Compartilhar

C4: Podemos hacernos compañía.

Autor: Yaz Salo
last update Data de publicação: 2025-03-13 11:25:28

Desde aquella noche, Somali no pudo dejar de vigilarlo. Día y noche, sin importar la hora, siempre encontraba un momento para observarlo, incluso en la madrugada. Pero no volvió a ver a aquel hombre que se había aparecido en la habitación. Solo veía un lobo. Un lobo eterno.

Esto la frustraba profundamente. ¿Realmente se estaba volviendo loca? ¿Acaso todo lo que veía dentro de ese laboratorio la estaba afectando más de lo que creía? No podía entender cómo había sido capaz de dejarse engañar por su propia imaginación. Se preguntó una y otra vez si todo lo que había presenciado aquella vez fue real o si simplemente lo había soñado.

Durante mucho tiempo, siguió observándolo sin encontrar ninguna señal de que lo que había visto antes hubiera sido cierto. Ni una sola vez volvió a ver a ese hombre. Y empezó a pensar que tal vez lo había imaginado, que su mente le había jugado una trampa en medio de la noche, que todo había sido producto del cansancio o de un sueño demasiado vívido.

Pero entonces, un día, decidió entrar.

Hasta ese momento, siempre lo había observado desde el otro lado del vidrio. Pero esta vez, abrió la puerta y cruzó el umbral.

El lobo estaba allí, como siempre. Su pelaje dorado estaba cubierto de sangre, aunque su cuerpo no mostraba heridas visibles. No tenía ni un solo rasguño, pero la sangre seguía allí, como una prueba de lo que había soportado. Era la sangre de las heridas que una y otra vez le infligían... y que una y otra vez sanaban. Incluso si le cortaban un miembro, este volvía a crecer. Su cuerpo se regeneraba sin cesar, condenándolo a una existencia de torturas interminables.

Aun así, aunque no estaba lastimado, se veía cansado.

Somali cerró la puerta tras de sí. El lobo tenía un bozal y estaba encadenado, así que se sintió segura.

Se quedó de pie frente a él y, por primera vez, le habló directamente.

—Escucha, Sujeto Alfa —articuló—. He pasado mucho tiempo cuestionándome si lo que vi aquella noche fue real o no. Pero ahora empiezo a pensar que no te mostraste de nuevo porque tienes miedo. Si descubren que puedes tomar la forma de un humano, aumentarán las pruebas sobre ti. Te forzarán a transformarte una y otra vez hasta agotarte. Tal vez ni siquiera te dejen dormir. Y cuando hayan terminado de experimentar contigo... puede que te exhiban como una atracción de circo.

De pronto, se quedó en silencio unos segundos.

—No pensé en eso cuando te delaté. Lo siento. Casi hice que todo se complicara para ti —continuó ella—. Tú ya estás en peligro, y yo casi lo empeoré.

Luego, soltó un suspiro agotador.

—Te llamo Sujeto Alfa porque no sé tu nombre, aunque no sé si tienes uno —manifestó, incrustando la vista en él—. Pero escúchame. No estoy de acuerdo con esto. Nada de esto está bien. Pero... no puedo hacer nada. Soy solo yo.

Mientras Somali hablaba, el lobo seguía observándola, sin moverse.

—Nunca he encajado en ningún lugar —confesó ella—. No tengo a nadie. Es más, nunca he tenido pareja. Tengo veintiocho años y ni siquiera hay una mínima posibilidad de que algún día me case. Creo que moriré sola en este mundo.

En ese momento, empezó a restregarse las manos.

—Perdí a mis padres, aunque... nunca fueron buenos conmigo. Para ellos, yo era una inversión. Me criaron solo para que algún día los mantuviera. Me obligaron a estudiar, a trabajar. Querían que les sirviera de algo. Pero cuando por fin logré obtener un buen puesto, cuando por fin conseguí un sueldo decente... ellos murieron antes de poder disfrutarlo. De todos modos, nunca me sentí bien en este mundo. Tal vez nunca debí haber nacido.

El lobo no apartaba la mirada de ella y parecía estar escuchando con atención.

—Pero cuando te veo a ti —añadió Somali—. Siento que, de alguna manera, podemos conectar. Tú eres un lobo, un animal. Se supone que los animales no razonan. Pero cuando miro tus ojos, siento que entiendes cada palabra. Es como si pudieras sentirlo.

Las lágrimas se acumularon en sus ojos, pero las contuvo.

—Sé que los animales sienten dolor físico. Pero creo que también sienten algo más. Muchos dicen que no tienen emociones, pero yo... yo no lo creo. Cada vez que te veo, estoy más segura de ello —replicó—. Sujeto Alfa, lamento que estés pasando por esto.

Repentinamente, se cubrió el rostro con las manos.

—Tal vez soy yo la que está perdiendo la cabeza —expuso, dejando escapar una risa vacía—. Estoy aquí, hablándote... sabiendo que, si alguien me ve, me meteré en problemas.

Levantó la vista y sonrió con amargura.

—Si mis superiores supieran esto, me sancionarían. Podrían despedirme, o algo peor. Pero... necesitaba decírtelo.

Segundos después, tragó saliva.

—Si tuviera la oportunidad de sacarte de aquí, lo haría. Pero no puedo —admitió—. Soy débil. Débil físicamente y también emocionalmente. Si intentara sacarte, sería solo yo contra todos. Contra los soldados, contra los científicos, contra este maldito lugar. No tengo ninguna posibilidad. Podrían capturarme, encerrarme o incluso matarme. Y a nadie le importaría. Nadie reclamaría mi cuerpo. A nadie le importaría si desaparezco. ¿Sabes qué, Sujeto Alfa? —murmuró ella—. Tal vez no soy de este mundo. Tal vez... solo fui un error.

Somali apretó los puños sobre sus rodillas.

—Tal vez nunca seré feliz. Pero... creo que podríamos ser amigos. Vendré a hablar contigo todos los días —articuló—. Y tú me escucharás. Y si algún día...

Se detuvo.

Si algún día lo que vio aquella noche era real... Si de verdad él podía convertirse en un hombre...

—Si puedes transformarte, hazlo delante de mí.

Pero el lobo no reaccionó.

—Te prometo que jamás le diré a nadie —manifestó Somali—. Podemos hacernos compañía.

Somali no supo cuánto tiempo pasó antes de levantarse y alejarse de él, pero cuando salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí, su corazón latía con más fuerza que nunca.

Continue a ler este livro gratuitamente
Escaneie o código para baixar o App

Último capítulo

  • Garras bajo la túnica blanca: Luna del inmortal Alfa   CAPÍTULO FINAL

    El bosque de Varhallow amanecía cubierto por un velo de neblina suave, los árboles se mecían con ligereza, murmurando entre sus ramas como testigos antiguos del momento que se avecinaba. Somali llevaba varios días sintiendo cambios en su cuerpo. La vida que crecía dentro de ella había estado avisando con pequeños empujes, con una calma distinta a la de su primer embarazo. No hubo episodios alarmantes, ni signos de agotamiento, ni conexiones peligrosas entre su poder y el bebé. Esta vez, todo había sido humano, orgánicamente natural. Ella misma sentía que su cuerpo había sido bendecido por una tregua, como si su esencia hubiera aprendido, en esta segunda gestación, a dejar de luchar contra sí misma.Ese día, al despertar, lo supo. No porque el dolor la invadiera de forma brusca, como cuando trajo al mundo a Iván, sino porque su cuerpo parecía haberse preparado con suavidad. Era un aviso paciente, como si su vientre le hablara y le dijera “es hoy, ya es hora”.Dorian se encontraba en e

  • Garras bajo la túnica blanca: Luna del inmortal Alfa   C153: Parece ser simplemente normal.

    La tarde comenzaba a enfriar con la brisa del bosque que se colaba entre los árboles, arrastrando hojas secas que bailaban sobre la hierba. El cielo, cubierto de tonos cálidos y naranjas, se iba tiñendo de lavanda.En ese momento, Iván regresaba corriendo entre los arbustos, todavía con el cuerpo vibrando de emoción tras el entrenamiento que había tenido con Dorian. Llevaba el cabello rubio alborotado, la frente sudada, y una chispa de energía viva en sus ojos.Somali lo observaba desde el umbral de la casa, con las manos cruzadas sobre su vientre. Aún no se lo había dicho a Iván, y aunque quería esperar un poco más, Dorian la había animado a compartir la noticia con él. Su hijo era inteligente, observador, y tenía derecho a saberlo. Era parte de la familia, después de todo, y nada les emocionaba más que imaginar su reacción.Cuando Iván la vio, sonrió con toda la fuerza de su alegría. Corrió hasta ella sin detenerse, abrazándola con la misma ternura con la que siempre lo hacía, como

  • Garras bajo la túnica blanca: Luna del inmortal Alfa   C152: No quiero perderte por traer otra vida al mundo.

    La noticia había sido inesperada. Somali lo había dicho con ternura y nerviosismo, esperando quizá ver en Dorian el mismo fulgor que brillaba en sus propios ojos. Pero no fue así.Dorian guardó silencio.Ella lo observó con atención. Conocía cada una de sus expresiones, cada pliegue de su rostro, y algo en su mirada la dejó inquieta.—No te ves feliz —le había dicho.Dorian se puso de pie, sin saber muy bien qué hacer con su cuerpo. Caminó un par de pasos por la habitación, pasando una mano por su nuca, manteniendo los hombros rígidos. Finalmente, se detuvo frente a una de las ventanas que daban al bosque, pero no miraba el paisaje. Sus ojos estaban lejos, atrapados en recuerdos que aún no podía soltar.—No es eso —manifestó—. No quiero que pienses que no quiero tener hijos contigo. Nada me haría más feliz que verte rodeada de ellos… escuchar sus risas, verlos correr a tu alrededor. Me encanta esa idea. Me emociona imaginar un futuro así, lleno de vida, de pequeñas almas con tu luz.H

  • Garras bajo la túnica blanca: Luna del inmortal Alfa   C151: ¿Estás enferma?

    El sol se filtraba a través de las copas de los árboles, arrojando destellos dorados sobre el suelo del bosque. Las sombras se estiraban con la brisa, y el aire olía a tierra húmeda y a hojas vivas. Dos figuras lobunas surcaban el bosque con fuerza y gracia: Dorian, con su pelaje dorado como la luz del sol, y su hijo Iván, del mismo color.Corrían uno al lado del otro, saltando sobre troncos caídos, esquivando ramas con la agilidad que solo los de su especie poseían. Iván tenía quince años y había demostrado ser rápido, atento y determinado. Su respiración era rápida pero constante, y sus patas apenas tocaban el suelo antes de impulsarse hacia el siguiente salto.—¡Allí!—gruñó Dorian telepáticamente, como lo hacían en su forma lobuna. Iván siguió la dirección indicada y se lanzó hacia una liebre que corría a toda velocidad. En un instante la alcanzó, y sin dañarla demasiado, la atrapó entre sus colmillos. Luego la dejó caer suavemente sobre la tierra.Dorian se transformó primero, con

  • Garras bajo la túnica blanca: Luna del inmortal Alfa   C150: ¿Crees que algún día seré tan fuerte como tú?

    Los días de dolor y lucha quedaron atrás, pero sus huellas aún eran visibles en la memoria de todos. Después de la cesárea, de los momentos críticos donde la vida de Somali y su hijo Iván pendieron de un hilo, la manada entera parecía respirar con más tranquilidad.La recuperación no fue rápida, ni sencilla. Fue un proceso largo, marcado por silencios, miradas llenas de incertidumbre y, finalmente, sonrisas genuinas que volvían a dibujarse lentamente en los rostros de quienes tanto habían temido perder a su Luna.Somali, aunque frágil durante los primeros meses, comenzó a ganar fuerza poco a poco. Su cuerpo, que había sido llevado al límite, ahora mostraba señales de recuperación gracias al descanso constante, las medicinas naturales y el afecto de su familia.Saphira y Zeira se turnaban en sus visitas, asegurándose de que no solo el cuerpo de la Luna sanara, sino también su espíritu. Dorian, por su parte, jamás la dejó sola. Si bien tenía asuntos que atender como Alfa, siempre encont

  • Garras bajo la túnica blanca: Luna del inmortal Alfa   C149: Soy un padre.

    El tiempo, como un sanador silencioso, fue dejando atrás los días más oscuros que envolvieron el nacimiento de Iván. En los primeros momentos, todo era fragilidad. Somali, con el cuerpo aún debilitado, despertaba con frecuencia durante las noches, no por dolor físico, sino por ese miedo persistente que le había dejado la pesadilla de perder a su hijo. Aquel niño, tan pequeño, tan silencioso al llegar al mundo, era ahora una presencia constante en su corazón, una extensión viva de su alma.Iván fue colocado en una incubadora especial, traída del mundo humano por Dorian y otros miembros de la manada. Fue un acto que había requerido riesgos, sigilo y sacrificios, pero había valido la pena. Los primeros días, el niño respiraba con dificultad. Se alimentaba con ayuda, y sus movimientos eran apenas perceptibles. Zeira, junto a sus asistentes, lo vigilaba noche y día. Cada leve mejora era celebrada en silencio, con corazones cautelosos, pero esperanzados.Somali, por su parte, tuvo un camino

Mais capítulos
Explore e leia bons romances gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de bons romances no app GoodNovel. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no app
ESCANEIE O CÓDIGO PARA LER NO APP
DMCA.com Protection Status