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Alertas.

Autor: Lorelai
last update Data de publicação: 2026-03-06 05:04:02

Sentí cómo la sala entera se volvía hacia mí al mismo tiempo, fue un movimiento casi ensayado.

Decenas de ojos girándose lentamente en mi dirección, como si todos hubieran estado esperando exactamente ese momento.

Incluso Selene, que rara vez perdía el control de su expresión, tardó un segundo en recuperar su sonrisa.

Yo no entendía lo que estaba pasando, solo sabía con absoluta certeza que mi nombre no estaba en ninguna lista preliminar.

Entonces miré hacia el fondo del auditorio otra vez, Alaric no me estaba mirando, estaba revisando unos papeles con una calma casi irritante, pasando una hoja con la misma tranquilidad que si estuviera en una biblioteca vacía.

Como si aquel momento no tuviera absolutamente nada que ver con él, pero lo supe de inmediato.

Mi nombre no estaba allí por casualidad, y recordé mi nombre escrito en su libreta el día anterior, ahora todo tenía sentido.

Cuando la presentación terminó y los estudiantes comenzaron a levantarse, el murmullo general cambió de dirección.

Ahora no solo hablaban de mí, hablaban de él.

—Siempre fue raro.

—Nunca trae a su familia a eventos.

—¿Alguna vez escuchaste hablar de su madre?

—No, nadie la conoce.

—Tal vez ni siquiera existe.

Las risas fueron suaves, curiosas, como si estuvieran probando una historia nueva para ver si encajaba.

Selene se acercó a un grupo cercano mientras recogía sus cosas.

Su voz era baja, pero no lo suficiente.

—Tal vez los Armand tienen debilidad por las historias trágicas.

Alguien preguntó.

—¿Historias trágicas?

Selene sonrió.

—Ya saben, becas milagrosas, currículos perfectos, pasados que nadie puede verificar.

Una pausa.

Luego añadió, con un tono dulcemente venenoso.

—A algunos hombres ricos les gusta recoger cosas rotas, ya saben, para ver si las pueden arreglar cuando les sobra tiempo o… jugar con ellas hasta que algo más interesante aparezca.

Las miradas volvieron hacia mí otra vez, sabía perfectamente que quería que la escuchara.

Tal vez lo más frustrante era que una parte de mí seguía intentando entender por qué Alaric había hecho aquello.

No podía ser bondad, los hombres como él no actuaban por caridad.

Entonces apareció una idea peor: tal vez quería verme fracasar desde más cerca, tal vez le interesaba descubrir cuánto podía soportar antes de romperme, y lo que más me enfurecía era que, a pesar de todo, mi mente seguía recordando momentos que no tenían nada que ver con la humillación pública.

La biblioteca, la tormenta, su forma de mirarme como si estuviera resolviendo un problema complicado. Los recuerdos del día anterior me irritaban más que las risas del auditorio, porque significaban que él me afectaba.

Estaba guardando mis cosas con rapidez cuando me levanté para salir, quería desaparecer antes de que alguien decidiera continuar el espectáculo en los pasillos.

Giré hacia la salida, y casi choqué contra alguien.

Alaric.

Estaba demasiado cerca, tan cerca que pude notar el leve aroma de su perfume y la calma absoluta en su expresión.

—No te acerques a mí —dije en voz baja.

Él inclinó apenas la cabeza.

—Curioso —respondió con serenidad—. Yo estaba pensando exactamente lo mismo.

Fruncí el ceño.

—Entonces deja de poner mi nombre en tus listas.

Alaric me observó durante un segundo que se sintió más largo de lo normal.

—Si no estuvieras en esa lista —dijo finalmente— ahora mismo estarías llorando en el baño.

Sentí cómo la rabia regresaba con fuerza.

—No sabes nada de mí.

—Sé suficiente.

Sus ojos se oscurecieron apenas.

—Sé que este lugar va a intentar destruirte.

Lo miré con toda la hostilidad que pude reunir.

—¿Y tú qué haces? ¿Quieres destruirme personalmente?

Alaric no dudó.

—No, estoy intentando decidir si vale la pena evitarlo.

No supe qué responder a eso, porque no sonaba como una promesa, sonaba como una evaluación.

Aquella noche terminé mi turno en el bar cerca de la medianoche, mis pies dolían y mi cabeza seguía llena de las imágenes del auditorio.

Las risas educadas, las miradas calculadas.

La forma en que mi nombre había resonado en una sala llena de personas que no me conocían.

Cuando salí a la calle fría, mi teléfono vibró en el bolsillo.

Número desconocido.

Abrí el mensaje: “Necesito verte. Soy Alaric.”

Fruncí el ceño y respondí de inmediato: “¿Cómo conseguiste mi número?”

Los tres puntos aparecieron casi al instante.

Luego llegó la respuesta: “No fue difícil.”

Pensé en ignorarlo, pero otro mensaje llegó antes de que pudiera decidir: “Los rumores no son el problema.”

Fruncí más el ceño.

Un tercer mensaje apareció segundos después: “Mi padre ya escuchó tu nombre.”

Me quedé mirando la pantalla.

Entonces llegó el último: “Y eso es mucho más peligroso.”

El corazón comenzó a latirme demasiado rápido para algo que solo eran palabras, porque por primera vez desde que había llegado a la Universidad Valerian, tuve una sensación clara.

El problema ya no eran los rumores, el problema eran los Armand, y de alguna manera que todavía no entendía… yo acababa de entrar en su radar.

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