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MATRIMONIOS PELIGROSOS

Autor: Tatty G.H
last update Data de publicação: 2023-02-01 04:40:30

—No... No es verdad —repliqué observando su contenida mirada—. Al saber quién era yo realmente, usted se enfadó y ni siquiera me permitió explicarle. Así que yo no me casé. Ese matrimonio no vale nada para mí.

Vi como mis palabras le calaban hondo. Cómo conforme las asimilaba, el dolor se reflejaba en sus ojos negros y profundos. Solo entonces me soltó y se alejó un paso de mí. 

—Por mucho tiempo me engañaste sobre quién eras en realidad, sobre quién era tu padre. ¿Qué otra reacción esperabas de mí luego de una mentira así? 

Apreté los puños y abrí los labios, pero no fui capaz de decir nada. Él tenía razón, yo lo había engañado, y no había sido sincera hasta el último momento. 

—Y aunque yo me enfadé y sentí traicionado por la mujer que amaba, aunque ahora no te guste la idea, tú y yo estamos casados. 

Su mirada atrapó la mía bajo un haló oscuro y peligroso, tan amenazante que me congeló la sangre.  

—Eres mi esposa, Dulce Campbell, eso dice la ley. 

Y yo al fin fui plenamente consciente de quién era él, no solo era el hombre con quién me había casado, tampoco solo el dueño de un famoso burdel. Rafael Riva era un mafioso, el jefe de la mafia en Londres.

Sentir su cuerpo contra el mío, hizo que mis mejillas se sonrojaran y que mi corazón vacilara entre latidos. Sin embargo, pronto recuperé la cordura.

—No ¡Yo no soy su esposa! —repliqué obstinada, reaccionando y alejándome de él—. Ya no soy su mujer. ¡Usted y yo no somos nada!

Lo vi apretar la mandíbula, furioso conmigo. 

—Eso no fue lo que dijiste al casarte conmigo. Nos casamos mujer, recuérdalo. 

Lo recordaba perfectamente, así como recordaba lo qué había ocurrido después. Él se había molestado al saber de quién era hija, al saber el nombre de mi padre. 

Sin quitarle los ojos de encima, recogí el abrigo de Gustave que él acababa de arrojar al suelo. Y poco a poco, retrocedí, poniendo distancia entré él y yo. 

—Yo no fui la única que mintió esa noche, mi señor —musité, dirigiéndome a él igual que antes, como cuando yo era suya y él, mi señor. 

Con gran dolor, recordé mi boda y luego la ruptura. La forma en que todo terminó. 

—Usted también me prometió una vida a su lado, de la que luego se arrepintió. 

En sus ojos oscuros, entre el resentimiento y la rabia, pude ver el recuerdo de esa noche, y también el dolor.

—¿Arrepentirme? Te equivocas. Te adoraba, Dulce, pero cuando me dijiste que amaba a una simple ilusión, fue desbordante.

En el negro de sus ojos, pude verme a mí vestida de novia, y a él vistiendo un traje negro, ambos de pie frente a un oficiante. Pude verlo diciendo sus votos matrimoniales mientras me colocaba un anillo en el dedo: 

“... Me caso contigo, y entrelazo mi vida con la tuya, mi suerte con tu suerte, mis fracasos con los tuyos. Con estas palabras, te tomo por esposa, Dulce Valle, y mi corazón pasa a ser completamente exclusivo de ti...”

Había sido demasiado feliz en ese momento, y creí que duraría toda la vida. Pero, había sido un error suponer eso. 

—¿Y qué hay de mí? Esa noche... usted me lastimó —le dije, reviviendo en mi mente la discusión que había arruinado nuestra boda—. Dijo que yo lo había traicionado, que no podía creer con quién se había casado. 

Sentí los ojos húmedos y la garganta en un nudo. 

—Había dicho que no le importaba mi pasado, ¡que no era relevante si yo había sido una mujer pobre o una...! —articulé, reavivando el sufrimiento de esa noche—. Dijo que aun así me amaría, pero cuando leyó esas cartas y supo mi nombre real, me despreció, como si yo fuese mi padre. 

Él respiró hondo y abrió los labios, pero yo levanté una mano y exhalé profundo. Necesitaba decirle todo lo que pensaba, lo que esa noche hubiese deseado decirle. 

—Lamento haberle mentido sobre quien era yo en realidad. Estaba asustada, sabía lo mucho que usted odiaba a mi padre, y no quería que me despreciara por ello. Yo... realmente quería ser su esposa. 

Conteniendo mis lágrimas, recordé mis propios votos matrimoniales: las palabras que dije ese día frente al altar, las emociones a flor de piel, las miradas llenas de amor... 

“Usted, Rafael Riva, es la sombra que me protege, y la luz que me ilumina cuando parezco estar sola. Quiero caminar a su lado toda mi vida, aferrarme a usted en los momentos de tristeza, reír con usted todas las mañanas, y apretar su mano cuando el tiempo se termine...”

Me tragué mis lágrimas, luego me volví a colocar el abrigo de Gustave sobre los hombros. 

—Siento haber guardado ese secreto. Lo lamento mucho. Perdón por arruinar nuestro matrimonio, mi señor. 

Cuando terminé de hablar, él exhaló y sin dejar de mirarme, exhaló e hizo ademán de querer acercarse.

—Dulce, yo no...

Pero antes de que pudiera llegar hasta mí, escuchamos a alguien aproximarse. Gustave se detuvo a un metro de mí, vacilante al verme junto al señor Riva y a solas. 

Solo entonces yo fui capaz de alejar la mirada del hombre frente a mí para ver a mi amigo. Sonreí apenas, limpiándome las lágrimas rápidamente. 

—Gus, que bueno que estás aquí. Quiero irme a casa. 

Él se aproximó hacía mí, mirando al señor Riva de reojo. Cuando llegó a mi lado, me pasó un brazo por la cintura. La mandíbula de mi esposo se cerró con fuerza, pero antes de que pudiera decir algo sobre nuestro pasado juntos, yo intervine.: 

—Gracias por la compañía, señor Riva. Espero verlo en el futuro. 

Él me miró, incrédulo, indignado y cada vez más enfadado.  

—Me ha encantado conversar con usted. Pero el señor Martin y yo debemos irnos. 

Él mismo había fingido no conocerme al principio, y ahora era yo la que no deseaba revelar nuestra relación. No quería decirle al mundo lo cercanos que habíamos sido, y lo indiferentes que éramos ahora. 

En ese instante, él y yo ya no éramos nada. Todo había terminado entre nosotros. 

—¿De verdad harás esto? —inquirió con un influyente tono serio, casi amenazante. 

Sujeté el abrigo de Gustave sobre mis hombros, notando la piel fría a causa del helado clima nocturno, o quizás, a causa de mi peligroso esposo.  

—Tú y yo tenemos algo qué resolver. Así que no se te ocurra desaparecer de nuevo. No lo olvides.

Yo aun no lo olvidaba; él era mi esposo, más que eso, él era mi señor. Era el demonio que me había salvado de un infierno, quién me había llevado consigo y me había dado una identidad luego de comprarme en una subasta de burdel. 

—No, no lo he olvidado —acepté con voz frágil—. Pero desearía hacerlo. Finjamos que... nunca nos conocimos, señor. Sería lo mejor para ambos. 

Yo había sido su mujer en la cama múltiples veces, y por unas cuantas horas, incluso había sido su esposa. Pero ¿algún día el apellido de mi padre dejaría de ser un problema en nuestra relación?  

Yo era hija del hombre a quién el señor Riva más odiaba; mi padre había destruido su vida años atrás, le había arrebatado algo muy valioso para él. Y sin saberlo, él se había casado con la hija de su peor enemigo. 

¿Me odiaba en el fondo? No lo culparía por hacerlo. 

—Señor Riva, ¿usted y Dulce se conocen? —inquirió Gustave, rompiendo la tensión entre ambos. 

Yo volteé a verlo, sorprendida por su tono receloso. Mi esposo exhaló hondo y miró a mi amigo como si quisiera desollarlo allí mismo. 

—Nos conocemos —confesó inflexivo—. En realidad, conozco a la señorita Campbell más de lo que ella desearía. Somos... realmente cercanos.

Yo me ruboricé hasta el cuello, y las cejas de Gustave se fruncieron. Dejé de ver al chico despreocupado de siempre, se volvió cauteloso y serio. 

—En ese caso, señor Riva, déjeme presentarme correctamente ante usted. Yo soy Gustave Martin, heredero de una empresa bancaria, y prometido de Dulce Campbell desde la infancia.

Exhalé todo el aire en mis pulmones y observé con incredulidad el serio perfil de Gustave. Durante los últimos 8 años, había olvidado que Gustave nunca había sido mi amigo, sino el chico con quien mis padres me habían comprometido desde la niñez.

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Último capítulo

  • MI MADAME   VUELVE CONMIGO

    Con mi mano firmemente sujeta por la suya, Rafael me sacó de esa habitación. Donde Gustave permanecía tirado en el suelo, medio inconciente y con la nariz rota. Me llevó directo a la fiesta y frente a todas las miradas sorprendidas de los invitados, se dirigió hacia la esposa del senador. Ella sostenía a mi hijo en brazos y le sonreía como una maternal abuela, pero al ver llegar a Rafael conmigo detrás, su sonrisa se convirtió en confunsión. —Señor Riva, no sabía que estaba invitado. ¿Y qué hace con Madame...? Sin dejarla acabar, él le quitó al bebé de los brazos y se volvió hacia mí. —Diles que preparen tu equipaje y el del niño. Nos vamos esta misma noche. En ese punto, la musica había acabado y todos los ojos de los invitados estaba puestos en nosotros. El señor Riva no era mi prometido, y sobre mi hijo... —Quizas deberiamos esperar... Negó, deteniendome con una mirada. —No nos quedaremos. Ya he permanecido en esta ciudad el tiempo suficiente, y no dejaré que sigas aquí. Co

  • MI MADAME   QUEDEMONOS JUNTOS

    Aun cuando ella se fue y cerró la puerta a sus espaldas, yo permanecí de pie en el interior, mirando a la nada, con la mente hecha un torbellino de pensamientos. Solo me moví cuando escuché a alguien más entrar y llamarme. —Caramel, ¿qué haces aquí? Me giré y vi a mi prometido a los ojos. Comencé a sentir esa rabia reprimida emerger. —¿Por qué lo hiciste? —le pregunté acercándome a él—. ¡¿Por qué le hiciste creer a Rafael que tú y yo estuvimos juntos en el extranjero! La expresión de Gustave cambio de golpe, y despacio cerró la puerta tras él. —Deberías bajar la voz, Dulce, alguien podría oírte. Quise reírme. —No me interesa quién escuche. ¡Solo quiero que me digas porqué lo hiciste! Rápidamente él colocó una mano en mi boca. Me miró con los labios apretados, indignado. —Todo mundo, nuestros amigos y personas importantes, ya suponían que tú y yo nos casaríamos. Pero sí tú, Madame Campbell, volvías a los brazos de ese mafioso, ¿Dónde quedaría yo? ¿Qué se diría de mí?

  • MI MADAME   NOTICIAS TUYAS

    Al día que siguió, desperté con multitudes de periódicos y revistas esperándome. Cayeron como lluvia sobre mí, y en todas ellas aparecíamos Gustave y yo en el restaurante, con el pequeño bulto que era mi bebé. En todas esas notas, mi nombre resaltaba en grandes letras, junto a la frase: Próximo matrimonio e hijo secreto. — “Tuvieron un hijo en el extranjero y lo mantuvieron en secreto” —recitó Kary para mí, colocando un puñado de periódicos en mi cama—. “La famosa Madame Campbell y el señor Gustave son padres de un bebé varón”. Hizo una pelota con el periódico y me lo arrojó a las piernas. —¿Sabe que ahora está obligada a casarse rápido con ese idiota? —inquirió enfadada. En ese momento, entró una mujer de servicio con mi bebé en sus brazos. A pesar de la situación, sonreí y estiré los brazos, acogiéndolo en mi pecho. De solo sentir su calor y respirar esa fragancia de bebé en su piel, me sentí mejor, mucho mejor. Él era todo para mí, absolutamente todo. —Quiero ponerle un nombr

  • MI MADAME   ATRACTIVAS IRREALIDADES

    Bajé los ojos hacia mi bebé, dormía plácidamente con los labios un poco abiertos. La mano de Rafael acarició mi mejilla, luego descendió por mi cuello y clavículas, hasta rozar de nuevo la cabeza de mi hijo. —Confiésalo, Dulce. Di que este niño es mío. Apreté ligeramente los labios, deseando no decir nada. Sin embargo, ¿quedaba otra salida? Resignada, alcé los ojos y los clavé en los de mi esposo. —¿Puedes... llevarnos a casa primero? Hace frio aquí. Rafael me miró un momento, y por fin notó que no traía más abrigo que ese delgado vestido de satín negro. Entonces asintió y apoyando una mano en mi espalda baja, me llevó hasta su importado auto alemán. Mientras me ayudaba a entrar y me ponía el cinturón de seguridad, le dijo a mi chofer: —Esperé a la señorita Karina y llévela a casa de Madame Campbell. No esperé al idiota de Gustave Martin. El chofer asintió, mirando cómo me iba con alguien que no era mi prometido. Durante el viaje, yo no dije nada, y Rafael tampoco, solo n

  • MI MADAME   AMANTES SINCEROS

    La mano de Gustave raptó a mi cintura, mientras los ojos de mi marido se posaban en mi mirada. Pareció sorprendido al verme de repente, pero inmediatamente se mostró molesto e intrigado. ¿Estaba pensando en mis palabras de esa noche? ¿Se estaba preguntando cual era aquel secreto que ambos compartíamos? Yo aparté la vista de él en cuanto Isabela se abrazó su costado. —Señor Martin, parece que tenemos planes similares para esta noche —dijo con ánimo, aunque observándome a mí. Mi prometido asintió, devolviéndole una cordial sonrisa. —Así es, señorita Bianchi. A propósito, que magnifico auto tiene, señor Riva —dijo, mirando a mi esposo con supuesta admiración. Él asintió, aun mirándome, preguntándome en silencio acerca de aquella noche. —Gracias, es parte de la nueva colección de Mercedes. Lo adquirí en una subasta en Berlín hace algunos meses. Sin poder contenerme, mi atención volvió a él. ¿Mi esposo había estado en Berlín, igual que yo? Sin saberlo, habíamos estado en la misma su

  • MI MADAME   PELIGROSOS EFECTOS

    Antes de que Isabela saliera de su conmoción, yo me di la vuelta y corrí al piso superior, con el llanto de mi bebé inquietándome el corazón. Cuando llegué a mi habitación, Kary ya lo tomaba en brazos y lo mecía con energía, intentando tranquilizarlo. Al verme entrar, de inmediato se acercó. —Lo siento, Madame. Se despertó con los gritos. Sin dudarlo tomé a mi bebé de sus brazos, y comencé a arrullarlo con suavidad. Paseé por la habitación, tratando de calmarlo. —Tranquilo, pequeño... No pasa nada. La escuché entrar, antes de voltear y mirarla. Pero Isabela no me veía a mí, sino al bebé que cargaba. Aun parecía sorprendida, más que eso, impresionada. Kary se colocó a mi lado, mirando a Isabela con los ojos bien abiertos. —Un niño... —murmuró Isabela, sujetándose al marco de la puerta. Estaba cada vez más pálida. —Un hijo secreto, ¿me equivoco? Este niño es lo que ocultas dentro de estos muros. Me sentí atrapada, mientras los ojos ausentes de Isabela subían lento, hasta que vo

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