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2. EL ALFA KAESAR

Autor: Bris
last update Fecha de publicación: 2025-04-02 19:12:13

KAESAR: 

 Mi lobo, Kian, no me dio tregua durante todo el día. Desde el amanecer, se retorcía con una inquietud que no lograba descifrar. Su urgencia crecía con cada minuto, impidiéndome concentrarme, mucho menos disfrutar de la cena que me había servido. Al final, me rendí. Me transformé, dejando que Kian tomara el control.  

 La ventisca era cruel, la nieve caía con fuerza, cubriendo cada centímetro del bosque. Pero Kian corría con determinación, sin importarle el frío que cortaba como cuchillas ni las ramas que arañaban mi pelaje mientras pasábamos a toda velocidad entre los árboles. Sabía a dónde iba, aunque me costara admitirlo. Reconocía esa dirección. A cada zancada, la verdad se volvía más clara en mi mente: el refugio de la madre de Kaela.  

 Mi respiración se agitó. ¿Había vuelto? ¿Después de tantos años buscando señales, podría ser cierto? El pensamiento me estremeció tanto que incluso Kian disminuyó su marcha un instante. Recordé aquel pacto con el Alfa Ridel, su padre. La estrategia perfecta para protegerla, para esconderla del peligro después de aquella noche oscura en que su madre perdió la vida. Kaela había desaparecido sin dejar rastro, y ni siquiera mis recursos fueron suficientes para hallarla. Era solo un niño entonces, un cachorro impotente en comparación con los lobos que acechaban.  

 Ahora todo indicaba que ella estaba aquí. Estábamos tan cerca que Kian volvió a acelerar; su impulso se tornó frenético. Su alegría casi infantil era palpable, como si finalmente hubiéramos encontrado lo que habíamos anhelado. Mi mente se llenó con una imagen: Kaela. Fuerte, indomable, la loba que había jurado convertir en mi Luna. Todo estaba listo, tal como lo había planeado. Ridel había accedido a mi insistencia, su reticencia vencida por la promesa de paz y algo más.  

 Un aullido, desgarrador y lleno de sufrimiento, reverberó entre los árboles, seguido de voces que olían a traición. El pecho de Kian vibró con un rugido desesperado mientras sus patas nos impulsaban aún más rápido. Era ella, mi Luna. Lo sabía. Lo sentía en cada fibra de mi cuerpo. Teníamos que llegar, protegerla. Pero cuando irrumpí en el claro, mis patas frenaron en seco, y el aliento se me cortó.  

Ahí yacía él, el Alfa Ridel. Su enorme cuerpo se retorcía sobre un charco de sangre roja que se mezclaba con la nieve blanca, creando gruesos riachuelos escarlata. Su garganta, desgarrada, ya no emitía rugidos de mando, sino débiles gruñidos entrecortados.  

—¡Alfa Ridel! —exclamé, cambiando a mi forma humana sin pensarlo. Me apresuré a su lado, presionando contra su herida, pero era inútil. La vida se escapaba de su cuerpo tan rápido como la sangre.  

 Él me miró, con los ojos vidriosos, opacos, apagándose con cada segundo que pasaba. El dolor lo vencía, pero aun así intentaba hablar, luchando contra la gravedad de su herida. De su garganta desgarrada escapaban borbotones de sangre que teñían de rojo la nieve, como si la tierra misma llorara por él. Me incliné hacia su rostro, rogando por una palabra más, un último indicio que me guiara entre la furia que hervía en mi pecho.  

—Kaela… —murmuró, en un susurro arrastrado—. Salva a Kaela. Se la llevaron.  

 Aquellas palabras se clavaron en mi alma como garras afiladas. Mi Kaela. Mi futura Luna. Se la habían llevado y, con ella, se llevaron la única razón que tenía para contener al monstruo que rugía dentro de mí. Yo no era un simple Alfa, no era uno más entre los lobos. Yo era un Alfa Real, el último de mi linaje, el heredero de una estirpe que había gobernado con honor y sangre desde que los lobos caminaron por estas tierras.  

 Nadie podía robarme lo que me pertenecía sin pagar un precio tan alto que los ecos de su error se grabarían en la memoria de todas las manadas. Mis garras se hundieron en la nieve empapada de la sangre de Ridel, temblando mientras la rabia y el dolor bullían en mis venas como un veneno incandescente, alimentando mi transformación.  

—¿Quién? ¡Dime quién hizo esto! —rugí con furia, bajo el peso de la ira. Mi futura Luna estaba en peligro. —¿Por qué no me avisaste de que vendría para protegerla?  

 Ridel, con su cuerpo ya más cerca de la muerte que de la vida, levantó débilmente una mano y señaló hacia las sombras del bosque. Un último aliento escapó de sus labios antes de dejar caer su brazo, inerte.  

 —Es tu Luna… Y una Alfa Real, sálvala —murmuró, y entonces el silencio lo envolvió todo.  

 Me quedé allí, congelado por un instante que se sintió eterno, mirando cómo sus ojos se apagaban como brasas que finalmente sucumbían al frío. Ridel, el lobo que después de la muerte de mi padre me había enseñado a dominar mi fuerza, a respetar el legado que corría por mis venas, ahora yacía inmóvil. Sus palabras resonaban en mi mente con incredulidad.  

¿Kaela? ¿Mi Kaela? ¿Era una Alfa Real como yo?  

 No solo era mi Luna destinada, sino que era como yo. Llevaba la misma sangre sagrada, el mismo linaje. Ahora entendía muchas cosas que no comprendía porque me las había ocultado hasta ahora. No era solo mía por destino; era mía por derecho al ser el último Alfa Real. Y se habían atrevido a tocar la esencia misma de lo que significábamos.  

 Un rugido salió de mis entrañas como un trueno desgarrador, llenando el aire frío con una declaración que hacía temblar el suelo bajo mis pies. No era un simple grito; no era algo que pudiera ser ignorado. Era la llamada del Alfa Real. Era una advertencia para cualquiera que tuviera la osadía de cruzarse en mi camino.  

 Me transformé de inmediato en mi lobo Kian. La nieve, manchada de rojo, crujía bajo mis patas, con mi pecho aún vibrando con la energía que solo mi sangre podía invocar. Hoy, sabrían lo que era enfrentarse al último de mi especie.  

 Observé el horizonte, apretando los dientes mientras el control se desvanecía entre tanta furia. Hoy, no habría límites. Hoy, no habría tregua. Dejé a mi Alfa Real tomar las riendas sin resistencia. Era el momento. Era la hora de desatar la tormenta que llevaba siglos dormida en mi linaje.  

 Los rastros de Kaela y sus raptores habían sido borrados por la nieve, y la ventisca arreciaba por momentos. Cerré los ojos y dejé que el eco de mi llamado se dispersara como un clamor desesperado, al mismo tiempo que lleno de poder. Ella no podía haberme olvidado; era algo nuestro, íntimo. Pero no obtuve respuesta. ¿Por qué no me contestaba para ir en su ayuda?  

 El silencio que siguió fue más aterrador que cualquier rugido enemigo que pudiera enfrentar. El bosque quedó mudo, y la ventisca arrebató mi respuesta antes de que pudiera llegar a mis oídos. Sentí cómo algo indescriptible oprimía mi pecho, un peso que no era miedo, sino algo mucho peor: la incertidumbre.  

—¡Kaela! —llamé nuevamente, esta vez con más fuerza, rompiendo la quietud, exigiendo su respuesta como un derecho absoluto. —¡Kaela, te encontraré!  

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Último capítulo

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