登入Mina—Estás siendo amable conmigo —dije—. No confío en ti cuando eres amable conmigo.—Siempre soy amable contigo.—Eres amable conmigo cuando quieres algo.Lo había dicho sin querer decir nada. Una de esas cosas que se dicen. El tipo de pequeña pulla que le tiras a alguien con quien estás lo bastante cómoda para tirársela. Pero algo le pasó, justo donde mi espalda se encontraba con su pecho, un sobresalto de medio segundo en la lentitud de su respiración, ahí y después ya no, el tipo de cosa que me habría perdido si no hubiera estado pegada a todo su frente, sintiendo cada parte de él.—Esa es una forma dura de ver a un hombre que te frota el hombro malo —dijo.—No es dura. Es verdad. —Me acomodé, asentándome contra él, con cuidado de la articulación—. Eres de los que quieren. Siempre quieres lo que sigue. No es un defecto, es solo lo que eres. Lo sabía de ti cuando era niña. Conseguías una cosa y tus ojos ya estaban puestos en la siguiente.Él no lo negó. Dejó que quedara ahí, y ese
Mina—Llévalo hacia adelante —dijo—. Despacio.Llevé el hombro hacia adelante. A un tercio del camino se trabó, rechinando, el tirón disparándose por el costado de la garganta.—Bien. Hacia atrás.—Hacia atrás tampoco va.—Lo sé. Quiero sentir dónde.Su mano presionó a lo largo de la parte superior de la articulación, buscando el punto, y cuando lo encontró dí un salto y le agarré la muñeca por reflejo, las uñas hundiéndose en su piel.—Ahí —dijo, como si yo le hubiera hecho un favor.—Eso no ayuda.—No tiene que sentirse bien. Me dice que es la articulación y no el hueso. —Aflojó, pasó el pulgar suave sobre el punto en el que había hundido los dedos, una disculpa sin palabras—. No está roto. Estarías de otro color y te sentirías mal. Está torcido. El encaje está resentido. Unos días.—No tengo unos días. Tengo una fortaleza llena de gente que nota cuando me muevo mal.—Entonces muévete bien y miente sobre el resto. —Lo dijo con ligereza—. Eres buena en eso.Me quedé quieta. Él no que
MinaVolví con la puerta cerrada detrás de mí antes de haber decidido qué hacer con la cara.El saco de víveres golpeó el piso junto a la entrada más fuerte de lo que quería. Un nabo rodó fuera de la parte de arriba y se metió bajo el banco, y lo dejé ahí. Tenía la otra mano con el bulto de ropa limpia apretado contra el pecho, contra el lado que no me dolía, porque el lado que sí me dolía había estado gritándome durante todo el camino de vuelta y yo había estado sosteniendo el bulto con el lado bueno sin decidirlo.Jace estaba en la mesa baja con una taza enfrente y una caja de madera plana abierta a un costado, alguna cosa humana con la que se entretenía cuando estaba aburrido, piezas pequeñas de metal puestas en fila. Levantó la vista cuando sonó la puerta. Después la mantuvo sobre mí un segundo más de lo que un hombre la mantiene sobre alguien que solo se ha ido dos horas.—Eso fue rápido.—No tenían de la salada. Traje la otra. —Lo dije plano, mantuve el temblor apretado por deba
Sera—Ya tienes suficiente con lo tuyo.Sus ojos bajaron. Hasta mi vientre, hasta la parte plana de mi estómago bajo la lana, y se quedaron ahí un instante, y volvieron a subir hasta mi cara.—Tienes un problema más grande que yo.Y ahí estaba. La razón por la que había venido. Me subió por la garganta de golpe, y la mirada en su cara, esa bajada plana y sabedora de sus ojos hacia mi vientre y de vuelta, me cayó encima como algo muy parecido a una sonrisa de suficiencia, como si estuviera disfrutando el tamaño del pozo en el que yo estaba parada.Crucé la habitación y la agarré de la manga antes de haber decidido moverme.—¿Por qué lo hiciste? —Las dos manos cerradas en puño alrededor de su manga, y no recuerdo del todo haberla sujetado—. Te lo dije. Entré aquí y te lo dije. Lo puse en tus manos, y fuiste derecho a contárselo a él. ¿Por qué?Se echó hacia atrás, con el ceño fruncido, perdiendo el equilibrio por cómo la jalaba.—No entiendo. Sera, no sé de qué estás hablando.—Las chic
SeraLlevaba tanto tiempo de pie frente a la puerta de Mina que se me habían enfriado los pies dentro de las pantuflas, y la habitación al otro lado seguía tan muerta y oscura como la noche anterior.Había tocado. Dos veces, suave, y después una con el canto del puño, y no obtuve respuesta. La luz del hogar no se movía bajo la puerta como lo haría si hubiera fuego encendido. Había puesto la palma plana contra la madera y había escuchado del modo en que me enseñé a escuchar en este lugar, buscando un latido, una respiración, el movimiento de un cuerpo sobre el colchón, y no había nada de eso. No estaba ahí dentro. No había estado ahí dentro en toda la noche. Me había quedado despierta en mi propia cama dándole vueltas hasta que la vuelta se convirtió en surco, y el surco siempre terminaba en el mismo lugar: que Mina había bajado esas escaleras con un abrigo puesto y le había llevado mi secreto a mi marido, y que por eso Fenris me había mirado como me había mirado, y después había salid
ElaraHace tres años.Había un reloj en esa habitación que jamás encontré. Se lo oía marcar el tiempo detrás de los paneles de madera, constante, y pasé buena parte de aquella última noche rastreándolo con la mirada por las paredes en vez de escuchar al hombre sentado frente a mí explicarme cómo desarmar la vida de una desconocida pieza por pieza.A él no le importaba. A Aldric nunca le importó hacia dónde se desviara tu atención, siempre que terminaras donde él ya había decidido que terminarías. Servía el vino él mismo, las dos copas, sin ningún sirviente en la habitación que lo hiciera por él, y eso es lo que todavía no logro sacarme de encima. Uno se prepara para que un hombre así sea todo aristas. No lo es. Es cálido, y gentil con esa calidez, y esa calidez es, por mucho, lo peor que tiene.Me gustaría decir que me quedé ahí sentada, horrorizada. No fue así. Ya había sentido mi horror semanas antes, en una habitación más fría, con las vidas de mi familia tendidas sobre la mesa ent







