FAZER LOGIN—¡No puedes rechazarme, Meissa! —gritó Lacron, con la voz quebrada por la ira y el desconcierto.
El sonido de su furia retumbó en el claro como un trueno, haciendo que incluso los lobos más cercanos bajaran la cabeza instintivamente.
Meissa no esperaba aquello. No esperaba ese tono, ni esa mirada encendida que parecía culparla por una decisión que nunca había sido suya.
Retrocedió un paso, sintiendo cómo su pecho se apretaba con fuerza. Su loba se encogió dentro de ella, inquieta, como si presintiera que algo terrible estaba a punto de suceder.
Entonces, antes de que pudiera responder, Lauryn tomó el brazo de Lacron con firmeza, marcando su presencia, reclamando su lugar.
—Lacron —dijo, con voz temblorosa pero decidida—. Somos mates… ¿Vas a rechazarme?
El silencio que siguió fue insoportable.
Lacron la miró fijamente, durante demasiado tiempo. En sus ojos se libraba una batalla que Meissa no entendía del todo, pero que intuía perdida desde antes de empezar.
Finalmente, él tomó la mano de Lauryn entre las suyas, apretándola con una mezcla de ternura y resignación.
—Lauryn —respondió al fin—. Siempre serás mi protegida. Siempre estarás a mi lado.
El corazón de Meissa dio un vuelco doloroso.
—Pero… —continuó Lacron, girando lentamente la mirada hacia Meissa— no puedo negarme a cumplir con mi pacto de sangre. Meissa será mi Luna.
Las palabras cayeron como cuchillas.
Meissa retrocedió otro paso, negando con la cabeza, sintiendo cómo el aire se le escapaba de los pulmones.
Eso era precisamente lo que no quería. Nunca lo había querido. Ser la Luna de Lacron significaba vivir bajo su sombra, cargar con su rencor, soportar un odio que no entendía y una rabia que no le pertenecía.
—No… —susurró—. Yo no…
Pero no pudo terminar.
Un estruendo brutal sacudió la tierra. El suelo vibró bajo sus pies y un alarido de alarma recorrió la manada como una ola imparable.
—¡Es la manada Luna Oscura! —gritó un guerrero, corriendo hacia ellos—. ¡Están atacando!
El caos estalló.
—Dicen que enviamos un regalo al nuevo Rey Alfa, Lysander —continuó el mensajero, jadeando—. Que estaba cubierto de veneno y plata para asesinarlo. ¡Ahora buscan guerra!
El Alfa Ralf lanzó un gruñido feroz que resonó en todo el territorio, alertando a cada lobo.
En cuestión de segundos, los guerreros se transformaron, los colmillos brillaron y los cuerpos se lanzaron al combate sin titubeos.
La guerra había llegado.
En medio del caos, Lacron reaccionó por puro instinto. Tomó la mano de Meissa y la de Lauryn con fuerza.
—Las llevaré a un lugar seguro —ordenó, sin permitir discusión.
***
Corrían entre los árboles, el bosque transformado en un laberinto oscuro y amenazante. Las ramas les arañaban la piel, el olor a sangre y a metal impregnaba el aire. El rugido de los lobos se mezclaba con gritos y choques violentos.
De pronto, un rugido más cercano, más brutal, sacudió el entorno.
Lauryn tropezó.
Cayó al suelo con un quejido de dolor, llevándose la mano al tobillo. Meissa se detuvo de inmediato, pero Lacron ya estaba junto a ella.
—¡Lauryn! —exclamó.
La cargó en brazos sin dudarlo.
—No temas —le susurró, con una voz que Meissa nunca había escuchado dirigida hacia ella—. Te protegeré.
Entonces ocurrió.
Lacron se transformó en lobo frente a ellas, su cuerpo creciendo, retorciéndose, cubriéndose de pelaje oscuro. Con sumo cuidado, permitió que Lauryn se montara sobre su lomo, acomodándola como si fuera lo más valioso del mundo.
Era como si el resto del universo hubiera dejado de existir.
Como si solo fueran ellos dos.
Y en ese instante, Meissa lo comprendió todo.
Nunca había tenido oportunidad.
Nunca había existido para Lacron.
En su otra vida, se había aferrado a él hasta morir, convencida de que el sacrificio era amor. Ahora entendía lo absurdo, lo cruel de ese destino.
¿Por qué había sufrido tanto por alguien que jamás la había visto?
Una lágrima amarga se deslizó por su mejilla, silenciosa, ardiente.
—Meissa —dijo Lacron, volviendo el rostro hacia ella—. Espera aquí. Volveré a ayudarte una vez que Lauryn esté a salvo, ¿bien?
La forma en que lo dijo… ya era una despedida.
—Bien —respondió ella apenas, con la voz rota.
Vio la sonrisa de Lauryn, una sonrisa suave, casi compasiva, antes de que Lacron se alejara con ella entre los árboles, perdiéndose en la oscuridad.
Meissa quedó sola.
El bosque parecía más grande, más frío, más hostil.
Sabía que no podía quedarse ahí. Si quería sobrevivir, debía correr, esconderse, transformarse.
Miró a su alrededor y comenzó a correr, el corazón latiendo con fuerza desbocada.
Estaba a punto de transformarse cuando una debilidad brutal la atravesó.
Sus piernas fallaron.
Entonces, el olor llegó.
Era tan intenso que la mareó, tan oscuro y salvaje que le quemó la garganta. No era un simple lobo. No era algo que hubiera sentido antes. Era más profundo, más primitivo… más peligroso.
Un sonido pesado resonó detrás de ella.
Se giró lentamente.
Un ser enorme emergió entre las sombras, caminando en dos patas. Su cuerpo era una mezcla aterradora de hombre y bestia, músculos imposibles, colmillos largos, ojos rojos brillando con hambre ancestral.
Un Lycan.
Una criatura de las que solo había escuchado en leyendas prohibidas, historias contadas en susurros para asustar a los cachorros.
Meissa tembló de miedo.
Sus ojos se encontraron con los de la bestia. No había furia en ellos. Había reconocimiento. Algo profundo y perturbador.
El Lycan se acercó, cada paso haciendo vibrar el suelo. Meissa cerró los ojos, incapaz de moverse, el terror paralizándola por completo.
No sintió cuando su cuerpo cayó al suelo.
Se desvaneció.
No pudo percibir cuando la criatura se inclinó sobre ella, cuando aspiró su aroma con profundidad, cuando su pecho vibró con un gruñido grave, cargado de destino.
—Mate… —gruñó , con una voz grave.
—¿Qué está diciendo, Su Alteza? —preguntó Ainoha con evidente desconcierto—. No soy una traidora ni alguien malvado. Solo traje algo que puede ayudar al Alfa.La joven sostenía aún el cuenco de plata entre las manos. El vapor de las hierbas medicinales ascendía lentamente mientras todos los presentes observaban en silencio.El príncipe Marvin seguía respirando agitadamente.Sus ojos estaban clavados sobre Ainoha con desconfianza.—No sabemos qué puso ahí —insistió él—. Mi padre está débil. Cualquiera podría aprovechar este momento para dañarlo.Ainoha retrocedió apenas, herida por aquellas palabras.Pero antes de que pudiera responder, Luna Meissa se puso de pie.La presencia de la reina llenó la habitación de inmediato.Sus ojos plateados se endurecieron mientras miraba al príncipe.—Príncipe Marvin —dijo con voz firme—, controle su vocabulario cuando se dirija a la futura princesa Ainoha, quien además será su cuñada.Las palabras cayeron pesadas sobre la habitación.Marvin apretó los
—¡El Alfa Lysander ha despertado! —exclamó el beta Itan con la voz cargada de emoción.La noticia atravesó el palacio como una ráfaga de viento.Los guardias se enderezaron de inmediato. Los sirvientes comenzaron a murmurar entre ellos. Algunos mostraban alivio… otros, preocupación.Y apenas la reina Luna Meissa escuchó aquellas palabras, corrió por los largos pasillos del palacio sin importarle su posición ni la mirada de los demás.Necesitaba verlo.Necesitaba saber que seguía vivo.Después de semanas enteras viéndolo debatirse entre la vida y la muerte, sintiendo cómo el vínculo de pareja se debilitaba cada día, Meissa había vivido aterrorizada.El Alfa Lysander no era solo el rey de la manada lunar.Era su compañero destinado.El hombre que la Luna le había entregado.Mientras tanto, en otra ala del palacio, no todos celebraban la noticia.Lady Stelle observaba por la ventana con el rostro endurecido.Sus ojos brillaban con una mezcla peligrosa de rabia y desesperación.Apenas conf
Marvin no pudo responder de inmediato.Las palabras parecían haberse quedado atrapadas en su garganta, pero su cuerpo hablaba por él. Sus puños estaban tan apretados que los nudillos se le blanquearon, y la tensión en sus hombros era evidente. La rabia lo consumía desde dentro, como un incendio imposible de apagar.Sus ojos, oscuros y cargados de resentimiento, seguían a Zaric y a Ainoha, como si quisiera desgarrarlos con la mirada.—¡Esto es una trampa! —escupió finalmente, con la voz cargada de furia—. ¡Quieren arruinarme!El murmullo de la manada se alzó en respuesta. Algunos intercambiaron miradas, otros simplemente observaban en silencio, conscientes de que lo que estaba ocurriendo no era un simple desacuerdo… era una fractura dentro del linaje.Entonces, la Reina Luna, Meissa, dio un paso al frente.Su presencia bastó para acallar cualquier ruido.Sus ojos se clavaron en Marvin, fríos, analíticos… y ligeramente decepcionados.—¿Una trampa? —repitió con calma, pero su tono tenía f
Marvin lo miró con una rabia que parecía arderle en la sangre, como si cada palabra que acababa de escuchar hubiera encendido algo salvaje dentro de él.—¡Eso es imposible! —reclamó, su voz cargada de furia, resonando en todo el salón como un trueno.Pero el príncipe Zaric no retrocedió.Al contrario, sonrió.No fue una sonrisa amable ni conciliadora, sino una llena de burla, de seguridad… de alguien que sabía perfectamente el poder que tenía en ese momento.—Nada es imposible para el amor —respondió con calma, aunque en el fondo de sus ojos brillaba un desafío claro.El ambiente cambió de inmediato.La tensión se volvió casi tangible, como si el aire mismo se hubiera vuelto más pesado. Los miembros de la manada observaban en silencio, conteniendo la respiración, conscientes de que estaban presenciando algo que podía desatar una guerra interna.Entonces, Zaric giró lentamente la cabeza hacia Ainoha.Sus ojos, que antes habían sido duros, se suavizaron apenas al mirarla.—Ainoha… —dijo,
Todos esperaban.La plaza principal estaba en silencio, pero no era un silencio tranquilo, sino uno cargado de tensión, de expectativa, de juicio.Las antorchas crepitaban alrededor, iluminando los rostros de los lobos que se habían reunido para presenciar lo que ya se rumoraba como una humillación pública.La ceremonia de rechazo.Un acto antiguo, poderoso… y cruel.Entonces, finalmente, la trajeron.La princesa Ainoha.Dos guardias la escoltaban, aunque en realidad parecía que la sostenían más de lo que la acompañaban. Su figura contrastaba brutalmente con la imagen que todos tenían de ella.Su vestido estaba roto. Sucio. El cabello, antes digno de una Luna ancestral, caía enredado y sin cuidado sobre sus hombros. Su piel, marcada por moratones visibles, hablaba de un trato indigno para alguien de su rango.Un murmullo recorrió la multitud.Indignación.Rabia contenida.—¿Qué es esto…? —susurraron algunos—. ¿Así tratan a la princesa?—Esto es una vergüenza…Lady Stelle, al verla, fru
—¡Acepto!La voz de Ainoha resonó con más firmeza de la que ella misma sentía. Por dentro, su corazón latía con fuerza, dividido entre el miedo y una esperanza que apenas comenzaba a nacer.Él la miró.El príncipe Zaric sonrió, y en su expresión no había burla ni cálculo… solo una calma que desconcertaba.—Princesa Ainoha, no tengas miedo —dijo con voz suave, pero segura—. Yo te voy a cuidar. Juntos seremos los futuros herederos… Luna y Alfa de nuestra era.Ainoha lo observó sorprendida.Nadie le había hablado así antes.Nadie le había ofrecido protección sin exigir algo a cambio.Pero antes de que pudiera responder, Zaric ya se había dado la vuelta. Su figura se alejó con elegancia, dejando tras de sí una sensación extraña… como si hubiera movido una pieza importante en un juego que apenas comenzaba.***El amanecer llegó sin piedad.El frío fue lo primero que sintió.Un cubo de agua helada cayó sobre su rostro, arrancándola bruscamente del sueño.Ainoha jadeó, incorporándose de golpe







