LOGIN—Aria, yo... no fue mi intención. Oye... ¡Has... ¡Has estado fuera durante días! —empezó a tartamudear, intentando buscar la forma de culparme a mí—. ¡Ahora no puedes... no puedes entrar aquí con un coche así y decirme que no soy nada! ¡Eres mi esposa! —gritó, aunque su voz se quebró al final. —Ethan —lo interrumpí. —Soy Aria. La misma mujer que perdió su figura. Soy una mujer a la que no has tocado en un año, Ethan. Soy la madre del niño con el que dejaste que tu amante jugara a las casitas para manipular a mi hija en mi contra —dije, dando un paso hacia él. No estaba temblando. —Y a partir de hoy estoy a salvo. Ya no soy esa mujer destrozada. Ahora me mantengo firme. ****** Aria Bennett, una esposa de curvas pronunciadas y madre dedicada, descubre a medianoche que su marido, Ethan, mantiene una aventura desde hace tiempo con Sienna Vale, la hermosa *influencer* infantil a la que su hija Mila adora. Videos ocultos, fotos de una familia feliz que reemplazan a las suyas y grabaciones íntimas hacen añicos el mundo de Aria. A la mañana siguiente, Ethan la humilla por el mismo cuerpo que gestó a su hijo y le dice que tiene que «arreglarse». En lo más profundo de su humillación, Roman Kane, un dueño de gimnasio tatuado, aparece en su puerta. Basta una mirada a sus lágrimas para que algo salvaje despierte en él. Lo que empieza como una venganza se convierte en algo mucho más adictivo. Porque algunas decepciones amorosas no te destruyen... te despiertan.
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Era poco más de la una de la madrugada cuando me encontré sentada sobre las frías baldosas de la cocina, con el iPad de Ethan apoyado sobre mi regazo, mirando un video que jamás había querido ver en mi vida. Mila se había quedado dormida antes en el sofá, todavía aferrada a su taza favorita de unicornio. La había llevado suavemente escaleras arriba, la había arropado en su cama y había vuelto a bajar para terminar de ordenar. Fue entonces cuando vi el iPad de Ethan abierto sobre la encimera. Él nunca lo dejaba por ahí de esa manera. Normalmente trataba aquel aparato como si contuviera información de alto secreto, llevándolo consigo a todas partes, incluso al baño. Siempre decía que necesitaba estar pendiente de las ventas de la empresa en tiempo real o algo por el estilo. Pensé que simplemente lo recogería y se lo llevaría al dormitorio. En cuanto mis dedos tocaron la pantalla, esta se iluminó. Lo que vi me dejó completamente paralizada. El fondo de pantalla ya no era nuestra foto familiar del primer cumpleaños de Mila. En su lugar, aparecía Ethan, Mila y Sienna Vale sentados juntos en una cafetería al aire libre. La brillante luz del sol bañaba toda la escena. Sienna tenía a Mila cómodamente sentada sobre su regazo, con un brazo alrededor de los hombros de Ethan. Los tres sonreían como si pertenecieran juntos, como si fueran una pequeña familia perfecta. Se me hizo un nudo en el estómago al instante. Intenté decirme a mí misma que no debía sacar conclusiones precipitadas, pero aquella imagen me resultaba completamente extraña. Se suponía que Sienna era solo una amiga de la familia, más bien una conocida con la que me veía obligada a tratar. Mila adoraba sus videos como popular creadora de contenido infantil y, como Sienna había ido a la universidad con Ethan, yo me había obligado a soportar su presencia. Levanté la mirada hacia las escaleras. La luz del dormitorio estaba apagada. Probablemente Ethan ya estaría profundamente dormido. Me quedé allí inmóvil durante un momento, sin saber qué hacer con aquella imagen que ahora había quedado grabada a fuego en mi mente. Ni siquiera tenía sentido. Antes de poder convencerme de lo contrario, llevé el iPad a la cocina, volví a sentarme sobre el frío suelo y abrí su galería de fotos. Empecé a deslizar la pantalla. Una foto tras otra me golpeó como un puñetazo en el pecho. Ethan sonriendo con confianza. Mila radiante de felicidad. Sienna sonriendo justo a su lado. Estaban juntos en todo tipo de lugares: cafeterías, parques, una tienda de juguetes, incluso una rápida selfie desde el autoservicio, con batidos en las manos. Cada una de esas fotos transmitía esa sensación cálida de una familia feliz. El tipo de familia que yo había anhelado, pero que a cambio solo había recibido excusas. Entonces finalmente comprendí por qué Mila había estado alejándome durante los últimos meses. Yo había seguido restándole importancia, pensando que solo era un comportamiento normal de una niña. Cada vez que me ofrecía a llevarla a la escuela, decía que papá y la tía Sienna lo harían. Si planeaba algo sencillo para que estuviéramos las dos solas, me decía que la tía Sienna ya le había prometido algo mejor. Me había convencido de que eran palabras inocentes de una niña, de esas cosas que los pequeños terminan repitiendo después de pasar demasiado tiempo viendo contenido en internet. Como Sienna creaba contenido para niños, jamás pensé que hubiera algo más detrás de todo aquello. Pero se había convertido en un patrón evidente. Durante meses, Ethan y Mila habían estado saliendo juntos constantemente. Al principio lo había considerado un bonito tiempo entre padre e hija y no había cuestionado nada. Luego Mila empezó a llegar a casa llena de historias sobre la tía Sienna: esto de la tía Sienna, aquello de la tía Sienna. Ropa nueva. Juguetes nuevos. Pulseras adorables. Elegantes accesorios para el cabello. Todas cosas que yo sabía que no le había comprado. Poco a poco, cada señal que había ignorado estaba allí, perfectamente ordenada en aquel álbum de fotos. Seguí deslizando la pantalla hasta que noté una carpeta oculta entre las normales. No tenía nombre, solo una marca de tiempo. Volví a sentir un retortijón en el estómago. Cada instinto me decía que la dejara en paz, pero aun así mi dedo la tocó. Apareció toda una fila de videos. Abrí el primero. La pantalla se iluminó y comenzó la reproducción. Casi dejé de respirar. El pecho se me contrajo dolorosamente. Me temblaban tanto las manos que casi dejé caer el iPad. Era un video sexual. De Ethan. Y Sienna. Me quedé allí completamente paralizada. Un agudo zumbido llenó mis oídos. Todo mi cuerpo se quedó helado, como si el suelo bajo mis pies hubiera desaparecido. Los sonidos que salían del video —sus fuertes gemidos, su voz, la forma en que sus manos la sujetaban— no se parecían en nada a la manera en que solía tocarme. Sinceramente, había pasado tanto tiempo desde la última vez que siquiera se había acercado a mí. La última vez solo me había dado un rápido beso antes de murmurar que estaba exhausto por el trabajo. No podía apartar la mirada, pero tampoco podía respirar. Lo que estaban haciendo no era delicado ni cariñoso. Era intenso, brusco, casi agresivo. Me odié a mí misma por no haber visto las señales antes. No había ninguna excusa que pudiera inventar para explicar o justificar algo así. Ver aquello era como si alguien hubiera metido la mano dentro de mi pecho y hubiera apretado hasta romper algo en mi interior para siempre. Finalmente pausé el video, pero las imágenes ya habían quedado grabadas en mi mente para siempre. Mis manos no dejaban de temblar. El corazón me latía con tanta fuerza que el pecho me dolía con cada pulsación. No sabía si debía subir furiosa las escaleras, despertar a Ethan sacudiéndolo o simplemente escapar durante un rato para recuperar el aliento. Apreté el iPad con fuerza, como si fuera lo único sólido que me impedía desmoronarme mientras mis pensamientos daban vueltas sin control, buscando desesperadamente cualquier explicación o motivo que pudiera hacer que aquella pesadilla tuviera sentido. Finalmente me puse de pie, con las piernas rígidas y temblorosas por el frío suelo. Caminé lentamente hacia las escaleras y me detuve en el primer escalón. Me apoyé pesadamente contra la barandilla, aferrándome a ella con fuerza para mantenerme en pie. Todo mi cuerpo temblaba, no por el frío, sino por el miedo absoluto. Miedo de lo que sucedería después. Toda nuestra vida de repente parecía una enorme mentira, y no estaba segura de tener la fuerza necesaria para enfrentar la verdad ni la fuerza para fingir que no había visto nada de aquello. Tragué el nudo que tenía en la garganta y me obligué a subir el siguiente escalón. Cuando abrí en silencio la puerta del dormitorio, me detuve. Ethan dormía plácidamente, con el pecho subiendo y bajando al ritmo de respiraciones tranquilas y constantes. Mi estómago se revolvió violentamente. Cada parte de mí quería lanzarle el iPad, gritar hasta quedarme sin voz, despertarlo y exigirle respuestas. Pero no podía moverme. Verlo allí acostado, tan relajado y completamente ajeno a lo que acababa de descubrir, hizo que la ira ardiera dentro de mí con más intensidad de la que jamás había imaginado. Coloqué cuidadosamente el iPad sobre la mesita de noche. Emitió un suave sonido al quedar apoyado. Luego di un paso atrás, tragué saliva con dificultad para contener el doloroso nudo de mi garganta y salí de la habitación. Si me quedaba en aquella cama esa noche, tenía miedo de hacer algo de lo que después no pudiera arrepentirme.ROMANBajé la mirada hacia la forma en que los dedos de Aria se clavaban en mi muñeca. Se aferraba con tanta fuerza que le temblaba la mano. Lo último que esperaba ver en su rostro en ese momento era compasión por el pedazo de mierda que yacía en el suelo.Seguí su mirada y la vi observando a Jax, uno de mis mejores hombres, el tipo de hombre que no se detiene hasta que yo se lo ordeno. Me suplicaba sin decir una palabra. Me rogaba que lo detuviera antes de que apretara el gatillo. Después de todo lo que Ethan le había hecho, después de ver el vidrio roto en el suelo y la sangre que todavía le caía por la frente, ella seguía queriendo que viviera.Eso hizo que la sangre me hirviera. Por un segundo quise quitarle el arma a Jax yo mismo y terminar el trabajo, solo para demostrarle que hay personas que no merecen ninguna misericordia.«Roman… por favor…», susurró.Su voz era débil, apenas audible. Antes de que pudiera siquiera terminar la frase, una gota oscura de sangre se deslizó de su
«¿Qué carajo estás haciendo?», grité, con mi voz rebotando contra las paredes con tanta fuerza que casi me dolieron los oídos.Los ojos de Ethan parecían completamente desquiciados: muy abiertos, con las pupilas oscuras, mientras el sudor le corría por la frente a pesar de que la casa estaba fresca. Se metió la llave en el bolsillo con un movimiento lento y deliberado que me revolvió el estómago.«No te vas a ir», repitió, esta vez en voz más baja, como si intentara convencerse a sí mismo tanto como a mí. «Otra vez no…»Di un paso atrás. Mi tacón cayó sobre un trozo de vidrio roto de la botella. Un dolor agudo me recorrió la pierna, pero lo ignoré. La sangre ya había comenzado a secarse en mi frente, y una fina línea había llegado hasta mi ceja. Podía saborear el gusto metálico de la sangre en mis labios por haberlos mordido.Mis ojos recorrieron rápidamente la cocina y las escaleras, esperando ver alguna señal de movimiento. ¿Dónde estaba Debby? ¿Dónde estaba todo el mundo? La casa e
ARIAEl zumbido en mis oídos era más fuerte que el sonido de la botella al estrellarse contra la pared.Me quedé completamente inmóvil. El corazón me latía con tanta fuerza que sentía que intentaba romperme las costillas. Por un segundo, la antigua versión de mí quiso dejarse caer al suelo y gritar. Un sudor frío cubrió mi piel mientras mi mano permanecía cerca del picaporte, temblando ligeramente. No la dejé caer. Me obligué a mantener la espalda erguida, aunque las piernas me temblaban. No podía moverme ni respirar correctamente.Entonces lo sentí: un hilo cálido y lento que comenzaba en la línea de mi cabello y descendía por mi frente. Levanté la mano y lo toqué.Sangre.Un pequeño fragmento de vidrio debió rozarme cuando la botella se hizo añicos.Miré el rojo en mis dedos y sentí cómo una sonrisa oscura y lenta se formaba en mis labios mientras asimilaba lo ocurrido. Un centímetro hacia la izquierda. Si la hubiera lanzado apenas un centímetro más hacia la izquierda, aquella botel
Conducir este Bugatti completamente nuevo por la ciudad hacía que todo el mundo volteara a mirar. Podía sentir cómo la gente en las aceras se detenía a mitad de camino solo para quedarse mirando y sacar sus teléfonos. Algunos incluso estaban grabando el coche, como si solo lo hubieran visto en fotografías o en la televisión. No podía culparlos. El motor tenía un rugido profundo y retumbante que hacía que los coches y las personas se apartaran antes de que siquiera me acercara. Tenía las manos un poco sudorosas sobre el volante. Todavía se sentía extraño. Apenas una semana atrás estaba haciendo malabares para mantener todo en pie, y ahora estaba sentada dentro de algo que costaba más de lo que la mayoría de la gente llegaría a ver en toda su vida. Cada vez que me detenía en un semáforo en rojo, podía sentir las miradas intentando atravesar las ventanas oscuras para descubrir quién estaba conduciendo. Probablemente esperaban ver a algún hombre rico o a una persona famosa. Capté mi












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