MasukCon el poco tiempo que había encontrado para sí misma, logró fortalecer su cuerpo de manera lenta y constante. La ayuda de Edward había sido fundamental, no solo porque se había acercado a ella como un confidente leal, sino porque gran parte de su fortaleza física se debía a su guía incansable. Sostuvo su espíritu decaído con la determinación de reencontrarse consigo misma; sus enseñanzas iban mucho más allá de la simple táctica corporal, pues también abarcaban el dominio emocional, la resistencia mental y la aceptación del propio dolor.
Mientras tanto, la guerra avanzaba entre lamentos y gritos ahogados. Las pérdidas a las que se enfrentaban eran drásticamente superiores a lo que se había anticipado en los consejos iniciales. Con las tropas entregadas por la propia madre del rey, se habían confiado en que podrían lograr con éxito el resultado de la misión. Lastimosamente, no era posible enfrentar a un enemigo tan poderoso con tan pocos aliados armados. Pese al envío constante de alimentos, medicinas y activos útiles en forma de refuerzos humanos, aún no era suficiente. El enemigo se había asentado entre la fuerza de las mareas bramantes y las hierbas altas que ocultaban de la superficie cualquier plan que intentara infiltrarse sin ser descubierto.
—¡Mi rey! —exclamó un escudero con voz quebrada—. ¡¡Los daneses han tomado la tierra del sur!! —gritó con desesperación.
Su mensaje fue abruptamente interrumpido por un hacha que ya había perdido su filo a causa de la cantidad de carne que había cercenado en un solo día. La herida fue exageradamente majestuosa y brutal: con un único golpe certero, la arteria carótida fue cortada, y la sangre comenzó a desvanecerse en el aire como un fino hilo carmesí que caía sobre sus telas. El hombre más cercano al rey había sido eliminado con precisión, lo que otorgaba una moral salvaje y peligrosa al contrincante.
—Majestad, ¿cómo proseguimos? —preguntó un general, casi besando la desesperación con su voz—. Nos quedan muy pocos hombres y mujeres.
Thomas reflexionó con la cabeza agotada por la acumulación de problemas que se presentaban sin tregua en su camino. Pensó, por un instante, que tal vez su vida hubiese sido más sencilla si no hubiera nacido en una familia tan noble; el campo abierto y los brazos de su amada eran el único refugio donde su mente encontraba descanso.
—Hay que mantener la fortaleza —ordenó finalmente—. Entreguen un mensaje a la reina. Se solicita con urgencia el envío de soldados —concluyó con un suspiro cargado de cansancio.
La entrega del mensaje fue encomendada a un soldado que desfalleció por el cansancio en las entradas de la capital. Aun yaciendo en el suelo, se aferraba al pergamino con una fuerza desesperada, evitando que cayera en manos equivocadas. Los soldados lo llevaron herido hasta los pies de la reina, quien aguardaba con ansiedad las órdenes de su rey.
—Majestad —dijo el hombre, mientras su cuerpo se desvanecía lentamente—. Nos están ganando por fuerza y violencia. Poco a poco han ido apropiándose del territorio.
—Raluca, ¿cuántos soldados están listos para partir? —preguntó la reina sin apartar la mirada del mensajero.
—Cinco mil trescientos —contestó con firmeza.
—Aunque sé que no es suficiente, en unos días enviaré más. Por favor, dile a nuestro rey que estamos trabajando sin descanso para él —dijo mientras extendía una orden sellada para la movilización de tropas.
Dejó descansar al soldado en una cómoda habitación, mientras Edward partía al frente de los hombres rumbo al encuentro del rey. Los días eran peligrosos, pues cada segundo contaba en la guerra. Comían sentados sobre los caballos, y estos apenas gozaban de unas pocas horas de descanso antes de reanudar la marcha. Al encontrarse frente a frente con el rey, Edward se enfureció al ver su estado: el mandato de cuidar a la reina había sido descuidado.
—Mi rey —dijo, cargando la carta real y personal—. Aún no están listos los demás soldados, pero nuestra reina está haciendo todo lo posible por enviarlos lo más pronto posible —añadió, sosteniendo la mirada ante el rostro enfurecido del monarca.
—Catherine siempre está pensando en el reino y se descuida a sí misma —reprochó Thomas mientras ingresaba a la carpa—. ¿Acaso no he sido claro en que te quedarías a su lado en mi ausencia?
Edward cayó de rodillas mientras escuchaba los reproches del rey. Una punzada de angustia atravesó su pecho al no poder cumplir plenamente con su deber.
—El soldado que enviamos fue herido en el camino y desfalleció en la entrada de la ciudad. Mi reina me envió para asegurarle que se encuentra a salvo.
Thomas, aún enojado, le señaló la salida. Edward abandonó el sitio apretujando entre sus dedos el listón que Catherine le había entregado como muestra de respeto entre alumna y profesor. Ese simple acto le otorgó una calma inesperada en su corazón, aunque no podía evitar sentir que su reina estaba en peligro absoluto al haberla dejado sola con la emperatriz.
Al abrir el amarillento papel impregnado con el agradable perfume de su mujer, Thomas sintió que caía irremediablemente como una mosca en la tela de araña tejida por su amada esposa.
—Me tienes comiendo de la palma de tu mano, mi reina —susurró, besando la delicada tela íntima contenida en el mensaje.
Pese al continuo ataque, las fuerzas enemigas fueron aplacadas por un tiempo indeterminado, el cual resultó extremadamente necesario para sucumbir en alianzas. Algunos nobles de alta cumbre aceptaron que sus hijas fuesen entregadas en matrimonio a antiguos enemigos. La idea no era aceptada por la reina, pero sabía que sería necesaria para enviar más soldados a la guerra.
Aun con la mente llevada al límite, Catherine, como reina de Inglaterra, debía priorizar el bienestar del reino. Pese a la gran posibilidad de que su marido falleciera en combate, debía pensar en los problemas de los súbditos. Mientras el proyecto avanzaba, el tiempo continuaba su curso sin advertencia alguna. Era necesario estar listos en pocos días para reorganizar la agenda ante el retorno de los soldados y abrir centros hospitalarios destinados a atender a los heridos. Ya contaba con un amplio abanico de personas especializadas, no solo locales, sino provenientes de diversas partes del mundo. Parte de su dote, de gran importancia económica, sería destinada a solventar los gastos venideros; fraccionarla permitiría una distribución casi equitativa de los recursos.
La emperatriz había intentado asesinar incontables veces a Raluca, quien, al ser inmortal, lograba cazar a sus atacantes de forma instintiva. La información necesaria jamás había salido de los labios de sus víctimas. Necesitaba eliminar de manera justa a quienes atentaban contra su reina; sin embargo, incluso en la muerte, todos permanecían leales. Al comentar estos acechos al conde, musitó explícitamente que aún no debía morir la anciana. No dio motivos para preservar su vida, pero Raluca comprendía que todo era por la reina.
—Mi reina —dijo mientras trenzaba el cabello que había lavado momentos antes—, ¿cómo se encuentra el día de hoy?
—Extraño a mi marido —susurró Catherine mientras las lágrimas descendían sin control—. Quisiera ir aunque fuese un día para estar con él, pero si cedo ante mi corazón, perderé el reino que estamos construyendo —apretó un pétalo que escapaba de la tina con gesto tembloroso.
Pese a que esa noche el conde Lucard Dalv acompañaba a la emperatriz en cuerpo, su mente y su corazón seguían anclados a Catherine. Este hecho demostraba que daría todo de sí para engrandecerla, incluso arrastrarse como un perro entre la inmundicia o entregar su mayor punto de debilidad. Pensar que algún día lograría poseerla y convertirla en una versión aún más poderosa de sí misma lo llenaba de motivación.
—Mi conde —susurró la emperatriz a su oído—. Si Catherine se enterara de que compartes intimidad con la asesina de su madre, ¿qué reacción tendría? —rió con crueldad.
—No puede saberlo —respondió mientras besaba su pecho—. Estoy cada vez más cerca de entregarte el reino. Aún no.
El ardor de los labios de la emperatriz despertaba la incredulidad del conde. Pese a aquel acto, no podía saber qué hacía la reina en ese preciso instante. Catherine dormía soñando con Thomas, mientras él se entregaba al placer que su esposa le había enviado a través del recuerdo. Rememoraba cada pasaje de su cuerpo, suspiraba su nombre como si fueran besos reales. Se rendía entre los cortes de su piel y la sangre que descendía hasta el suelo. Aun ensangrentado, no podía frenar el placer de poseer, aunque fuese solo un fragmento de ella.
Mientras la humillación de Edward se consumaba en la alcoba, una chispa de piedad cruel brotó en la reina. Reclinándose sobre un cojín de terciopelo púrpura, contempló al guardián atónito.—Ven a mí —ordenó.Arrastró las rodillas sobre la piedra fría hasta que el hierro podrido le mordió los tobillos, pero el dolor no era más que un murmullo lejano frente a la fiebre que le quemaba. Movido por la sed, una necesidad animal que le hacía vibrar, Edward hundió el rostro en la carne más dulce y privada de Catherine. La devoró sin piedad, reclamando con la lengua encendida cada gota, cada centímetro de su esencia. Aquella humedad tan fría le pertenecía; era el único banquete concedido a un perro enjaulado.Cada gemido de la reina era un trago de licor espeso que le disparaba la sangre, un veneno delicioso
La reina no estaba enferma. Ya que se encontraba aferrada a las sábanas de lino, sus uñas rasgaban la tela con una fuerza muscular que habría pulverizado los articulaciones de un hombre común. Sus gemidos, ahogados por el terciopelo de las colgaduras del lecho, retumbaban en la estancia con la sonoridad de una tormenta encajonada. Sus piernas, largas y de una palidez de mármol, se retorcían en el aire, presionando la cabeza de Amity contra su vientre.Amity, con los dedos clavados en la cadera de su soberana, no retiraba la boca de la piel de Catherine. Entre gruñidos de un placer puramente animal, el vampiro saboreaba la humedad de su reina, una mezcla de exudaciones corporales y el aroma al duce propio de su naturaleza que lo había vuelto adicto, aun más que la sangre misma. La firmeza del cuerpo de Catherine, tenso por la inminencia del colapso, excitaba a Amity hasta borrar todo rasgo de obediencia obsesiva. I
Cuando la tensión se disipó, Vlad la desenganchó de su cuerpo y la dejó caer sobre las losas como quien se desprende de un trapo sucio. Se rasgó la piel de la palma izquierda utilizando la uña afilada del pulgar y dejó que tres gotas de su sangre, densas y de un tinte violáceo, cayeran sobre la lengua entreabierta de la sierva. Raluca las tragó con una avidez desesperada, sintiendo cómo el fuego de la estirpe de Vlad le restauraba la firmeza en las fibras musculares.—Ve y mátalos a todos —ordenó el conde, ajustándose el cinturón de cuero con una calma helada—. Cuando esas naves orientales toquen tierra en el estuario, los hombres de la viuda solo deben encontrar cadáveres flotando en la sentina. Mi amada Catherine no obtendrá recurso alguno de esos cargamentos; sus planes deben desplomarse uno a uno hasta que no le quede más opción q
—Mi querida Emperatriz... este anciano aún busca la verdad entre las cenizas de los restos —protestó con una voz que sonaba como grava arrastrada —. Pero estoy solo. No tengo ningún compañero que se encargue de la destilación de los minerales, ni que averigüe los rastros químicos por mí. Los reactivos se agotan en las boticas y la corte es un terreno infestado de miradas.La mujer no se molestó en procesar la justificación. Con un movimiento brusco, le arrebató de las manos temblorosas un frasco de vidrio verdoso que el alquimista sostenía contra el pecho. Del recipiente emanaba un aroma penetrante, denso, similar al de las lilas puestas a fermentar en un pozo ciego. Sin dudarlo un segundo, retiró el tapón de cera y se empinó el frasco, tragándose el contenido de un solo sorbo.En su paladar se instaló un gusto viscoso, salobre y dulz&o
La cúpula de mármol y arcos de ojiva que coronaba el ala más antigua del palacio no respiraba el aire, era una condensación espesa de hollín, cera vieja y el hedor a grasa de cerdp quemada que ascendía en columnas desde las curtidurías del estuario. Allí donde la piedra ancestral se unía con el roble de las vigas, la carcoma había trazado galerías ciegas, reduciendo la madera a un polvo rojizo que caía en una llovizna constante sobre los tapices deshilachados.La emperatriz viuda no ejercía el mando desde la luz ni desde la majestuosidad del trono; habitaba en el centro de un laberinto de corredores sin ventilación, arrastrando faldas de terciopelo ajadas cuyo dobladillo juntaba la roña de las baldosas y la costra de los liquenismos que crecían en los rincones más húmedos.Creía firmemente haber reconquistado el dominio de la corte, sosteniendo la fragilidad de sus huesos gastados sobre la ejecución de una alquimia abyecta. Que era el sacrificio minucioso y nocturno de criaturas puras
Tras la marcha de la emperatriz viuda, el silencio que quedó en el comedor era denso y asfixiante. Catherine permaneció de pie junto a la mesa, con la cabeza baja y los hombros levemente encorvados, simulando que su espíritu había quedado completamente quebrado por la presencia y el desprecio de la anciana. Una lágrima fingida pareció brillar en la comisura de sus ojos, un detalle magistral para terminar de convencer a su audiencia. Su apariencia desvalida despertó un instinto de protección inmediato en los dos monarcas humanos, quienes no sabían cómo actuar para que la reina volviera a divertirse o cambiara su decaído estado de ánimo. Se sentían inútiles ante su dolor.—¿Está sufriendo, mi amada reina? —preguntó el rey de Francia, inclinándose hacia ella con una mirada cargada de una preocupación genuina pero ciega. Su voz temblaba







