Mag-log inDaniela recorrió con la mirada a todos los presentes.
Nadie parecía sorprendido.
Como si Antonio hubiera formado parte de sus planes desde el principio.
Antes de que pudiera asimilar aquella locura, la voz de Ernesto resonó primero.
"Estamos de acuerdo."
Todas las miradas se dirigieron hacia él.
"Siempre que la boda se celebre esta misma noche y el buen nombre de nuestras familias permanezca intacto."
Daniela miró a su padre con absoluta incredulidad.
Apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se clavaron en las palmas de sus manos.
Nadie le preguntó qué opinaba.
Nadie pidió su consentimiento.
Después de destrozar su vida con decisiones unilaterales, seguían actuando como si Daniela no fuera más que una pieza dentro de un acuerdo entre familias.
Varias personas se acercaron enseguida para conducirla al salón de maquillaje.
Daniela caminó en silencio, pero en sus ojos se reflejaban un dolor y una rabia cada vez más profundos.
***
Aquella noche, el salón de bodas volvió a bañarse bajo el resplandor de las lámparas de cristal.
La melodía de la música clásica llenaba cada rincón mientras Daniela avanzaba con un vestido de novia blanco.
Un delicado velo descendía desde su cabeza hasta cubrirle el pecho.
Con pasos lentos, recorrió la alfombra roja en dirección al altar.
A lo largo del camino comenzaron a escucharse los murmullos de los invitados.
Miradas de curiosidad, desconcierto e incluso desprecio la seguían con cada paso.
Pero Daniela continuó caminando.
No volvió la cabeza ni una sola vez.
"Oye, ¿no se suponía que el novio era Gilberto?"
"Sí. ¿Por qué ahora es otro hombre?"
"Es Antonio de la Vega."
"¿Antonio? ¿No era el hijo ilegítimo que llevaba años viviendo en el extranjero?"
"Eso dicen. La familia De la Vega casi nunca lo ha reconocido."
"Entonces, ¿por qué es él quien va a casarse con Daniela?"
"¿Será que ocurrió algo antes de la boda?"
Los susurros llegaban desde todas las direcciones.
Cada palabra llegaba con claridad a los oídos de Daniela.
Las miradas seguían clavadas en ella, haciendo que respirar le resultara cada vez más difícil.
Apretó con más fuerza el ramo de rosas blancas que sostenía entre las manos, intentando ignorar todas aquellas voces que buscaban hundirla.
Se obligó a mantener la vista al frente.
Al final del altar, un hombre ya esperaba de pie junto al sacerdote.
Cuanto más se acercaba, más se le cortaba la respiración.
Sus pasos comenzaron a hacerse más lentos.
Sus dedos se aferraron con más fuerza al ramo.
No...
La mirada de Daniela quedó inmóvil.
El hombre vestía un traje negro confeccionado a la perfección.
Era alto, de hombros anchos y con la misma mandíbula firme que ella recordaba.
Entonces, aquellos ojos oscuros se fijaron directamente en ella.
Fríos.
Impenetrables.
En un instante, todos los acontecimientos de aquella mañana cruzaron de nuevo por la mente de Daniela.
El pasillo del hotel.
Los brazos que la habían salvado.
La suite.
La cicatriz en su brazo izquierdo.
El corazón de Daniela comenzó a latir con fuerza.
El hombre que estaba de pie en el altar...
Era el mismo hombre que había encontrado en la habitación del hotel aquella misma mañana.
Cuando él extendió la mano derecha hacia ella, el puño de la manga de su chaqueta se levantó ligeramente.
La mirada de Daniela se clavó de inmediato en el brazo izquierdo que quedó brevemente al descubierto.
Aquella larga cicatriz.
La respiración de Daniela se detuvo.
Sintió como si su corazón hubiera dejado de latir.
Los recuerdos de aquella mañana volvieron a invadir su mente.
El pasillo del hotel.
Aquella mirada fría e imposible de descifrar.
La suite.
Y la misma cicatriz.
Daniela contempló el rostro del hombre que tenía delante con los ojos abiertos de par en par.
No podía ser...
El hombre que había encontrado en la habitación del hotel aquella mañana.
El hombre que había afirmado no saber nada.
El hombre que ella estaba convencida de que había conspirado con Gilberto.
Era Antonio de la Vega.
Todos los acontecimientos de la noche anterior pasaron fugazmente por la mente de Daniela. Camila desapareciendo de repente. El hombre de la gastada chaqueta de cuero arrastrándola hacia la habitación del hotel.
Antonio apareciendo justo frente a la suite.
Y ahora, ese mismo hombre estaba a su lado como su esposo.
Los dedos de Daniela temblaron al aceptar la mano que Antonio le tendía. No apartó la mirada de aquellos profundos ojos oscuros que permanecían serenos, como si nada hubiera ocurrido.
Entonces, una certeza golpeó su mente.
Nada de aquello era una coincidencia.
Antonio debía de haber estado compinchado con Gilberto desde el principio. Entre los dos la habían tendido una trampa, habían destruido su vida y ahora la obligaban a permanecer frente al altar.
—¡A partir de hoy, ningún archivo volverá a ocultarse para proteger el prestigio de nadie dentro de esta organización!Antonio se dirigió al micrófono principal del estrado. Su voz grave resonó por toda la sala de audiencias de Ginebra, haciendo que las conversaciones entre los miembros del consejo cesaran de inmediato.Con la mirada fija en las filas de los altos mandos de la organización, dejó claro que Fénix Dorado llevaría a cabo una auditoría exhaustiva de todas sus líneas de negocio a nivel mundial, sin excepción alguna, ni siquiera para aquellos que hasta entonces se habían amparado en sus cargos y en la influencia de sus familias.Toda infracción de la ley, abuso de autoridad o manipulación de documentos sería sancionada de acuerdo con los estatutos de la organización y la legislación internacional vigente. Nadie recibiría un trato privilegiado por pertenecer a una familia poderosa o mantener una relación cercana con sus dirigentes.En las últimas filas, Don Fernando permanecí
—¡El nombre de Mateo figura en los archivos históricos de la organización como el de una persona que murió durante un incidente de seguridad hace décadas!Valverde señaló a Mateo con la mano temblorosa. Su voz se elevó, rompiendo el silencio de la sala de audiencias de Ginebra, que acababa de escuchar el testimonio de aquel hombre.—¿Cómo es posible que alguien declarado muerto aparezca aquí y afirme ser testigo?Nadie respondió de inmediato. Cientos de miembros del consejo dirigieron la mirada hacia Mateo, esperando una explicación por la aparición de alguien a quien durante décadas habían dado por muerto.Mateo no se inmutó ante los gritos. Permaneció frente al micrófono, mirando al presidente de la audiencia con expresión serena. Solo cuando Valverde terminó de lanzar sus acusaciones, abrió la vieja carpeta que había llevado consigo.—La facción Valverde se encargó deliberadamente de mantenerme muerto en los registros para poder apoderarse de los archivos heredados de Elena —respon
—Los registros de las transacciones financieras han sido verificados por tres bancos internacionales.La voz de un miembro del equipo de auditoría resonó con claridad por toda la sala de audiencias de Ginebra. Ante cientos de miembros del consejo, leyó los detalles de los movimientos de fondos consignados en el informe oficial. La enorme pantalla mostró transferencias por sumas exorbitantes, dejando al descubierto el flujo de dinero desde las cuentas privadas de la facción Valverde hacia el candidato rival.El hombre que permanecía de pie en un rincón de la sala se quedó sin palabras. Su rostro se tensó y sus rodillas comenzaron a temblar. Agachó profundamente la cabeza para evitar las miradas penetrantes de los altos mandos del consejo, que ahora estaban fijas en él.A unos pasos de distancia, Doña Carmen apretó con tanta fuerza los reposabrazos de su silla de ruedas que los nudillos se le pusieron blancos. Respiraba agitadamente y su rostro fue perdiendo el color poco a poco.—¡Eso
—¡Antonio! ¡Detente ahí y responde nuestras preguntas de una vez!Don Fernando golpeó con su bastón de madera el suelo de la sala, cubierto por una gruesa alfombra. Su voz resonó entre las imponentes paredes del recinto, repleto de líderes internacionales. Todavía intentaba dirigirse a Antonio con tono autoritario, tal como lo hacía cuando ambos estaban en la residencia de los De la Vega.Sin embargo, esta vez sus órdenes ya no significaban nada.Los funcionarios internacionales y los guardias armados seguían mirando hacia el estrado principal. Nadie se volvió para mostrarle respeto. Para ellos, Don Fernando no era más que un familiar que intentaba interferir en una audiencia oficial.El rostro del anciano se enrojeció. Aceleró el paso hacia el estrado, pero dos guardias corpulentos se interpusieron de inmediato en su camino.—¡Exijo que me des una explicación en privado, Antonio! —gritó, mirando a su yerno con los ojos encendidos de ira—. ¡No puedes ignorar a la familia que te acogió
—¡El Líder Supremo de Fénix Dorado, el señor Antonio!El anuncio oficial resonó por todo el salón cuando las pesadas puertas dobles de madera se abrieron de par en par. El título, pronunciado con profundo respeto, atrajo la atención de los cientos de asistentes hacia el hombre que acababa de aparecer en el umbral.En la última fila, Don Fernando se quedó paralizado. El bastón de madera que había sostenido hasta entonces se le escapó de las manos y cayó sobre la alfombra. Ni siquiera se apresuró a recogerlo, como si su mente aún fuera incapaz de asimilar lo que acababa de escuchar.Doña Carmen se aferró a los reposabrazos de su silla de ruedas. El rostro perdió todo su color mientras sus ojos permanecían fijos en Antonio, quien avanzaba hacia el estrado junto a Daniela.El hombre al que tanto habían despreciado no mostraba ni un ápice de nerviosismo. Con un brazo alrededor de la cintura de su esposa, Antonio subió los escalones del estrado y se colocó frente a todos los asistentes. El
—¡Cierren la puerta! ¡Llévenme ahora mismo a la primera fila!Doña Carmen reprendió a sus guardaespaldas mientras empujaban su silla de ruedas hacia el interior del imponente salón del edificio donde se celebraba la audiencia en Ginebra. Su voz aguda interrumpió las conversaciones cerca de la entrada. Don Fernando caminaba rígidamente a su lado, aferrado al bastón de madera mientras intentaba mantener una expresión de seguridad.Acababan de llegar a Europa y se habían dirigido directamente al edificio donde se celebraba el foro internacional de negocios. Habían viajado expresamente para presenciar la caída de Antonio, el hombre al que durante tanto tiempo habían acusado de ser un estafador y una amenaza para los intereses de la familia De la Vega. Estaban convencidos de que el consorcio global lo acorralaría y de que ellos podrían observarlo todo de cerca.Sin embargo, en cuanto se abrieron las dos enormes puertas ornamentadas con detalles dorados, Don Fernando se detuvo en seco.Dent







