LOGINAsiget toma el lugar de su melliza Somalia y se casa con Aidan, el Alfa del Clan Midgar, en un matrimonio forzado. Meses después, cuando Asiget queda embarazada, el regreso de Somalia reabre viejas heridas: ella había sido la prometida de Aidan, ambos se amaban y estaban listos para casarse, pero fue enviada a otro Clan como moneda de cambio. Tras su retorno, revela que espera un hijo de Aidan. Entre celos y acusaciones falsas, Asiget es injustamente encerrada y entregada al Clan Argán. Allí, es obligada a salvar a la amante del Alfa Raihan, donde éste descubre que un lazo lo une inevitablemente a Asiget. Mientras Asiget es arrastrada a un nuevo vínculo que podría cambiar su destino, Aidan comienza a arrepentirse… demasiado tarde, cuando recuperarla ya no será tan sencillo.
View MoreLa habitación del Alfa se encontraba en lo más alto del palacio. Asiget permanecía de pie en medio de ese espacio, con el vestido blanco aún ceñido a su cuerpo, sintiendo cómo los latidos de su corazón se aceleraban sin poder controlarlos.
De pie frente a ella, se hallaba Alfa Aidan. Poseía el pelo negro junto con unos penetrantes ojos azules. Su figura era alta, por lo que su sombra se asentaba sobre todo el cuerpo de Asiget. Tenía espalda ancha y brazos fuertes, y su piel estaba levemente bronceada por el sol.
—Ahora que eres la Luna de este Clan… mi Luna, debes darme herederos. Esta noche cumpliremos con ese deber, y continuará así hasta que concibas.
Asiget empezó a sentirse ansiosa. Sabía que aquello no nacía del deseo de Aidan, sino de una obligación.
Aun así, eso no apagaba lo que ella sentía. A pesar de la distancia en su voz, a pesar de su frialdad, ella seguía encontrando en esa unión algo que, para sí misma, era valioso.
En ese momento, bajó la mirada y apretó el bastón que sostenía con su mano derecha.
—Yo… haré mi mejor esfuerzo para ser una Luna respetable dentro del Clan Midgar —expresó—. Nunca había imaginado que terminaría en esta posición. Era mi hermana, Somalia, quien debía ocupar este lugar. Sin embargo, no lo defraudaré, Alfa.
Somalia, su melliza, quien ocupaba el corazón de Aidan. Se habían enamorado desde niños. Asiget lo había visto crecer amando a otra, había guardado sus propios sentimientos. Pero ahora era ella quien estaba allí, convertida en su esposa.
Aidan la escrutó por un instante.
—Asiget… Ya no vuelvas a mencionar a Somalia, ni trates de ser como ella —declaró.
Aidan se colocó tras Asiget y desató el corsé de su vestido. El vestido comenzó a deslizarse, liberando poco a poco su figura. Los labios de Aidan recorrieron su piel, descendiendo por su cuello y siguiendo hacia su hombro.
Aunque faltaba la pasión que ella deseaba, Asiget no se apartó: cerró los ojos y se dejó llevar, aferrándose al momento.
De pronto, la levantó entre sus brazos, la depositó sobre las sábanas y inclinarse sobre ella, capturando sus labios. Tras ese beso, se apartó lo suficiente para observarla, como si intentara encontrar en su rostro a alguien más.
Asiget era hermosa, Aidan no podía negarlo. Sus rasgos delicados, su piel clara, el cabello plateado que se esparcía sobre el colchón, los ojos grises que parecían reflejar la luna… todo en ella resultaba armonioso, digno de admiración.
Aidan volvió a inclinarse sobre ella y sus labios recorrieron la piel de Asiget, descendiendo con lentitud mientras sus manos exploraban su cuerpo. Sin embargo, cada caricia estaba teñida por un recuerdo distinto.
En su mente, no era Asiget quien respondía a sus besos. Era Somalia.
Los recuerdos acudían con demasiada claridad. Recordaba la forma en que había recorrido el cuerpo de Somalia, y hacía lo mismo con Asiget. Tomaba sus sen0s y los besaba, apretaba y succionaba con cierta fuerza, como si pudiera encontrar el alma de su amada en ellos. Sus manos descendieron por su cintura, mientras sus labios continuaban explorando, dejando tras de sí un rastro de calor.
Asiget, por su parte, se aferraba a cada instante como si fuera irrepetible. Su cuerpo reaccionaba con una sensibilidad intensa, dejándose llevar por lo que él provocaba en ella. Para ella, no había duda ni confusión: era el lobo que había amado toda su vida quien la tocaba, quien la hacía sentir de una manera que jamás había experimentado antes.
Pero Aidan no estaba realmente con ella.
Le abrió las piernas y se introdujo en ella sin mucha delicadeza, haciendo a un lado la idea de que era su primera vez, pues con Somalia el sexo era apasionado.
No le dio tiempo a prepararse, ni a acomodar la pierna, y Asiget no pudo evitar sentir un leve tirón en la cadera, secuela de un accidente que tuvo de cachorra, lo cual la dejó con cojera.
Asiget no se apartó ni intentó detenerlo. No quería molestarlo ni interrumpir el momento, no quería ser una loba tediosa que se quejaba por todo. Así que lo soportó, adaptándose a él, a su ritmo y tamaño.
De pronto, Aidan se inclinó hacia su oído, besando suavemente el borde de su oreja, y en un susurro dejó escapar la frase que traería a Asiget de vuelta a la realidad.
—Te amo, Soma.
[En el banquete hace unos meses…]
—Es oficial anunciar que Somalia y yo estamos comprometidos —dijo, sentado a la cabecera de la mesa, sosteniendo la mano de Somalia—. Cuando me convierta en Alfa, ella será mi diosa lunar.
El padre de Aidan, el líder del Clan, estaba demasiado enfermo para asistir, así que compartió toda su alegría con Lucaon, el padre de los gemelos.
El rostro de Lucaon se iluminó y una sonrisa amplia se dibujó en sus labios mientras comenzaba a aplaudir con entusiasmo.
—¡Estoy encantado con esta noticia! —expresó con satisfacción, antes de girar la cabeza hacia su otra hija—. ¡Asiget, felicita a Somalia! ¡Tu hermana mayor se convertirá en una Luna!
Asiget sostuvo la mirada de su padre por un instante. Se sentía genuinamente feliz por Somalia, pero al mismo tiempo, había una parte de ella que no podía estar contenta.
—Muchas felicidades a los dos —dijo finalmente, con una voz que no dejó entrever lo que realmente sentía.
—Aidan, tienes mucha suerte de casarte con mi hija —agregó Lucaon—. Deberías sentirte orgulloso de que ella te ame tanto.
—Por supuesto. Es un honor tomar como esposa a una loba que pertenece a una familia de alto linaje y con un don tan especial —afirmó Aidan—. Pero no es por eso que me caso con ella. Lo hago porque la amo.
La sangre de Somalia y Asiget era pura y sumamente valiosa dentro del Clan. Tenía la capacidad de neutralizar cualquier veneno y curar enfermedades. Otro detalle importante era que el cuerpo de ambas producía sangre en gran cantidad, y esta abundancia permitía usarla para crear antídotos y remedios, aumentando aún más su valor dentro del Clan.
—Espero que pronto tengan hijos —añadió Lucaon—. La familia se ha reducido y solo mis dos hijas conservan ese don. Aunque no todos lo heredan, pero cuantos más haya, mayores serán las probabilidades de preservarlo y evitar que el linaje se pierda.
Todo parecía ya decidido. Sin embargo, cuando todo parecía avanzar sin obstáculos, el padre de Aidan cambió por completo el destino de Aidan y las mellizas.
Tomó la decisión de enviar a Somalia al Clan Argán para convertirse en la concubina del anciano Alfa de ese entonces. A cambio, Midgar tendría acceso a los valiosos minerales de Argán. Ese fue el acuerdo.
—¡¿Cómo pudiste hacerme esto, padre?! —exclamó él, en la habitación del Alfa—. ¡No puedo aceptar que la entregues de esa manera, y menos a ese Alfa asqueroso! Es un anciano rodeado de concubinas, ¿por qué le darías a Somalia? ¡Ella es mi prometida!
El sol de la tarde bañaba las majestuosas murallas de Argán con un destello dorado y cálido, anunciando el ocaso de una era y el florecer de una nueva historia.En todo el territorio del clan se respiraba un aire festivo y vibrante; las calles estaban adornadas con estandartes brillantes, las plazas olían a banquetes en preparación y la música se escuchaba en cada rincón.Argán entero estaba en celebración. No era un día cualquiera: se trataba de la víspera de la jornada más esperada en décadas.En las enormes puertas del castillo, Leonard aguardaba la llegada de los distinguidos invitados.Cuando el carruaje se detuvo frente a la entrada, la puerta se abrió para revelar a Nathan, el respetado Alfa de Midgar.Tras él descendió Daphne, luciendo resplandeciente, elegante y con la serenidad de una mujer que finalmente había encontrado la plenitud y el calor de hogar que tanto anhelaba.Junto a ellos bajó un niño de diez años: su hijo, el pequeño Enrique.—¡Leonard! —saludó Nathan, acorta
Raihan salió del cuartel, encontrando a Leonard esperando ansioso en las inmediaciones. Su hijo había intentado entrar con él a la reunión; sin embargo, el Alfa se lo prohibió, pues sabía que terminaría interviniendo por los Skargan en cada decisión.Durante veinte años, Leonard había abogado sin descanso por ellos: preguntando, intercediendo y solicitando cada vez más beneficios. Raihan había tenido que ponerle límites, recordándole que estaban cumpliendo una condena y que no podía pretender que vivieran como reyes.Al ver salir a su padre, Leonard se acercó a él.—¿Cómo te fue? ¿Qué pasó ahí adentro? ¿Qué dijeron? —preguntó sin rodeos.—Dijeron que se quieren quedar a vivir aquí —expuso Raihan.Una sonrisa amplia y radiante se dibujó en el rostro de Leonard. Raihan entornó los ojos, adivinando el trasfondo de su expresión.—Parece que tú ya lo sabías...—Pues sí, lo he hablado con Valentina. —Ya veo —comentó Raihan, cruzándose de brazos—. Así que prácticamente ya lo tenían planeado
[Años más tarde]Raihan se hallaba en el cuartel donde habían sido reunidos todos los miembros pertenecientes a la manada Skargan, el grupo nómada que años atrás había secuestrado a Leonard, pero que en realidad había sido condenado por ser declarado cómplice de Sergio tras el asesinato de los guardias en el puesto de mando de la frontera.Todos se encontraban allí presentes: Goran, el que había sido su líder, su hija Valentina y el resto de los miembros de la manada.Raihan se mantenía de pie frente a ellos con una postura imponente. Los contempló en silencio por unos segundos antes de tomar la palabra.—Han pasado veinte años desde que fueron declarados culpables y condenados a servir a Argán. He estado leyendo detenidamente cada uno de los informes. No me he perdido ni un solo documento que hablara sobre ustedes durante todo este tiempo... y debo decir que estoy realmente sorprendido. Han cumplido con sus responsabilidades sin protestar, sin intentar hacer las cosas a su modo o que
Daphne se encontraba dentro de una lujosa carroza, con el corazón latiéndole desbocado contra el pecho.Estaba sumamente nerviosa; no dejaba de restregarse los dedos y jugar con sus manos para calmar la ansiedad. Tras un viaje bastante largo desde Argán, finalmente había llegado a su destino.La carroza se detuvo. Un criado le abrió la puerta y ella descendió con elegancia, apoyando los pies en el piso firmemente mientras alzaba la mirada para contemplar el majestuoso palacio que se erigía ante ella.Los portones principales se abrieron de par en par. Daphne comenzó a caminar hacia el interior mientras, a sus espaldas, varios empleados se encargaban de bajar sus pertenencias.Al adentrarse, su mirada fue directa hacia el centro del vestíbulo: allí la aguardaba Nathan, flanqueado por otras personas a sus espaldas. Se detuvo a un par de metros de distancia, esbozó una sonrisa radiante y realizó una reverencia.—Un gusto volver a verlo, Alfa de Midgar.Nathan sonrió.—Bienvenida a mi cl












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