MasukA Claire la traicionaron las personas que más amaba. Su propio esposo, Nathan Sterling, la metió a la cárcel para deshacerse de ella y meter a su amante a la casa. Y lo peor: su propio hijo testificó en su contra sin piedad. El día que Claire sale de prisión, Nathan tiene el descaro de exigirle que regrese, pero oculta, como una sombra y solo de nombre. Su hijo ni siquiera la puede ver a los ojos. ¿Perdonarlos? ¡Ni loca! Claire les pide el divorcio de inmediato y contrata a Carter Thorne, el peor enemigo de su ex. Carter no le tiene lástima; le da el plan perfecto para destruirlos. El divorcio destruye la reputación de Nathan. Claire lo deja en la calle, quitándole todo su dinero y el poder que creía tener. Libre de ese infierno, ella empieza desde cero, su carrera despega y su nombre vuelve a valer una fortuna por sí mismo. Mientras ella triunfa, la vida de Nathan se va al demonio. Su querida amante lo traiciona y su hijo se da cuenta, demasiado tarde, del error que cometió. Toda la familia que vendió a Claire se está cayendo a pedazos. Ahora, Nathan y su hijo van a buscarla, arrastrándose y pidiéndole perdón como si nada hubiera pasado. Claire solo sonríe. El juego cambió. Ahora es ella quien tiene el control, y no tiene ninguna prisa por verlos sufrir.
Lihat lebih banyakClaire
— ¡NO! ¡CON ÉL NO! ¡MAX!
El grito me desgarró la garganta antes de que me diera cuenta de que era mi propia voz.
Luego, un golpe seco. El sonido horrible del metal aplastando carne y un quejido ahogado que se apagó en un segundo.
El deportivo rojo de Isabella frenó en seco, haciendo rechinar las llantas a solo unos metros de mí. Max, mi perro, me había empujado al césped para salvarme la vida.
Mi Max. Mi bebé. Ahora era solo un cuerpo inmóvil sobre la grava blanca, mientras una mancha de sangre se expandía a una velocidad aterradora bajo su pelaje dorado.
— Max... no, no, por favor, mi bebé...
Rompí a llorar y me arrastré hacia él. Las manos me temblaban tanto que no podía controlarlas.
Isabella, la verdadera dueña del corazón de mi esposo, se bajó del auto. Se tapó la boca perfectamente pintada con una mano, fingiendo sorpresa. Ni un solo pelo de su perfecto cabello rubio se había movido.
— ¡Ay, Dios mío, Claire! ¡No lo vi! ¡Salió de la nada!
Su voz temblaba, pero sus ojos... sus malditos ojos estaban fríos, brillando con una satisfacción enferma. Ella no estaba mirando al perro. Estaba disfrutando ver cómo me destruía.
— ¡Lo hiciste a propósito! —escupí, con la voz rota por el dolor—. ¡Aceleraste! ¡Te vi!
Me puse de pie de un salto, con la adrenalina borrando todo el dolor de mi cuerpo. Me abalancé sobre ella, enterrando mis uñas en su costoso abrigo de cachemira, sacudiéndola con la fuerza que me quedaba.
— ¡Asesina! ¡Lo mataste! ¡Eres un monstruo!
— ¡Suéltala ahora mismo!
Una mano de hierro me agarró la muñeca, apretando tan fuerte que sentí que me rompería los huesos.
Nathan. Mi esposo.
Ni siquiera miró a Max. No le importó un carajo el cuerpo del animal que había vivido con nosotros durante siete años. Con un movimiento brutal, me arrancó de encima de Isabella y me arrojó al suelo.
Mis palmas se rasparon contra las piedras. El dolor me llegó hasta los codos.
— ¡Nathan, ella lo mató! ¡Mira a Max! —grité, señalando el cuerpo sin vida.
Él ni se molestó en voltear. Ya estaba abrazando a Isabella, susurrándole cosas al oído mientras ella fingía llorar en su hombro.
— Ya pasó, Bella. Ya estoy aquí. Estás a salvo.
En ese momento, escuché unos pasos rápidos.
Ben, mi hijo de seis años, venía corriendo. Se abrazó a la pierna de Isabella y me clavó una mirada de puro odio.
— ¡Mamá está loca! ¡Le está pegando a la tía Bella! ¡Papá, llama a la policía! ¡Llévense a esa mamá mala!
— Eso voy a hacer, Ben —respondió Nathan, con una voz fría y cortante.
Sacó su teléfono y me miró por última vez. No había piedad en sus ojos, solo un asco profundo.
— ¿Hola? Mi esposa está teniendo un ataque de locura. Acaba de agredir a mi amiga. Vengan rápido.
El mundo se volvió borroso. Vi a Nathan colgar con total indiferencia mientras le acariciaba el cabello a mi hijo para calmarlo. Isabella seguía abrazada a su pecho, llorando lágrimas falsas.
Intenté levantarme para correr hacia Max, pero Nathan me bloqueó el paso con brusquedad.
— No te acerques a ellos, Claire. Estás desquiciada. Quédate ahí.
Cuando las sirenas empezaron a sonar, ni siquiera me defendí. Dos policías se bajaron de la patrulla. Nathan los recibió como si estuviera hablando de un problema sin importancia.
— Perdió la cabeza por culpa del perro. Se le echó encima a mi amiga e intentó estrangularla. Temo por la seguridad de mi hijo.
— ¡Eso es mentira! —grité, quedándome casi sin voz—. ¡Ella mató a Max! ¡Aceleró a propósito!
Pero, ¿quién le iba a creer a una mujer cubierta de tierra y sangre, despeinada y gritando como loca? Los policías se miraron entre sí. Uno de ellos me agarró del brazo.
— Ya, señora, acompáñenos con calma.
— Nathan, no puedes hacerme esto... —susurré mientras me ponían las esposas. El metal frío me lastimó la piel—. ¡Soy tu esposa!
Él ni me respondió. Simplemente puso una mano en el hombro de Isabella y la guió hacia el interior de la casa. Ben ni siquiera volteó a mirarme.
Me empujaron al asiento trasero de la patrulla. A través de la ventana, vi el cuerpo de Max, tirado solo en la grava. Ni siquiera se dignaron a taparlo. Ahí mismo, mientras el auto se alejaba, la última parte de mi corazón se rompió en mil pedazos.
Dos semanas después.
Las puertas de metal del centro de detención rechinaron. Ese sonido oxidado resonó con el vacío que sentía en el pecho.
Quince días en una celda sin ventanas. Quince días ahogándome en la oscuridad, gritando hasta que la garganta me sangró. Nathan nunca vino. Ningún abogado apareció. Nada. Solo el silencio y el olor a humedad.
Salí a la acera, parpadeando por la luz del mediodía. Mi ropa apestaba a encierro y mi cabello era un desastre.
El Bentley de Nathan estaba estacionado enfrente. Él estaba apoyado en el cofre, esperando. A su lado, Isabella llevaba a Ben de la mano. Llevaba un vestido de seda blanco impecable, como si quisiera restregarme en la cara lo limpia que estaba ella y lo miserable que era yo.
— Claire... —murmuró, dando unos pasos hacia mí con cara de lástima—. Quise venir. Nathan no quería, pero le dije que ya te había perdonado. Lo de Max fue horrible, pero tu violencia... en fin, lo importante es que ya saliste. Queremos dejar el pasado atrás por el bien de Ben.
Me tendió la mano con una sonrisa hipócrita, como quien le tira una moneda a un limosnero.
— ¿Ya escuchaste? —soltó Nathan en tono cortante, sin soltar su teléfono—. Isabella es una santa. Retiró la denuncia para sacarte de ahí. Ahora, súbete al auto. Ya diste suficiente espectáculo. Vas a regresar a casa, pedirás disculpas como se debe y te comportarás.
Ben se escondió detrás de Isabella, fulminándome con la mirada.
— ¡No quiero que venga! ¡Tía Bella, dile que se vaya!
De pronto, una calma extraña me recorrió el cuerpo. La tormenta que había llevado dentro durante quince días se congeló por completo. Miré esa escena de la familia perfecta: mi esposo, mi "mejor amiga" y mi propio hijo.
— No —dije secamente.
Nathan frunció el ceño, molesto.
— ¿Cómo que "no"? Déjate de berrinches, Claire. No tienes a dónde ir. Súbete al maldito auto.
— No me voy a subir a tu auto nunca más, Nathan. Y jamás volveré a pisar tu casa.
Le sostuve la mirada hasta que vi un destello de duda en sus ojos.
— Quiero el divorcio.
ClaireSeguí al mesero entre las mesas, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no trastabillar. Mi mente era un completo caos. Iba repasando las preguntas típicas en mi cabeza: ¿Por qué usted? ¿Cuáles son sus fortalezas?... Sentía que estaba a punto de presentar un examen final sin haber abierto un solo libro en los últimos diez años.Nos detuvimos frente a un reservado al fondo de la cafetería.Y ahí estaba él. Carter Thorne.El peor enemigo de Nathan. Un tipo con el que me había cruzado un par de veces en galas benéficas donde yo solo servía de adorno. En aquel entonces, ni siquiera se había dignado a mirarme; para él, yo solo era "la esposa de Sterling", un mueble más en la habitación. Hoy, yo era una mujer contra las cuerdas que venía a mendigarle un puesto.Ni siquiera levantó la mirada de su tableta.—Asiéntese —soltó. Su voz era grave, cortante, sin margen de réplica.Me deslicé en la banca con el corazón martilleándome en las sienes.Finalmente, levantó los ojos. Grises, fríos
ClaireQué pedazo de idiota.Aventé el teléfono sobre la barra de la cocina y el silencio regresó de golpe. Un silencio pesado, de esos que se te pegan al cuerpo.Me quedé ahí parada en la oscuridad de la cocina, dándole vueltas a sus estúpidas amenazas sobre mi supervivencia. Me daba asco. Me arrastré hasta el baño; necesitaba una buena ducha, tallarme la piel hasta quitarme el olor de ese maldito hombre de encima.Bajo el chorro de agua hirviendo, cerré los ojos. Pero las palabras de Nathan se repetían en mi cabeza como un maldito disco rayado: No tienes nada.Seis años.Seis años tragándome sus mentiras.Yo había sido la mejor de mi generación en Columbia, la que se iba a comer el mundo, la que iba a construir rascacielos. Y luego llegó Ben, las noches en vela y Nathan con su estúpido aire de protector: Descansa, mi amor, yo me encargo de todo.Lo que hizo fue ponerme una correa de oro puro. Cambié mis planos de fachadas por pañales orgánicos y citas con el pediatra.Y para colmo,
Nathan—Pasa —dije, sin molestarme en levantar la mirada de mis documentos.Mantuve la voz fría, con ese toque de desprecio que solía usar. Quería que sintiera el peso de su error desde el primer segundo.—Las condiciones siguen siendo las mismas, Claire. Le pides disculpas a Isabella y tal vez, solo tal vez, hablemos de tu regreso...—¿Nathan?Esa no era su voz. Era demasiado empalagosa.Levanté la mirada. Isabella estaba parada ahí con una taza humeante. La dejó en la esquina de mi escritorio con esa sonrisa de mosquita muerta que me estaba empezando a hartar.—Te ves tenso, mi amor. Te preparé un café. Como a ti te gusta —se paró detrás de mi silla y empezó a masajearme los hombros—. Estás hecho un nudo. Relájate.No respondí. Le di un sorbo al dichoso café. Una completa porquería. Estaba ácido y tenía un retrogusto horrible, como a perfume barato. Seguro era una de esas marcas de lujo carísimas que ella solía comprar. El café de Claire siempre era negro, cargado, perfecto; este sa
NathanHabía algo que no cuadraba en cuanto crucé la puerta.Me quedé un segundo en el recibidor, sintiendo el maletín de piel pesándome en el brazo. Normalmente, lo primero que te golpea al entrar es ese olor a limpio, una mezcla de cera cara y las orquídeas de Claire. Ahora, nada. El departamento olía a encierro, como si nadie hubiera pisado el lugar en años.Fruncí el ceño. Todo estaba demasiado callado para ser normal.Detrás de mí, el molesto taconeo de Isabella terminó por romper el silencio. Aventó su bolso sobre la consola de mármol sin siquiera mirar.—¡Por fin! —suspiró, barriendo el lugar con la mirada—. ¿Qué demonios le pasa a la servidumbre? ¿Acaso Henderson se jubiló y no me enteré?Obviamente no estaba. Claire debió haberla despedido antes de que la policía se la llevara arrastrando.Ben dejó caer su mochila en medio del pasillo. El golpe retumbó en todo el vestíbulo.—¡Tengo hambre, papá! —gritó.Isabella le dedicó esa sonrisa ensayada que siempre guarda para los fotóg






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