登入Un periodista se lanzó hacia adelante:—Disculpe, ¿a quién se refiere cuando dice "su hermana"?Los ojos de Atilio estaban llenos de arrepentimiento:—A Catalina, la hija de mi exesposa, la actual Sra. Cantú.Atilio ya había tomado una decisión.No importaba si Catalina era o no la responsable, iba a incriminarla igual. Si realmente había sido ella, podría obtener la máxima compensación. Si no lo era, cuando Catalina le pidiera que aclarara los hechos, él igualmente le exigiría algo a cambio.—¿La Sra. Cantú, del Grupo Cantú?Atilio afirmó con firmeza:—¡Sí! ¡Nunca imaginé que sería capaz de hacerle esto a su propio hermano!—Creo que quiere divorciarse de ese Cantú, y por eso ha dejado lisiado a mi hijo. —Piensa que así heredará todos mis bienes. —¡Es una malvada!El caso involucraba a los Cantú, era una noticia bomba. Los flashes no paraban de dispararse y los periodistas se apresuraban a hacer preguntas.—¿Puede aportar pruebas de que fue Catalina?—¿Dónde está Catalina ahora?
Darío aún dudaba. Un hombre de barba espesa que estaba a su lado le dijo:—Si no sigues, iremos a cobrarle a tu papá.Darío le sujetó la mano de inmediato:—No, puedo ganar, ¡de verdad puedo!—Vaya, una última ronda.Darío dijo con dificultad:—Está bien, ¡pero esta es la última!Tenía los ojos enrojecidos por la desesperación y rezaba en silencio para ganar esta vez. Le temblaban las manos de los nervios.En el fondo, sentía miedo.¿Y si volvía a perder? No, no podía perder. Recordó que hacía unos días había visto a alguien haciendo trampa.***—¿Cómo es que Darío todavía no ha vuelto? —preguntó Atilio al sirviente que estaba cerca.—A esta hora ya debería haber salido de clases, ¿no? Llama a la escuela.—Aunque sus notas sean malas, no puede quedarse tanto tiempo allí.—Sí, señor.El sirviente tomó el celular y llamó a la escuela. Tras recibir la respuesta, colgó y se apresuró a decirle a Atilio:—El señorito no está en la escuela, señor. —Y resulta que lleva varias semanas sin
Después de aquel encuentro, Martín consiguió su número de alguna manera y la agregó por iniciativa propia. Al principio, por supuesto, Catalina no aceptó. Fue hoy cuando finalmente lo hizo.Apenas un segundo después de aceptar la solicitud, Martín le escribió."Parece que necesitas algo de mí."Era un hombre inteligente, no perdía el tiempo con rodeos. Catalina le planteó directamente su petición. Poco después, Martín llegó.—Llegamos.El viaje duró unas tres horas. Martín dio un gran rodeo y subió por una montaña. Catalina ni siquiera se atrevía a mirar por la ventanilla. Ahora estaban detenidos frente a una casa a media ladera. Catalina no era ajena a este tipo de residencias; mucha gente adinerada busca lugares tranquilos.Siguió a Martín al interior. Notó que los guardias que había visto antes seguían allí, ahora barriendo el patio.—¿Has hecho algo malo? —Hasta tienes a tus guardias disfrazados de personal de limpieza para protegerte —comentó Catalina mientras caminaba d
Leo no podía controlar sus emociones.Llamó a Polo:—Necesito que rastrees una placa.—¿De quién?—De Martín.Polo dudó un momento:—¿Quién es?Leo se frotó las sienes:—No lo conoces.Polo no preguntó más:—Mándame la placa.Leo le envió de inmediato el número que recordaba.Polo dijo:—Ayer, mientras pescaba con mi abuelo y el tuyo, le oí decir que no piensas divorciarte de Catalina.—Polo, ahora no estoy de humor para hablar de esto.Polo soltó una risa fría:—¿Que no estás de humor? ¿Cuándo has estado de humor? —Cada vez que te menciono a Catalina, o no quieres hablar o dices que ya tienes tus planes.—Polo, si estás muy aburrido, búscate algo que hacer.—No te metas todo el tiempo en mis asuntos.—Sabes perfectamente por qué me meto. —Es porque tengo miedo de que termines muerto, como aquella vez en el hospital...No terminó de hablar cuando Leo lo interrumpió con frialdad:—Ya te dije que no menciones ese tema.Polo se quedó en silencio, luego dijo:—Pues lo voy a mencionar. —
—Papá, ¿me llevas a la escuela? —le preguntó Antonio.Leo miró hacia la habitación y negó con la cabeza:—Que te lleve el chofer.Antonio siguió su mirada hacia la habitación. Recordó lo que había visto la última vez y de repente entendió que allí dentro había alguien más.Bajó la cabeza y dijo en voz baja:—Quiero que me lleves tú.Leo siempre cumplía los pedidos de Antonio. De lo contrario, por su carácter, Antonio difícilmente haría una petición en ese tono.Pero esta vez Leo volvió a negarse:—Te llevo la próxima vez.Antonio miró a la habitación:—¿Es por ella que no me llevas?Apenas terminó de hablar, el rostro de Leo se ensombreció:—¿Eso es lo que piensas?Antonio insistió:—En tu corazón, ella es lo más importante, ¿verdad? —Si tienes un bebé con ella, dejaré de ser...—Antonio, jamás he pensado eso.—Siempre serás mi hijo —dijo Leo.—Solo que hoy tengo algo importante.—El chofer te llevará, y por la tarde iré a recogerte.A Antonio se le enrojecieron los ojos.Por primer
—Basta.—No, te lo digo por última vez.—Haz que Catalina tome la pastilla anticonceptiva. —Además, no debes verla, a menos que quieras que muera. —Esas cicatrices en sus muñecas solo han sanado, no han desaparecido. —Hay veintiséis en total. —No hace falta que te lo recuerde; lo sabes muy bien.Ambos guardaron silencio durante un largo rato, sin colgar.Finalmente, Leo dijo con voz ronca:—Entendido.—Mi asistente llegará en veinte minutos.Leo colgó.Apretó el celular con fuerza y respiró hondo, con esfuerzo. Hasta la sirvienta de limpieza podía notar que estaba de pésimo humor.Así que tomó sus herramientas y se alejó rápidamente.Permaneció en el balcón, inmóvil, mirando fijamente las macetas durante mucho tiempo.Luego volvió a la habitación, humedeció una toalla con agua tibia y limpió el cuerpo de Catalina varias veces. La última vez que ella había estado en casa, lo había vaciado todo; no había dejado ni una sola pertenencia suya.Así que Leo le puso su propio pijama y la







