INICIAR SESIÓNEsa noche Dante le dijo que cenarían fuera. Así que ella se puso un vestido sentador de tiras negras pegado al cuerpo y corto, con unos tacos y un bolso. Dante le había facilitado una tarjeta para cubrir sus gastos y se había comprado varias cosas online. Se hizo unas ondas en el cabello, se maquilló los ojos con rimmel, brillo en los labios, su perfume favorito y se preparó para la hora señalada por Dante. Él la esperaba en la sala, su cabello oscuro, sus ojos profundos, su piel tostada por el sol. Él traje parecía un Armani, azul oscuro de rayas finas y una camisa abierta en el cuello.
—Ya estás lista— fue una afirmación y la miró de arriba abajo de forma aprobatoria. Ella sabía que nunca sería una bomba sexual, pero estaba bonita. —¿Vamos? — dijo él. Le dió el brazo y la condujo por fuera el edificio, hasta el garaje donde habían dejado el auto. Sabía que era muy prematuro para pensar en un "ellos". Pero esa noche se sentía como si fuera su pareja. Hasta le abrió la puerta del vehículo con galantería. La llevó a unos de los restaurantes más caros de Milán.
—¿La mesa de siempre señor Pucci? Les preguntó el maitre, lo cuál a ella le empañó el momento. Seguramente él debería haber llevado a otras mujeres allí, que idiota. Se reprendió por dentro. Una vez que llegaron a la mesa, él la ayudó a sentarse.
—Ya conozco el lugar... — ¿Nooooo en serioooo? pensó ella irónica hacia sus adentros —. ¿Te parece bien si ordeno?
—Si, por mí está bien...
—¿Sigues comiendo pastas?
Ella sonrió ampliamente. Seguro él estaba recordando las pastas caseras de su madre Catalina. "Yo te voy a coger mejor que Catalina ,Dante, te voy a dejar la verga hecha un espagueti de la chupada que te voy a pegar". Pensó por dentro y sus bragas prácticamente se prendieron fuego de anticipación. Había momentos con Dante en que se sentía como un felino rodeando una presa. Y ella definitivamente quería hincarle los dientes.
Vino el mozo para tomar el pedido y cuando estaba terminando de anotar dijo:
—¿ Su hermosa novia también tomara vino???
Era un joven atractivo de cabello castaño, que la miraba sonriente, masomenos de la edad de ella.
—Oh no, ella no es mí novia, es mí hija. Y si, hoy se recibió así que estamos festejando... tomará vino —dijo palmeando su mano por arriba de la mesa. Adriana sintió que la sonrisa se congelaba en su rostro.
—¡No soy tu puta hija, maledizione! — dijo entre dientes.
—Sabes que siempre te he querido como si fueras de mí propia sangre...
—Pero NO LO SOY — gruñó ella.
—Perdón cara, no quise ensuciar la memoria de León...sabes que te tengo mucho cariño... Le dijo mirándola como si ella fuera un cachorrito y Adriana quiso clavarle un cuchillo. "Tranquila Adriana, espera que tome vino y se relaje"... Cuando se habían bajado tres cuartos de botella, él seguía igual y la que se había relajado era ella Sacó su pie de su zapato y la estampó en su entrepierna. El hecho agarró a Dante por sorpresa. Supuso que Adriana no estaba en sus cabales al estar pasada de copas. Pero luego de pagar la cuenta e ir al vehículo, ya dentro se le tiró encima.
— ¡Mascalzone, qué m****a haces Adriana! Ella buscó sus labios pero él los esquivó y logró amarrarla mientras ella reía. —Estás muy borracha, no te debería haber permitido tomar tanto vino
Ella solo río y subió una pierna en el tablero, descubriendo su vestido.
—¡Mierda comportate maldita ragazza! — le gritó sacudiendola del brazo dejándola congelada. Ella no hizo nada más, se quedó en su costado, mirando para fuera.
Finalmente llegaron y ella bajó del auto sin esperarlo. Fue tambaleandose. Él la atajó. La ayudó a subir y acomodarse en la habitación. Él estaba atontado por el vino pero no tanto como ella...
A la mañana siguiente desayunaron juntos.Margaret había dejado todo preparado sobre la mesa del comedor: pan tostado, huevos, café, jugo y un frasco de mermelada de frutos rojos que sabía que a ella le gustaba especialmente. Lionel ya estaba sentado cuando Viola bajó. Llevaba una camisa abierta sobre la camiseta y se veía más descansado, el color de la piel más sano. Al verla, sonrió con una calidez que a ella le resultó casi ofensiva.—Buenos días.—Buenos días —respondió ella, sentándose frente con un gestio adusto a él sin devolverle la sonrisa.Comieron en un silencio que él intentó suavizar y ella se encargó de mantener intacto. En un momento Lionel señaló el frasco.—¿Me pasas la mermelada por favor?Viola se la alcanzó. Al tomar el frasco de la mano de ella, los dedos de él rozaron los de Viola adrede, quedándose un segundo de más sobre su piel. Ella retiró la mano de inmediato, como si el contacto le hubiera quemado.—No te hagas falsas ideas por lo de anoche —dijo ella con v
Pasaron los días con una distancia calculada y casi cruel.Viola se levantaba temprano y se encerraba a trabajar. A veces en su habitación, con el portátil sobre las rodillas; otras en la oficina del primer piso, rodeada de carpetas y pantallas, respondiendo correos de Nueva York como si la distancia física pudiera mantener también la otra distancia, la más peligrosa. Lionel ocupaba las mañanas con la rehabilitación. Caminaba cada vez con más seguridad por el jardín, subía y bajaba los pocos escalones sin el andador, recuperaba tono muscular con una disciplina silenciosa. Las pocas veces que coincidían en el desayuno o en la cena, el aire se volvía espeso. Margaret servía y desaparecía. Ellos comían en silencio. A veces sus miradas se encontraban un segundo de más sobre la mesa y ambos apartaban la vista con la misma precisión con la que se evita tocar una herida todavía abierta.Hasta que una noche se cruzaron en la piscina.Era tarde. La casa dormía. Viola no lograba conciliar el su
No agregó nada más. Dejó que el peso de las palabras se instalara entre los dos. Lionel pasó la mano por la cara y finalmente la miró. Tenía los ojos cansados, pero había en ellos una claridad incómoda.—No es lo que ella cree.—¿Y qué es, entonces? —preguntó ella, sin suavizar el tono—. Porque según Diana, no nos miramos como padre e hija. Y parece bastante segura de lo que vio.Lionel apretó la mandíbula. Se incorporó un poco en el sillón, haciendo una mueca por el esfuerzo.—Diana está herida. Y cuando alguien está herido, ve lo que quiere ver.—Eso no responde la pregunta.Hubo un silencio largo. La lluvia empezó a golpear con más fuerza los cristales. Viola no se movió. Esperó. Había aprendido a esperar. Lionel, al final, fue quien cedió.—Cuando llegaste… a los dieciocho años… fue un golpe. Ya te lo dije. Vi en ti cosas de Rachel. No solo el parecido. La forma de mirar. La forma de cerrarte. Y sí, me confundió. Me confunde todavía. Pero eso no significa——Que me hayas deseado co
Viola regresó a la mansión cuando la tarde empezaba a caer.Había conducido durante más de una hora después de quedarse frente a la casa de acogida, sin un destino claro, solo dejando que las calles la llevaran hasta que el tanque de la rabia contenida bajó lo suficiente como para volver. Estacionó el auto frente a la entrada principal y apagó el motor. Por un momento se quedó sentada en silencio, las manos todavía sobre el volante, antes de bajar.Apenas cruzó el umbral escuchó las voces.Venían del salón. No estaban gritando del todo, pero el tono era lo bastante alto y tenso como para atravesar las paredes. Viola se detuvo en el vestíbulo. La puerta del salón estaba entreabierta. Sin hacer ruido, se acercó lo suficiente para oír con claridad.—Estás diferente —decía Diana, la voz cargada de acusación—. Y no es por el accidente. No me vengas con eso.La respuesta de Lionel llegó más baja, cansada, pero firme:—Necesito un tiempo paraa acomodarme, es todo Diana.Hubo una pausa corta,
La mañana del alta amaneció gris y húmeda.Viola llegó al hospital puntual, con el auto de Lionel ya preparado y el asiento del acompañante reclinado lo suficiente para que él viajara con más comodidad. Había revisado dos veces las indicaciones médicas la noche anterior y le había enviado a Margaret una lista precisa de lo que debía quedar listo en la casa. Cuando entró en la habitación, Lionel ya estaba vestido con ropa cómoda y sentado en el borde de la cama, el andador al alcance de la mano. Parecía más delgado, los pómulos más marcados, pero la mirada se le había aclarado. Al verla, algo en su expresión se suavizó.—Listo —dijo el médico después de firmar los papeles—. Recuerde las indicaciones. Nada de esfuerzos. Fisioterapia tres veces por semana. Cualquier dolor fuerte en el pecho o dificultad respiratoria, regresa de inmediato.Viola asintió y tomó la carpeta con las instrucciones. En ese momento apareció Diana. Traía un bolso grande y una expresión determinada, como si hubier
Viola llegó al hospital más temprano que de costumbre.Había dormido poco. El sueño de Rachel seguía pegado a la piel como una capa que no lograba sacudirse del todo. La pregunta final —¿Cuándo piensas decirle?— le había dado vueltas durante horas, hasta que decidió que lo mejor era no pensar. Vestirse. Conducir. Cumplir con la rutina que ella misma se había impuesto.Cuando entró en la habitación, Lionel ya estaba despierto. Estaba sentado en el borde de la cama, con las piernas fuera, apoyado en el andador. La férula se veía más ligera. El rostro, aunque todavía marcado, había recuperado algo de color. Al verla, sus ojos se iluminaron con una mezcla de alivio y expectación.—Hola —dijo él.—Hola.Viola dejó el bolso sobre la silla y se quedó de pie, a una distancia prudente. Lionel la observó unos segundos, como si buscara algo en su expresión.—Ayer… —empezó él.—No —lo interrumpió ella con suavidad, pero con firmeza—. No ahora.Él cerró la boca. La decepción le cruzó el rostro ape







