Masuk— ¿ Ese es tu padrastro??? Ahora entiendo todo...a pesar de que no es mi tipo debo reconocer que es un gran espécimen de hombre.
Ese comentario hizo sonreír a Adriana. Estaban en la ceremonia de graduación y después de dos años allí, finalmente volvió a ver a Dante. Ella tenía 18 y él 36 para 37 en ese momento. Y sí, Ludmilla tenía razón. Con los años incluso se había vuelto más masculino. Ellas estaban esperando en un costado que les dieran sus diplomas con sus túnicas. Mientras en el público estaban los familiares aguardando.
Pese a haber llorado, suplicado, y pataleado para que no la dejé allí...a fin de cuentas no fue tan malo el internado. La pusieron en la habitación con Ludmilla, una chica tan rara como ella, y por primera vez en la vida tuvo sexo y no solo eso. La primer noche que ella se masturbó, Ludmilla se puso a su lado, de pie junto a su cama.
— Creí que dormías — susurró Adriana. Aún estaba molesta con Dante, pero su compañera de cuarto fue amable con ella todo el tiempo. Incluso la había defendido de unas chicas más grandes que fueron a molestarla. Ludmilla era una joven muy desarrollada, alta de huesos grandes, un poco robusta. Si le dijeran que era luchadora o boxeadora, Adriana lo creería. Tenía el cabello castaño muy ondulado y abundante, ojos oscuros y rasgos duros en su rostro. Ella podía verla en la penumbra. A Ludmilla le gustaba la pequeña, le caía bien y era a su manera atractiva con su cuerpo de niña. Ludmilla se relamió.
— Yo...puedo ayudarte con eso...— le dijo y señaló la manta.
— ¿ Ayudarme cómo ? — le preguntó Adriana con una curiosidad casi naif.
— Déjame mostrarte...— dijo, se sacó su camisón y se metió con ella en la cama. Le sacó su camisón por la cabeza y comenzó a besarla. Adriana se sentía rara, pero no rechazó su toque.
— Yo...no se si pueda complacerte — confesó pues nunca se le había ocurrido a Adriana estar con una mujer. — Tú déjame a mi pequeñita — dijo y le dió un beso de lengua mientras acariciaba sus pechos. Luego comenzó a bajar, lamió sus pechos para deleite de Adriana y luego siguió bajando hasta llegar a su entrepierna. — ¿ Eres virgen???
— Si...y pretendo seguir así, me estoy guardando para alguien...
— Entiendo — dijo su compañera y realmente lo hacía. Ella también estaba enamorada de alguien.
— Podemos divertirnos y dejaré tu himen intacto, ¿ Está bien para tí???
Adriana asíntió con la cabeza, y Ludmilla abrió los labios vaginales con sus manos y la comenzó a besar allí. — ¡ Oh por Dios! — exclamó Adriana, mientras Ludmilla chupaba y succionaba, y metía sus dedos hasta llevarla a la cúspide del placer. Luego se subió sobre ella y comenzó a frotar su entrepierna con la suya. Adriana así encontró otra vez la liberación. De esa manera se convirtieron en amantes y mejores amigas. Ludmilla le enseñó todo lo que sabía a Adriana, y a pesar de su reticencia inicial ella también se encontró lamiendo y succionando sus pechos, penetrando su vagina con sus dedos y chupando su clítoris. Adriana se dió cuenta enseguida que el clítoris de Ludmilla era diferente, como un pequeño pene y le gustaba juguetear con él hasta enloquecerla. Lo veía en parte como entrenamiento para cuando estuviera con Dante.
Un día, luego de estar varias horas teniendo sexo se abrazaron por la noche, Ludmilla besó con suavidad sus labios y acarició su mejilla.
— Creo que finalmente la alumna ha superado a la maestra...
No había pasado mucho tiempo de eso. Habían prometido seguir en contacto pero sabía que la vida les deparaba cosas diferentes. Ludmilla al igual que León, el padre de Adriana, quería enrolarse en el ejército. Y Adriana había decidido, pese a tener un apego natural a la literatura, estudiar sistemas. Le parecía que era un trabajo que le sería de mayor utilidad, sobretodo si quería trabajar en la empresa de seguridad que había montado Dante, con mucho éxito. Pues ese era su objetivo final. Quería formar parte de su vida en el más amplio sentido de la palabra. La voz de Ludmilla la trajo a la realidad nuevamente.
—¿ Piensas seguir adelante con tu plan???
Ludmilla sabía que Adriana seguía obsesionada con Dante y pretendía seducirlo en breve. Ya era mayor de edad, ya éste no tenía ninguna excusa para oponerse. Ella seguía siendo pequeña, pero Ludmilla la había ayudado a hacer ejercicio desarrollando así más su cuerpo, y sus pequeños pechos también habían crecido un poco gracias al estimulo permanente de la boca de su amiga. Aparte de ser su amante, y aún si dejaban de serlo, siempre sería una gran amiga. Siempre le decía que era bella, que era inteligente, que podía. Que nunca dudara de sus dones. Gracias a Ludmilla, adquirió más confianza y pisaba con más seguridad en la vida. Hacia un tiempo, Adriana había tenido una pelea nuevamente y Ludmilla la había defendido pero lo que más le habían dolido, mucho más que los golpes, fueron las palabras.
— Eres una ratita insignificante que nunca llegará a nada— se lo dijo una rubia altanera con aires.
Al día siguiente la rubia se levantó. Con su hermoso y largo cabello corto, y nunca más se metió con Adriana y menos con Ludmilla, nadie jodía con ella en el colegio pues le tenían miedo. La noche de ese día, del día de la pelea, luego de hacer el amor Ludmilla había agarrado fuerte su barbilla con su mano.
— Mírame a los ojos Adriana
Ella levantó su mirada.
— Esa Patricia es una imbécil, no le hagas caso. Tu eres muy valiosa, y llegarás lejos...ella sabe que si no encuentra a un hombre que caiga en sus redes de belleza no llegará a nada. Escúchame y hazlo bien. No importa lo que pase con tu padrastro, tú debes estudiar y tener tu independencia económica, entonces no importará tu tamaño ni cómo luzcas. Esfuérzate en ser la mejor, gana dinero todo el que puedas, y vas a tener el respeto de la gente. La independencia económica lo es todo Adriana. — le dijo con lágrimas en los ojos pensando en su madre, sometida y golpeada por su padre que no tenía ninguna salida — ¿ Lo entiendes??? Adriana asíntió y le dió un beso en los labios y la abrazó. Ella conocía la historia de Ludmilla, incluso había sido invitada en un par de fiestas navidades y cumpleaños, cuando Dante jamás apareció en el internado. Ella había visto en carne propia de lo que podía ser víctima una mujer cuando no tenía a quien recurrir, ni ir a ninguna parte.
— Lo entiendo...— murmuró.
Ludmilla la volvió a mirar y tomó su rostro.
— Júrame que pase lo que pase estudiaras y saldrás adelante Adriana
— Te lo juro.
Le dió un beso profundo en los labios y comenzó a moverse frotando su entrepierna contra la de ella.
— Te amo Adriana...
— Yo también te amo Ludmilla...
Su amor era sólido como una roca, eran más que amigas, más que amantes, más que hermanas. Adriana sabía que si ella caía siempre estaría Ludmilla para sostenerla. Y ella haría lo mismo por la mujer que le había enseñado todo lo que sabía acerca del placer y del amor. Ludmilla.
A la mañana siguiente desayunaron juntos.Margaret había dejado todo preparado sobre la mesa del comedor: pan tostado, huevos, café, jugo y un frasco de mermelada de frutos rojos que sabía que a ella le gustaba especialmente. Lionel ya estaba sentado cuando Viola bajó. Llevaba una camisa abierta sobre la camiseta y se veía más descansado, el color de la piel más sano. Al verla, sonrió con una calidez que a ella le resultó casi ofensiva.—Buenos días.—Buenos días —respondió ella, sentándose frente con un gestio adusto a él sin devolverle la sonrisa.Comieron en un silencio que él intentó suavizar y ella se encargó de mantener intacto. En un momento Lionel señaló el frasco.—¿Me pasas la mermelada por favor?Viola se la alcanzó. Al tomar el frasco de la mano de ella, los dedos de él rozaron los de Viola adrede, quedándose un segundo de más sobre su piel. Ella retiró la mano de inmediato, como si el contacto le hubiera quemado.—No te hagas falsas ideas por lo de anoche —dijo ella con v
Pasaron los días con una distancia calculada y casi cruel.Viola se levantaba temprano y se encerraba a trabajar. A veces en su habitación, con el portátil sobre las rodillas; otras en la oficina del primer piso, rodeada de carpetas y pantallas, respondiendo correos de Nueva York como si la distancia física pudiera mantener también la otra distancia, la más peligrosa. Lionel ocupaba las mañanas con la rehabilitación. Caminaba cada vez con más seguridad por el jardín, subía y bajaba los pocos escalones sin el andador, recuperaba tono muscular con una disciplina silenciosa. Las pocas veces que coincidían en el desayuno o en la cena, el aire se volvía espeso. Margaret servía y desaparecía. Ellos comían en silencio. A veces sus miradas se encontraban un segundo de más sobre la mesa y ambos apartaban la vista con la misma precisión con la que se evita tocar una herida todavía abierta.Hasta que una noche se cruzaron en la piscina.Era tarde. La casa dormía. Viola no lograba conciliar el su
No agregó nada más. Dejó que el peso de las palabras se instalara entre los dos. Lionel pasó la mano por la cara y finalmente la miró. Tenía los ojos cansados, pero había en ellos una claridad incómoda.—No es lo que ella cree.—¿Y qué es, entonces? —preguntó ella, sin suavizar el tono—. Porque según Diana, no nos miramos como padre e hija. Y parece bastante segura de lo que vio.Lionel apretó la mandíbula. Se incorporó un poco en el sillón, haciendo una mueca por el esfuerzo.—Diana está herida. Y cuando alguien está herido, ve lo que quiere ver.—Eso no responde la pregunta.Hubo un silencio largo. La lluvia empezó a golpear con más fuerza los cristales. Viola no se movió. Esperó. Había aprendido a esperar. Lionel, al final, fue quien cedió.—Cuando llegaste… a los dieciocho años… fue un golpe. Ya te lo dije. Vi en ti cosas de Rachel. No solo el parecido. La forma de mirar. La forma de cerrarte. Y sí, me confundió. Me confunde todavía. Pero eso no significa——Que me hayas deseado co
Viola regresó a la mansión cuando la tarde empezaba a caer.Había conducido durante más de una hora después de quedarse frente a la casa de acogida, sin un destino claro, solo dejando que las calles la llevaran hasta que el tanque de la rabia contenida bajó lo suficiente como para volver. Estacionó el auto frente a la entrada principal y apagó el motor. Por un momento se quedó sentada en silencio, las manos todavía sobre el volante, antes de bajar.Apenas cruzó el umbral escuchó las voces.Venían del salón. No estaban gritando del todo, pero el tono era lo bastante alto y tenso como para atravesar las paredes. Viola se detuvo en el vestíbulo. La puerta del salón estaba entreabierta. Sin hacer ruido, se acercó lo suficiente para oír con claridad.—Estás diferente —decía Diana, la voz cargada de acusación—. Y no es por el accidente. No me vengas con eso.La respuesta de Lionel llegó más baja, cansada, pero firme:—Necesito un tiempo paraa acomodarme, es todo Diana.Hubo una pausa corta,
La mañana del alta amaneció gris y húmeda.Viola llegó al hospital puntual, con el auto de Lionel ya preparado y el asiento del acompañante reclinado lo suficiente para que él viajara con más comodidad. Había revisado dos veces las indicaciones médicas la noche anterior y le había enviado a Margaret una lista precisa de lo que debía quedar listo en la casa. Cuando entró en la habitación, Lionel ya estaba vestido con ropa cómoda y sentado en el borde de la cama, el andador al alcance de la mano. Parecía más delgado, los pómulos más marcados, pero la mirada se le había aclarado. Al verla, algo en su expresión se suavizó.—Listo —dijo el médico después de firmar los papeles—. Recuerde las indicaciones. Nada de esfuerzos. Fisioterapia tres veces por semana. Cualquier dolor fuerte en el pecho o dificultad respiratoria, regresa de inmediato.Viola asintió y tomó la carpeta con las instrucciones. En ese momento apareció Diana. Traía un bolso grande y una expresión determinada, como si hubier
Viola llegó al hospital más temprano que de costumbre.Había dormido poco. El sueño de Rachel seguía pegado a la piel como una capa que no lograba sacudirse del todo. La pregunta final —¿Cuándo piensas decirle?— le había dado vueltas durante horas, hasta que decidió que lo mejor era no pensar. Vestirse. Conducir. Cumplir con la rutina que ella misma se había impuesto.Cuando entró en la habitación, Lionel ya estaba despierto. Estaba sentado en el borde de la cama, con las piernas fuera, apoyado en el andador. La férula se veía más ligera. El rostro, aunque todavía marcado, había recuperado algo de color. Al verla, sus ojos se iluminaron con una mezcla de alivio y expectación.—Hola —dijo él.—Hola.Viola dejó el bolso sobre la silla y se quedó de pie, a una distancia prudente. Lionel la observó unos segundos, como si buscara algo en su expresión.—Ayer… —empezó él.—No —lo interrumpió ella con suavidad, pero con firmeza—. No ahora.Él cerró la boca. La decepción le cruzó el rostro ape







