INICIAR SESIÓNComo era viernes por la noche y al día siguiente no tenía que trabajar, Mia estaba aprovechando para terminar de desempacar. No quería seguirlo postergando más. Pero le estaba tomando más tiempo del debido, no solo porque se distraía con los recuerdos que algunos de sus objetos le traían, sino también porque quería encontrar el lugar perfecto para cada uno de ellos. No se había traído todas sus cosas con ella, solo las necesarias para hacer de ese lugar su hogar.
Estaba colocando algunas fotos en los estantes de su sala cuando la luz se fue. La habitación quedó apenas iluminada por el brillo de la pantalla de su celular que estaba reproduciendo un video. Cuando hacía algo le gustaba bastante escuchar alguna música y a veces se entretenía bailando. Caminó hasta él y lo tomó, vio que ya no le quedaba mucha batería y con su ayuda fue hasta su habitación en busca de su linterna.
Necesitaba unas velas para continuar con lo que estaba haciendo, pero tenía ninguna. Lo mejor era irse a descansar, pero ya estaba camino a la puerta para ir a pedirle algunas a su vecino. Él había salido poco después de que ella llegará del trabajo y no, no lo había estado espiando; lo sabía porque apenas había cerrado su puerta cuando lo había escuchado salir. Pero seguro ya había regresado.
Tocó la puerta y esperó. Tarde recordó que debería haber mirado la hora primero. Era pasada la medianoche y seguro él ya estaba durmiendo. Se dio la vuelta antes de que él saliera y la mirara como si quisiera matarla por sacarlo de sus sueños.
Unos pasos al final del pasillo llamaron su atención y alumbró en esa dirección. Su vecino venía hacia ella, al parecer se había equivocado. Tan pronto la vio sus pasos se volvieron lentos, pero luego retomó su ritmo anterior. A Mia le pareció extraño que él no tuviera nada para ayudarse a ver a través de la noche, era como si no hubiera notado que había un apagón.
—Hola, vecino —dijo con una sonrisa amistosa. Al igual que en su anterior encuentro, él no le devolvió el gesto. Se preguntó si es que acaso él sabía cómo sonreír.
Aun con sola la luz de la linterna alumbrando el pasadizo notó el pequeño corte cerca de su ojo derecho. Era reciente, de unos tres centímetros y tenía un poco de sangre seca. Podía ser un gruñón, pero ella no era de las personas que se hacían las ciegas ante los problemas de los demás, más si había una forma en la que podía ayudar.
Dio un paso adelante y le apuntó directo al rostro, para evaluar mejor la herida. El cerró los ojos y se llevó la mano delante del rostro.
—¿Cómo te hiciste eso? —preguntó bajando la linterna un poco.
No esperó una respuesta porque era seguro que él no se la iba a dar. Lo tomó de la mano y lo jaló hacia su departamento. Ignoró la sensación que la recorrió ante su tacto, era probable que algo que había comido lo estuviera causando.
Era consciente de que su acción lo tomó por sorpresa y solo por eso la siguió, de lo contrario no podría haberlo movido ni de su lugar. Era demasiado grande y pesado para eso. Se apresuró a llevarlo hasta su sala antes de que se arrepintiera y se diera la vuelta. Después pensaría en lo prudente que era dejar entrar a un posible asesino a su departamento, ese momento era más urgente ayudarlo. No es que se fuera a morir, pero no iba a dejarlo irse así.
Algunas cajas vacías estaban esparcidas. Comparado con el lugar donde vivía su vecino, su departamento era un desastre. Se las arregló para no sonrojarse.
—Disculpa por el desorden todavía estoy terminando de instalarme —explicó.
Esperó que el dijera algo como “No te preocupes, te entiendo” o mínimo un “Tranquila”, pero lo único que recibió como respuesta fue completo silencio. Si no fuera porque él la había amenazado la noche anterior, creería que no sabía hablar.
—No te muevas de aquí, volveré en un segundo —dijo girándose hacia él y soltando su mano—. Si te vas, recuerda que sé cómo entrar en tu departamento. —Mientras se alejaba soltó un sonido lastimero, tal vez no debería haberle recordado ese detalle; sin embargo, esperaba fuera suficiente para que le hiciera caso.
Entró al baño y sacó su botiquín de emergencia. Cuando eras alguien propenso a hacer cosas que nadie más haría, los resultados eran imprevistos y era mejor tener uno de esos a la mano.
Cuando regresó a la sala, su vecino seguía parado en el mismo lugar. Él no se había molestado en sacar su celular para iluminar el lugar y bajo las sombras de la noche casi parecía una estatua.
—Siéntate —ordenó. Él la miró sin moverse—. ¿Te golpeaste la cabeza? Quizás tenga una conmoción cerebral.
—No me golpeé la cabeza —siseó él.
—Entonces obedece, necesito curarte esa herida y eres demasiado alto para hacerlo en esta posición. —Además, tendría que apoyarse en él para hacerlo y, aunque a ella no le molestaría tocar alguno de sus tonificados músculos, su vecino no parecía de los hombres a los que le gustaba la cercanía de las personas.
Sí, era una mejor idea que se sentará. Creyó que el refutaría algo más, pero por fin le hizo caso.
Jaló el pequeño banco que estaba en un rincón de la habitación y se sentó frente a su vecino. La luz escogió ese momento para regresar. Era algo bueno que lo hubiera hecho en ese momento porque dudaba que el hombre frente a ella hubiera querido sujetar la linterna mientras lo curaba. Tuvo que parpadear un par de veces para acostumbrarse al cambio de intensidad de la iluminación.
—Esto podría arder un poco aviso —antes de comenzar a limpiar la herida.
Él ni siquiera parpadeó, Mia como mínimo habría cerrado los ojos y en el peor de los casos habría derramado algunas lágrimas. Mientras le curaba, aprovechó para observar cada detalle de su rostro. De cerca era aún más atractivo.
Lulú apareció de algún lado en ese momento, luego de rondar alrededor de ellos se recostó a los pies de su vecino y se cerró los ojos. Él apenas y le prestó atención a su mascota. El hombre no solo no sonreía, al parecer no tenía otra expresión más que esa mezcla entre indiferencia y aburrimiento.
Después de limpiar la herida, aplicó una crema que ayudaba a cicatrizar.
—Lo dejaré al descubierto, es lo mejor.
—¿Eres doctora? —preguntó él. Su voz casi hizo que diera un brinco, no había esperado que él volviera a hablar.
—No, pero créeme tengo demasiada experiencia con las heridas. He tenido muchas de ellas y aprendí a atenderme por mi cuenta desde muy pequeña para ahorrarme el regaño de mis padres.
Lo miró a los ojos ya no la intimidaron tanto como la primera vez. Por un segundo se sintió atraída por ellos, era como si no pudiera dejar de verlos.
—Gracias —dijo él parándose bruscamente. Pasó por encima de Lulú y caminó hacia la puerta. Mia se dio la vuelta con rapidez—. Por cierto —Él se detuvo y la miró sobre su hombro—, ¿qué hacías frente a mi puerta tan tarde? Espero no estuvieras tratando de entrar otra vez.
—¿Qué? No, esta vez llamé. La luz se fue y quería ver si tenías algunas velas.
La evaluó como si estuviera determinando cuan honesta estaba siendo.
—A medianoche, lo dudo mucho.
Sin decir nada más y antes de que ella pudiera defenderse de su acusación, él salió de su departamento cerrando la puerta detrás de él. Estaba claro que era un hombre de pocas palabras.
Soltó un suspiro, nunca había conocido a alguien más extraño que él.
—Al menos podría haberme dado su nombre esta vez —dijo mirando a Lulú que se había vuelto a acomodar y dormía otra vez.
Recorrió su sala con la mirada, aún quedaban dos cajas por desempacar, pero ya era muy tarde. Al parecer, después de todo, tendría que hacerlo al día siguiente. Procuraría hacerlo temprano para poder tener el día libre.
Soltó un bostezo mientras estiraba los brazos al aire. Estaba por marcharse a su habitación cuando un brillo llamó su atención desde el sillón donde su vecino había estado sentado antes. Se acercó y vio que se trataba de una navaja.
Regresar tan tarde, una herida producto de algún enfrentamiento y navajas en su poder. Quizás sí era un asesino después de todo.
Giovanni miró a su hija en brazos. Era tan pequeña y muy hermosa. La enfermera la había traído unos cuantos minutos atrás en una cuna y luego le había ayudado a sostenerla, lo cual fue algo bueno. Él todavía tenía miedo de sujetarla con demasiada fuerza, se veía tan frágil y tenía miedo de romperla.El trabajo de parto había durado alrededor de diez horas y casi había perdido la cabeza cada vez que Mia lanzaba un grito, pero se había mantenido impasible repitiendo en su mente una y otra vez que todo estaría bien.Cuando su hija por fin vino a este mundo, lanzando un grito que no dejó dudas de la fortaleza de sus pulmones, por fin se había sentido capaz de respirar tranquilo. Luego había sostenido a su hija y ella la había tomado de un dedo con más fuerza de la que hubiera esperado para alguien tan pequeña.Una
Mia se despertó con unas ganas incontrolables de comer un poco de papás con sirope de chocolate. Se imaginó las papás crujientes y calientes bañadas en el dulce y, a la misma vez amargo, chocolate. Su boca se llenó de saliva ante la imagen y decidió que iría a buscarlo. Se incorporó con sumo cuidado y sacó sus piernas hacia el borde de la cama. —¿Qué sucede? —preguntó Giovanni antes de que terminara de ponerse sus pantuflas. Él encendió las luces de la lámpara de su lado iluminando toda la habitación y se sentó mirándola. No entendía como siempre terminaba despertándolo sin importar cuan silenciosa fuera. —Comienzo a creer que no duermes durante las noches. —¿Qué es lo que te molesta? —insistió él ignorando su comentario. —No es nada importante. —Yo creo que sí lo es, caso contrario no te arriesgarías a caminar en medio de la oscuridad. Podrías tropezar con algo y caerte. —Tengo antojos —musitó con un puchero. —
Mia no hubiera podido dejar de sonreír incluso si lo habría intentado. Nunca se había sentido más feliz que en ese momento y sabía que le esperaban muchos días como esos en el futuro. Su esposo. Esa palabra se repetía en su mente una y otra vez haciéndole sonreír más, si acaso eso era posible. —¿Estás cansada? —preguntó Giovanni sacándola de sus cavilaciones. Estaban en medio de la pista de baile balanceando sus cuerpos al ritmo de la melodía que sonaba de fondo. Mia levantó la mirada y se encontró con la de él. Sus ojos brillaban de alegría, de la misma manera que estaba segura hacían los suyos. —No —mintió. Sus pies comenzaban a sentirse agotados. Habían tenido su primer baile como esposos hace un buen rato, después se separaron para bailar con sus padres y padrinos. Luego fue el mismo Giovanni quién la tomó de brazos de Luka ante su mirada burlona. Giovanni le hizo un gesto que le dejó claro que no le creyó ni por un
Giovanni estaba ansioso y apenas lograba controlarse. Había estado en situaciones peligrosas, pero en ninguna de ellas había sentido ni la mitad de lo que sentía en ese momento.Farina le había dicho que Mia estaba lista y que bajaría pronto. No sabía cuánto tiempo había transcurrido desde entonces; bien podrían haber sido segundos, pero se sentía como décadas.La idea de ir en busca de Mia y traerla sobre el hombro hasta el altar, pasó por su mente. Era probable que su futura esposa se lo tomara con bastante humor, pero no creía lo mismo de su futura suegra ni de su propia madre. Aunque tal vez se lo merecían, después de todo en parte era su culpa que estuviera así.Las dos mujeres habían insistido en que durmieran separados. Era la primera vez en mucho tiempo que no dormían juntos y un día antes de casarse había sido el pe
Giovanni estaba perdido en sus pensamientos mientras conducía hacia el cementerio. Habían aterrizado el día anterior por la noche y habían dormido en casa de sus padres, ya no se sentía tan raro llamar así a Regina y Domenico.Mia viajaba a su lado, tal y como había prometido que haría.El último par de meses había transcurrido demasiado rápido. Estaban a nada del día de su boda y habían estado demasiado ocupados con los preparativos durante las últimas semanas. Aunque eran su suegra y su mamá Regina quienes se estaban encargando de casi todo, había cosas que ellos habían decidido hacer y otras de las que no podían escapar.Mia le había sugerido que aprovecharan ese fin de semana como modo de escapar de todo y tomarse un descanso. Giovanni había aceptado de inmediato, sobre todo porque quería que su novia se tomara un respiro. Estaba embarazada y no quería que se extenuara demasiado.—¿Cómo te sientes? —preguntó ella sacándolo de sus cavilaciones.
Mia alzó su mano al aire y miró su anillo de compromiso con una sonrisa. No podía ver muy bien los detalles con apenas la luz de la lámpara de mesa iluminando la habitación, pero no necesitaba hacerlo. Se había grabado cada detalle de él. El aro era de color rosa y en medio llevaba un diamante de corte redondo. —Mia Vitale, suena perfecto —comentó. —Recuerdo que lo dijiste hace mucho tiempo —dijo Giovanni sin dejar de acariciarle la espalda. Era de madrugada. No se habían retirado a sus habitaciones hasta pasada la una de la mañana. Sin embargo, ella no tenía sueño. —Jamás imaginé que era así como terminaría esta noche. Eres demasiado bueno guardando secretos. —Uno de los dos lo tiene que ser. —Bobo —dijo dándole un ligero golpe en el pecho. —Amas a este bobo. —No suenes muy presumido. Él la giró y la dejó sobre su espalda. —Como no hacerlo cuando me voy a casar con la mujer más hermosa y perfecta del mundo. Giovanni se inclinó y besó con devoción. Ella llevó sus manos hasta







