INICIAR SESIÓNPara Karen Smith todo era color de rosa. Era joven, hermosa e inteligente. Hacia poco había logrado un excelente puesto en una de las mejores inmobiliarias del país. Su futuro se anunciaba próspero y lleno de felicidad. Pero la realidad la golpeó. La traición de su novio, y posterior despecho, la llevó a los brazos de alguien impensable. ¿Quién diría que conocería la verdadera lujuria y el placer, con un hombre mucho mayor que ella? Karen no lo sabía aún, pero su vida y sentimientos estaban a punto de cambiar de una manera que ella no lo imaginó jamás. ⚠️⚠️⚠️ 🔞🔞🔞 ❤️🔥❤️🔥❤️🔥 🚨🚨
Ver másEl cuarto quemaba. El aire estaba cargado de olor a sudor y a semen. Me tenían sometida completamente contra el colchón, hundiéndome una polla con embestidas brutales, secas y sin pausa que me sacaban gemidos descontrolados. Era un hombre robusto cubierto por una capa gruesa de vello negro que me raspaba deliciosamente la piel de mis senos grandes y erguidos. Su peso era masivo, bruto, pero muy excitante. Sus manos enormes me agarraban las piernas y me las abrían de par en par, dejándome por completo a su antojo.
—Así, zorra. Ábrete bien para mí… deja que te llene toda —me gruñía al oído, ahogado en su propio placer. —¡Eso! ¡Ábreme en dos! ¡No pares de meterme esa verga! —le gritaba yo, poseída por la lujuria. Su miembro, enormemente grueso, duro como una piedra, entraba y salía de mi vagina completamente empapada. Me montaba como un animal, con un ritmo salvaje que hacía chocar la cama contra la pared. No había nada de delicadeza en él. Su boca besaba la mía con una voracidad salvaje, raspando mi piel con su barba, para luego bajar rápidamente buscando mi pecho, atrapándolo y mordiendo y succionando con dureza mis pezones, lo que me arrancaba gemidos intensos de la garganta. El dolor mezclado con el placer extremo me hacía arquearme y arañarle la espalda con las uñas. —Qué deliciosos pechos tienes… ricos, grandes, perfectos para chuparlos siempre —decía sofocado. Cada golpe de sus caderas contra las mías producía un sonido húmedo y sucio que marcaba el paso de nuestra locura. Me penetraba como un hombre poseído, me dominaba como un macho a su hembra. Mi cuerpo respondía a cada embestida con espasmos involuntarios; la fricción de su verga chocando contra mis paredes internas me estaba llevando directo al límite. Sus labios abandonaron mi busto para subir hasta mi cuello, dejando besos húmedos y mordiscos posesivos mientras aumentaba el ritmo. Aquello era un frenesí asfixiante. Yo ya no gemía; le suplicaba que no parara. Sentía el sudor de su frente goteando sobre mi abdomen mientras él gruñía cerca de mi oído, un sonido gutural, masculino y cargado de satisfacción. —¡Te voy a llenar! ¡Voy a soltar toda mi leche, puta! La tensión en mi vientre se volvió insoportable, un nudo de calor sofocante que terminó por estallar en un clímax que me hizo sacudir la cadera contra la suya. Las paredes de mi concha se apretaron como un puño alrededor de su verga tiesa, dándome un orgasmo explosivo que me hizo temblar entera, justo cuando él encajó una última estocada al fondo y empezó a vaciarse a chorros dentro de mí. —¡Sí! ¡Dámela toda! ¡Lléname de leche! Un dolor de cabeza espantoso me sacó de ese placentero sueño. Poco a poco, los restos del recuerdo se desvanecieron. Abrí los ojos sintiendo que el cerebro se me iba a reventar. Parpadeé varias veces para ajustar la vista. La luz del sol se metía a la fuerza por una rendija de las cortinas. Mi boca estaba seca, como si hubiera tragado arena, y mi garganta ardía por los gritos que no recordaba haber emitido. Miré hacia arriba. El techo no era el blanco de mi apartamento; era de vigas de madera costosa, y las paredes tenían un papel elegante. Un ventanal enorme dejaba ver las copas de unos árboles altos, bañados por la luz fría de la primera hora de la mañana. Traté de mover las piernas, pero los dolores musculares no lo permitieron. En mi entrepierna sentía un ardor caliente, y la piel de los muslos estaba toda pegajosa. Las sábanas de seda que cubrían mi cuerpo desnudo tenían un perfume masculino penetrante. El sudor frío de la incertidumbre empezó a crecer en mi nuca. ¿Dónde demonios estoy? ¿Qué pasó anoche? Los recuerdos de horas atrás eran un rompecabezas al que le faltaban piezas. Recordaba la música fuerte, varias copas de licor en la mano, gente riéndose... luego una neblina que lo cubría todo hasta llegar al recuerdo del pecho aplastado, los gemidos en la oscuridad y las embestidas de ese cuerpo imponente. Quise saltar de la cama para buscar mi ropa y salir huyendo de ahí, pero no pude. Un brazo enorme, grueso y cubierto de un denso vello oscuro me cruzaba la cintura. Tenía una mano grande agarrada a mi cadera que me dejaba atrapada en la cama. El desconocido quemaba; era el mismo calor de la noche anterior. El corazón empezó a latir frenéticamente contra mis costillas. Contuve el aliento, sintiendo cómo mi pecho sensible subía y bajaba de manera irregular. Tragué saliva y, muy despacio, fui girando la cabeza hacia el lado derecho de la almohada. A pocos centímetros de mí dormía un hombre. Tenía un rostro de facciones maduras, con una barba negra bien poblada y algunas canas que le asomaban. Era grande, robusto, de hombros anchos que ocupaban parte del colchón. Respiraba pesado, profundo, ajeno al caos que se estaba desatando dentro de mí. Era el mismo que me había poseído en la oscuridad. El que me usó a su antojo y que todavía me tenía amarrada a su cuerpo en una habitación extraña. Pero lo peor de todo no era eso... Es que el extraño no lo era en absoluto.El monitor cardíaco junto a la cama emitía un zumbido rítmico y monótono que marcaba el pulso de las horas en la habitación privada. La luz de la tarde se filtraba a través de las persianas de aluminio, proyectando líneas horizontales sobre las sábanas blancas donde Karen yacía con la vista fija en el techo, inmersa en un letargo espeso inducido por los calmantes. La vía intravenosa continuaba suministrando el suero necesario para mantener relajado el tejido uterino, borrando cualquier rastro de la fuerza implacable que la había sostenido en el salón de baile la noche anterior. Un golpe discreto en la madera precedió el crujido de la puerta al abrirse. Chloe entró con el paso silencioso, enfundada en una bata blanca que le quedaba ligeramente holgada sobre los hombros y con el estetoscopio colgado al cuello. Trabajaba en el mismo complejo hospitalario, se había enterado del ingreso de emergencia a través de la red interna de avisos y había cruzado al ala de ginecología tan pronto co
El trayecto hacia el hospital transcurrió en un mutismo tenso.Karen no gritó ni se lamentó. Su cuerpo simplemente se dobló sobre el asiento trasero del sedán, con los ojos cerrados de golpe y las manos aferradas al bajo vientre en una mueca de dolor tan brutal que le robaba el aliento antes de dejarla emitir sonido alguno. Un hilo de sudor frío le empapaba las sienes, mezclándose con el maquillaje, mientras la palidez de su rostro adquiría un tono ceniciento.Richard no dio órdenes a los gritos ni hubo rastro del empresario implacable. Tenía los dedos de ambas manos enterrados en su propio cabello, tirando de los mechones con una fuerza desesperada mientras la atraía hacia su regazo. La respiración se le atoraba en la garganta, convertida en un jadeo corto y tembloroso que le quemaba el pecho.—Amor mío... Mírame. Por favor, abre los ojos —susurró él, con la voz rota, perdiendo por completo la compostura al notar que la piel de ella estaba helada y el pulso en su cuello se volvía pel
El teléfono no paró de sonar en toda la tarde. Victoria operó desde las sombras con la precisión quirúrgica de una víbora herida de muerte, usando los favores pendientes de viejos amantes, las deudas de juego de algún directivo en bancarrota y el chisme más sonado como moneda de cambio. Para cuando el sol comenzó a retirarse de la bahía, la trampa estaba tejida: una exclusiva gala benéfica en el hotel The Grand Regent, el epicentro donde la alta sociedad de la ciudad iba a pavonearse fingiendo filantropía mientras se clavan puñales por la espalda. Ese era el terreno; el lugar donde su apellido todavía pesaba lo suficiente para abrir puertas y donde una advenediza sin cuna estirada sería devorada viva sin que nadie manchara sus trajes de alta costura. Cuando Richard recibió la invitación en su despacho, una tarjeta de papel costoso con caligrafía dorada firmada por el comité directivo, la arrugó en su puño con tanta fuerza que el cartón quedó reducido a pulpa. —Es una provocación dir
El eco del teléfono resonó en el departamento de lujo de Victoria Miller como una bofetada sorda. A sus cuarenta y cinco años, la piel de su rostro estirada por un tratamiento reciente y una ración obscena de bótox le daban una expresión perpetua de sorpresa congelada, un esfuerzo patético y desesperado por detener el tiempo que los cirujanos plásticos le cobraban a precio de oro. Frente al espejo del tocador, rodeada de frascos carísimos que prometían milagros imposibles, se apretó las sienes con las uñas postizas recién pintadas de rojo carmesí.Estaba jodidamente arruinada. Otra vez.El imbécil con el que se había estado acostando la semana pasada, un instructor de tenis con la mitad de su edad y la inteligencia de un ladrillo, había desaparecido con diez mil dólares de su chequera mientras ella dormía la cruda. Era una maldita constante en su vida: le encantaban los culos jóvenes, los tíos musculosos y los despliegues de falsa adulación, pero todos terminan secándole las cuentas b






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