INICIAR SESIÓNAl caer la noche, luego de una ducha y un cambio de ropas, Leslie y Lauren visitaron el WavesNigth Club; una discoteca concurrida por personas de clase media y alta, que iba sumando prestigio en California. Era propiedad de Arthur, un pequeño emprendimiento que resultó mejor de lo que él esperaba, era la base de su economía. Allí también se encontraba Arthur, que a pesar de tener unos cuantos tragos de licor en su organismo, todavía se conservaba cuerdo. Estaba sentado en uno de los sofás tuxedo de terciopelo rojo, acompañado de una mujer de poco más de treinta, y supo que impartía clases en una de las universidades de Estados Unidos. Arthur en verdad se interesaba por conocer a sus conquistas, porque, aunque pasaría con ellas solo una noche, se aseguraba que no se trataran de mujeres conflictivas o interesadas. Rechazaba a cualquiera que le diera esta impresión.
-Juró que no he hablado de mí tanto como lo he hecho hoy. –dijo la mujer. -Pero basta ya, ¿Qué me dices de ti?
-En realidad hay poco que contar: terminé una relación de casi diez años, desde entonces no he estado con otras mujeres. –la mentira disfrazaba mejor su faceta de mujeriego, además de que ofrecía una nueva disposición en las mujeres.
-¿Qué pasó?
-Ella me pedía más de lo que yo podía darle, al final creo que fue lo mejor. -dijo Arthur, frunciendo los labios al finalizar. Su acompañante no quiso indagar más, notándolo más afectado de lo que quería demostrar.
Al cabo de un rato, sus copas se hallaban vacías. Arthur, presumiendo de caballerosidad, se levantó para rellenar los vasos. Cruzó una embotellada pista de baile, entre empujones y pisadas, hasta llegar a la barra de servicios. Buscó a Rufos, su bartender de confianza y le pidió dos Merlot, él suyo combinado con agua, empezaba a marearse y aún no aseguraba su compañía de regreso a casa. Mientras aguardaba que los sirviera notó que junto a él se paraba un grupo de mujeres, por inercia giró para verlas y reconoció, entre seis chicas, el angelical rostro de Alison, la chica que Lauren corrió aquella noche de su casa. Ella también lo reconoció, y la mueca que hizo no era de agrado, precisamente.
-Chicas las espero en la mesa. –dijo Alison dándose medía vuelta y regresando. Arthur se apresuró en seguirla.
-Alison. –la llamó tomándola de un pedacito de su blusa blanca. Fue ignorado. -Aguarda, por favor, tengo que explicarme.
-¡Qué quieres! -se rindió y decidió encararlo. -No te has burlado de mí lo suficiente ¿Es eso?
-Por supuesto que no. En verdad que estoy muy arrepentido por lo que pasó esa noche. -dijo desde el corazón. Alison estaba de brazos cruzados, con un talante firme y austero. -Mentí, sigo casado con esa mujer, pero lo nuestro ya se acabó.
-No te creo.
-Vamos, por favor. -suplicó con sus manos unidas, de haber estado en un lugar más espacioso se habría hincado. -¿Qué sentido tendría seguir mintiendo si ya la conociste?
-Si ya terminaste con ella ¿Por qué todavía viven juntos? -intentaba hacerlo caer, juraba que la engañaba.
-Vivimos juntos hasta haber vendido la casa, luego cada uno seguirá por su propio camino. -dijo sin tartamudear, sin darle mil vueltas. Alison lo veía de pies a cabeza, estudiando cada gesto, intentado descubrir una señal de que estaba mintiendo. Se creía intuitiva para eso.
-¿Y acaso ella lo sabe? Porque estaba afectada.
-En lo absoluto. Ella solo estaba jugándote una broma pesada. -Alison se quedó en silencio, no tenía mucho más que reprocharle. -No estoy intentado llevarte a la cama, solo quiero que me perdones.
-Bien. Te perdono. -dijo rendida. Suavizó su carácter, empezando por bajar los brazos. Esto llegó como música a los oídos de Arthur. -Creo que yo también te debo una disculpa por la bofetada, fue el calor del momento.
-No pasa nada, me lo merecía, debí haberte dicho la verdad desde el principio solo que no es fácil explicar por qué sigo viviendo con mi ex esposa. -un camarero se acercó a Arthur con las bebidas ya listas.
-Sus Merlot, jefe. –informó, entregándole dos copas redondas de cuerpo delgado.
-Te están esperando, ve. Ya nos veremos otro día. –concedió Alison comprensiva. Él lo dudó un instante, sin embargo, se conocía a sí mismo y en cuanto a su deseo sexual llegaba a ser un animal; incapaz de controlarse. Si continuaba la noche al lado de esa hermosa chica, terminaría por llevársela a casa y él le había dicho que sus disculpas no eran un intento de seducción.
Regresó con la profesora que lo había esperado ansiosa en el mismo lugar. Hablaron un poco más hasta que el alcohol aflojó la timidez y los empujó al primer beso. Fue un beso lento, pero desbordado de pasión, con sus manos tanteando los bordes de pieles que la vestimenta no alcanzaba a cubrir.
-¿Quieres ir a un lugar más privado? -era la última cláusula del acuerdo.
-Sí. –aceptó la mujer, poniendo el sello. Una nueva conquista estaba cerrada.
Se levantaron del sofá. Arthur sintiéndose asechado por el inquietante presentimiento de estar siendo vigilado, miró al rededor sin ver más que personas ebrias, bailando o besándose. Siguió observando y llevó la vista hacia la segunda planta donde encontró a su acosadora: Lauren. Estaba apoyada en sus codos sobre la barandilla de metal, sosteniendo una copa de alguna bebida, viéndolo sin reparo ni disimulo.
Alumbrada por el tenue brillo de las luces de neón y con la voz de Jaymes Young sonando de fondo, a Arthur le venía a la mente la noche en que se conocieron; en una discoteca a media noche, en tiempos de prematura adultez.
Ese día, Arthur había viajado desde Bishop a Los Ángeles para visitar a Leslie, pero no tenía pretensiones de regresar a su ciudad natal con tanta prisa. Una noche antes de que el avión partiera, se dispuso a beber unos tragos en una discoteca coincidiendo con algunos viejos amigos. Recién entonces, empezaba a desarrollar sus habilidades de conquistador, viéndolo más que un placer, como un desafío. Debía conquistar a cuántas mujeres apetecía, y esa noche en una gran ciudad que se escapaba de su zona de confort, el reto duplicaba su emoción.
-¿Qué me dices de aquella rubia? -señaló uno de sus amigos apuntando hacia la barra de servicios. Arthur tardó un poco en reconocerla, pero al final supo que era la compañera de habitación de su hermana, la misma que se tumbaba en la cama a leer un libro, sin decir nada. -Es una buena presa, espera compañía.
-La conozco, es amiga de mi hermana.
-Incluso mejor, vuelve el reto más interesante. –opinó un segundo. Arthur tuvo su momento de duda. Sentía que, de algún modo, estaba fallándole a su hermana si se atrevía a conquistar a su amiga. Pero la voz de un pequeño diablillo hablaba sobre uno de sus hombros, y el angelito, posado en el otro, perdía fuerza.
Lauren en verdad era bonita: su rostro piel albina y sus ojos, que habían encontrado una afinidad perfecta entre el verde y el azul, brillaban bajo las luces de neón de la discoteca. Eso la hacía más hermosa, como si el prisma se fragmentara en destellos de luces para hacer un velo que caía sobre su tez, iluminándolo. Se decidió finalmente a ir tras ella. Lauren tenía la atención volcada en su aparato móvil, así que no se percató de su presencia hasta haberlo tenido justo a un lado.
-¿Te molesta un poco de compañía? -le dijo Arthur pidiendo permiso para sentarse.
-¿No te avergüenza que te vean con una chica amante de los libros? -dijo sacando la espina que tenía guardada. Arthur sintió pudor.
-Al respecto de eso, yo quería ofrecerte una disculpa. Fue tonto lo que dije. -se sinceró, colocando una mano en su corazón. -Permíteme, por favor, invitarte algo para empezar de cero. -Lauren sonrió, conocía de antemano sus intenciones, pero no era de la categoría de las chicas que Arthur solía conquistar en lugares así. Un trago era a penas la línea de salida de una larga pista hasta llegar a su meta.
-Si quieres una disculpa, dejarás que yo invite las copas. -dijo Lauren, sorprendiéndolo. No lo sabía, pero de cazador pasó a ser la presa. Accedió, complacido.
-Me gusta el Merlot.
-Vaya, creí que un hombre como tú prefería los sabores fuertes. -pidió un Merlot, ella se decantó por un cóctel.
Así empezó la noche en que se conocieron. En un principio, Lauren tenía planeado terminarse su bebida y luego marcharse a su habitación, antes de violar el toque de queda del campus. Pero un cóctel se convirtió en dos, luego en tres y siempre era el último. Para cuando se fijó en la hora, ya habían cerrado el campus, lo que le dio tranquilidad de disfrutar la noche. Bailaron tantas canciones que puso el DJ, creando fricción entre sus cuerpos que habían bajado la guardia por el alcohol en su sistema. Ambos se sentían más libres, capaces de complementar otro ser. Se besaron y en sus labios aun se saboreaba los estragos del licor dulce y suave.
-¿Quieres ir a un lugar más privado? -propuso Arthur, creyéndose victorioso. Antes de recibir respuesta, Lauren volvió a atrapar su boca con la suya, solo para soltarla y decirle:
-No.
-¿Qué? -estaba incrédulo. Lauren esbozó una sutil carcajada.
-Conozco tu juego, y no te juzgo, a mí también me gusta jugar, pero me divierto más cuando gano. -le dijo dejándolo confundido. Lo habían burlado, y lejos de ofenderse, se sentía atraído. La amiga de su hermana se había convertido en más que un objetivo, era el premio mayor.
-Y dime ¿Cuántos intentos tendré que hacer para ganar? -dijo Arthur. Lauren lo tomó por sorpresa y volvió a besarlo, fue un beso corto, solo para provocarlo.
-Sería muy fácil si te lo digo, tendrás que averiguarlo tú mismo.
Quizás fue esa resistencia de Lauren lo que lo enamoró, después de todo el juego se prolongó más de lo que habituaba. Si hubiera caído esa primera noche, como lo hacía la profesora a la que llevaba de la mano, hubiera sido su gameover. Lauren lo siguió con la vista hasta perderlo. Seguramente los encontraría al amanecer en su casa, al menos tenía la garantía de que su lecho de placer sería otro y no el nido de amor que compartieron en tiempos de regocijo.
Acabó su ron blanco de una sentada y volvió su atención hacia sus espaldas buscando a su compañera de noche. Leslie siempre lo hacía, la dejaba sola en medio de la fiesta, ya no le era de extrañarse. De pronto se escuchó un escándalo, y las personas se aglomeraban en torno a una disputa. La ex señora Maslo se acercó, abriéndose paso entre los demás curiosos. El centro de atención eran dos mujeres que discutían fervientes, una de ellas era Leslie.
-¡Mujerzuela! ¡Aléjate de mi marido! -gritaba la desconocida, apenas lograba articular las palabras, estaba ebria.
-Mujerzuelas serán tus amigas, y aleja tú a tu marido de mí. -Leslie también tenía unas copas de más. -O le recordaré lo que es una mujer de verdad. -la desconocida se lanzó furiosa sobre Leslie, tomándola del cabello y tirando. Leslie también sacó sus garras y se defendió, aruñando y rasgando las vestiduras de la otra. El show dejó de divertir a la multitud, enseguida salieron a separarlas. Lauren buscó salvar a su amiga, y conservar la poca dignidad que le quedaba. La llevó a la planta baja, donde estaban los tocadores. Leslie se moría a punta de carcajadas.
-¿La viste? -dijo obtusa a causa del alcohol. -Quería arrancarle sus extensiones y el botox de su rostro.
Lauren le seguía su plática incoherente, mientras la ayudaba a arreglarse y a peinarse. La motivó a lavarse la cara con agua fría que pareció restablecer sus cinco sentidos.
-¿Crees que siga afuera? -preguntó Leslie, más calmada.
-No. Creo que el marido la llevó a casa. -ambas se rieron con ganas.
-Necesito usar el toilette. -se excusó y pasó a uno de estos cubículos.
Lauren tomó su bolso de mano y, de pie frente al espejo, se retocó el maquillaje. Acentuó sus ojos con el delineador, peinó sus pestañas y bordeó sus labios con lápiz para luego pintarlos de rosado, un tono suave no que no incitaba a lujuria. Por el reflejo del espejo vio que la puerta principal se abría, seguidamente, Arthur apareció en escena.
-Escuché lo que sucedió ¿Cómo está Leslie? -preguntó a penas entrando al sanitario de damas. No había nadie más que Lauren.
-Ebria, pero sobrevivirá. -fue todo. Continuó maquillándose.
-Leslie siendo Leslie. -dijo suspirando y frotándose la frente. Él era el menor, aun así tenía más responsabilidad por encima de la mayor. -Te la encargo, cuídala. Tengo que irme.
-Utiliza condón. -alcanzó a decir Lauren antes de que su ex esposo desapareciera. Arthur se volvió con mala cara, no le encontraba gracia a su broma.
-No me digas ¿Acaso te preocupa que la embarace? -replicó viéndola a través del espejo.
-No es eso. -Lauren guardó sus artefactos de maquillaje y se giró para verlo directamente. -Me preocupa que la contagies de alguna enfermedad venérea. Eres promiscuo Arthur, puede pasar.
-Claro. –respondió con amargura. Quiso cambiar el tema. -Le diré al personal que le sirvan cerveza sin alcohol a Leslie. Avísame si necesitas ayuda con ella. -sin más, se marchó.
Entonces el cubículo de Leslie se abrió, ganándose la atención de su ex cuñada.
-¿Estás bien? -preguntó empática. No podía imaginar cuán difícil era para ella aceptar que su ex esposo tuviera una vida sexual activa, por bien que lo disimule no dejaba de doler.
-Sí. ¿Crees que me excedí con la broma?
-No. -dijo segura. Salieron del baño. -Vámonos ya.
-La esposa fue demasiado para ti ¿Quieres irte a casa? -Ya le había parecido extraño a Lauren, su amiga tenía más vigor que una leona en celo.
-A casa no. Vámonos a otro club, no pasaré la noche bebiendo cerveza sin alcohol, no tengo quince años.
Pasó una semana desde la última vez que viera a Arthur, se había esforzado en evitarlas, tanto a Leslie como a Lauren. Sin embargo, llegó el día en que debía enfrentarse a su ex esposa: el día que por fin firmaran el divorcio. Discutió vivamente con Olivia la posibilidad de hacerlo por separado, pero su abogada no aportó ninguna alternativa. Así que se reunieron en el mismo despacho en que habían llevado el proceso.-Abrimos la sesión hoy para formalizar la firma de su acuerdo de divorcio. Tras la venta de la propiedad en común, podemos proceder a la firma definitiva. –indicó Alvin timbrando el tono de su voz.En la mesa frente a ellos se extendió un documento titulado “convenio regulador” era la sentencia a su matrimonio. Arthur actuó fríamente, la ignoró todo el tiempo y ahora firmaba el documento como si garabateara sobre una carta cualquiera. Estos detalles eran los que irritaban a Lauren. Deslizó el documento a ella.-Tenemos que hablar, hay algo que tengo que decirte. –murmuró La
Lauren estaba pletórica, su alma y su corazón rebosaban de felicidad. Crawley la había convertido en socia luego de que retractara su intención de renuncia, convertirla en la mano derecha de la firma era su manera de asegurar que nunca más volvería a asustarlo con una renuncia. Valoraba mucho su trabajo. Y, como lo más importante del último año, se convirtió en mamá. Era irónico que hubiese tenido que atravesar toda una autopsita de dolor para abordar la felicidad, en el sentido más completo de la palabra. Las últimas lágrimas que derramara por dolor fue el día que llegó a su antigua casa y lo vio todo recogido. Aún no terminaba de aceptar que Arthur se hubiese ido de casa cuando el agente de la inmobiliaria le avisó por un mensaje de texto el cierre de la venta.“¡Felicidades, señorita Toone! Acaba de vender la casa.” A primeras horas de la mañana del día siguiente, un séquito de hombre y mujeres encorbatados, invadió su propiedad, actuaban en repre
Encendió las luces, daba la impresión de que la casa estuvo vacía todo el día, y era así. Arthur consiguió un taxi disponible a la distancia de una manzana del aeropuerto. Le pidió que lo llevara a casa y apremió las prisas. Algunos días antes, había escuchado de una plaza de departamentos en alquiler en San Bernardino. Era tiempo de mudarse. No se supone que lo hiciera sin antes haber cerrado la venta de la casa, pero tampoco había predestinado que Lauren volviera a enamorarse de él. Le costaba esfuerzo entender qué lo hacía tan especial ante sus ojos. Nunca hizo ningún mérito para tenerla, y ahora estaba grabado a tinta en su piel.-Estoy interesado en uno de sus departamentos. –le dijo a la operadora del otro lado de la línea. Le conversó acerca del presupuesto y la inicial que debía dar en el momento exacto de mudarse. Le exigía casi siete mil dólares por adelantado y seguiría costeando unos tres mil dólares por mes. Hizo cálculos mentales, los fondos del Waves podía cubrirlo, al
El aeropuerto estaba muy concurrido a primeras horas del día. Ben no lo dijo en voz alta, pero volver a su pueblo lo llenaba de una inmensa alegría. No era hombre de ciudad. Por los altavoces se anunció la salida de su vuelo, y todos se pusieron en pie. Le concedió a cada uno de ellos siete minutos de despedida, aunque se alargó especialmente con Leslie, por siempre su hija favorita.-No olvides mantenerme informado de lo que suceda aquí. –le recordó Ben la promesa entre los dos. Ya estaban advertidos, no había manera de que volvieran a tomarlo por un ingenuo. Se quedaron allí hasta ver las puertas del pasillo cerrarse, luego dedicaron otros minutos a mirar a través del ventanal el avión levantar vuelo, querían asegurarse que no iba a dar marcha atrás, que de pronto se arrepienta y decida postergar su regreso. Leslie pasó su brazo por encima de los hombros de Lauren, parada junto a ella y la abrazó.-Lloraré el día que tenga que despedirte en este mismo lugar. –le conf
Volvió a casa temprano esa noche. No podía negar que el aire se respiraba con cierta ligereza ahora que ya no había engaños entre ellos y Ben, aunque en realidad nunca los hubo. Todavía era pronto para echarse a reír de su ingenio, pero sabían que en un futuro sería la anécdota más divertida que contarían a sus hijos. Antes pasó por el aeropuerto airline para despedir a Paul, afortunadamente alcanzó a verlo. Quiso agradecerle, aunque no estuviera muy segura de las razones, y le aseguró que lo perdonaba. No quería cargar con rencores. Tuvo el presentimiento de que sería la última vez que lo vería.-Podrías quedarte aquí en Los Ángeles. –le propuso Arthur a su padre. –Tengo planeado alquilar un departamento luego del divorcio. Viviríamos solo los dos.-Los Ángeles es una ciudad que marcha a mucha prisa para una vieja tortuga como yo. –replicó Ben limpiando su plato. Se puso en pie. –Regresaré mañana en el segundo vuelo.-¿Tan pronto? Pensé que podíamos pasear por Santa Mónica, ahora que
Los rumores corrían a zancadas largas, en especial dentro de las oficinas Crawley. No había un solo empleado que no estuviera enterado de la futura renuncia de Lauren Toone. A donde sea que parara, se encontraba con algún compañero que aprovechaba la oportunidad para declararle una breve despedida. “Te echaremos de menos, pero estamos muy felices por ti.” “Mucha suerte. Ha sido un placer trabajar contigo.” “Eres la mejor en el negocio.” Eran solo algunas de las frases que oía. Tenía que recordarles a todos estos nostálgicos colegas que su renuncia no se haría oficial hasta no acabar con algunos compromisos personales que la ataban a la ciudad (no aclaraba cuáles) Notó que su joven secretario no estaba en su puesto de trabajo, podía haber ido al baño. Él había sido el primero en largarle una cortesía por su renuncia en cuanto la recibió en la mañana. Lauren tenía apuntado hablar con Crawley y darle su aprobación con respecto al muchacho, era tiempo de que subiera de nive







