FAZER LOGINLa mañana se había asentado por completo sobre Madrid. El sol entraba a través de los ventanales de la oficina de Axel Fort, tiñendo los muebles de un brillo cálido que contrastaba con la frialdad del ambiente. En el escritorio, los relojes estaban perfectamente alineados, los documentos en orden y el silencio era tan absoluto que el sonido del reloj de pared marcando los segundos parecía un recordatorio del poder del tiempo… y de quien lo dominaba.
Axel, sentado tras el escritorio, revisaba algunos informes empresariales, pero su mente no estaba allí. Llevaba toda la mañana esperando el regreso de su asistente, Álvarez, con la información que había solicitado. Había pasado apenas una hora desde que dio la orden, pero para él, cada minuto transcurría con la misma lentitud de un cazador aguardando a su presa. El sonido del ascensor le hizo alzar la mirada. Instantes después, la puerta se abrió y Álvarez entró con paso nervioso, sosteniendo una carpeta negra en sus manos. —Señor Fort… —comenzó, con voz baja—. El informe está completo. Axel no respondió de inmediato. Solo lo observó en silencio mientras encendía un cigarro con precisión, el humo elevándose lentamente entre ellos. —Déjelo sobre el escritorio —ordenó sin mirarlo. El asistente obedeció. Depositó la carpeta con cuidado sobre el cristal pulido del escritorio y retrocedió un paso. —He conseguido más información de la que imaginaba —añadió con cautela—. Catalina Cruz no tiene protección de datos ni vínculos legales complejos. Fue fácil rastrear su historial. Axel levantó una ceja apenas perceptible. —¿Tan fácil? —Sí, señor —asintió Álvarez, aunque su voz temblaba ligeramente—. No pertenece a ninguna familia influyente, no tiene abogados personales ni conexiones que puedan interferir. Es… una chica común. Axel apagó el cigarro en el cenicero con un movimiento pausado. —Perfecto. Déjeme solo. —Como desee, señor. Cuando la puerta se cerró detrás del asistente, el silencio volvió a apoderarse de la oficina. Axel se inclinó hacia adelante y abrió la carpeta. En la primera página, su mirada se topó con el nombre completo de la mujer que había osado enfrentarlo. Catalina Cruz Martín. Pasó lentamente las hojas, leyendo con precisión quirúrgica cada detalle. —Veintiséis años… —susurró para sí mismo—. Huérfana desde los dieciocho. Las siguientes líneas hablaban de un pasado modesto, de padres que habían muerto en un accidente de tráfico en una carretera secundaria del norte de España. Catalina había sido criada por sus tíos maternos, quienes aparentemente se habían hecho cargo de ella… aunque los registros financieros que Álvarez había adjuntado mostraban movimientos sospechosos. Axel entrecerró los ojos, leyendo con más atención. —Vendida —murmuró, apenas audible. Había transacciones entre los tíos de Catalina y una empresa vinculada al nombre Harry Meyer. Aquello le hizo fruncir el ceño. Harry Meyer. El nombre resonó con fuerza. Era un empresario alemán, conocido entre los círculos europeos por su carácter despiadado y sus negocios turbios. Axel lo conocía bien. Así que él también estuvo cerca de ponerle las manos encima, pensó. El informe detallaba que Meyer había intentado casarse con Catalina en el pasado, un matrimonio pactado bajo promesas de seguridad y fortuna para los tíos de Catalina. Sin embargo, el documento se interrumpía abruptamente con una nota escrita por el propio Álvarez: > El enlace fue anulado gracias a la intervención de Naven Fort y sus abogados. Meyer abandonó España pocos meses después. Axel cerró los ojos un instante. Sintió cómo la rabia y la curiosidad se mezclaban peligrosamente dentro de él. Catalina Cruz, la mujer que lo había desafiado, había estado a punto de convertirse en la esposa del hombre más cruel de Alemania. —Ironías del destino… —susurró, una sonrisa helada curvando sus labios. Pasó a la siguiente página. Los datos continuaban: estudios, direcciones, movimientos bancarios, incluso pequeños detalles que revelaban más de su carácter de lo que ella jamás habría imaginado que alguien podría saber. Teme a las arañas. A veces sale a caminar sola de noche, aunque finge no tener miedo. Tiene una hermana mayor, residente en una zona rural al norte de España. No mantiene contacto y aparentemente desconoce su existencia. Axel se detuvo en esa línea, pensativo. —Una hermana… —repitió, con voz baja. El aire de la oficina se volvió más denso. El hombre apoyó el codo en el escritorio, su mano en el mentón, mientras observaba los nombres y direcciones con interés genuino. Aquella información era poder. Y en las manos de Axel Fort, el poder siempre se convertía en un arma. Pasó a la última parte del expediente. Una breve descripción de personalidad redactada por el propio Álvarez. > Catalina Cruz es una mujer reservada, de carácter fuerte y humor ácido. No posee influencias, pero tiene una sorprendente capacidad para no dejarse intimidar. A pesar de su pasado, mantiene una imagen limpia y un entorno social pequeño. Sin embargo, parece tener un punto débil: la lealtad. Cuando confía en alguien, lo hace ciegamente. Su amistad más fraternal, Sofia Fort. Axel sonrió, esa clase de sonrisa que helaba la sangre. —Perfecto… —murmuró con un tono de satisfacción contenida—. Lealtad. Eso será fácil de manipular. Aunque debo de mantener lejos a mi cuñada de esto o Naven me rompe la cara. Cerró la carpeta con cuidado y la apoyó sobre la mesa. Luego se levantó y caminó hasta el ventanal, observando Madrid extenderse bajo el cielo despejado. Afuera, la ciudad seguía con su ritmo habitual, ignorante de la guerra silenciosa que acababa de declararse en la mente del hombre más temido del país. Encendió otro cigarro, y mientras el humo ascendía lentamente, sus pensamientos se oscurecieron. En su interior, Axel Fort ya había tomado una decisión: Catalina Cruz sería su esposa. No por amor. Ni siquiera por necesidad. Sino por el simple placer de tenerla bajo su control. El teléfono sobre su escritorio vibró. Era un mensaje de Álvarez confirmando que todo el informe había sido duplicado en formato digital, bajo acceso exclusivo de su despacho. Axel lo leyó, luego dejó el dispositivo sobre la mesa sin responder. Volvió al ventanal, con la mirada perdida en el horizonte. Había cometido un error empresarial, sí. Pero en aquel momento, lo que estaba construyendo era algo completamente distinto. Una estrategia. Una venganza. Un nuevo tipo de dominio. Pensó en la imagen de Catalina riendo, con esa libertad descarada que lo había irritado en la fiesta. Pensó en la manera en que lo empujó, en cómo lo desafió, en cómo lo ignoró frente a otros. Los payasos deben estar en el circo. Sus dedos se tensaron alrededor del cigarro. —Bien, Catalina —dijo con voz apenas audible—. Vas a tener tu circo. Pero no sabes que el domador soy yo. El reloj de pared marcó las once en punto. Axel apagó el cigarro y regresó a su escritorio. Tomó la carpeta una vez más, hojeó las primeras páginas y con un bolígrafo negro escribió una sola palabra en la portada: “Seleccionada.” Aquel gesto selló el destino de Catalina Cruz. Ella aún no lo sabía, pero el hombre más temido de Madrid había puesto su mirada en ella, y no había escapatoria posible. Con un movimiento calculado, Axel se quitó el reloj, lo colocó sobre el escritorio y se recostó en la silla. El reflejo del vidrio mostraba su semblante tranquilo, pero sus ojos grises brillaban con una intensidad peligrosa. —Catalina de la Cruz… —pronunció lentamente, saboreando cada sílaba—. La futura esposa mía. Afuera, el sol ya alcanzaba su punto más alto. Madrid seguía viva, ajena a la red que acababa de tejerse en las alturas de Fort Enterprises. Y mientras la ciudad avanzaba en su rutina, Axel Fort sonreía con esa frialdad que solo tienen los hombres que saben que ya han ganado. Catalina Cruz había sido elegida. Y su destino, sellado. Entre tanto, Catalina despertó lentamente, la luz de la mañana colándose por los resquicios de la ventana. Al estirarse en su cama, algo en su interior la hizo sentirse diferente, como si algo hubiera cambiado sin que pudiera identificar qué era exactamente. Aquella mañana, el aire tenía una textura distinta, y el mundo fuera de su ventana parecía más lejano, más ajeno. Respiró profundamente, pero esa sensación persistió, un mal presagio que no lograba sacar de su mente. Sin embargo, decidió ignorarlo. Había despertado más tarde de lo habitual, y su rutina matutina siempre había sido su refugio. Si algo le inquietaba, pensó, sería solo una sombra pasajera. Se levantó con la agilidad que siempre la caracterizaba y se acercó a la ventana. Con una mano, corrió las cortinas, permitiendo que la luz inundara la habitación. La mañana madrileña estaba radiante, el cielo despejado y el aire fresco del otoño acariciaba la ciudad como un susurro lejano. Las calles ya arrasadas de gente, los edificios que se alzaban con su fuerza inquebrantable. Todo parecía perfecto, pero algo dentro de ella seguía zumbando, como un eco lejano. No podía ignorarlo. A pesar de sus esfuerzos por convencer a su mente de que no había motivo para preocuparse, esa sensación persistía como una sombra al acecho. Con una mueca, desechó el pensamiento. ¿Qué sentido tendría preocuparse por algo que no podía controlar? Optó por sumergirse en lo que conocía, lo que siempre le había dado paz: el baño. Se desnudó lentamente y entró al baño, dejando que el agua caliente brotara de la ducha. Las primeras gotas cayeron sobre su piel, tibias y reconfortantes, deslizándose por su cuerpo como un suave abrazo. Cerró los ojos por un instante, dejándose llevar por el sonido del agua y el vapor que llenaba la estancia. A medida que las gotas recorrían su piel, Catalina comenzó a relajarse, el agua borrando las tensiones del día anterior. Pero, a medida que el tiempo pasaba, la misma sensación extraña que había sentido al despertar volvió a invadirla. No había razón para sentirse así. Nada fuera de lo común estaba ocurriendo, y aún así, el presentimiento persistía. Un golpe de incertidumbre se instaló en su pecho, y la necesidad de escapar de esa sensación la empujó a apresurar el baño. Mientras el agua seguía cayendo, su mente se desplazó, buscando algo en qué enfocarse para disipar el malestar. De repente, el timbre de la puerta resonó en el apartamento, rompiendo el tranquilo silencio. El sonido fue como un choque, un golpe inesperado que la sacó de su ensimismamiento. Catalina tardó un par de segundos en procesarlo, y cuando lo hizo, salió rápidamente del cuarto de baño, empapada aún en gotas de agua que resbalaban por su piel. Se cubrió con una toalla, capaz sea una compañera. Con pasos rápidos y cortos, se acercó a la puerta, preguntándose quién podría ser a esa hora. Abrió la puerta sin pensarlo, y al hacerlo, el mundo pareció detenerse por un instante. Delante de ella, en el umbral de su puerta, estaba Axel Fort. El hombre la observaba con una intensidad que la dejó sin aliento, esos ojos grises como una tormenta que nunca cesa. Catalina sintió un estremecimiento recorrerle la columna, como si el aire alrededor de ella se hubiera vuelto más denso, más pesado. Su rostro palideció al instante, el color abandonando sus mejillas en cuanto sus ojos se encontraron con los de él. Catalina, a pesar de sus esfuerzos por mantener la calma, no pudo evitar sentirse pequeña bajo su mirada. —¿Tú? —murmuró con la voz entrecortada. La sangre se le heló. Axel Fort estaba allí, apoyado con una mano en el marco de la puerta, su chaqueta oscura perfectamente alineada, el cabello ligeramente despeinado, y una mirada que podía incendiar el aire. —Yo —respondió con serenidad peligrosa, sin inmutarse por la evidente incomodidad de la mujer. Catalina retrocedió un paso, temiendo que su respiración traicionara el temblor de sus manos. —¿Qué demonios haces en mi puerta? —preguntó intentando sonar firme. Axel no respondió. Entró sin pedir permiso, como si aquel pequeño apartamento le perteneciera. Su sola presencia llenó el espacio. Catalina quiso detenerlo, pero al hacerlo notó cómo la toalla se deslizaba un poco por su cuerpo, y se detuvo con una mezcla de ira y vergüenza. —¡Sal de aquí! —gritó, sujetando la tela con fuerza. Axel giró el rostro lentamente hacia ella. —Tienes una manera muy poco amable de recibir a las visitas. —¿Visitas? —replicó Catalina, indignada—. No eres bienvenido, Fort. No en mi casa, no en mi vida. Definitivamente eres el Fort más odioso que conozco, no entiendo como mis pequeños ahijados pueden ser familia tuya. Él sonrió apenas, esa sonrisa que no alcanzaba los ojos. Avanzó con paso medido, observando cada rincón del lugar. Era modesto, pero había detalles que delataban a Catalina: flores secas en un florero, una vela perfumada, bocetos de diseño sobre la mesa. —Así que aquí vives... —dijo finalmente, acomodándose en el sofá sin esperar invitación alguna. Cruzó las piernas, estiró un brazo y miró a la mujer como quien evalúa una obra inacabada—. Esperaba algo más... refinado. Catalina ardía de furia. —¿Quién te crees que eres para entrar así en mi casa? ¡Sal antes de que llame a la policía! Axel la miró fijamente, sin un solo parpadeo. —Hazlo. Pero dudo que quieras aparecer en los titulares mañana, señorita Cruz. El corazón de Catalina dio un vuelco. No sabía de qué era capaz aquel hombre, pero la firmeza de su voz le heló la sangre. —¿Qué quieres, Axel? —preguntó finalmente, intentando recuperar el control. —Hablar —respondió él con una tranquilidad que contrastaba con el caos que provocaba su presencia—. Aunque debo decir que tu atuendo no inspira mucha confianza. Catalina abrió los ojos de par en par, atónita. —¿Mi... qué? —Tu atuendo —repitió él con una calma provocadora—. No das buena vista, deberías ir a vestirte. Por un instante, Catalina creyó haber oído mal. La indignación la recorrió de pies a cabeza. —¿Perdón? ¿Tú vienes a irrumpir en mi casa, y tienes el descaro de criticar mi apariencia? Axel arqueó una ceja, sin moverse. —No te estoy criticando. Solo digo que sería más apropiado si usaras algo más... decente. —¿Decente? —repitió ella, casi riendo de la furia contenida—. No sabía que un invasor tuviera derecho a opinar sobre eso. Él la observó sin perder la compostura. Su voz era tan fría como el acero. —No suelo repetir las cosas, Catalina. Ve a vestirte. El tono autoritario la descolocó. Por un momento quiso gritarle, pero sabía que cualquier movimiento brusco podría traicionarla y dejarla aún más expuesta. Apretó la mandíbula, dio media vuelta y se dirigió a su habitación con pasos furiosos. Axel la siguió con la mirada, observando cómo desaparecía detrás de la puerta. El sonido de cajones abriéndose y cerrándose lo acompañó unos minutos. Sonrió, esa sonrisa que mezclaba poder y una pizca de diversión. Catalina regresó poco después, enfundada en un vestido corto color vino, el cabello húmedo cayendo sobre sus hombros. —Bien —dijo desafiante—, ya estoy vestida. Ahora sí puedes largarte. —No he terminado —replicó él. —¿Ah, no? —cruzó los brazos—. ¿Y qué quieres ahora? ¿Un café? Axel la observó en silencio unos segundos. —No. Quiero que entiendas algo. —¿Entender qué? —Que desde el momento en que me desafiaste, Catalina Cruz, te convertiste en un asunto pendiente. Ella soltó una carcajada irónica. —¿Un asunto pendiente? Qué poético. Déjame adivinar, ¿vas a vengarte porque te dije payaso? Él sonrió con un gesto apenas visible, pero en sus ojos brillaba algo oscuro. —Exactamente. Catalina frunció el ceño. —No puedes estar hablando en serio. —Siempre hablo en serio —respondió él, apoyando los codos sobre las rodillas y mirándola con intensidad—. No estoy acostumbrado a que me desafíen. Y mucho menos... a que me ignoren. Catalina lo fulminó con la mirada. —Entonces será mejor que empieces a acostumbrarte, Fort. Porque no pienso inclinarme ante un hombre que cree que el mundo gira a su alrededor. Solo compartimos poco por suerte en la vida. Por primera vez, Axel soltó una breve risa. —Eres valiente. O insensata. —Llámalo como quieras —replicó ella. El aire entre ambos se volvió espeso, cargado de tensión. Cada palabra, cada gesto, parecía una batalla silenciosa. Catalina sabía que debía mantener las distancias, pero algo en la mirada de aquel hombre la retenía. Era peligroso, sí, pero también hipnótico. Axel se puso de pie lentamente, acercándose hasta quedar a pocos centímetros de ella. —Te advertí que no jugaras conmigo —murmuró, tomando su barbilla con suavidad, aunque su toque tenía el peso del dominio. Catalina lo miró desafiante, con los labios apretados. —Y yo te advertí que no entraras aquí. Por un segundo, sus respiraciones se mezclaron. El perfume de él, a madera y poder, la envolvió por completo. Pero Catalina no cedió; al contrario, levantó la barbilla y lo miró directo a los ojos. —No hay ninguna razón para que estés aquí —susurró—. Así que hazme un favor... y márchate. Axel la soltó despacio, sus dedos rozando apenas la piel de su mandíbula antes de apartarse. —Tienes razón —dijo finalmente, con una calma inquietante—. Pero recuerda algo, Catalina: los encuentros casuales rara vez lo son. Ella lo observó salir, con el corazón desbocado, sin saber si odiarlo o temerlo. La puerta se cerró, y el eco del portazo resonó en su pecho. Catalina apoyó la espalda contra la pared, intentando calmar el temblor en sus manos. Aquel hombre era un peligro. Un peligro que ahora tenía su nombre grabado en la mente. Y aunque no lo sabía, Axel Fort ya había decidido algo: Catalina de la Cruz sería su esposa. La mujer cerró la puerta detrás de Axel con las manos temblorosas. El eco de aquel portazo pareció retumbar por todo el apartamento. Se apoyó en la pared, intentando recuperar el aire que había perdido desde el momento en que aquel hombre había aparecido en su puerta. —¿Qué demonios acaba de pasar? —susurró para sí, llevando una mano al pecho. Su corazón latía con fuerza, golpeando como un tambor dentro de su pecho. No entendía por qué le costaba tanto respirar. No era miedo —al menos no del todo—, era otra cosa. Algo que la perturbaba más que cualquier amenaza. El rostro de Axel volvía una y otra vez a su mente: su mirada fija, su voz grave, la forma en que había invadido su espacio con tanta naturalidad. Lo odiaba. Lo odiaba con todas sus fuerzas. Y, sin embargo, su cuerpo todavía vibraba con la cercanía de él. Catalina se obligó a moverse, a sacudir la cabeza para expulsar esos pensamientos. —No voy a permitir que me afecte —murmuró con firmeza. Miró el reloj. Faltaba apenas una hora para entrar a la universidad. Agradeció tener algo en qué concentrarse; necesitaba mantener su mente ocupada o terminaría volviéndose loca. Se vistió rápido, tomó su mochila y salió de casa. El aire fresco de la mañana madrileña le despejó un poco las ideas. Las calles estaban llenas de vida, los cafés servían los primeros desayunos del día, y los estudiantes caminaban con sus carpetas y tazas de café en la mano. Catalina respiró hondo. —Esto es lo que necesito… normalidad —susurró, intentando convencerse. Media hora después, ya estaba entrando en el edificio de la facultad. El murmullo de los estudiantes, el olor a tinta y papel, y el sonido de las hojas al pasar le devolvieron una sensación de rutina. Pero esa calma no duraría mucho. Cuando entró en la sala de clases, un presentimiento la atravesó como un escalofrío. Varios compañeros murmuraban algo, y las miradas se dirigían hacia el frente del aula. Catalina levantó la vista… y su respiración se detuvo. Allí estaba él. La razón por la que más alumnas no se perderán si un solo día de clase. Axel Fort. De pie, junto al escritorio, con una carpeta en la mano y esa elegancia que parecía natural. Llevaba una camisa blanca, perfectamente ajustada, las mangas dobladas hasta los antebrazos y el reloj brillando discretamente bajo las luces del aula. Catalina se quedó petrificada en el umbral. No. No, no, no. No podía ser. —Buenos días a todos —dijo Axel con voz serena, proyectando su autoridad con una facilidad irritante—. A partir de hoy, estaré a cargo de la materia de Modelos y Estrategias Empresariales de manera definitiva. Catalina quiso desaparecer. Sintió que el suelo se abría bajo sus pies. “¿Qué clase de broma del destino es esta?”, pensó, apretando los dientes. Buscó el asiento más alejado posible, pero Axel alzó la vista justo en el momento en que ella pasaba por el pasillo. Sus miradas se cruzaron por una fracción de segundo. Y él sonrió. Una sonrisa leve, casi imperceptible, pero cargada de triunfo. Catalina tragó saliva, desviando la mirada con rapidez. Aquella sonrisa era peor que una amenaza. Sabía perfectamente que lo hacía a propósito, que disfrutaba verla incómoda. Se sentó y trató de ignorarlo, de concentrarse en el material, en cualquier cosa. Pero la voz de Axel llenaba el aula, grave, segura, con un tono que hacía difícil no escucharlo. Cada palabra suya la irritaba más. —El éxito en los negocios —decía él mientras escribía en la pizarra— no depende solo de la estrategia, sino de la capacidad de adaptarse y mantener el control. “Control”, repitió Catalina mentalmente. Vaya ironía. Intentó tomar apuntes, pero su mano temblaba. No podía quitarse de la cabeza la imagen de Axel en su casa, en su sofá, diciéndole que no daba buena vista. Aquella humillación aún ardía dentro de ella. Pasaron algunos minutos y Catalina comenzó a relajarse apenas, pensando que tal vez él no la molestaría más. Pero entonces Axel dejó la carpeta sobre el escritorio, miró al grupo con una calma peligrosa y dijo: —Antes de continuar, me gustaría que alguien exponga un ejemplo de modelo de negocio sustentable aplicado en la actualidad. Un murmullo recorrió el aula. Nadie parecía tener ganas de hablar. Catalina se escondió tras su cuaderno, rogando pasar desapercibida. Pero entonces escuchó su nombre. —Señorita Catalina Cruz —dijo él con precisión quirúrgica—, ¿por qué no nos da su opinión? El corazón de Catalina se detuvo. Alzó la mirada con incredulidad. —¿Yo? —preguntó, con voz baja. —Sí, usted —respondió él, inclinando ligeramente la cabeza—. Después de todo, me interesa conocer su perspectiva. Algunas miradas curiosas se dirigieron hacia ella. Catalina sintió que todos los ojos estaban sobre su persona. Apretó el bolígrafo con fuerza. “Lo hace a propósito”, pensó con furia contenida. —Adelante —añadió Axel, con un tono que sonaba casi divertido. Catalina se levantó despacio, disimulando el temblor de sus manos. Caminó hacia el frente del aula con paso firme, aunque por dentro su mente era un caos. Sabía que él la estaba observando, midiendo cada gesto, disfrutando de verla bajo presión. Se volvió hacia la clase, tomó aire y empezó a hablar. —Un modelo de negocio sustentable debe priorizar la permanencia en el tiempo a través de la innovación y la responsabilidad social. Su objetivo no es solo generar beneficios económicos, sino también... —pausó un instante, buscando las palabras— ...mantener un equilibrio entre las necesidades empresariales y el impacto ambiental. Axel la escuchaba en silencio, con los brazos cruzados. No la interrumpía, pero su mirada la atravesaba como una corriente eléctrica. Catalina intentó no mirarlo, centrarse en el tema, en el tono, en sonar profesional. Cuando terminó su explicación, se giró hacia él con el corazón latiendo a mil por hora. —Eso sería todo —dijo con frialdad. Axel la observó unos segundos antes de responder. —Interesante —murmuró—. Aunque... noto cierta inseguridad en su planteamiento. Catalina apretó los labios. —¿Inseguridad? —repitió, conteniendo la rabia. —Sí —continuó él, sin perder la compostura—. Sus palabras son correctas, pero le falta convicción. Un buen líder no solo debe comprender el modelo, sino hacerlo suyo. Un leve murmullo recorrió el aula. Catalina sintió que la humillación volvía a subirle por la garganta. Pero no iba a darle el gusto de verla perder el control. —Lo tendré en cuenta, profesor —dijo con voz serena, aunque sus ojos ardían. —Eso espero —replicó él, con una media sonrisa—. Puede volver a su asiento. Catalina regresó al fondo del aula, cada paso pesado, la mandíbula tensa. Se sentó sin mirar a nadie, pero sentía la mirada de Axel sobre ella como una sombra constante. Durante el resto de la clase no escuchó ni una palabra. Solo pensaba en la audacia de aquel hombre. En cómo había convertido su vida en un juego perverso. Y mientras lo observaba de reojo, elegante y tranquilo frente al pizarrón, una idea peligrosa cruzó su mente: si quería guerra… la tendría.El sonido de pequeñas risas llenaba toda la casa. —¡No, papá, así no! —protestó una vocecita aguda, mezclando indignación con diversión. Axel Fort, el hombre que alguna vez fue temido por su frialdad, estaba arrodillado en el suelo… completamente derrotado. —Te aseguro que así va —insistió, sosteniendo una torre de bloques que claramente estaba a punto de colapsar. Frente a él, un pequeño niño de tres años cruzó los brazos, imitando perfectamente la expresión seria de su padre. —Se va a caer. —No se va a caer. Silencio. Un segundo después… La torre se desplomó. El niño soltó una carcajada. —¡Te dije! Axel suspiró, dejándose caer hacia atrás sobre la alfombra. —Esto está arreglado… —Papá pierde —declaró el pequeño con total seguridad. Desde la puerta, Catalina observaba la escena con una sonrisa imposible de ocultar. Tres años. Habían pasado tres años… Y aún había momentos en los que le parecía irreal. Ese hombre… que ahora fingía estar ofendido porque su hijo le ha
El avión había aterrizado hacía apenas unas horas, pero Catalina aún sentía que todo era un sueño. Turquía se extendía ante sus ojos como un cuadro vivo. Colores cálidos. Aromas nuevos. Una brisa distinta… como si el mundo, por primera vez en mucho tiempo, no estuviera en su contra. Sino a su favor. Catalina estaba de pie frente al balcón del hotel, observando la ciudad bañada por la luz dorada del atardecer. Sus dedos descansaban sobre la baranda mientras su corazón latía con una calma que no conocía. —Es hermoso… —susurró. Detrás de ella, Axel la observaba en silencio. No estaba mirando la ciudad. La estaba mirando a ella. Porque después de todo… Catalina seguía siendo el paisaje más impresionante que había visto en su vida. —No más que tú —respondió él con suavidad. Catalina sonrió sin girarse. —Mentiroso. Axel se acercó lentamente, rodeando su cintura con sus brazos desde atrás, apoyando su barbilla en el hombro de ella. —Nunca contigo. El contacto la hizo cerrar l
El viento soplaba suave aquella tarde, como si incluso la naturaleza hubiera decidido ser testigo de algo que no era simplemente una boda… sino una promesa elegida. Catalina permanecía frente al espejo, inmóvil, con los dedos temblando ligeramente mientras sostenía el velo entre sus manos. No era nervios. No exactamente. Era algo mucho más profundo. —Esta vez… —susurró para sí misma— es real. Sus ojos se humedecieron apenas, recordando aquel primer día. Aquella primera boda fría, distante, donde las palabras “para siempre” habían sido una obligación… no una elección. Pero hoy… Hoy su corazón latía con fuerza, con certeza. Un pequeño sonido la sacó de sus pensamientos. —Mamá… Catalina giró de inmediato. Ahí estaba su pequeño, con esos ojitos brillantes que parecían contener todo su mundo. En brazos de Sofía Fort, quien lo sostenía con cuidado mientras sonreía con dulzura. —Mira nada más… —dijo Sofía—. La novia más hermosa que he visto… y eso que he visto muc
El atardecer caía suavemente sobre la ciudad, tiñendo el cielo de tonos dorados y rosados que parecían pintados a mano. La brisa era ligera, tibia, perfecta. Desde el balcón de su hogar en Francia, Catalina sostenía a su bebé contra su pecho, balanceándolo con un cuidado casi instintivo, como si su cuerpo hubiera aprendido ese lenguaje desde siempre. Había algo distinto en ella ese día. No era solo la calma… era decisión. —Hoy… —susurró, besando la cabecita del pequeño— hoy vamos a cambiarlo todo, mi amor. El bebé soltó un pequeño sonido, como si comprendiera. Sus manitos se aferraron a la tela de su vestido, y Catalina sonrió con ternura, aunque sus ojos brillaban con una emoción contenida. Dentro de la casa, Axel hablaba por teléfono. Su tono era serio, firme, el de siempre. Pero Catalina ya sabía leer entre sus silencios, entre sus pausas… y sabía que, incluso en medio del trabajo, él siempre estaba pendiente de ellos. Siempre. —Sí, mañana reviso ese contrato —decía é
El aire en Francia era distinto. Más ligero. Más cálido. Más… peligroso. No por el lugar. Sino por lo que despertaba. Catalina bajó del auto, acomodando su abrigo mientras observaba la calle elegante frente a ellos. Cafés llenos, gente caminando, risas suaves… todo parecía sacado de una película. —No está mal —murmuró, mirando alrededor. —Es funcional —respondió Axel, cerrando la puerta del auto. Catalina giró lentamente la cabeza hacia él. —¿Funcional? Axel la miró con total serenidad. —Tiene buena infraestructura. Catalina entrecerró los ojos. —Estamos en Francia, Axel… no en una reunión empresarial. —La eficiencia es universal. Ella negó con la cabeza, soltando una pequeña risa. —Eres imposible. —Y aún así estás aquí. Catalina sonrió. —Eso dice mucho de mí. Axel no respondió, pero la forma en que su mirada se detuvo en ella… lo decía todo. Caminaron juntos por la acera. Sin prisa. Por primera vez en mucho tiempo… sin peligro. Sin urgencia. Solo ellos. Ca
La casa estaba en calma. Una calma distinta a la del día anterior. Más viva. Más… ruidosa, aunque el silencio dominara el ambiente. Porque ahora cada pequeño sonido importaba. Cada suspiro. Cada movimiento. Cada quejido. Catalina estaba en la cocina, apoyada ligeramente contra la encimera, observando hacia la sala con una sonrisa que no podía disimular. Ahí estaba Axel. De pie. Rígido. Tenso. Con el ceño fruncido. Y completamente paralizado. Frente a… una mesa. No cualquier mesa. El cambiador. Y sobre él, su pequeño bebé. Moviéndose suavemente. Haciendo pequeños sonidos. Ajeno al caos existencial que estaba provocando en su padre. Axel lo miraba como si fuera una bomba a punto de explotar. —Axel —llamó Catalina, conteniendo la risa—. Solo tienes que cambiarle el pañal. —Lo sé. Pero su tono no coincidía con alguien que lo tuviera claro. Ni un poco. Sus manos estaban suspendidas en el aire. Como si no supiera por dónde empezar. —Entonces hazlo —insistió ella.







