Compartir

FRAGILIDAD PELIGROSA

last update Fecha de publicación: 2025-12-12 12:33:30

Y mientras Ethan se ahogaba en la autocompasión. Margaret se desplomó en el sofá de su sala, el eco de su discusión con Ethan resonando en su mente como un tambor implacable. Horas atrás, había perdido los estribos, y ahora, el remordimiento la consumía.

—¡Dios! ¿Qué fue lo que hice? Debí controlarme. Se supone que la adulta soy yo; además, debería ofrecerle consuelo y no palabras hirientes Sé que su actitud se debe a algo, es muy joven para estar tan lleno de rabia. Mañana hablaré con él. Por ahora, lo único que puedo hacer es ducharme.

Esa noche, el sueño no fue amable. El rostro de Ethan, tan frágil y a la vez roto, la perseguía en cada rincón de su mente. Esos ojos oscuros, profundos como pozos sin fondo, gritaban un dolor que no podía descifrar.

Al amanecer, Margaret buscó consuelo en su jardín. Los girasoles, un regalo de su padre por su cumpleaños, se erguían radiantes bajo el sol naciente. Acarició sus pétalos con ternura, susurrando:

—Que tengan un día tan hermoso como el que planeo tener.

Tras regarlos, regresó a su habitación. El agua tibia de la ducha aclaró sus pensamientos, y un desayuno sencillo le devolvió algo de calma. Se arregló con cuidado, eligiendo un vestido que abrazaba sus curvas con suavidad. Desayunó, se arregló con cuidado y, al abrir la puerta de su casa… se encontró con él.

—Sé que este ramo de rosas no es suficiente para obtener su perdón —dijo Ethan, ocultando la mitad de su rostro tras las flores.

—¡¿Qué haces aquí?! —exclamó ella, sorprendida—. ¿Cómo obtuviste mi dirección?

—No fue difícil… —respondió evasivo, pero enmudeció al verla. El vestido abrazaba sus curvas con delicadeza, el escote justo insinuaba más de lo que debía, y en su mente la imagen se transformó: ella, rendida en sus brazos, gimiendo su nombre con la voz temblorosa.

—¿Ethan? —su voz lo sacó de golpe del ensueño—. ¿Estás bien? Te perdiste por un instante.

—Lo siento —suspiró, bajando la mirada—. No pude evitarlo. Me perdí en su belleza… en sus ojos.

—Basta de halagos —replicó ella, conteniendo un rubor involuntario—. ¿Qué buscas con esas rosas?

—Estoy aquí en son de paz. Reconozco que me comporté como un patán, y sé que lo único que usted busca es ayudarnos. Tómelas como muestra de arrepentimiento.

—Son hermosas —admitió, aceptándolas—, pero será la primera y la última vez que reciba un regalo tuyo. No es correcto.

—Le doy mi palabra. No tengo otra intención.

Margaret lo miró con seriedad, y luego suspiró.

—Bien… también quiero disculparme. No debí gritarte ni mucho menos golpearte. ¿Qué te parece si empezamos de cero? —le tendió la mano.

—Será un placer —respondió Ethan, estrechándola con fuerza. El contacto de su piel cálida le encendió el corazón—. Permita que mi chofer la lleve.

—Olvídalo. No quiero malos entendidos. De todos modos, admiro tu valentía al venir hasta aquí. Y escucha esto: si algún día necesitas hablar de lo que sea, yo estaré para ti —dijo, acariciando su cabello con suavidad—. Ahora debo ir a la secundaria o llegaré tarde.

—¿Nos veremos en la sesión de hoy? —preguntó con ilusión.

—Por supuesto, espero verte ahí —contestó, dedicándole una mirada cargada de ternura antes de cerrar la puerta.

Ethan se quedó inmóvil frente a la puerta, apretando el ramo vacío contra su pecho. Su corazón latía con fuerza, no por la vergüenza, sino por esa mezcla peligrosa de deseo y admiración que le quemaba las venas.

Mientras bajaba los escalones de la entrada, sus pensamientos lo devoraban: Ella me acarició el cabello… como si de verdad le importara. No puedo dejar que me vea como un simple muchacho rebelde. Tengo que demostrarle que soy más que eso.

Por su parte, Margaret, aún con el aroma de las rosas impregnado en el aire, apoyó la espalda en la puerta cerrada y dejó escapar un suspiro tembloroso.

—¿Qué estoy haciendo?

 Se obligó a enderezarse, recordando que era la adulta, la guía, la psicóloga… no una mujer vulnerable frente al magnetismo de un joven.

Las clases en la secundaria transcurrieron con una calma que Margaret agradeció. Sus alumnos se mostraban atentos, y ella se esforzaba en concentrarse plenamente en ellos, como si de esa forma pudiera acallar los pensamientos que la habían perseguido desde la mañana. Cada vez que recordaba la mirada de Ethan en su puerta, un escalofrío le recorría la piel, aunque intentaba disimularlo.

Al terminar la jornada, tomó sus cosas y se dirigió al centro de ayuda. Era un lugar que siempre le transmitía paz, un espacio donde podía enfocar sus energías en acompañar a los jóvenes que cargaban con sus propias batallas. Sin embargo, ese día algo fue diferente.

Apenas entró al salón y lo vio, el aire pareció volverse más denso. Ethan estaba sentado en la esquina, con los brazos cruzados y esa expresión enigmática que nunca dejaba leer con claridad. Pero lo que más la altero fueron sus ojos: no la soltaban.

Margaret intentó mantener la compostura, pero sintió cómo se le erizaba la piel bajo aquel escrutinio. Él no parpadeaba, no apartaba la vista, como si cada movimiento suyo lo hipnotizara. La miraba con tal intensidad que ella apenas pudo sostenerle la mirada un par de segundos antes de desviar los ojos hacia sus notas.

—Bien, chicos… hoy hablaremos de la importancia de reconocer y expresar nuestras emociones —anunció con voz firme.

Mientras guiaba la dinámica, se obligaba a ignorar lo evidente: la forma en que Ethan la seguía con los ojos, como si quisiera arrancarle la ropa con la mirada. Era una mezcla de deseo feroz y desafío que la incomodaba y, a la vez, la estremecía de una manera peligrosa.

En un momento, cuando pasó cerca de él para repartir unas hojas, pudo sentir la calidez de su respiración. No dijo nada, pero sus labios esbozaron una leve sonrisa cargada de algo que no supo descifrar. Margaret se apresuró a alejarse, clavando sus ojos en el resto de los estudiantes.

—Concéntrate. No puedes permitir esto —pensó para sí misma.

Pero cada vez que alzaba la vista, ahí estaba Ethan, devorándola en silencio

Continúa leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la App
Comentarios (1)
goodnovel comment avatar
Emily Rose
Me fascina.
VER TODOS LOS COMENTARIOS

Último capítulo

  • ME CONVERTI EN SU ESCLAVA SEXUAL   EL PRECIO DEL APELLIDO

    La reunión de la junta directiva del hospital duró tres horas. Alonso salió con dolor de cabeza y la certeza de que el mundo empresarial estaba diseñado para agotar a las personas decentes. Había un inversor nuevo, un hombre llamado Gerardo Fuentes que llevaba meses comprando participaciones y que en la reunión de ese lunes había dejado caer, casi sin querer, que tenía información sobre "ciertas irregularidades en el proceso de selección del proyecto del ala Torres".Alonso supo en ese momento que Beatriz no había guardado todos sus cartuchos.Fuentes era conocido en el mundo financiero por una cosa: compraba empresas en problemas usando información privilegiada que alguien de adentro le pasaba. Y Beatriz Williams, que llevaba décadas en ese mundo, tenía contactos en todos lados.Esa noche Alonso se lo contó a Carol sin rodeos. Ella escuchó sentada en la silla de la cocina con los codos sobre la mesa y la expresión de quien está haciendo cálculos.—¿Puede echar abajo el proyecto? —preg

  • ME CONVERTI EN SU ESCLAVA SEXUAL   UNA NOCHE SIN REGLAS

    Rosaura se llevó a Estrella el viernes por la tarde con la excusa de que tenía entradas para un espectáculo de magia y que la niña no podía perdérselo. Carol la conocía demasiado bien para creer en la excusa, pero no dijo nada. Solo abrazó a Estrella, le puso el abrigo, y los vio irse desde la puerta con una sonrisa que intentó disimular.Alonso llegó a las siete. No traía maletín. Traía una bolsa de una tienda de delicatessen del barrio y cara de quien tomó una decisión en el camino.—Pensé que cocinabas tú —dijo Carol, mirando la bolsa.—Pensé que era más seguro que cocinara alguien profesional —respondió él.Pusieron la mesa juntos. Abrieron una botella de vino tinto que Alonso había estado guardando para "una ocasión que lo merezca", y Carol le preguntó qué hacía que una ocasión lo mereciera, y él respondió "que tú estés en ella", y Carol le tiró un pedazo de pan.Cenaron. Hablaron de todo y de nada: de un paciente de Alonso que le había mandado una carta de agradecimiento escrita

  • ME CONVERTI EN SU ESCLAVA SEXUAL   LO QUE ESCONDEN LOS HOMBRES BUENOS

    Fue un sábado tranquilo. Demasiado tranquilo, quizás, porque cuando las cosas están tranquilas en la vida de Carol siempre es porque algo está a punto de moverse. Alonso había ido temprano al hospital a revisar un postoperatorio, Estrella estaba en casa de Rosaura, y Carol tenía la mañana entera para ella sola por primera vez en semanas.Decidió ordenar el estudio de Alonso. No porque lo necesitara, sino porque era la única habitación de la casa que ella no había tocado, y había algo en ese territorio intacto que le pesaba.Empezó por los libros. Luego los cajones del escritorio, que estaban sorprendentemente ordenados para ser de un hombre con la agenda de Alonso. Y en el fondo del cajón inferior, debajo de una carpeta de facturas antiguas, encontró una caja de metal pequeña. Sin candado. Sin nombre. Solo una caja.Debería haberla dejado ahí. Lo sabía.La abrió.Adentro había tres cosas: una fotografía, una medalla de metal gastado y una carta doblada en cuatro. La fotografía era de

  • ME CONVERTI EN SU ESCLAVA SEXUAL   GUERRA EN TACONES

    Beatriz Williams no perdía. Llevaba sesenta y dos años sin perder y no pensaba empezar ahora. Que Rosendo hubiera intervenido en el lobby del hospital fue un contratiempo, no una derrota. Que Dante estuviera fuera de la mansión era una pieza en el tablero que podía moverse de vuelta. Y que Laura hubiera aparecido y no hubiera logrado desestabilizar nada era simplemente información: la chica era más sólida de lo que parecía.Así que Beatriz cambió de estrategia.Empezó por el lugar más blando: la universidad de Carol. Una llamada discreta a una persona en la dirección académica, un rumor plantado con cuidado sobre irregularidades en la beca, una insinuación de que los trabajos de la señorita Torres habían tenido "apoyo externo no declarado". Nada que se pudiera probar fácilmente. Todo lo suficientemente sucio para ensuciar.Carol se enteró un miércoles por la mañana, cuando su tutora la llamó a su despacho con cara de quien tiene que decir algo incómodo.—Hay una denuncia anónima —le di

  • ME CONVERTI EN SU ESCLAVA SEXUAL   LA MUJER DEL PASADO

    Carol estaba en la cocina cuando escuchó el timbre. Eran las ocho de la noche, Alonso había salido a una reunión en el hospital que se había extendido más de lo previsto, y Estrella ya dormía. Miró la pantalla del intercomunicador y vio a una mujer rubia, delgada, con un abrigo beige que le costaba más de lo que Carol ganaba en tres meses. No la conocía. Pero había algo en la manera en que esa mujer miraba la cámara, directa, sin ningún nerviosismo, que le dijo que ella sí sabía exactamente dónde estaba parada.—¿Quién es? —preguntó Carol.—Me llamo Laura —respondió la mujer—. Vengo a ver a Alonso. Somos... viejos amigos.Carol no abrió de inmediato. Tomó el teléfono, le escribió a Alonso: "Hay una mujer llamada Laura en la puerta. Dice que son viejos amigos. ¿Abro?". Esperó treinta segundos. Un minuto. Nada. La reunión seguía. Volvió al intercomunicador.—Alonso no está —dijo Carol—. Puede dejarle un mensaje.Laura sonrió. No fue una sonrisa simpática.—Prefiero esperar, si no le mole

  • ME CONVERTI EN SU ESCLAVA SEXUAL   LO QUE SOMOS AHORA

    Las semanas que siguieron fueron raras. No de una manera mala, sino de esa manera en que las cosas nuevas siempre son raras al principio, cuando todavía no saben bien qué forma tomar.Carol volvió a la universidad. Se presentó el lunes siguiente con las ojeras de quien ha vivido demasiado en muy poco tiempo, entregó las tareas atrasadas con una carta médica que Alonso había redactado él mismo, y se sentó en el primer banco como si fuera la primera vez. Nadie supo nada de lo que había pasado. Nadie necesitaba saber.Alonso, por su parte, estaba aprendiendo cosas que nadie le había enseñado. Aprendía, por ejemplo, que Estrella no toleraba el brócoli bajo ningún argumento y que si querías que lo comiera tenías que esconderlo dentro de algo que ella sí quisiera. Aprendía que a Carol le gustaba el silencio cuando estudiaba pero le gustaba que hubiera alguien cerca. Aprendía que había una diferencia entre estar presente y estar disponible, y que él había confundido las dos cosas durante años

Más capítulos
Explora y lee buenas novelas gratis
Acceso gratuito a una gran cantidad de buenas novelas en la app GoodNovel. Descarga los libros que te gusten y léelos donde y cuando quieras.
Lee libros gratis en la app
ESCANEA EL CÓDIGO PARA LEER EN LA APP
DMCA.com Protection Status