranquilo hogar y seremos capaces de amarnos con libertad. Mi ser te anhela como un girasol busca la vitalidad del sol. Pronto estaremos entrelazados en la vida sin ser apartados nunca jamás.

Siempre tuya,

Catherine de Luxiner

Entre una fiebre sutil, buscó consuelo entre las prendas de su amado, emergiendo entre sus emociones el placer que escapaba de sus labios al recordar la manera en que su esposo la tocaba. Cada centímetro de aquella ausencia agravaba su corazón.

Entre los pasillos, Edward contenía la respiración. Se maldecía por su lascivia, pero sentía tranquilidad al saber que solo él podía escucharla.

Ni siquiera el rey.

Ni siquiera Lucard Dalv, quien desde hacía tiempo la observaba con una mirada siniestra, no deseando poseer poder, sino ser partícipe de su corazón.

Aun así, en ese preciso instante no era capaz de reflexionar. No podía ser el soldado que todos creían que era.

Bajo las frías gotas del cielo, sus impulsos se mantenían apenas controlados.

Sostenía con fuerza su espada, la misma que había cortado su dedo, dejando escapar un fino hilo de sangre que se camuflaba entre las negras vestimentas.

Aunque era la sombra de la reina, no podía ser él quien la consolara en los días de tristeza, ni quien cargara entre sus manos los sueños de restaurar la política.

Ojalá no se hubiese fijado en mi reina, pensó.

Pero entre los designios del corazón, el amor y la lujuria eran lo menos controlable.

Continúa leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la App

Último capítulo

  • Las Joyas de Sangre   CIV

    Mientras la humillación de Edward se consumaba en la alcoba, una chispa de piedad cruel brotó en la reina. Reclinándose sobre un cojín de terciopelo púrpura, contempló al guardián atónito.—Ven a mí —ordenó.Arrastró las rodillas sobre la piedra fría hasta que el hierro podrido le mordió los tobillos, pero el dolor no era más que un murmullo lejano frente a la fiebre que le quemaba. Movido por la sed, una necesidad animal que le hacía vibrar, Edward hundió el rostro en la carne más dulce y privada de Catherine. La devoró sin piedad, reclamando con la lengua encendida cada gota, cada centímetro de su esencia. Aquella humedad tan fría le pertenecía; era el único banquete concedido a un perro enjaulado.Cada gemido de la reina era un trago de licor espeso que le disparaba la sangre, un veneno delicioso

  • Las Joyas de Sangre   CIII

    La reina no estaba enferma. Ya que se encontraba aferrada a las sábanas de lino, sus uñas rasgaban la tela con una fuerza muscular que habría pulverizado los articulaciones de un hombre común. Sus gemidos, ahogados por el terciopelo de las colgaduras del lecho, retumbaban en la estancia con la sonoridad de una tormenta encajonada. Sus piernas, largas y de una palidez de mármol, se retorcían en el aire, presionando la cabeza de Amity contra su vientre.Amity, con los dedos clavados en la cadera de su soberana, no retiraba la boca de la piel de Catherine. Entre gruñidos de un placer puramente animal, el vampiro saboreaba la humedad de su reina, una mezcla de exudaciones corporales y el aroma al duce propio de su naturaleza que lo había vuelto adicto, aun más que la sangre misma. La firmeza del cuerpo de Catherine, tenso por la inminencia del colapso, excitaba a Amity hasta borrar todo rasgo de obediencia obsesiva. I

  • Las Joyas de Sangre   CII

    Cuando la tensión se disipó, Vlad la desenganchó de su cuerpo y la dejó caer sobre las losas como quien se desprende de un trapo sucio. Se rasgó la piel de la palma izquierda utilizando la uña afilada del pulgar y dejó que tres gotas de su sangre, densas y de un tinte violáceo, cayeran sobre la lengua entreabierta de la sierva. Raluca las tragó con una avidez desesperada, sintiendo cómo el fuego de la estirpe de Vlad le restauraba la firmeza en las fibras musculares.—Ve y mátalos a todos —ordenó el conde, ajustándose el cinturón de cuero con una calma helada—. Cuando esas naves orientales toquen tierra en el estuario, los hombres de la viuda solo deben encontrar cadáveres flotando en la sentina. Mi amada Catherine no obtendrá recurso alguno de esos cargamentos; sus planes deben desplomarse uno a uno hasta que no le quede más opción q

  • Las Joyas de Sangre   CI

    —Mi querida Emperatriz... este anciano aún busca la verdad entre las cenizas de los restos —protestó con una voz que sonaba como grava arrastrada —. Pero estoy solo. No tengo ningún compañero que se encargue de la destilación de los minerales, ni que averigüe los rastros químicos por mí. Los reactivos se agotan en las boticas y la corte es un terreno infestado de miradas.La mujer no se molestó en procesar la justificación. Con un movimiento brusco, le arrebató de las manos temblorosas un frasco de vidrio verdoso que el alquimista sostenía contra el pecho. Del recipiente emanaba un aroma penetrante, denso, similar al de las lilas puestas a fermentar en un pozo ciego. Sin dudarlo un segundo, retiró el tapón de cera y se empinó el frasco, tragándose el contenido de un solo sorbo.En su paladar se instaló un gusto viscoso, salobre y dulz&o

  • Las Joyas de Sangre   C

    La cúpula de mármol y arcos de ojiva que coronaba el ala más antigua del palacio no respiraba el aire, era una condensación espesa de hollín, cera vieja y el hedor a grasa de cerdp quemada que ascendía en columnas desde las curtidurías del estuario. Allí donde la piedra ancestral se unía con el roble de las vigas, la carcoma había trazado galerías ciegas, reduciendo la madera a un polvo rojizo que caía en una llovizna constante sobre los tapices deshilachados.La emperatriz viuda no ejercía el mando desde la luz ni desde la majestuosidad del trono; habitaba en el centro de un laberinto de corredores sin ventilación, arrastrando faldas de terciopelo ajadas cuyo dobladillo juntaba la roña de las baldosas y la costra de los liquenismos que crecían en los rincones más húmedos.Creía firmemente haber reconquistado el dominio de la corte, sosteniendo la fragilidad de sus huesos gastados sobre la ejecución de una alquimia abyecta. Que era el sacrificio minucioso y nocturno de criaturas puras

  • Las Joyas de Sangre   XCIX

    Tras la marcha de la emperatriz viuda, el silencio que quedó en el comedor era denso y asfixiante. Catherine permaneció de pie junto a la mesa, con la cabeza baja y los hombros levemente encorvados, simulando que su espíritu había quedado completamente quebrado por la presencia y el desprecio de la anciana. Una lágrima fingida pareció brillar en la comisura de sus ojos, un detalle magistral para terminar de convencer a su audiencia. Su apariencia desvalida despertó un instinto de protección inmediato en los dos monarcas humanos, quienes no sabían cómo actuar para que la reina volviera a divertirse o cambiara su decaído estado de ánimo. Se sentían inútiles ante su dolor.—¿Está sufriendo, mi amada reina? —preguntó el rey de Francia, inclinándose hacia ella con una mirada cargada de una preocupación genuina pero ciega. Su voz temblaba

Más capítulos
Explora y lee buenas novelas gratis
Acceso gratuito a una gran cantidad de buenas novelas en la app GoodNovel. Descarga los libros que te gusten y léelos donde y cuando quieras.
Lee libros gratis en la app
ESCANEA EL CÓDIGO PARA LEER EN LA APP
DMCA.com Protection Status