INICIAR SESIÓNEl tercer dormitorio de la casa se convirtió en el estudio privado de Lauren. Habían convenido que sería la habitación del bebé, pero cuando el proceso de divorcio comenzó, supieron que no tenía sentido mantenerla desocupada. Las estanterías empotradas donde guardaba sus instrumentos de trabajo, disimulaban los colores celeste y blanco con que estaban pintadas las paredes.
Trabajaba en la remodelación del Watford, un nuevo proyecto que la firma de arquitectos Crawley Pines le había designado en especial. Era la casa de subastas más famosa de California. Lauren era la cabecilla de dicho proyecto, por lo que se dedicaba a ser rigurosa con cada detalle; desde medidas hasta decorados. Todo debía armonizar con todo. Su atención estaba volcada por completo al plano extendido sobre la mesa de madera. Lauren era una mujer obsesionada por el trabajo.
Giró sus caderas cuando escuchó la puerta corrediza abriéndose y vio a Arthur entrando a la estancia, tenía su celular en una mano y con la otra cubría el auricular.
-Es mi papá. -le susurró mientras le extendía el aparato.
-Estoy trabajando, vete. -dijo con autoridad, aunque imitando su tono de voz.
-Conoces a mi papá, insistirá hasta hablar contigo. –persistió Arthur. Lauren ojeó los planos y se debatió. Era cierto, su ex suegro permanecería en la llamada el tiempo que fuera necesario, sean diez minutos o dos horas. Finalmente, arrojó el lápiz de tinta y tomó el celular.
-Señor Ben, ha pasado mucho tiempo desde la última vez que hablamos. -saludó simpática Lauren, ya dueña de la llamada. Ben era un buen hombre cordial, educado y atento, también presumía de un jovial sentido del humor, aunque pareció apagarse luego de la partida de su esposa.
-¿Señor? -respondió con voz desgastada y un poco ronca, fingía estar ofendido. -¿Hace cuánto me llamas así? No tengo que recordarte que tienes casi una década casada con mi hijo, apreciaría mucho que me trataras con menos formalidad.
-No tienes que recordármelo, Ben. -se corrigió recriminándose su error. Desde que terminó su relación con Arthur se había distanciado (inconscientemente) de aquellos tratos de confianza.
-Su aniversario ya se avecina ¿Tienen planeado qué harán para celebrarlo? -dijo Ben. Lauren se llevó una mano a la frente y miró con mala cara a Arthur que todo el tiempo estuvo allí mirando los planos, sin entender un solo trazo.
-Todavía no lo hemos hablado. La empresa en la que trabajo me ha ascendido de puesto y es posible que...
-¡Felicidades! -dijo el anciano con genuina alegría, interrumpiendo aposta las excusas. -A mí se me ocurren un par de ideas que puedan hacer, son los viajes y planes que mi bella Jules y yo hicimos en nuestros tiempos. Haré una lista y se las enviaré, luego me comentan.
Ben admiraba el orden que regía la vida de Lauren. Un hábito que ni siquiera el tiempo había logrado destruir; la hermosa esposa de su hijo había sido así desde el día que la conoció en un inicio de otoño en el campus de la universidad de California.
Cuando los árboles comenzaban a desprenderse de sus hojas, las universidades empezaban a recibir a los alumnos. La hija mayor de Ben, Leslie, ingresaba por primera vez al campus, y su padre, que para aquel entonces rebosaba un espíritu jovial que se reflejaba en su físico, ni siquiera una cana desteñía el azabache de su cabello, la ayudaba con la mudanza a su dormitorio.
-Son muchos libros. –dijo un joven Arthur que cargaba una caja con todos esos libros. Subía por las escaleras siguiendo a su padre y a su hermana.
Cruzaba un limbo existencial en el que no sabía qué haría con su vida. Los años de preparatoria donde sus padres lo mantenían a cambio de buenas notas y un excelente rendimiento escolar, había llegado a su fin. Era dueño de su propia vida y le agobiaba las decisiones que debía tomar.
-Son solo algunos de Francis D.K y Ernest Neufert, para familiarizarme un poco con la arquitectura. –respondió Leslie.
-Solo te diré que la vida en el campus tiene dos lados: uno bueno y otro malo, y si te ven con todos estos libros estarás en el malo. Las fraternidades no te querrán.
-Arthur, esto no es como en las películas donde la anarquía prolifera en los estudiantes y hacen rituales con exceso de alcohol para formar parte de una secta. -añadió Leslie quien no perdía razón. La universidad tenía normas muy estrictas para asegurar que la ficción de Hollywood se quedara en las pantallas.
Llegaron a la habitación ciento tres que ya estaba ocupada, fue la impresión que tuvieron al ver que una de las camas ya estaba revestida por una sábana mientras que la otra tenía el colchón al descubierto. Arthur vio una pequeña biblioteca abarrotada de libros, muchos más libros de los que podía alojar y el doble de los que su hermana llevaba.
Arthur se acercó y tomó uno de estos libros. Ojeó sus páginas y en la primera citaba "Propiedad de Lauren Toone."
-Lauren Toone. –leyó en voz alta. Y en un tono ocurrente añadió: -Con esta cantidad de libros debería cobrar alquiler por ocupar toda la estantería.
-Dime, por favor que tú no serás mi nuevo compañero de habitación. –se quejó una chica que llegaba al dormitorio.
Todos se dieron vuelta para verla. Arthur se ruborizó al instante, pero no precisamente por su despectiva broma, sino por la mala impresión que daba frente a aquella atractiva mujer de ojos verdes azulados.
-Disculpa a mi hijo, solo intenta hacerse el gracioso, aún no entiende que su sentido del humor es malo. –habló Ben en nombre de su hijo. Se presentó ante Lauren y presentó también a su esposa.
-Y yo soy Leslie, seré tu compañera. –se precipitó a presentarse antes de que su padre lo hiciera por ella. Estrecharon las manos, y pudo adivinarse que se convertirían en grandes amigas.
-Es un placer conocerte, ya te esperaba. –dijo Lauren con genuina simpatía.
Le indicó a su nueva compañera una serie de "reglas" que cumplir, aunque no eran ningún tipo de restricciones, tampoco imposiciones. Le enseñó el sitio para acomodar su ropa en el armario que ambas debían compartir, también le había hecho hueco en el botiquín del baño. Y cómo debían ir acomodados sus libros; por autor, género y grado de importancia.
-Vaya, lo tienes todo bajo control. -bromeó Leslie haciéndola reír. Lauren reconoció que tenía un problema con el orden, y es que nada debía estar fuera de su lugar.
-Fue por eso que mi anterior compañero solicitó un cambio de habitación, esto era demasiado para él. -dijo Lauren.
Aunque todavía era una desconocida, a Ben ya le había simpatizado. Hubiera apostado por ella que el futuro que le esperaba era prometedor, veinte veranos después habría reclamado dicho premio. Pero no podía decirse que era perfecta, si había algo que contrarrestaba a la admiración de Ben era que, en su afán de mantenerlo todo en control, se olvidaba de disfrutar los buenos momentos, por ejemplo: la celebración de su aniversario.
-Insisto. -dijo Ben al teléfono. -Será solo una semana o dos, luego regresas a tu trabajo. Por favor, no eres la única en tu empresa que se habrá tomado unas vacaciones.
-Me has convencido. -Lauren se rindió, el señor Maslo podía ser muy obstinado cuando se lo proponía. -Envíanos la lista de lugares que visitar y elegiremos.
-¡Convenido! -gritó eufórico, ella alargó una sonrisa.
Le devolvió el celular a Arthur quien se despidió de su padre y luego colgó. Se encontraba bajo la recriminadora mirada de su ex esposa que estaba de brazos cruzados. Ya sabía por dónde iba.
-¿Cuándo piensas decirle que lo nuestro se acabó? -Arthur tenía una actitud sumisa como un niño cuando es reprendido por una travesura.
-No lo sé. -dijo encogiéndose de hombros. -Tal vez no lo haga nunca.
-No puedes hablar en serio. -dijo Lauren sabiendo que Arthur no bromeaba, que en verdad era capaz de mantener engañado a su padre de esa manera.
-Se llevará un disgusto muy grande si se entera. Te aprecia mucho y no me lo perdonaría nunca. Además, todavía no supera lo de mamá, una noticia así le ocasionaría un infarto.
Lauren era una de esas pocas personas que poseen una mirada expresiva con la que podían decirlo todo. Y Arthur, durante la década en la que estuvieron casados, había aprendido a interpretar el lenguaje mudo de sus ojos claros. No tuvo necesidad de decir más para entender que estaba molesta.
-De acuerdo, encontraré el momento oportuno y se lo diré. -se rindió quitándose de encima su asesina mirada. Lauren recobró su sentido profesional y se dedicó de nuevo al plano.
La puerta corrediza se abrió dándole paso a una mujer alta, de tez blanca y cabello negro a juego con sus ojos; era Leslie. Saludó con un fuerte abrazo a su hermano, y luego con un beso en la mejilla a Lauren.
-¿Cómo marcha todo parejita feliz? -dijo con un divertido sarcasmo, Arthur le consiguió gracia al chiste, Lauren en cambio fingió dureza.
-¿Cómo marchan las negociaciones con Larry? -preguntó Lauren sin quitarle atención al plano.
-Mal, renunció. -dijo sin tacto ni preámbulos, dándole una terrible noticia a Lauren quien se sostuvo en pie solo de milagro. Larry era el contratista de la empresa que había exigido un mayor porcentaje de sueldo en el proyecto, claramente se le negó.
-La reforma del Watford debe empezar en una semana, solo siete días, sin contratista estaremos...
-Cálmate. -dijo Leslie llamándola a la serenidad. -Tu ex cuñada favorita y mejor amiga lo tiene bajo control. Ya me comuniqué con la empresa Prism Architecture y ellos me cedieron a Paul Benson, uno de sus contratistas. Lo investigué y ha hecho grandiosos trabajos, principalmente en Inglaterra donde remodeló el Hetihad Stadium
-Y yo pensé que Lauren era controladora, tú la superas. -opinó Arthur encontrando un hueco para hacerse notar. No era costumbre de Leslie ser tan precisa, sin embargo, cuando debía trabajar con Lauren tenía que serlo, su ex cuñada no permitía nada menos que la perfección.
-¿Y cuándo lo conoceré? Tengo que ponerlo al día de los detalles para que empiece con el presupuesto lo antes posible.
-El señor Crawley ya pausó una reunión, ahí estaremos todos los involucrados del proyecto Watford, por eso estoy aquí, la reunión será esta tarde. -Lauren suspiró aliviada, las cosas marchaban al ritmo que a ella le gustaba, solo esperaba que el nuevo contratista no tuviera las mismas exigencias que Larry.
Lauren guardó sus instrumentos de trabajo, y enrolló los planos.
-Será mejor que vayamos a la empresa, no quisiera que el tráfico nos demorara. -opinó Lauren saliendo de su estudio. Tras ella iban los hermanos Maslo. A Leslie le parecía exagerado llegar con cinco horas de anticipación a una reunión de trabajo, pero no caería en discusiones.
-Ya tienes un compromiso ¿lo olvidas? -dijo Arthur desde atrás, frenando el agite de su ex esposa.
-¡Rayos! Es cierto.
-¿Qué ocurre? -preguntó insipiente Leslie en medio de los dos.
-Vamos a enseñar la casa a una posible compradora que llegará en cualquier momento. -le explicó Lauren. Consideró marcharse a la oficina igualmente y que Arthur se encargara solo, sin embargo, él no manejaba los matices necesarios para vender. Le hacía falta mucho poder de persuasión o bien interés en lo que hacía, así que perderían una oportunidad de venta. Ella debía estar presente.
Pasó una semana desde la última vez que viera a Arthur, se había esforzado en evitarlas, tanto a Leslie como a Lauren. Sin embargo, llegó el día en que debía enfrentarse a su ex esposa: el día que por fin firmaran el divorcio. Discutió vivamente con Olivia la posibilidad de hacerlo por separado, pero su abogada no aportó ninguna alternativa. Así que se reunieron en el mismo despacho en que habían llevado el proceso.-Abrimos la sesión hoy para formalizar la firma de su acuerdo de divorcio. Tras la venta de la propiedad en común, podemos proceder a la firma definitiva. –indicó Alvin timbrando el tono de su voz.En la mesa frente a ellos se extendió un documento titulado “convenio regulador” era la sentencia a su matrimonio. Arthur actuó fríamente, la ignoró todo el tiempo y ahora firmaba el documento como si garabateara sobre una carta cualquiera. Estos detalles eran los que irritaban a Lauren. Deslizó el documento a ella.-Tenemos que hablar, hay algo que tengo que decirte. –murmuró La
Lauren estaba pletórica, su alma y su corazón rebosaban de felicidad. Crawley la había convertido en socia luego de que retractara su intención de renuncia, convertirla en la mano derecha de la firma era su manera de asegurar que nunca más volvería a asustarlo con una renuncia. Valoraba mucho su trabajo. Y, como lo más importante del último año, se convirtió en mamá. Era irónico que hubiese tenido que atravesar toda una autopsita de dolor para abordar la felicidad, en el sentido más completo de la palabra. Las últimas lágrimas que derramara por dolor fue el día que llegó a su antigua casa y lo vio todo recogido. Aún no terminaba de aceptar que Arthur se hubiese ido de casa cuando el agente de la inmobiliaria le avisó por un mensaje de texto el cierre de la venta.“¡Felicidades, señorita Toone! Acaba de vender la casa.” A primeras horas de la mañana del día siguiente, un séquito de hombre y mujeres encorbatados, invadió su propiedad, actuaban en repre
Encendió las luces, daba la impresión de que la casa estuvo vacía todo el día, y era así. Arthur consiguió un taxi disponible a la distancia de una manzana del aeropuerto. Le pidió que lo llevara a casa y apremió las prisas. Algunos días antes, había escuchado de una plaza de departamentos en alquiler en San Bernardino. Era tiempo de mudarse. No se supone que lo hiciera sin antes haber cerrado la venta de la casa, pero tampoco había predestinado que Lauren volviera a enamorarse de él. Le costaba esfuerzo entender qué lo hacía tan especial ante sus ojos. Nunca hizo ningún mérito para tenerla, y ahora estaba grabado a tinta en su piel.-Estoy interesado en uno de sus departamentos. –le dijo a la operadora del otro lado de la línea. Le conversó acerca del presupuesto y la inicial que debía dar en el momento exacto de mudarse. Le exigía casi siete mil dólares por adelantado y seguiría costeando unos tres mil dólares por mes. Hizo cálculos mentales, los fondos del Waves podía cubrirlo, al
El aeropuerto estaba muy concurrido a primeras horas del día. Ben no lo dijo en voz alta, pero volver a su pueblo lo llenaba de una inmensa alegría. No era hombre de ciudad. Por los altavoces se anunció la salida de su vuelo, y todos se pusieron en pie. Le concedió a cada uno de ellos siete minutos de despedida, aunque se alargó especialmente con Leslie, por siempre su hija favorita.-No olvides mantenerme informado de lo que suceda aquí. –le recordó Ben la promesa entre los dos. Ya estaban advertidos, no había manera de que volvieran a tomarlo por un ingenuo. Se quedaron allí hasta ver las puertas del pasillo cerrarse, luego dedicaron otros minutos a mirar a través del ventanal el avión levantar vuelo, querían asegurarse que no iba a dar marcha atrás, que de pronto se arrepienta y decida postergar su regreso. Leslie pasó su brazo por encima de los hombros de Lauren, parada junto a ella y la abrazó.-Lloraré el día que tenga que despedirte en este mismo lugar. –le conf
Volvió a casa temprano esa noche. No podía negar que el aire se respiraba con cierta ligereza ahora que ya no había engaños entre ellos y Ben, aunque en realidad nunca los hubo. Todavía era pronto para echarse a reír de su ingenio, pero sabían que en un futuro sería la anécdota más divertida que contarían a sus hijos. Antes pasó por el aeropuerto airline para despedir a Paul, afortunadamente alcanzó a verlo. Quiso agradecerle, aunque no estuviera muy segura de las razones, y le aseguró que lo perdonaba. No quería cargar con rencores. Tuvo el presentimiento de que sería la última vez que lo vería.-Podrías quedarte aquí en Los Ángeles. –le propuso Arthur a su padre. –Tengo planeado alquilar un departamento luego del divorcio. Viviríamos solo los dos.-Los Ángeles es una ciudad que marcha a mucha prisa para una vieja tortuga como yo. –replicó Ben limpiando su plato. Se puso en pie. –Regresaré mañana en el segundo vuelo.-¿Tan pronto? Pensé que podíamos pasear por Santa Mónica, ahora que
Los rumores corrían a zancadas largas, en especial dentro de las oficinas Crawley. No había un solo empleado que no estuviera enterado de la futura renuncia de Lauren Toone. A donde sea que parara, se encontraba con algún compañero que aprovechaba la oportunidad para declararle una breve despedida. “Te echaremos de menos, pero estamos muy felices por ti.” “Mucha suerte. Ha sido un placer trabajar contigo.” “Eres la mejor en el negocio.” Eran solo algunas de las frases que oía. Tenía que recordarles a todos estos nostálgicos colegas que su renuncia no se haría oficial hasta no acabar con algunos compromisos personales que la ataban a la ciudad (no aclaraba cuáles) Notó que su joven secretario no estaba en su puesto de trabajo, podía haber ido al baño. Él había sido el primero en largarle una cortesía por su renuncia en cuanto la recibió en la mañana. Lauren tenía apuntado hablar con Crawley y darle su aprobación con respecto al muchacho, era tiempo de que subiera de nive







