INICIAR SESIÓNPara Karen Smith todo era color de rosa. Era joven, hermosa e inteligente. Hacia poco había logrado un excelente puesto en una de las mejores inmobiliarias del país. Su futuro se anunciaba próspero y lleno de felicidad. Pero la realidad la golpeó. La traición de su novio, y posterior despecho, la llevó a los brazos de alguien impensable. ¿Quién diría que conocería la verdadera lujuria y el placer, con un hombre mucho mayor que ella? Karen no lo sabía aún, pero su vida y sentimientos estaban a punto de cambiar de una manera que ella no lo imaginó jamás. ⚠️⚠️⚠️ 🔞🔞🔞 ❤️🔥❤️🔥❤️🔥 🚨🚨
Ver másDos semanas de reposo habían logrado apagar un poco el dolor en las costillas de Richard, pero el verdadero tormento no era físico. Era la mentira.Instalado en el despacho del penthouse, miraba a Karen mientras ella caminaba hacia él con una taza de manzanilla. Su vestido holgado apenas disimulaba la curva de su vientre. El médico había sido claro: el desprendimiento se había cicatrizado, pero igual debía seguir cuidándose mucho, nada de estrés ni agitaciones.—Deberías estar descansando, no revisando balances —dijo ella, dejando la taza sobre la mesa.—Anne no puede hacerlo todo sola, amor —respondió él, forzando una sonrisa serena.La atrajo con cuidado hacia sus piernas, procurando no ahogar un gemido cuando las costillas protestaron. Apoyó el mentón en su hombro, respirando su aroma a jazmín. Era su único refugio.—Tienes razón, dirigir la empresa es agotador y exige mucho —murmuró la joven, pasándole un dedo suave por la cicatriz rosada de la frente—. Aunque sigo sin entender có
En la penumbra del piso doce de la corporación Rinaldi, las botellas vacías de whisky se acumulaban en el suelo como trofeos de una derrota anticipada. Las persianas venecianas permanecían cerradas, dejando pasar apenas unas franjas delgadas de la luz del atardecer que cortaban la densidad del humo de cigarrillo acumulado en el aire. Dante Rinaldi permanecía sentado tras su escritorio, con la camisa desabotonada en el cuello y las mangas arrugadas hasta los codos. Frente a él, en la pantalla del ordenador, la cotización de sus acciones continuaba marcando un descenso continuo en números rojos. Los bancos habían emitido la notificación final de embargo para la mañana siguiente y la fiscalía había iniciado la revisión de los estados financieros de sus empresas de papel. Estaba acorralado, destruido y sin salida legal. Sin embargo, su mirada no reflejaba sumisión, sino una fijación enfermiza, una paranoia alimentada por el insomnio y una rabia negra que le quemaba las entrañas. En e
Durante los cinco días posteriores al choque, el penthouse se mantuvo sumido en una mentira cuidadosamente orquestada.En su habitación, Karen no albergaba dudas sobre la versión oficial: Richard se encontraba en un viaje improvisado cerrando una ronda de negocios. Chloe la había acompañado todo ese tiempo, soportando una simulación que le revolvía el estómago. Detestaba el engaño, pero comprendía que romper la burbuja de calma podía costarle la vida al bebé que la esposa de su padre esperaba.Mientras tanto, en el hospital, Richard completó una recuperación mínima bajo un hermetismo absoluto.Las contusiones aún marcaban su torso de morado y el hombro derecho permanecía inmóvil dentro del cabestrillo. Pese al dolor, se negó a pasar un solo minuto más allí.La mañana del alta, Chloe llegó temprano a la habitación. El hombre vestía una camisa holgada de seda oscura sin abotonar del lado lesionado, cubierta por un abrigo ancho sobre los hombros que disimulaba el cabestrillo. Su rostro l
Un mes transcurrió bajo una calma que no era más que una tregua de cristal. El proceso de desalojo de Victoria había dejado cicatrices invisibles. En el penthouse, Karen muy pocas veces salía de la habitación principal. Doce semanas de gestación. Un embarazo prendido de un hilo, vigilado de cerca por una enfermera y médico privados. Richard sabía que los sobresaltos podían terminar en una tragedia irreversible. Por eso, la rutina se había vuelto inflexible. A las seis de la tarde, la lluvia caía sobre la ciudad. El tráfico avanzaba a tirones. Dentro del sedán negro, el silencio solo lo rompía el chasquido seco de los dedos del magnate al pasar las páginas de unos informes. El chófer conducía con esa calma experimentada de quien lleva años cuidando a la misma familia. Mantenía la distancia, atento a los espejos, con las dos manos firmes al volante. —Thomas, corta por el paso elevado —murmuró Richard sin levantar la vista—. No quiero llegar tarde. Karen se impacienta demasiado. —Ent






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