INICIAR SESIÓN—No, mamá, no necesitas venir, todo está bien —dijo Mia esperando que su mamá le hiciera caso—. Los visitaré el siguiente fin de semana.
—Está bien, cariño. Cualquier cosa no dudes en llamarnos y si te arrepientes, puedes volver en cualquier momento.
—No lo haré, mamá. —Pero era bueno saber que siempre tenía un lugar al que volver si es que las cosas salían mal. No es que lo fuera a hacer, parte de crecer era lidiar sola con los problemas que podían surgir.
Su madre era la que peor la había pasado con su mudanza y todavía parecía tener la esperanza de que se animara a regresar a casa con ellos. Su padre, por otro lado, aunque no había estado muy contento con la idea de que viviera por su cuenta, no había presentado mucha discusión. Tenía veinticuatro años, cerca de los veinticinco, pero al parecer su madre aún no se había enterado.
No entendía como después de tener unos padres tan sobreprotectores no había terminado siendo una de esas personas que esperaban que sus padres solucionaran todos sus problemas y los mantuvieran de por vida. Tal vez tenía que ver mucho con su padre incentivándola plantearse retos y lograrlos.
—Te amo. —Nunca, ni una sola vez había tenido motivo para dudar de eso. Sí, a veces podía ponerse realmente furiosa cuando se metía en problemas, pero al final del día solo sonreía y sacudía la cabeza. Eso no quería decir que se salvaba de que la castigara.
—Y yo a ti, mamá.
—Despídete de tu hija, Vincenzo.
Mia sonrió. Su madre apenas le había pasado con su papá por un par de minutos antes de recuperar el teléfono para continuar con sus preguntas, muchas de ellas repetidas.
—Adiós, cariño y recuerda…
—Haz al mundo papilla —repitió lo que su padre siempre le decía. Él era quién siempre la había motivado a ser ella misma.
—Adiós cariño —dijo su mamá—. No deberías animarla a hacer desastres —la escuchó regañar a su padre antes de que colgara el teléfono.
Sacudió la cabeza. Casi podía imaginarlos discutiendo, era una costumbre arraigada entre ellos, pero nunca los había visto ponerse realmente serios. Se amaban demasiado como para eso.
Se acercó a su sillón y cogió su cartera. Saldría a hacer las compras para la semana y al regresar comenzaría a cocinar. Salió de su departamento y cerró su puerta, luego se dio la vuelta. No se dio cuenta que alguien venía hacia ella hasta que se estrelló contra alguien. Cerró los ojos por el impacto y se hizo hacia atrás casi perdiendo el equilibrio.
—Con cuidado —dijo alguien tomándola de uno de los hombros para ayudarla a estabilizarse. Alzó la cabeza y se encontró con un hombre que la miraba con una sonrisa en el rostro.
—Lo siento, mucho. No te vi. —Sintió el calor subir desde su cuello hasta su rostro.
—No te preocupes. —Él la soltó—. ¿Vives aquí? —preguntó él con curiosidad inclinando la cabeza hacia un lado.
—Sí.
—No sabía que Giovanni tenía una nueva vecina y menos una tan bonita.
Tardó un segundo en darse cuenta de que él estaba hablaba de su vecino. Después de todos esos días por fin tenía un nombre para el gruñón. Giovanni. No estaba segura de si era un nombre que fuera acorde con su personalidad, pero le gustó.
—Sí, me mudé hace una semana.
—Mucho gusto, mi nombre es Luka —se presentó estirando su mano libre en su dirección, en la otra tenía una bolsa.
—Mia —dijo tomando su mano y él la sacudió.
Luka era atractivo y tenía una sonrisa hecha para deslumbrar, pero no tuvo ningún efecto sobre ella. No pudo evitar preguntarse cómo alguien tan social era amigo del gruñón de su vecino.
—Un lindo nombre, para una linda mujer. —Él soltó su mano.
—Eso es tan cliché —musitó divertida.
Luka, en lugar de parecer ofendido por sus palabras, soltó una carcajada.
—Directa, me agradas. —Él pareció detenerse a pensar en algo y luego habló—. Giovanni y yo haremos el almuerzo ¿por qué no te unes a nosotros?
—¿Siempre invitas a las mujeres a comer tan pronto las conoces?
—No, pero tu pareces alguien interesante. Además, deberías recibir una bienvenida cálida al ser nueva en el lugar, pero seguro que mi amigo es muy serio para cosas como esas.
—No creo que él esté de acuerdo, más aún… —Se calló. Luka no tenía por qué saber de su aventura al departamento de Giovanni y su pequeño enfrentamiento.
No había visto a su vecino desde la noche del viernes o debería decir la madrugada del día anterior. Había contenido sus ganas de correr a la puerta para verlo a través de la mirilla cuando lo había escuchado en el pasillo. Un par de veces había pensado en ir a preguntarle cómo estaba, su herida no era tan grave como para hacerlo.
—Supongo que ya lo conoces —adivinó él—. No te preocupes, es todo ladridos, pero no muerde.
—De hecho, estaba yendo de compras.
En ese momento escuchó la puerta del departamento de Giovanni abrirse.
—Deja de fastidiar a la mujer, si no quiere entrar que no lo haga.
Miró a su vecino y luego de regreso a Luka. Su atrevimiento renovado. ¿Qué podía ser lo peor que podía pasar?
—¿Sigue en pie tú invitación? —preguntó. Si Giovanni ya vivía molesto, no haría ninguna diferencia que entrara o no.
—Por supuesto —respondió Luka con una sonrisa brillante.
—Entonces, la aceptó. Las compras pueden esperar hasta después del almuerzo.
—Ese es el espíritu. Vas a ver que vamos a ser buenos amigos. —Él le pasó un brazo por encima de los hombros. No parecía alguien a quien temer y rara vez se equivocaba, así que no le dijo nada al respecto.
Giovanni le lanzó una mirada que le decía con claridad lo que pensaba de su presencia. Era bueno que mientras hubiera testigos no podría hacerle nada. Él podía ser un asesino, pero no creía que Luka lo fuera. O eso esperaba.
—Deberías sonreír un poco, amigo. Asustarás a la mujer.
—No creo que nada lo haga —lo escuchó murmurar, lo suficientemente bajo para que Luka no lograra oírlo.
—Traje todo lo que me pediste —dijo Luka mostrando la bolsa.
Giovanni asintió, al parecer no era con la única que ahorraba palabras. Luka la soltó y caminó hasta la cocina.
Su vecino la observó en silencio por un rato y ella, en un acto de valentía –tenía demasiados de esos- le sonrió. Él se dio la vuelta y se marchó por la dirección que su amigo había tomado antes. Mia no tardó en seguirlos. Lo mínimo que podía, ya que iba a almorzar gratis, era ayudar. No necesitaba que Giovanni siguiera aumentando más cosas negativas a su opinión sobre ella. No es que le importara mucho; pero como iban a seguirse viendo, lo mejor era llevar la convivencia tranquila.
—¿En qué puedo ayudar? —preguntó apenas entró a la cocina.
—No toques nada —dijo Giovanni serio.
—Lo que mi amigo quiere decir, es que nos haremos cargo. ¿Por qué no tomas asiento y nos dejas presumir de nuestros dotes culinarios?
Sonrió divertida y asintió.
>>Dijiste que te había mudado hace poco ¿dónde vivías antes? —preguntó Luka comenzando a picar algunas verduras.
—En casa de mis padres —respondió—. Mi trabajo queda cerca de aquí y pensé en buscar un lugar cercano.
—¿En dónde trabajas?
—En Farmifal.
El hizo un silbido de admiración.
—Debes ser buena, he escuchado que es una de las mejores industrias farmacéuticas. No creo que sea fácil acceder conseguir un puesto allí.
Giovanni detuvo lo que estaba haciendo para mirarla y luego volvió a lo suyo.
Se encogió de hombros. Estaba orgullosa de haber conseguido el trabajo por sus propios méritos. Sabía que era buena en lo que hacía, pero decirlo en voz alta sería arrogante.
—¿Y tú, en qué trabajas?
—Giovanni y yo trabajamos en una compañía de guardaespaldas.
Se había equivocado. Su vecino no era un asesino a sueldo. De hecho, él se ganaba la vida haciendo todo lo contrario. Cuidaba de personas. Con su porte, no era difícil imaginarlo haciendo eso.
—Eso suena genial. ¿Cuidan algún famoso?
—La mayoría son empresarios. —Él dejó a un lado lo que estaba haciendo y miró a Giovanni—. Por cierto, amigo, aun tienes de las galletas de mamá. Acabé con todas mis reservas.
Fue la primera vez que creyó ver un atisbo de diversión en los ojos de Giovanni y tuvo un mal presentimiento. Él se acercó a una de las gavetas de arriba y abrió una de las puertas. Mia reconoció el recipiente que había dentro y su corazón comenzó a latir acelerado.
M****a. Allí había ocultado los restos de aquel horrible jarrón.
Giovanni cogió el recipiente y se giró un poco para mirarla. Ella tuvo el impulso de saltar para detenerlo, en su lugar apretó los labios mientras el nerviosismo crecía dentro de ella.
Giovanni miró a su hija en brazos. Era tan pequeña y muy hermosa. La enfermera la había traído unos cuantos minutos atrás en una cuna y luego le había ayudado a sostenerla, lo cual fue algo bueno. Él todavía tenía miedo de sujetarla con demasiada fuerza, se veía tan frágil y tenía miedo de romperla.El trabajo de parto había durado alrededor de diez horas y casi había perdido la cabeza cada vez que Mia lanzaba un grito, pero se había mantenido impasible repitiendo en su mente una y otra vez que todo estaría bien.Cuando su hija por fin vino a este mundo, lanzando un grito que no dejó dudas de la fortaleza de sus pulmones, por fin se había sentido capaz de respirar tranquilo. Luego había sostenido a su hija y ella la había tomado de un dedo con más fuerza de la que hubiera esperado para alguien tan pequeña.Una
Mia se despertó con unas ganas incontrolables de comer un poco de papás con sirope de chocolate. Se imaginó las papás crujientes y calientes bañadas en el dulce y, a la misma vez amargo, chocolate. Su boca se llenó de saliva ante la imagen y decidió que iría a buscarlo. Se incorporó con sumo cuidado y sacó sus piernas hacia el borde de la cama. —¿Qué sucede? —preguntó Giovanni antes de que terminara de ponerse sus pantuflas. Él encendió las luces de la lámpara de su lado iluminando toda la habitación y se sentó mirándola. No entendía como siempre terminaba despertándolo sin importar cuan silenciosa fuera. —Comienzo a creer que no duermes durante las noches. —¿Qué es lo que te molesta? —insistió él ignorando su comentario. —No es nada importante. —Yo creo que sí lo es, caso contrario no te arriesgarías a caminar en medio de la oscuridad. Podrías tropezar con algo y caerte. —Tengo antojos —musitó con un puchero. —
Mia no hubiera podido dejar de sonreír incluso si lo habría intentado. Nunca se había sentido más feliz que en ese momento y sabía que le esperaban muchos días como esos en el futuro. Su esposo. Esa palabra se repetía en su mente una y otra vez haciéndole sonreír más, si acaso eso era posible. —¿Estás cansada? —preguntó Giovanni sacándola de sus cavilaciones. Estaban en medio de la pista de baile balanceando sus cuerpos al ritmo de la melodía que sonaba de fondo. Mia levantó la mirada y se encontró con la de él. Sus ojos brillaban de alegría, de la misma manera que estaba segura hacían los suyos. —No —mintió. Sus pies comenzaban a sentirse agotados. Habían tenido su primer baile como esposos hace un buen rato, después se separaron para bailar con sus padres y padrinos. Luego fue el mismo Giovanni quién la tomó de brazos de Luka ante su mirada burlona. Giovanni le hizo un gesto que le dejó claro que no le creyó ni por un
Giovanni estaba ansioso y apenas lograba controlarse. Había estado en situaciones peligrosas, pero en ninguna de ellas había sentido ni la mitad de lo que sentía en ese momento.Farina le había dicho que Mia estaba lista y que bajaría pronto. No sabía cuánto tiempo había transcurrido desde entonces; bien podrían haber sido segundos, pero se sentía como décadas.La idea de ir en busca de Mia y traerla sobre el hombro hasta el altar, pasó por su mente. Era probable que su futura esposa se lo tomara con bastante humor, pero no creía lo mismo de su futura suegra ni de su propia madre. Aunque tal vez se lo merecían, después de todo en parte era su culpa que estuviera así.Las dos mujeres habían insistido en que durmieran separados. Era la primera vez en mucho tiempo que no dormían juntos y un día antes de casarse había sido el pe
Giovanni estaba perdido en sus pensamientos mientras conducía hacia el cementerio. Habían aterrizado el día anterior por la noche y habían dormido en casa de sus padres, ya no se sentía tan raro llamar así a Regina y Domenico.Mia viajaba a su lado, tal y como había prometido que haría.El último par de meses había transcurrido demasiado rápido. Estaban a nada del día de su boda y habían estado demasiado ocupados con los preparativos durante las últimas semanas. Aunque eran su suegra y su mamá Regina quienes se estaban encargando de casi todo, había cosas que ellos habían decidido hacer y otras de las que no podían escapar.Mia le había sugerido que aprovecharan ese fin de semana como modo de escapar de todo y tomarse un descanso. Giovanni había aceptado de inmediato, sobre todo porque quería que su novia se tomara un respiro. Estaba embarazada y no quería que se extenuara demasiado.—¿Cómo te sientes? —preguntó ella sacándolo de sus cavilaciones.
Mia alzó su mano al aire y miró su anillo de compromiso con una sonrisa. No podía ver muy bien los detalles con apenas la luz de la lámpara de mesa iluminando la habitación, pero no necesitaba hacerlo. Se había grabado cada detalle de él. El aro era de color rosa y en medio llevaba un diamante de corte redondo. —Mia Vitale, suena perfecto —comentó. —Recuerdo que lo dijiste hace mucho tiempo —dijo Giovanni sin dejar de acariciarle la espalda. Era de madrugada. No se habían retirado a sus habitaciones hasta pasada la una de la mañana. Sin embargo, ella no tenía sueño. —Jamás imaginé que era así como terminaría esta noche. Eres demasiado bueno guardando secretos. —Uno de los dos lo tiene que ser. —Bobo —dijo dándole un ligero golpe en el pecho. —Amas a este bobo. —No suenes muy presumido. Él la giró y la dejó sobre su espalda. —Como no hacerlo cuando me voy a casar con la mujer más hermosa y perfecta del mundo. Giovanni se inclinó y besó con devoción. Ella llevó sus manos hasta







