INICIAR SESIÓN—¿Dónde están mis padres? —preguntó Rose, con la voz serena pero cargada de una tristeza latente.
Clarisa, que aún mantenía su enojo visible en la forma en que apretaba los labios, bajó la mirada con cierta culpa antes de responder.
—Se han ido.
En ese instante, Rose entendió todo. Claro que se habían ido. Sabía perfectamente a dónde.
—¿Acaso ellos…? —empezó a decir Clarisa, pero no pudo terminar la pregunta.
—Sí —confirmó Rose, con una pequeña sonrisa amarga—. Fueron con ella.
La realidad se desplegaba frente a sus ojos como una cruel revelación. El día de su boda, su prometido no estaba. Sus padres no estaban. Su hermano menor tampoco. Las personas que debían ser su apoyo en un día tan importante, las que debían sostenerla y acompañarla, la habían dejado sola para correr hacia Isabel.
Clarisa se movió inquieta, visiblemente molesta.
—Esto es increíble —dijo con una furia contenida—. No puedo creer que tus padres no se den cuenta y caigan ante las falsedades de una mujer tan viciosa como Isabel. ¿Es que no ven lo que está haciendo? Siempre es la víctima perfecta. Y Asher… —apretó los puños—. Debería haber sabido que no se podía confiar en ese hombre.
El ruido del exterior se hizo cada vez más fuerte. Los murmullos se convertían en conversaciones, las conversaciones en risas, y las risas en burlas. Los medios estarían disfrutando cada segundo del espectáculo que, sin quererlo, se había convertido en su desgracia pública.
Rose levantó el rostro, con su expresión serena pero sus ojos brillando con una mezcla de resignación y determinación.
—Clarisa —dijo con suavidad—, por favor, ayúdame con los invitados.
Su amiga la miró con duda, pero al final asintió, con la mandíbula tensa.
—Está bien, pero no pienso quedarme callada —advirtió antes de girarse y salir de la habitación, cerrando la puerta tras ella.
El silencio se adueñó del lugar de inmediato.
Por primera vez en lo que parecía una eternidad, Rose estaba completamente sola.
De repente, el sonido de su celular rompió la quietud.
Asher.
El nombre parpadeaba en la pantalla como un recordatorio cruel de todo lo que había sucedido. Llamaba, quizás esperando una respuesta comprensiva, quizás esperando que ella dijera "lo entiendo". Pero Rose no hizo el intento de tomar el aparato. No quería escucharlo, no quería oír su voz pidiéndole paciencia. No quería saber nada de él.
En cambio, llevó las manos a su velo y lo retiró lentamente, dejando que la delicada tela resbalara por sus brazos hasta caer al suelo con suavidad.
Luego volvió a mirar su reflejo en el espejo.
La imagen frente a ella era impecable: el vestido blanco aún reluciente, el maquillaje sin un solo error, el cabello en perfectas ondas. Pero debajo de esa fachada sin emociones, su corazón había experimentado su parte de altibajos, plagado de agujeros que nadie parecía notar.
Nadie parecía importarle.
Rose se puso de pie y decidió salir de ese lugar.
…
En el interior del auto se desprendía un aire de absoluta elegancia. Los asientos de cuero negro estaban impecablemente cuidados, y el ambiente se mantenía en un silencio solemne, solo roto por la voz tranquila de Carlos Smith, Secretario General.
—Señor, hemos recibido noticias del Ministerio de Relaciones Exteriores. El Primer Ministro de Forwill estará aquí a las 9:30 de esta noche. Cuando llegue el momento, deberá asistir al salón del Ministerio para reunirse oficialmente con ellos.
El hombre que iba en el asiento trasero apenas reaccionó. Su presencia era imponente, aunque no pronunciara muchas palabras. Su postura era impecable, con la cabeza y el cuello erguidos, exudando un aire de dominio natural.
—Sí —respondió con un tono ligero, sin apartar la mirada del documento que sostenía entre sus dedos.
Sus ojos negros y fríos no reflejaban ninguna emoción. Su presencia sola imponía respeto, y su madurez y nobleza se sentían incluso en su silencio.
Cuando el automóvil pasó frente al castillo, sus ojos se alzaron levemente, observando la multitud reunida en el exterior. Con un ligero movimiento de la mano, le indicó al chofer que se detuviera.
El conductor frenó de inmediato, sorprendido por la repentina orden.
Carlos también se giró, sin poder disimular su desconcierto.
—¿Qué sucede, señor?
El hombre mantuvo la mirada fija en el castillo durante unos segundos antes de hablar.
—¿Qué es este lugar?
Carlos tardó un segundo en procesar la pregunta antes de responder con precisión:
—Es el castillo Everlove, señor. Es conocido por las muchas historias románticas que circulan alrededor de él, por lo que lo llaman el "Castillo del Amor". Actualmente, se está llevando a cabo una boda entre dos de las familias más poderosas de la ciudad, los Hamilton y los White. Se dice que incluso el alcalde va a asistir.
Carlos hizo una pausa y luego preguntó con cierta prudencia:
—¿Le gustaría entrar y echar un vistazo?
El hombre guardó silencio, su mirada oscura aún fija en la edificación. No mostraba emoción alguna, pero su análisis era evidente.
Finalmente, giró el rostro con indiferencia y murmuró:
—No hay necesidad.
Apartó la vista con frialdad y ordenó:
—Vamos.
—Sí, señor —respondió el chofer de inmediato, reanudando la marcha.
El automóvil negro giró en la siguiente calle, alejándose del bullicio de la boda. Sin embargo, al adentrarse en el camino trasero del castillo, la escena cambió por completo.
El lugar estaba desolado, sumido en una inquietante calma, a excepción de una solitaria figura vestida de blanco.
Los ojos del hombre en el asiento trasero se entrecerraron con frialdad mientras observaba la escena con distancia. A unos cien metros, una mujer con un vestido de novia había salido por la puerta trasera del castillo.
Se veía delicada, pero su expresión estaba perdida, como si no supiera hacia dónde ir.
Su mirada se alzó lentamente.
Esos ojos avellana, claros y fríos, estaban rotos, como un cristal agrietado al borde de la fractura.
Aunque llevaba su traje de novia, su largo cabello oscuro caía libremente sobre sus hombros. No llevaba velo. No tenía coronas de flores ni joyas que la adornaran. Solo una silueta frágil envuelta en un blanco impoluto.
El vestido ondeaba ligeramente con la brisa de la tarde, dándole un aspecto etéreo, casi irreal. Era como un espectro perdido en el tiempo, un fantasma sin hogar.
El hombre, con la mirada fija en ella, pronunció de repente:
—Espera.
El chofer detuvo el auto bruscamente.
Carlos, su secretario, levantó la vista y siguió la dirección de la mirada de su jefe.
En cuanto vio a la mujer de blanco, sus ojos se abrieron con sorpresa.
—Esa es… la señorita Hamilton. —Su voz reflejaba su incredulidad—. No debería estar casándose en este momento.
Era evidente que algo no estaba bien. Una novia sola, vagando sin rumbo en la parte trasera del castillo, lejos de la celebración que debía estar ocurriendo dentro.
Carlos abrió la boca para hacer otra pregunta, pero su jefe lo interrumpió con una orden inesperada:
—Golpéala con el auto.
Un escalofrío recorrió la espalda de Carlos.
—¿Señor? —preguntó, pensando que tal vez había oído mal.
Pero la expresión del hombre permaneció inmutable.
—Lo que escuchaste.
Carlos tragó saliva y miró nuevamente a la mujer.
El viento levantó un poco la tela del vestido de Rose, dándole una apariencia aún más frágil y desprotegida.
¿Qué demonios estaba pasando aquí?
El sol brillaba con fuerza aquella mañana en la capital de Nuevo Milenio. Las banderas ondeaban con orgullo, los periódicos llevaban su rostro en la portada y la noticia recorría cada rincón del país: Dorian Rockwell había sido reelegido como presidente por segunda vez consecutiva.Había demostrado ser un líder justo, firme, con una visión clara para el desarrollo de la ciudad y una habilidad nata para resolver crisis. Su trabajo impecable lo había hecho merecedor del reconocimiento de todos, incluso de sus antiguos opositores.En el salón de la villa presidencial, decorado con flores frescas y banderas de la nación, la familia Rockwell celebraba en privado. Rose estaba sentada en uno de los sillones con una copa de jugo en la mano, mientras observaba con orgullo a su esposo hablando con sus colaboradores.Cuando Dorian terminó de despedirse de todos y se acercó a ella, Rose se levantó para abrazarlo.—Lo lograste otra vez —le susurró en el oído—. Y no solo eso… Lo hiciste mejor que n
Isabel se dejó caer nuevamente en el sillón, agotada. Su voz se redujo a un susurro.—Pero algún día… ella pagará. No sé cómo. No sé cuándo. Pero me las va a pagar todas.Bianca no dijo nada, pero un destello de su vieja malicia brilló por un instante en sus ojos.En la oscuridad de su pequeño apartamento, Bianca repasaba en voz baja su plan. Su rostro reflejaba una mezcla de ira y desesperación. Sabía que la única forma de arrebatarle todo a Rose no era solo con palabras, sino con acciones.—Esta vez no solo la haré perder su felicidad… la haré desaparecer para siempre —murmuró, mientras dibujaba un esquema con nombres y lugares en un tablero improvisado.Sabía que Rose siempre pasaba por un parque cuando llevaba a Amara a la escuela. Un lugar perfecto para una “accidente”.…Rose dejó a la pequeña Amara en la escuela con una sonrisa tranquila. La niña bajó del auto entusiasmada, con su mochila llena de colores y su vestido nuevo, regalo de Clarisa, quien se había convertido en la “t
Días después. Villa Rockwell.Carlos entregó en mano un sobre diferente a Rose. De papel grueso, lacrado, con el escudo de los Hamilton. Rose lo tomó con reservas. Dorian, a su lado, frunció el ceño.—¿Qué es esto ahora?Rose rompió el sello. Sus ojos leyeron las primeras líneas… y se quedó inmóvil.—¿Rose? —preguntó Dorian, tomándole el brazo.Ella levantó la vista. En sus manos temblorosas tenía un documento legal: una carta firmada por notario, con copia del testamento actualizado de Gerardo Hamilton.—Me está dejando todo… —susurró. Su voz era apenas un hilo—. Dice que si no lo acepto… la herencia pasará a mi hija directamente.Dorian quedó en silencio.—Está presionándome —dijo ella con dolor en el rostro—. No por amor, no por redención. Solo porque quiere que la niña lleve su apellido. Su linaje. ¡Ni siquiera sabe su nombre!—¿Qué vas a hacer?Rose cerró los ojos. Tenía el poder en las manos. Podía rechazarlo todo y romper definitivamente con los Hamilton. Pero si aceptaba…—Voy
Sabían que Isabel no era una Hamilton.Y peor aún… que Rose sí lo era.Bianca abrió el cajón inferior del tocador y sacó una caja de madera pequeña, la abrió con manos temblorosas y tomó una fotografía antigua: una de ella, joven, embarazada… junto a un hombre que no era Walter.El rostro de aquel hombre estaba parcialmente quemado con un cigarro.—Te maldigo por haber aparecido, Rose… —susurró, con un nudo en la garganta—. Tú eras un error que nunca debió regresar. Te mandamos lejos. ¡Te saqué de esta familia! ¡Te borré!La furia se transformó en lágrimas, pero no de arrepentimiento. Bianca no lloraba por remordimiento, lloraba por su derrota.Su plan se había ido a pique. Isabel jamás se casaría con Asher, los Hamilton jamás la volverían a ver como la esposa ejemplar de Walter. Su linaje, su reputación, su poder… todo se deshacía entre sus dedos.En ese momento, la puerta se abrió sin permiso. Isabel entró, con el maquillaje corrido, el vestido de novia rasgado y la mirada vacía.—¿
Adela rompió a llorar, cayendo de rodillas junto a la cama.—Sé que no merezco tu perdón. Lo sé… pero te juro que me arrepiento de cada decisión, de cada silencio, de cada rechazo. Solo quiero estar aquí para ti. Ayudarte… si me dejas.Rose desvió la mirada hacia la ventana, su respiración agitada. Después de unos segundos, volvió a mirarla.—Si realmente quieres hacer algo por mí… entonces respétame. Respeta mi espacio, mi proceso. No me presiones. Necesito paz, mamá… por mi bebé… por mí.Las lágrimas rodaban por el rostro de Adela. Asintió lentamente.—Te daré lo que necesitas. Solo… solo espero que algún día puedas perdonarme.Se puso de pie, con el alma rota, y sin decir más, salió de la habitación. Dorian se acercó de inmediato, tomando nuevamente la mano de Rose. Ella cerró los ojos, sintiendo por primera vez en días un poco de alivio.Sabía que aún quedaba mucho por resolver… pero ese momento era suyo. De ella. De su hijo. De su futuro.Mientras en el hospital Rose trataba de e
Todos giraron la vista hacia él. La tensión era tan densa que apenas se podía respirar. Los ojos de Henry se abrieron de par en par.—¿Padre? —susurró, apenas conteniéndose—. ¿Qué tiene que ver él con todo esto?Adela tragó saliva y continuó:—Lo que nadie sabe es que… aunque tú no seas su padre… Rose sí es una Hamilton.Los murmullos comenzaron a alzarse entre los presentes. Isabel retrocedió un paso, sin entender nada. Bianca apretó los dientes, sintiendo cómo la situación se le escapaba por completo.Y entonces, Gerardo, con el rostro severo y la espalda recta como siempre, dio un paso al frente. Su voz, grave y pausada, llenó la sala.—Porque Rose… es mi hija.El silencio fue absoluto. Todos estaban paralizados, con los ojos clavados en el anciano.—¿Qué dijiste? —murmuró Henry, su voz apenas audible—. ¿Tú… qué…?Se acercó a él, como si no pudiera comprender lo que acababa de escuchar.—Rose es hija mía —repitió Gerardo—. Adela… y yo… fuimos amantes mucho antes de que tú te casara







