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Capítulo 21: El último bache

Autor: Día Mond
last update Fecha de publicación: 2026-04-02 00:07:39

Una semana había pasado desde que la señora Clara de Sousa exhaló su último suspiro, llevándose consigo una era de secretos y dejando tras de sí un terremoto que aún hacía vibrar los cimientos de mi existencia. Siete días de un silencio sepulcral por parte de Luciana, de sus abogados y del pueblo mismo, que parecía haberme otorgado una tregua tácita, o quizás era solo la calma que precede a la tormenta más devastadora.

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Último capítulo

  • Los Pecados del padre Joel   Capítulo 25: Final Feliz.

    Entré corriendo a la sala del hospital, sintiendo cómo el eco de mis pasos golpeaba con urgencia las baldosas blancas que, cinco años atrás, habían sido testigos del capítulo más oscuro de nuestra historia. Pero esta vez, el aire no pesaba; no había olor a metal retorcido ni el sabor amargo de la tragedia inminente. Esta vez, la atmósfera estaba cargada de una espera eléctrica, de esa fragancia a vida nueva que solo se respira en las alas de maternidad.—¡Enfermera! —exclamé, deteniéndome frente al mostrador principal con la respiración entrecortada—. Idara... Idara Santos. ¿En qué sala está?—Tercer piso, sala 302, señor Santos —respondió la mujer con una sonrisa pausada, acostumbrada al torbellino de los padres primerizos.Subí las escaleras casi de tres en tres, seguido de cerca por el estruendo de los pasos de mi familia. Samuel jadeaba a mi espalda, Javier mantenía su compostura profesional aunque su corbata iba torcida, y el tío Arminio cerraba la marcha murmurando salmos de gra

  • Los Pecados del padre Joel   Capítulo 24: Un ultimo Adios

    El silencio en la sala era tan denso que podía oírse el crujido de la madera bajo los pies de Luciana. Ella seguía meciéndose, con los ojos fijos en un punto inexistente del techo, arrullando esa manta vacía con una devoción que me revolvía el estómago. Idara e Isabel retrocedían centímetro a centímetro hacia la cocina, mientras yo permanecía estático, con el corazón martilleando contra mis costillas, intentando procesar que el monstruo de mis pesadillas estaba finalmente en mi salón.—Luciana... —mi voz salió como un susurro roto—. Baja eso. Hablemos.Ella detuvo su balanceo en seco. Sus ojos, antes nublados por el vacío, se clavaron en mí con una lucidez aterradora.—¿Hablar, Joel? ¿Ahora quieres hablar? —Soltó una risita estridente, un sonido que bordeaba lo absurdo—. Llevamos diez años de retraso. Mira qué hermoso está... se parece tanto a ti cuando nos escapábamos al río.—Luciana, mírame —di un paso cauteloso hacia ella—. Estás cansada. Déjame ayudarte.—¡Tú me dejaste sola! —gr

  • Los Pecados del padre Joel   Capítulo 23: El eco de la cuna

    Una semana más. Siete días que se sintieron como una eternidad suspendida en el tiempo, pero que fueron necesarios para que el cuerpo de mi morena terminara de soldar sus heridas. Pasar las horas en aquel hospital se convirtió en mi nueva rutina; conocía cada grieta del techo y el horario exacto en que el carrito del café pasaba por el pasillo. Pero allí estuve, firme al pie de su cama, viendo cómo recuperaba el color en las mejillas. Recibimos visitas de todo tipo: la energía arrolladora de Simona, la presencia silenciosa de Samuel, y algunos "amigos" del pueblo que venían más por morbo que por afecto, buscando ver los restos del naufragio del "cura y su amante".En esas noches de hospital, cuando el silencio solo era interrumpido por el goteo del suero, Idara y yo tomamos la decisión que cambiaría todo. No podíamos permitir que Emilio Joel siguiera siendo un fantasma, un niño de diez años viviendo de casa en casa como si no tuviera raíces.—Él es un Santos, Joel —me dijo ella una no

  • Los Pecados del padre Joel   Capítulo 22: Peligros

    Parpadeé un par de veces, sintiendo que los párpados pesaban como si estuvieran hechos de plomo. El dolor de cabeza era una pulsación rítmica y punzante que marcaba el compás de mi respiración. A mi alrededor, las paredes blancas relucían bajo una luz fluorescente tan intensa que me obligaba a entrecerrar los ojos, provocándome una náusea repentina. Traté de moverme, de incorporarme un poco para aliviar la presión, pero mi espalda era un despojo; cada vértebra parecía haber sido golpeada por un mazo.Esa sensación de rigidez y desamparo me transportó, por un segundo, a las habitaciones austeras del primer seminario al que asistí. Aquellas camas estrechas donde el sacrificio personal empezaba por el descanso. Solté una risa seca, casi un quejido irónico, y de pronto la realidad se materializó frente a mí: mis hermanos, Samuel y Simona, estaban de pie a los pies de la cama.Sus rostros eran un poema de cansancio y preocupación. Tenían caras de pocos amigos, los ojos enrojecidos por el t

  • Los Pecados del padre Joel   Capítulo 21: El último bache

    Una semana había pasado desde que la señora Clara de Sousa exhaló su último suspiro, llevándose consigo una era de secretos y dejando tras de sí un terremoto que aún hacía vibrar los cimientos de mi existencia. Siete días de un silencio sepulcral por parte de Luciana, de sus abogados y del pueblo mismo, que parecía haberme otorgado una tregua tácita, o quizás era solo la calma que precede a la tormenta más devastadora.Me había refugiado en la finca, sumergiéndome en el trabajo físico junto a Samuel. Necesitaba el cansancio extremo, el olor a estiércol, heno y sudor para callar la mente. Entre jornada y jornada, inicié los trámites para validar mi título de medicina; no porque deseara encerrarme en un hospital, sino porque necesitaba recuperar al hombre que fui antes de que la sotana se convirtiera en mi piel.Por Simona supe que Butimerin ardía en chismes. "El cura y la costurera" era el tema obligatorio en cada esquina. Idara había tenido sus roces; me contaba, con esa entereza que

  • Los Pecados del padre Joel   Capítulo 20: Sinceramente, juntos.

    Desperté antes de que el sol terminara de romper el horizonte. El aroma a café recién hecho inundaba la casa parroquial, un bálsamo embriagador en una mañana que se sentía inusualmente fría. A pesar del clima, la casa estaba temperada, cálida, como si los muros mismos quisieran protegerme del frío que aún sentía en los huesos tras la noticia de ayer.Anoche no pude articular palabra. Me dejé envolver por el silencio de Idara, por sus manos suaves que me sostuvieron mientras yo intentaba no naufragar en la revelación de mi paternidad. Sé que ella tiene preguntas. Sé que el peso de un hijo de diez años que aparece de la nada es una carga que no cualquier mujer aceptaría con esa paz.Me puse de pie, armándome de valor. Quería sacar todo lo que tenía dentro, explicarle que mi pasado con Luciana era una herida cerrada que hoy supuraba una verdad que yo no busqué, pero que no iba a ignorar. Sin embargo, al abrir la puerta de mi habitación, me quedé estático.En la pequeña sala, mis hermanos

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