INICIAR SESIÓNIsabella Rodríguez, víctima una desgracia que marcó su rostro con fuego y llevó al borde de la muerte a su padre, aceptará casarse con Gabriel Silva, un hombre adinerado, soberbio y narcisista que ha perdido sus ojos. Gabriel repudiará y rechazará a su esposa, creyendo que se merece algo mejor, pero lo que no sabe es que Isabella le robará el corazón con su fuerza y rebeldía. Será la primera mujer dispuesta a llevarle la contraria, poniendo a prueba su paciencia. ¿Qué pasará cuando Isabella se entere de que Gabriel es el origen de todo su dolor? ¿Qué ocurrirá cuando Gabriel se dé cuenta de su obsesión por Isabella y su ambición por someterla a sus pasiones? La seducción no necesita perfección cuando un hombre soberbio y poderoso ambiciona el dulce y rebelde corazón de una mujer forjada por el fuego. ¿Qué está dispuesto a perder un hombre cuando ha perdido la cabeza por la mujer que lo odia?
Ver másYOLANDA VARGAS—En cuanto me rehusé a cooperar con Esteban… Decidió darme un escarmiento —dijo Ramírez agachando la mirada—. No solo quiso quitarme el motivo de mi rebeldía, sino que quería dejar un mensaje claro hacia los demás. »Quise protegerte… pero llegué tarde. Tenerte entre mis brazos, desangrándote, fue la sensación más cruel y miserable que he experimentado en mi vida y supe que no quería perderte. Por eso me voy. Soy incapaz de seguir cargando con la culpa, pero tampoco tengo el valor de afrontar tu rechazo y odio al decirte la verdad.—Me vendiste… Nos vendiste… ¡Ibas a entregarnos! —exclamé horrorizada recordando lo horrible que fue estar cerca de la muerte.—No soy una buena persona, Yolanda, nunca lo he sido… pero si algo me detuvo, fuiste tú. No quería enamorarme, no quería permitir que te clavaras en mi corazón, pero cuando lo hiciste, fue tan hermoso que no quería perderme de esa sensación. »Lamento haberte mentido, también lamento lo que estuve a punto de hacer, pe
YOLANDA VARGAS—¿Por fin me dirás lo que te ha estado torturando? —pregunté emocionada. Ramírez me había llevado hacia el lago y una vez que llegamos al puente, no pude evitar sonreír. Llevaba días comportándose extraño y distante. Tal vez era muy tonta al pensar que estaba planeando proponerme matrimonio, pero no podía evitar sentirme emocionada por la idea. Isabella ya estaba casada, María acababa de hacerlo, incluso Celeste estaba comprometida. ¿No era justo que yo también pudiera vivir ese momento especial con el hombre que consideraba el indicado? Ramírez era atractivo, exhalaba peligro y, sobre todo, parecía amarme con sinceridad. Estaba ansiosa de que ese hombre fuera mío, deseaba verlo cada mañana al despertar y sabía que era con quien deseaba tener hijos. Ya estaba lista para gritar: «¡Sí, acepto!», pero su rostro apagado y melancólico me advirtió que se trataba de otra cosa. —Yolanda… Eres una mujer maravillosa, inteligente, fuerte, astuta… Eres la clase de mujer que se
ZARCOSus tibias manos se posaron en mis mejillas, haciendo que dirigiera de nuevo mi atención en ella, desconcertado y mareado. —Sería hipócrita de mi parte si te juzgara por lo que hiciste —dijo Celeste con melancolía—. Tú eres consciente de mi pasado y de cuánto daño causé. Arruiné la vida de todos y me esforcé por destruirlos. »No fui capaz de detener a Esteban, no lo intenté lo suficiente, tuve la esperanza de que volvería a ser el hombre bueno que conocí, pero eso nunca pasó y solo sembré dolor y miseria a mi alrededor. ¿Con qué cara puedo reclamarte algo? »Además, una mujer muy sabia me dijo un día: «Quien esté libre de pecado, que arroje la primera piedra». No pude evitar sonreír en cuanto mencionó la frase favorita de mi madre. —Si algo he aprendido en este tiempo es que nadie tiene el valor moral para juzgar a otros —agregó reflexiva, pero triste—. Nadie es completamente bueno ni malo, y si yo no fuera capaz de comprender eso, entonces no habría aprendido nada en todos e
ZARCO—Desde ahora no tenemos rey… El señor Esteban ha desaparecido para siempre y no tenemos ninguna obligación hacia él ni hacia sus motivaciones —dije con firmeza mientras caminaba de un lado para otro en la caballeriza, ante todos mis hombres, quienes parecían no tener problemas con mis palabras.—¿Ahora, a quién serviremos? —preguntó el capataz mientras yo veía ese alfil negro entre mis dedos, dándole vueltas con indecisión. —A la reina negra… A ella le deben obediencia. Ella manda, esté presente o no —contesté con una sonrisa—. Su palabra es ley. ¿Entendido?—¡Sí, señor! —contestaron todos al unísono, divertidos, viéndome con lástima y una sonrisa enorme, sabiendo que era hombre al agua, que ahora mi mente y corazón estaban al servicio de una sola mujer, entendiendo que ya no me quedaba nada, ninguna ambición que no fuera proteger a mi familia y a mi hermosa reina. De pronto el silencio de todos me avisó que debía de ser prudente, cuando volteé hacia la puerta, noté a Celeste,












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