INICIAR SESIÓNBajo la luna roja, una antigua profecía comenzó a gestarse. Una profecía nacida de la traición y de un amor prohibido que jamás debió existir. Miel conocía la verdad que el mundo humano ignoraba: los clanes de lobos existían, las antiguas sangres aún gobernaban en las sombras y una guerra silenciosa llevaba siglos dormida, pero esperando su momento. La Luna ya había marcado el destino con el heredero de las dos manadas más poderosas. Gamaliel. Un empresario poderoso, arrogante y acostumbrado a tenerlo todo: dinero, mujeres y control sobre su imperio. Lo que ignoraba era que su vida humana era solo una ilusión… y que en sus venas corría la sangre del alfa destinado a reclamar el trono. Mientras la luna de sangre se acercaba y los enemigos comenzaban a moverse en la oscuridad, Miel tendría que acercarse al único hombre que aún no sabía quién era realmente. Porque cuando la profecía despertara por completo, ya no habría forma de detenerlo. De detener al verdadero heredero.
Ver másEl amanecer encontró a la manada envuelta en una tranquilidad que hacía semanas no conocíamos.La guerra había quedado atrás y parecía que hubiera sucedido hace décadas.Los guerreros reparaban los daños causados por el ataque, las curanderas atendían a los últimos heridos y, por primera vez desde que llegué a este lugar, las risas de los niños volvían a escucharse entre las cabañas.Se podía respirar la paz. Me detuve frente a la entrada de la cabaña que me habían facilitado. Todavía me costaba llamar hogar a aquel sitio, porque lo sentía como una estancia pasajera. De cierto modo, sabía que luego de que la guerra terminara, yo tendría que volver a buscar mi lugar en el mundo. Y ese lugar tal vez me estuviera esperando en el norte, junto a los lobos grises. Durante toda mi vida había pensado que pertenecía a Manhattan, a aquella ciudad ruidosa y siempre despierta. Sin embargo, bastaron unos meses para comprender que nunca había sido así.Mi lugar siempre había estado aquí, en un p
El silencio llegó de manera tan abrupta que resultó casi irreal.Después del estruendo de la batalla, del barro removido y de los aullidos que habían sacudido el pantano durante lo que parecieron horas, el bosque volvió a respirar con normalidad.Permanecí inmóvil al lado de mi Alfa. Aunque mi respiración seguía acelerada, el miedo comenzaba a desvanecerse. Gamaliel permanecía en su forma de lobo. Su enorme pecho subía y bajaba con lentitud mientras recorría el bosque con la mirada, evaluando los daños. La rabia había desaparecido de sus ojos. Ahora solo quedaba una calma, como el arcoíris después de la tormenta. Los últimos miembros de la manada del sur se internaron entre los árboles, cargando a sus heridos. Ninguno volvió la vista atrás.Habían perdido frente al nuevo Alfa, y lo peor, es que el bosque no olvidaba. Pronto se correría la voz y todos sabrían que el heredero había nacido. Remus se acercó a nosotros en completo silencio, con cautela. Se detuvo frente a Gamaliel y, tr
—¡Gamaliel!Mi grito se perdió entre los rugidos que estremecían el pantano.Intenté nuevamente abrirme paso entre los lobos del sur, pero uno se interpuso en mi camino. Me lancé contra él con todas mis fuerzas y lo obligué a retroceder varios metros. Apenas cayó al suelo, otro ocupó su lugar con el único fin de debilitarme. No buscaban matarme, solo mantenerme lejos del nuevo Alfa, y eso me aterraba mucho más que cualquier daño físico que me pudieran propinar. Necesitaba estar con Gamaliel, había algo dentro de mi pecho que tiraba en su dirección. Volví la vista hacia él y pude ver que cinco lobos lo rodeaban, intentando contenerlo. Sin embargo, cada vez que uno lograba acercarse, él respondía con una fuerza salvaje que ninguno parecía capaz de resistir.Era evidente que su cuerpo luchaba por puro instinto, pero su lobo ya sabía exactamente qué hacer.Un nuevo rugido profundo nació en su pecho. Era una orden directa que se extendió por el pantano como una onda invisible.Los guerr
Todo ocurrió demasiado rápido.Los primeros cuerpos chocaron con una violencia brutal. El pantano, que minutos antes había sido el escenario de una ceremonia sagrada, se convirtió en un campo de batalla. El barro salpicó en todas direcciones mientras los aullidos llenaban el bosque.Vi a Remus lanzarse sobre el Alfa del sur sin dudarlo. Sus fauces buscaron el cuello de su rival, obligándolo a retroceder varios metros.Al mismo tiempo, el resto de la manada respondió con el ataque. Los guerreros del norte cerraron sus filas, formando una barrera entre los atacantes y nosotros.Nos estaban apoyando. Defendiendo a Gamaliel, el Alfa prometido por la pofecía. —¡No los dejen pasar! —rugió uno de los Betas.Por otra parte, la manada de la periferia fue liderada por Remus y Marcella, quien se mostraba firme y dispuesta a defendernos. El sonido de los colmillos chocando, de las garras rasgando la tierra y de los gruñidos de dolor terminó por mezclarse en un solo estruendo.Busqué a Gamalie






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