INICIAR SESIÓNPOV HERNÁN
La comida se me queda a medio camino en la garganta.
No puedo creer lo que escucho. ¿De verdad me está dando permiso para marcarla? Puedo oler su excitación, sus pupilas bien dilatadas, sus mejillas ruborizadas, pero sus ojos… usualmente de un marrón rojizo, están de color miel.
Mi corazón da un vuelco. Está presentando señales de tener un lobo.
—Lyke, ¿qué hago? —pregunto sin saber cómo reaccionar, pero el maldito está alzado y lo único que quiere es hacerla suya.
Clara parpadea un par de veces y vuelve a su estado de timidez natural, al igual que el tono de sus ojos.
—Perdón, yo… —comienza a decir—. Dije cualquier cosa, lo siento.
Quiero darme una bofetada a mí mismo por no haber reaccionado a tiempo. Bueno, Lyke ya lo hace por mí.
—No, Clara, por favor. Quiero que estés segura de lo que estás diciendo —respondo.
M*****a sea, ni siquiera puedo tomarla de la mano por culpa de ese grupito de la oficina. Sé que están atentos a los que hacemos.
—Me precipité —comenta—. Ni siquiera sé nada de este mundo, ni de nada…
—Podemos empezar de a poco —propongo. Me mira con curiosidad—. Ya sabes, no hace falta que te marque la primera vez —agrego, acercándome a ella para susurrar—. Solo deberías concentrarte en disfrutar.
—Entiendo —murmura esbozando una sonrisa tímida.
—Entonces, ¿aún mantienes la oferta de practicar? —quiero saber.
—¿Puedo tomarme unos minutos para pensarlo? —cuestiona con tono avergonzado.
—Por supuesto, sin prisa —replico, ahora sí saboreando el risotto.
Daniel aparece de repente, y se acerca a nuestra mesa con expresión curiosa. Saca una silla de la mesa de al lado y se sienta entre nosotros. Un mozo lo mira con mala cara, pero no le dice nada.
—Bien, descubrí algo —dice.
—¿Qué descubriste? —inquiero.
—Sobre Clara y su lobo dormido.
La interpelada se atraganta con la comida y lo mira con los ojos bien abiertos.
—¿Cómo sabes eso? —interroga. En un segundo, su expresión cambia—. Oh, espera, eres un lobo también.
—Así es, soy el Beta de Hernán —replica Daniel con tono orgulloso. Chocamos los cinco y Clara se nos queda mirando como si no entendiera nada. Bueno, seguramente no entiende nada.
Toma mi copa de vino y la vacía en dos tragos. Parece que el agua no era suficiente. Daniel y yo la miramos con expresión divertida.
—Bueno, ¿qué descubriste? —insisto.
—Bien. Hay dos formas de saberlo. Una es el camino fácil, apareamiento con su pareja. Creo que eso pueden resolverlo, ¿no, chicos? —dice sonriendo de oreja a oreja. Al ver nuestras caras de incomodidad, se aclara la voz y continúa—. La otra es una especie de ritual, meditación, o algo así, en la que te devuelven a un trauma pasado y puedas descubrir si fue ahí donde tu lobo decidió aislarse.
—Clara, siento preguntarte esto, pero ¿hace cuánto perdiste a tus padres? —pregunto.
—Cuatro años —responde en un murmullo.
—¿Y hace cuánto dibujas lobos? —inquiero. Daniel arquea las cejas.
—Desde que tengo uso de la razón —contesta con tono pensativo.
—¿Puedo ver esos dibujos? —interrogo. Me mira con algo de duda, pero termina asintiendo—. Daniel, quédate a cargo de la empresa esta tarde, voy a acompañar a Clara. Tenemos que averiguar esto cuanto antes.
Terminamos de comer y volvemos con Clara a la empresa solo para ir a buscar el auto.
—Recuerda usar protección —dice Daniel con tono burlón con un enlace mental.
Pongo los ojos en blanco y mi compañera me mira con expresión interrogante, pero no dice nada. Nos dirigimos a su casa, que es donde están sus cuadros.
El viaje transcurre en silencio. Noto que ella está preocupada, y no quiero sacarla de sus pensamientos. Llegamos a su departamento, el cual está vacío.
—Mi prima está trabajando —expresa, caminando hacia su cuarto—. Perdón por el desorden —agrega avergonzada mientras abre la puerta.
La habitación es algo pequeña, tiene una cama de dos plazas, un escritorio lleno de cuadernos y papeles hechos un bollo, hay ropa sobre la cama y un caballete con un lienzo en blanco junto a varios pinceles tirados por el suelo. Apenas entra un armario con un espejo pegado en su puerta.
—Acogedor —expreso.
Todo huele a ella, mis sentidos más razonables están perdiéndose y sé que tengo que salir de aquí rápido o la voy a poseer en cualquier momento.
Ella saca una caja de debajo de su cama y la coloca sobre el escritorio. Me acerco a curiosear.
—Estos los hice mientras estaban mis padres vivos todavía —comenta con voz ahogada. Le doy un apretón de manos en un intento de reconfortarla.
Hay dibujos sin lobos, pero esas en su mayoría son paisajes hermosos, increíblemente dibujados, con detalles perfectos. En las que sí hay lobos, noto un patrón, en todas hay uno con pelaje rosa claro y ojos color miel. Esa debe ser ella.
Lyke aparece para ver a través de mis ojos.
—Guau, es hermosa… —comenta con tono enamorado. Sonrío—. Pero, ¿por qué le cambia la tonalidad de los ojos?
Hago una mueca. Tiene razón, la mayoría de los lobos mantenemos nuestro color natural cuando nos convertimos, aunque los Alfa tenemos la capacidad de hacerlos brillar si deseamos, pero nunca cambiar el tono del iris.
—¿Qué pasa? —pregunta al notar que me detuve—. ¿Hay algo malo?
Le muestro varios dibujos y le hago ver que en cada lugar está ese lobo rosa. Es curioso, tampoco vi jamás un lobo de ese color.
—Me gusta el rosa —expresa encogiéndose de hombros. La miro con una sonrisa—. ¡Ah! ¿Crees que ese puede ser mi lobo? —inquiere abriendo los ojos de par en par.
Asiento con la cabeza y esbozo una sonrisa.
—Esa debes ser tú, mi amor —digo. Juro que el apodo se me escapa sin querer, y los dos nos quedamos mirando como si hubiera soltado una bomba—. Lo siento.
—No, perdóname tú a mí —contesta rápidamente. Se sienta en el borde de la cama y suelta un bufido de frustración—. Es todo tan nuevo para mí. Esto, tener una relación… y encima sumándole una dificultad, ¡una relación con un lobo! —exclama, frotándose los ojos.
—Ey, está bien —murmuro, acercándome, y me arrodillo frente a ella—. Vamos a hacerlo más lento, ¿sí? Sé que esto te debe estar pareciendo agobiante. Tomémoslo con calma.
—Mi vida era normal hace dos semanas, no entiendo nada de lo que está pasando, qué está sucediendo, ni quién soy —continúa, sollozando y comenzando a temblar.
—Vamos a descubrirlo juntos —comento, tratando de tranquilizarla. Sostengo sus manos, pero parecen temblar cada vez más y las lágrimas empapan sus mejillas con rapidez.
—Y encima mis padres me dejaron sola, ni siquiera me enseñaron a vivir sin ellos y cada vez odio más haber sobrevivido a ese accidente —prosigue.
Está llorando tanto que hasta le cuesta respirar. Está teniendo un ataque de ansiedad. Comienza a hiperventilar y a murmurar cosas que apenas entiendo, pero que no son nada lindas.
Me concentro para pasarle algo de mi aura protectora, tratando de calmarla. Me acuesto en la cama y la coloco sobre mi pecho, acariciándola con suavidad.
Al principio se resiste, se quiere alejar, pero la mantengo firme. Sé que es feo obligarla a mantenerse a mi lado, pero si no me siente, no se va a tranquilizar.
—Estoy contigo, no te voy a dejar. Estás protegida, estás bien. No voy a permitir que nadie te haga daño —expreso en un susurro mientras continúo acariciando su espalda.
Poco a poco van bajando sus pulsaciones, su respiración comienza a ser más estable y su cuerpo más relajado. Continúo acariciándola.
Minutos después, me doy cuenta de que se quedó dormida. Suelto un suspiro, aliviando la tensión que se acumuló en mi cuerpo.
No debería haber removido esos cuadros, le trajo recuerdos que no estaba preparada para afrontar y, sumado a todo lo que está sintiendo, es una bomba emocional para ella. Es normal que reaccione así. Necesito cuidarla más.
Me quedo mirando el techo mientras pienso en cómo puedo hacer para ayudarla, pero un frasco sobre la mesa de luz me llama la atención. Me estiro con cuidado para recogerlo, tratando de no hacer un movimiento brusco, y leo la etiqueta.
Según dice, son pastillas para dormir, pero yo reconozco la forma y esto no es eso. No sé por qué, pero tengo la leve sospecha de que es algo que puede estar manteniendo a su lobo en lo oscuro, así que me guardo el frasquito en el bolsillo. Voy a mandar a examinar esas pastillas.
También tengo que averiguar cómo fue el accidente de sus padres. Quizás, no fue un simple accidente y alguien está queriendo ocultar algo.
POV CLARAHan pasado cinco años desde la guerra, desde que la oscuridad intentó devorarnos y el mundo tembló bajo el rugido de lo imposible. Cinco inviernos, cinco veranos… y, aun así, siento que fue ayer cuando el cielo se cubrió de sombras y nuestras manos, unidas, empujaron la luz de regreso.Y aquí estamos.Nuestro hogar, en medio del claro donde antes ardían los rezos de los ancestros, es ahora una cabaña viva, cálida, llena del aroma a madera, flores silvestres y pan recién horneado. La luz del sol entra por las ventanas altas, tiñendo el suelo de reflejos dorados. La brisa trae consigo los cantos del bosque y el murmullo de la manada a lo lejos.Me inclino para recoger un juguete caído: una figura de lobo hecha a mano, tallada por Hernán en una tarde de lluvia. Nuestra hija, Luna, se ríe al verlo, con sus rizos oscuros desordenados y sus ojos pardos brillando con esa chispa dorada que solo los suyos poseen. Su risa, dulce y pura, es la melodía que me ancla al presente.—¡Mamá, m
POV HERNÁNNo es el frío abismo del veneno, sino la noche profunda y la paz silenciosa del bosque. El caos se ha desvanecido. En el aire ya no solo flota el olor a azufre y sangre, sino también la promesa del amanecer, la frescura de la tierra húmeda, el aroma dulzón de las hojas recién caídas. Y el rostro de Clara, mi Luna, mi amor. La imagen de ella, sana y salva, se graba en mi mente, un faro de luz en medio de la tormenta que ha consumido nuestra manada. Es su fuerza la que me ha devuelto a la vida, la que me ha sacado del abismo de la desesperación, la que me ha hecho más fuerte de lo que jamás imaginé. No soy solo un Alfa. Soy su Alfa. Y ella, mi Luna. Mi otra mitad.Lyke aúlla en mi interior, no con la furia de la batalla, sino con el profundo y ancestral alivio de haber encontrado a su compañera. La conexión, antes un hilo frágil, ahora es una cuerda de hierro, vibrante y fuerte. Siento su corazón latiendo al unísono con el mío, un ritmo que me da paz en medio del infierno que
POV CLARAEl dolor es insoportable. Mi cuerpo arde, mis músculos se contraen en espasmos incontrolables, mi mente se retuerce en un laberinto de agonía. Es la aguja de Alan Uyina. El líquido verdoso. El acónito. Un veneno que me consume, que me debilita, que me somete. No es solo un dolor físico; es una tortura para mi alma, un veneno que ataca mi esencia, mi magia, mi conexión con mi lobo. Siento cómo mi energía se apaga, como si una vela en mi interior estuviera siendo extinguida por una ráfaga de viento helado.Estoy en una mesa de metal, atada, mi cuerpo desnudo, vulnerable a la mirada fría de mi captor. Las luces parpadean, cegándome con su intensidad cruel, y el zumbido de las máquinas es ensordecedor. El rostro de Alan se cierne sobre mí con una sonrisa fría, calculadora, que me hace querer gritar. Ha logrado lo que tanto anhelaba: tenerme a su merced, despojada de mis poderes, de mi fuerza.—El despertar está por comenzar, Luna —dice, su voz es un susurro que me hiela la sangr
POV HERNÁNUn fuego helado que recorre mis venas, apagando mi fuerza, mi furia, mi conciencia. Es la sensación de estar atado, de ser un títere en mi propio cuerpo. Intento moverme, pero mi cuerpo está pesado, mis músculos no responden. Es como si una fuerza invisible me anclara al suelo, una pesada losa que me impide levantarme. Alan Uyina. Clara. Las últimas palabras de Valeria, un eco siniestro en el abismo de mi mente.—¡Lyke! —grito en mi mente, desesperado por su presencia, por su fuerza.Pero no hay respuesta. Solo el silencio. Mi lobo está dormido. O peor… Muerto. El terror más profundo me invade. Sin Lyke, soy solo un hombre. Un hombre débil, inútil. Un Alfa sin su lobo. Un corazón sin su otra mitad. Es la sensación de estar incompleto, de que me falta una parte vital de mi ser. La oscuridad se profundiza, y siento que me ahogo, que me pierdo en la inmensidad del vacío. Es la sensación de la muerte, de la nada.—No… —murmuro, mi voz se pierde en el silencio, un susurro de des
POV CLARAEl frío es lo primero que siento. Un frío que me cala los huesos, que me envuelve, me asfixia. No es el frío de un invierno nevado, sino un frío metálico, estéril y punzante que se filtra por cada poro de mi piel. Abro los ojos, y la oscuridad es absoluta. Una oscuridad tan densa que parece tener peso, una manta de tinieblas que me oprime el pecho y me roba el aliento. No hay ni una pizca de luz, solo un vacío que me ensordece. El silencio es más aterrador que cualquier rugido de guerra, un silencio que grita de soledad y desesperación.¿Dónde estoy?Mi mente, todavía aturdida, intenta procesar la última imagen que recuerdo: el rostro de Alan Uyina. La punzada en mi vientre. El dolor. La súbita ruptura del vínculo con Hernán, un desgarro que me dejó sin aliento, como si una parte de mi alma hubiera sido arrancada a la fuerza. Intento moverme, pero mis brazos y piernas están atados, una sensación que me hace entrar en pánico. El metal frío de las cadenas roza mi piel, y el so
POV HERNÁNSiento un dolor tan agudo que me parte el alma, un desgarro que no es físico, no es una herida de garra ni el impacto de un golpe, sino una herida profunda en el tejido mismo de mi ser. Es un eco sordo que me inmoviliza, me congela en el epicentro de una batalla infernal. Mi vínculo. El vínculo con Clara. Se ha roto. La conexión que nos unía, más fuerte que cualquier lazo de sangre, se ha deshecho en un instante, dejando un vacío ensordecedor.—¡Clara! —grito dentro de Lyke, mi voz es un rugido primario de desesperación que se desgarra en mi garganta, un sonido brutal que se ahoga y se pierde en el estruendo caótico de la guerra que nos envuelve.Lyke, aúlla con una furia y un pánico que jamás había experimentado. Es el terror ancestral de la pérdida, la agonía insoportable de la separación de su Luna, de nuestra Luna. Siento un agujero negro en el pecho, una vorágine de nada donde antes residía la luz, la calma, la presencia constante y reconfortante de Clara. Era mi ancla







