LOGINDurante tres años, Sera vivió una mentira. Cambió su identidad real por la esperanza de una vida junto a Kane, su pareja destinada y el Alfa de Blackwater. Soportó los murmullos y trabajó incansablemente por una manada que nunca la quiso, todo por la promesa de que algún día sería su Luna. Pero cuando por fin llega la ceremonia, la corona no se posa sobre la cabeza de Sera. En su lugar, Kane elige a una mujer que puede darle a la manada lo que una omega como Sera no puede: un heredero. Rechazada y humillada en público, Sera se ve obligada a regresar al reino del que huyó y al padre al que le falló. El regreso de Sera no es un refugio: es el cumplimiento de un trato a sangre fría. Para salvar la alianza de su familia, debe casarse con un Volkov. Pero el hombre "razonable" que le prometieron está muerto, y en su lugar está su hermano: Fenris Volkov, el Alfa de Ironmaw. Fenris no es ningún príncipe del sur. Es un hombre gigantesco que gobierna una tierra de hielo y supervivencia brutal, donde la debilidad es una sentencia de muerte. Al verse arrastrada a su mundo, Sera deberá sobrevivir a algo más que las intrigas políticas de una manada hostil y la ira celosa de la élite de Ironmaw. Tiene tres días para demostrar que puede ser la Luna que este bárbaro necesita, o quedará destrozada por la misma protección que él le ofrece. En un mundo donde el estatus lo es todo y el amor es una apuesta, Sera deberá decidir si su segunda oportunidad es una bendición, o un final hermoso y violento.
View MoreSera
—Gracias a todos por venir esta noche.
La voz de Kane resonó por todo el salón ceremonial, fuerte y clara. Yo estaba de pie al fondo, alisándome el vestido por centésima vez. Azul, porque él me había dicho que resaltaba el color de mis ojos. Había pasado horas arreglándome para este momento.
Seis años. Seis años escabulléndome para encontrarme con él en secreto. Tres años viviendo aquí abiertamente, esperando a que cumpliera su promesa.
Esta noche, por fin, iba a convertirme en Luna.
El salón estaba repleto. Todos los lobos de Blackwater habían acudido a la ceremonia. Kane estaba de pie sobre la tarima, vestido con sus túnicas formales de Alfa, con el mismo aspecto del hombre del que me había enamorado años atrás, en un mercado fronterizo. Antes de que fuera Alfa. Antes de que le contara la mentira de ser huérfana.
Antes de que todo esto se complicara.
—Esta noche marca un momento importante para nuestra manada —continuó—. Hace tres años, encontré a mi pareja destinada.
Se me aceleró el corazón. Este era el momento.
Sus ojos me encontraron entre la multitud. —Sera ha estado a mi lado durante algunos de nuestros momentos más difíciles. Ha trabajado más duro que nadie que conozca, ha demostrado su dedicación una y otra vez, y le ha mostrado a esta manada lo que es el verdadero compromiso.
La gente se volteó a mirarme. Sentí que la cara me ardía, pero mantuve la expresión calmada. Profesional. Como debía ser una Luna.
—Quiero que todos aquí entiendan cuánto valoro lo que ella ha hecho por Blackwater —dijo Kane—. El esfuerzo que ha puesto, las noches en vela, el trabajo que ha asumido sin quejarse. Nada de eso ha pasado desapercibido.
Alguien me empujó suavemente hacia adelante. Di un paso, y luego otro. La multitud se abrió para dejarme pasar. Las piernas me temblaban, pero seguí caminando, con la cabeza en alto. Esto era lo que había estado esperando. Lo que había ganado.
—Pero la verdad es —dijo Kane, y algo en su tono me revolvió el estómago— que ella no puede hacerlo todo sola.
Dejé de caminar.
¿Qué había querido decir con eso? Fruncí el ceño, tratando de entender hacia dónde iba todo aquello.
—El papel de Luna es exigente. Requiere a alguien capaz de manejar las presiones políticas, las dinámicas de la manada, las constantes exigencias de tiempo y energía. Y Sera ha cargado con ese peso durante tres años, sin el título ni la autoridad real que la respalden —hizo una pausa—. Creo que es hora de remediar eso. Hora de darle el apoyo que se merece.
Sentí que el pecho se me aflojaba un poco. Bien. Se estaba tomando su tiempo para llegar al punto. Asegurándose de que todos entendieran por qué había tardado tanto.
—Por eso me complace anunciar que Elara Vance será la Luna de la Manada Blackwater.
Al principio, las palabras no tuvieron sentido.
Después sí lo tuvieron.
El salón estalló en aplausos.
Elara avanzó desde el lado opuesto de la multitud, vestida de blanco. Un vestido blanco de verdad, como si fuera el día de su boda. Subió los escalones de la tarima y Kane la tomó de la mano, alzándola en alto para que todos la vieran. La manada vitoreó con más fuerza.
No Segunda Luna. No apoyo. LA Luna. Mi puesto. El título por el que había trabajado durante años.
Se lo había dado a ella.
Me di la vuelta y me fui antes de que nadie pudiera ver mi cara.
Nadie me detuvo.
Llegué al corredor justo antes de que las piernas me fallaran. La espalda chocó contra la pared y me dejé resbalar hasta el suelo, con las manos apretadas contra la boca para contener el sonido. Si empezaba a gritar ahora, no podría parar.
Tres años. Tres años de él diciéndome que fuera paciente, que me demostrara a mí misma, que le mostrara a la manada que era capaz. Tres años haciendo cada cosa que me pedía. Y él acababa de entregarle mi puesto a la mujer con la que se había estado follando a mis espaldas.
Delante de todos.
Me había hecho caminar hasta la mitad de aquel salón, creyendo que era para mí, y después la anunció a ella. Me hizo quedar como una tonta delante de toda la manada. Dejó que todos me vieran darme cuenta de que había estado trabajando para nada.
Cuando mi padre trató de casarme con algún alfa del norte, hice una apuesta. Pedí tiempo para convertirme en Luna, tal como Kane había prometido. Aposté todo a que esas promesas fueran reales.
Mi padre se iba a divertir de lo lindo cuando se enterara.
Tres años para convertirme en Luna, o casarme con Dimitri Volkov. Esa era la apuesta.
Había fracasado.
No podía respirar bien.
Unos pasos resonaron por el corredor.
Alcé la vista. Elara estaba allí, de pie con su vestido blanco, con el rostro cuidadosamente compuesto, como si de verdad le importara cómo me sentía.
—Sera, quería ver cómo estabas—
—Aléjate de mí.
—Sé que esto es difícil, pero tienes que entender la posición de Kane. La manada necesita un liderazgo fuerte, y él está tratando de hacer lo mejor para—
—Dije que te alejaras de mí, carajo.
Algo cambió en su expresión. La falsa compasión desapareció y vi lo que en verdad había debajo. Había ganado, y lo sabía.
—Deberías tratar de manejar esto con más madurez —dijo, y su voz sonó distinta. Más afilada—. Kane tomó la decisión correcta para la manada. Seguramente hasta tú puedas verlo.
—He estado haciendo todo lo que me pidió durante tres años.
—Lo has intentado —dijo Elara—. Eso te lo reconozco. De verdad diste lo mejor de ti —se acercó un paso—. Pero seamos realistas, Sera. Nunca ibas a ser Luna. Una omega jugando a disfrazarse, esperando que todos fueran lo bastante educados como para fingir que no notaban lo que en verdad eres.
Las palabras me golpearon en el pecho. Sentí que las garras empezaban a salirme y las obligué a retraerse.
—Kane me marcó. Somos pareja.
—Kane marcó a una omega —dijo Elara—. ¿De verdad creíste que la manada iba a aceptar eso? ¿Una Luna omega? —sonrió, una sonrisa pequeña y cruel—. Has sido paciente, lo admito. Tres años enteros esperando algo que jamás ibas a conseguir. Pero ya se acabó. Kane me eligió a mí. La manada me eligió a mí. Es hora de aceptar la realidad.
—Él es mi pareja.
—Y él es mi Alfa —su mano bajó a posarse sobre su vientre; simplemente se quedó ahí, con naturalidad—. Estoy esperando un hijo suyo, Sera. El heredero de la manada. Así que dime, ¿tú qué es exactamente lo que aportas a esta relación?
Todo se detuvo.
El ruido de la ceremonia se apagó. El corredor quedó en silencio. Lo único que podía ver era la mano de Elara sobre su vientre y esa sonrisa pequeña y satisfecha en su rostro.
—Estás mintiendo.
—¿Crees que estoy mintiendo? —se encogió de hombros—. Deberías preguntárselo a él mismo. Estoy segura de que pensaba decírtelo, tarde o temprano. Cuando llegara el momento adecuado —se dio la vuelta para irse, pero se detuvo—. Ah, y Sera, deberías empezar a buscar otro lugar donde quedarte. Se va a poner incómodo cuando se me empiece a notar.
Luego regresó caminando hacia la ceremonia, y yo me quedé allí, tratando de procesar lo que acababa de decirme.
* * *
ElaraEl hombre se veía decepcionado. La boca se le adelgazó en una línea plana y aburrida, los ojos ya desviándosele hacia la salida. Había venido por algo específico, una petición que había hecho en la oscuridad, y la chica de piel de miel no encajaba en el molde.Aldric dio un paso atrás, la tela pesada y costosa de su abrigo susurrándole contra las botas. Se veía como si nos fuera a dejar a todas pudrirnos en ese centro de procesamiento, y por un segundo, sentí un alivio enfermo y retorcido. Si se iba, yo era solo otro número. Estaba segura en las sombras de la multitud.Después el idiota apuntó.—¿Qué tal la otra?La voz del guardia fue demasiado fuerte, demasiado ansiosa. Estaba apuntando un dedo grueso y sucio directamente hacia la fila donde yo estaba parada. Me congelé. Sentí que el aliento se me iba de los pulmones, las costillas apretándoseme como una jaula.Los ojos de Aldric navegaron su camino a través del mar de rostros aterrados. Recorrieron. Cortaron a través de la lu
ElaraAldric Valdris no caminaba como los demás lobos. Los guardias, los tratantes, los "manejadores" —todos se movían con cierto espasmo agresivo y brusco. Aldric caminaba como si el suelo fuera un privilegio que él permitía que existiera. Estaba vestido con ropa que probablemente costaba más que toda mi aldea junta, el rostro una máscara de perfección aristocrática y aburrida.El hombre a cargo de nosotras —un lobo grasoso y de cuello grueso que parecía disfrutar su trabajo un poco demasiado— se apresuró hacia Aldric, inclinándose tan bajo que casi se golpeó la cabeza contra el concreto.—Rey Aldric —chilló el hombre, la voz vibrando con una necesidad desesperada de complacer—. Tenemos el último lote de las incursiones costeras. Alta calidad. Mayormente jóvenes, mayormente saludables. Las podemos enviar a los centros de procesamiento esta noche. Ponerlas a trabajar en las fábricas o las minas.Aldric no lo miró. Recorrió las filas de mujeres, los ojos moviéndosele con desapego clíni
ElaraEl vapor en la ducha estaba lo suficientemente espeso para ahogarse, pero me incliné hacia él, dejando que las agujas calientes de agua me golpearan la nuca. Podía sentir el pecho de Kane presionado contra mi columna, el corazón latiéndole un ritmo pesado y predecible que había aprendido a imitar con mi propia respiración. Las manos las tenía sobre mis caderas, los dedos hundiéndose con ese filo desesperado y posesivo que había tenido desde que la omega salió por la puerta.Pensaba que se estaba ahogando en mí. Pensaba que el aroma de mi piel —cuidadosamente curado con aceites costosos y bloqueadores químicos pesados— era su ancla. No sabía que cada vez que lo miraba, estaba calculando la vida útil restante de esta mentira en particular. No sabía que mientras gemía contra su boca, estaba pensando en el oro que Aldric todavía me debía por las "gotas en el té" que habían convertido a su pareja destinada en una paria estéril.Cerré los ojos, el calor del agua difuminándose en un ti
Kane—No has estado durmiendo —murmuró, acercándose hasta que nuestros cuerpos quedaron a centímetros—. Puedo ver las sombras bajo tus ojos. Es todo ese asunto con el Este, ¿verdad? ¿El enviado?Se veía triste entonces. El labio inferior le tembló apenas una fracción. —Lo siento, Kane. No quise arruinar las cosas. Solo estaba tratando de ayudar. Vi qué tan estresado estabas por las bestias, y el Lord de Mistwood estaba tan seguro de que nos podían proteger. Quería que el cuarto de bebés estuviera seguro.La miré, y una ola de náusea me recorrió el estómago.Era hermosa. Eso no se podía negar. Tenía el tipo de piel impecable y figura perfectamente cuidada que haría que cualquier hombre se atragantara con su propio aliento. Era hermosa de una forma en que Sera no lo era. Mirarla se sentía peligroso. Se sentía como si estuvieras tramando tu propia muerte cada vez que la tocabas, porque sabías, muy en el fondo, que era descuidada. Era egoísta. No entendía el peso de la corona que llevaba












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