FAZER LOGINAmber creía que cumplir dieciocho años sería inolvidable. Lo fue. Solo que terminó con varios cadáveres, una transformación imposible y una verdad que su madre llevaba toda su vida ocultándole: Amber es una mujer lobo. Sin saber controlar a la criatura que acaba de despertar dentro de ella, es enviada a la Universidad Luna Roja, el lugar donde estudian los herederos de las manadas más poderosas. Allí todo es nuevo. Las jerarquías. Los instintos. Los olores. El peligro. Y él. William Blackthorn. Príncipe. Futuro Rey Alfa. Arrogante, provocador y demasiado acostumbrado a conseguir todo lo que quiere. Cuando Will la encuentra entre cientos de lobos, solo necesita una palabra para poner patas arriba la vida de Amber: —Mía. Pero Amber no piensa entregarse a un hombre solo porque la Luna haya decidido que son compañeros. Aunque su loba tenga otros planes. Aunque su cuerpo arda cuando él se acerca. Aunque ese maldito olor a almendras y cerezas consiga que olvide cómo respirar. Mientras Amber intenta dominar unos instintos cada vez más difíciles de controlar, alguien dentro de Luna Roja empieza a vigilarla. Primero llegan las amenazas. Después, la plata. Y finalmente una pregunta mucho más peligrosa: ¿Por qué quieren matar a una chica que ni siquiera sabía que pertenecía a ese mundo? Amber pronto descubrirá que ser la compañera del futuro Rey Alfa es solo una pequeña parte de la verdad. Porque el apellido que le ocultaron durante dieciocho años podría cambiar el equilibrio de todas las manadas. Y quizá el verdadero peligro nunca fue enamorarse del príncipe. Sino descubrir quién es ella realmente.
Ver maisCumplir dieciocho años debería haber sido memorable.
En mi defensa, nadie especificó de qué manera.
La fiesta estaba en uno de mis lugares favoritos de la costa. Una cala bastante apartada donde las rocas protegían la arena del viento y, cuando bajaba la marea, se formaban pequeñas piscinas naturales entre las piedras.
Había pasado media vida allí.
Con mi madre.
Con amigos.
Sola.
Sabía dónde meterse al agua sin pisar erizos, dónde se escondían los cangrejos y qué roca era perfecta para tumbarse cuando el sol empezaba a caer.
Aquella noche no reconocía mi propia playa.
Mis amigas habían colocado pequeñas luces entre unas sombrillas. Había dos hogueras, música saliendo de un altavoz enorme y demasiada gente para mi gusto.
El aire olía a sal, crema solar, humo y cerveza.
Yo llevaba un vestido blanco corto que había jurado no ponerme porque me parecía demasiado arreglado para una fiesta en la arena.
Dos horas después seguía preguntándome por qué había cedido.
—Deja de estirarlo.
Miré a Sophie.
—No lo estoy estirando.
—Amber, llevas veinte minutos tirando del bajo.
Bajé la vista.
Tenía los dedos agarrados a la tela.
Los solté.
—Es corto.
—Tienes unas piernas preciosas.
—No estamos hablando de mis piernas.
Sophie puso los ojos en blanco y me quitó el vaso de refresco de la mano.
—Tu problema es que piensas demasiado.
—Mi madre dice lo mismo.
—Tu madre tiene razón.
—No vuelvas a decir eso delante de ella. Se pondrá insoportable.
Se echó a reír.
Yo también.
Todavía me resulta extraño recordar que me reí aquella noche.
Que durante un rato fui feliz.
La música cambió y varias personas empezaron a gritar cerca del agua.
Alguien había decidido meterse vestido en el mar.
Perfecto.
Eso garantizaba al menos tres móviles muertos antes de medianoche.
Me aparté el pelo de la cara cuando una ráfaga húmeda llegó desde la costa.
Y entonces lo vi.
Alex.
Venía caminando hacia nosotros.
Mi estómago hizo esa cosa ridícula que llevaba meses haciendo cada vez que aparecía.
Rubio.
Alto.
Bronceado.
Camiseta blanca.
Vaqueros remangados.
Parecía uno de esos tíos que salen en los anuncios de universidades privadas fingiendo estudiar mientras sonríen bajo un árbol.
Y lo peor era que Alex no necesitaba fingir.
Era inteligente.
Jugaba al fútbol.
Sacaba buenas notas.
Estudiaba en una universidad que costaba más al año que el coche de mi madre.
Y, hasta donde yo sabía, no era un imbécil.
Eso último resultó ser importante.
Sophie me dio con el codo.
—No mires ahora.
—Ya estoy mirando.
—Pues deja de hacerlo como si llevaras tres meses encerrada en una cueva.
—Cállate.
—Está viniendo.
—Ya lo sé.
Mi corazón había decidido avisarme golpeándome las costillas.
Alex llegó hasta nosotras.
—Feliz cumpleaños.
Sonrió.
Maldita sea.
Sonreía demasiado bien.
—Gracias.
Eso fue todo lo que consiguió producir mi maravilloso cerebro.
Gracias.
Dieciocho años de educación para semejante despliegue verbal.
Alex me miró unos segundos.
Luego levantó una pequeña bolsa de papel.
—Te he traído algo.
—¿En serio?
—En serio.
Noté las miradas de mis amigas.
Todas sonreían.
Aquello tendría que haberme parecido raro.
Mi madre llevaba meses diciéndome que aquellas chicas no me gustaban de verdad.
Yo pensaba que era porque Elena desconfiaba de cualquier persona que respirara cerca de su hija.
—Vamos —dijo Sophie—. Abridlo lejos de aquí. Nosotras tenemos cosas que hacer.
—¿Qué cosas?
—Cosas.
La expresión de su cara hizo que sintiera calor en las mejillas.
—Eres idiota.
—Y tú eres virgen hasta de pensamiento. Vete.
—¡Sophie!
Alex se rio.
Yo habría querido enterrarme en la arena.
Pero él me ofreció la mano.
—¿Caminamos?
Miré sus dedos.
Después su cara.
Y cometí el error de creer que aquella era una de esas noches que recordarías durante toda la vida por razones bonitas.
—Vale.
Nos alejamos de la música.
Cuanto más caminábamos hacia las rocas, más se apagaban las voces.
El mar ocupó su lugar.
Olas entrando y retirándose.
Piedras rodando bajo el agua.
El crujido de la arena bajo nuestros zapatos.
La brisa estaba fresca y me pegaba el vestido a las piernas.
Alex se detuvo junto a una hoguera pequeña, apartada de las demás.
Había alguien allí hacía poco.
Todavía quedaban dos botellas medio enterradas y una toalla arrugada.
—Aquí estaremos tranquilos.
Asentí.
Me senté en la arena.
Alex se dejó caer junto a mí.
Durante unos segundos ninguno habló.
Yo podía sentir mi propio pulso en el cuello.
—Abre el regalo.
—Ah.
Se me había olvidado por completo.
Cogí la bolsa.
Dentro había una pulsera fina.
Nada exagerado.
Una cadena plateada con una pequeña estrella.
La levanté.
—Alex...
—¿Te gusta?
—Muchísimo.
Era preciosa.
Él me ayudó a ponérmela.
Sus dedos me rozaron la muñeca.
Un cosquilleo me subió hasta el codo.
Patético.
Me sentía patética.
—Gracias.
—De nada.
Levanté la mirada.
Alex seguía cerca.
Demasiado cerca para que mi cabeza funcionara con normalidad.
Olía a colonia, humo y cerveza.
Entonces escuché una risa.
Lejana.
Cerca de las rocas.
Giré la cabeza.
—¿Has oído eso?
Alex me tomó suavemente del mentón.
—¿No prefieres mirarme a mí?
La sangre me subió a la cara.
—Puede.
Sonrió.
Y me besó.
Durante los primeros segundos pensé que iba a explotar de felicidad.
Había imaginado aquello demasiadas veces.
En el coche.
En clase.
Duchándome.
Mientras mi madre me explicaba cosas que se suponía que tenía que escuchar.
Sus labios eran cálidos.
La mano de Alex se apoyó en mi cintura.
Yo agarré su camiseta.
Luego su mano bajó.
Demasiado.
Me aparté un poco.
—Espera.
Volvió a besarme.
Más fuerte.
—Alex.
Intenté echar el cuerpo hacia atrás.
Él me siguió.
Su mano volvió a bajar por mi cadera.
—He dicho que esperes.
Esta vez empujé su pecho.
No se movió.
Ni un centímetro.
La primera sensación no fue miedo.
Fue confusión.
Alex siempre había sido respetuoso.
Siempre.
—Venga, Amber.
Su voz había cambiado.
Ya no sonaba dulce.
—No.
Intenté levantarme.
Él me agarró de la muñeca.
Fuerte.
El hueso me dolió bajo sus dedos.
—Suéltame.
Otra risa llegó desde las rocas.
Después otra.
Una luz blanca se encendió.
Un móvil.
Me quedé mirando.
Sophie salió primero.
Luego Rachel.
Megan.
Dos chicas más.
Todas llevaban el teléfono levantado.
Grabando.
La piel de mi espalda se enfrió.
—¿Qué hacéis?
Sophie soltó una carcajada.
—Dios, Amber, deberías verte la cara.
Miré a Alex.
Él estaba sonriendo.
No como antes.
Era una sonrisa que nunca le había visto.
Sin vergüenza.
Sin cariño.
—¿Qué coño pasa?
Rachel acercó el móvil.
—Un poco más cerca, por favor. No se escucha bien.
—Apaga eso.
—No seas dramática.
Me incorporé.
Alex volvió a sujetarme.
Esta vez del brazo.
—Quietecita.
El miedo llegó entonces.
Frío.
Directo al estómago.
—Suéltame.
—Relájate.
—¡He dicho que me sueltes!
Sophie suspiró.
—De verdad, tía, no pasa nada.
—¿Que no pasa nada?
—Solo necesitamos un vídeo.
Miré los teléfonos.
Las sonrisas.
A Alex.
—¿Para qué?
Durante un segundo nadie respondió.
Después Megan se echó a reír.
—Tu madre lleva todo el semestre jodiéndonos con las notas.
El aire me pareció de pronto demasiado frío.
—¿Qué?
—La profesora Scott.
Mi madre.
—Si tenemos esto —continuó—, quizá deje de hacerse la santa y nos apruebe.
Me quedé mirándola.
No podía ser verdad.
—¿Habéis hecho todo esto para chantajear a mi madre?
Sophie se encogió de hombros.
—No queríamos hacerte daño.
Miré mi muñeca.
Los dedos de Alex todavía estaban alrededor.
La pulsera plateada brillaba justo encima de su mano.
El regalo.
También eso había sido mentira.
—Alex.
Me costó pronunciar su nombre.
—¿Tú también?
Él soltó aire por la nariz.
—No hagas un drama.
Fue esa frase.
No sé por qué.
Quizá porque llevaba semanas pensando que aquel chico era bueno.
Quizá porque cinco minutos antes había estado convencida de que me besaba porque le gustaba.
Quizá porque mis amigas estaban riéndose.
O porque una parte de mí seguía intentando encontrar una explicación que no me hiciera sentir tan estúpida.
El calor empezó bajo mi esternón.
No era vergüenza.
Ni rabia normal.
Era físico.
Una oleada caliente que se extendió por mis costillas.
Me llevé una mano al pecho.
—Amber...
Alguien dejó de reír.
El calor bajó por mi espalda.
Subió por el cuello.
La piel me ardía.
—¿Qué me pasa?
Alex me soltó.
Di un paso hacia atrás.
La respiración me salía demasiado rápido.
El aire de la playa estaba frío, pero yo sentía sudor acumulándose debajo del pelo.
Otro latido.
Otro.
Demasiado fuerte.
Me doblé.
—Joder...
Los dedos me dolieron.
Miré mis manos.
Las uñas parecían distintas.
No.
No parecían.
Estaban creciendo.
Sophie bajó el teléfono.
—Amber...
Un ruido salió de mi garganta.
Grave.
No había intentado hacerlo.
Todos se quedaron quietos.
Yo también.
—¿Qué...?
El siguiente dolor me atravesó la espalda.
Grité.
Caí de rodillas sobre la arena.
Sentí un crujido dentro de mi hombro.
Después otro en la cadera.
No podía respirar.
No podía pensar.
Solo podía escuchar una cosa.
Una voz que no era la mía.
Una voz que llevaba dieciocho años esperando.
Déjame salir.
La mirada de Will cambió.No perdió la ternura ni se convirtió en el Alfa dominante que tantas veces utilizaba su cuerpo para encerrarme contra una pared. Lo que apareció en sus ojos fue algo mucho más profundo: una necesidad contenida durante tanto tiempo que verlo dejar de luchar contra ella hizo que todos mis músculos se tensaran.—Necesito que estés segura —dijo.Su voz sonó grave, pero no había una orden en ella.Acaricié su nuca y sentí la humedad de su cabello entre los dedos.—Llevo semanas deseándote. He intentado culpar a Cleo, al vínculo y a cualquier cosa que me permitiera fingir que esto no era decisión mía. Pero lo es. Quiero estar contigo y no quiero que vuelvas a detenerte porque creas que me estás protegiendo de lo que siento.Will cerró los ojos. Su frente quedó apoyada contra la mía mientras tomaba aire.—Si algo te duele o cambias de opinión, me lo dices. No tienes que soportar nada para demostrarme que me deseas.—Te lo diré.—Prométemelo, Amber.La preocupación q
Nuestra casa.Dos palabras.Amber las había pronunciado con naturalidad, quizá sin comprender que acababa de colocar en mis manos todo lo que llevaba meses temiendo desear.Mi lobo golpeó contra mi pecho, impaciente por reclamar aquel lugar, a la mujer que continuaba abrazada a nosotros y cada segundo de su futuro. Tuve que recordarle que no nos pertenecía ninguno de ellos.Ella había elegido quedarse esa noche.Eso era suficiente.—Voy a buscar leña para la chimenea del dormitorio —dije, porque necesitaba unos minutos para recuperar el control.Amber se separó de mí. La camiseta negra que le había prestado se había desplazado hacia un lado y dejaba descubierto uno de sus hombros. El impulso de inclinarme y recorrer aquella piel con la boca fue tan intenso que tuve que cerrar las manos.—¿No hay leña arriba?—La terminé la última vez que vine.Sus ojos se estrecharon.—¿Sueles traer chicas aquí?La pregunta llevaba humor, pero su olor cambió. Una nota amarga se mezcló con su deseo.Ce
La palabra se quedó suspendida entre nosotros.Nuestra.Will no la había pronunciado como una promesa que yo debiera cumplir ni como una decisión tomada sin consultarme. La había dejado allí, sobre su palma abierta, con el mismo cuidado con el que me ofrecía su mano cada vez que recordaba que acompañarme no significaba arrastrarme.Aun así, el corazón me latía con tanta fuerza que sentía cada golpe en la base de la garganta.—¿Qué significa exactamente «nuestra»? —pregunté—. Porque en tu familia esa palabra podría significar desde una casa para pasar los fines de semana hasta una residencia real con cincuenta guardias escondidos entre los árboles.Will inclinó la cabeza hacia la ventana.—Cole está fuera, pero no creo que cuente como cincuenta.—Depende de lo pesado que se ponga.La sonrisa que apareció en sus labios desapareció enseguida. Seguía mirándome como si mi siguiente frase pudiera derribar las paredes.Me acerqué al fuego y extendí las manos hacia el calor. La camiseta que m
Will mantuvo la mano extendida al otro lado de la verja, esperando sin intentar convencerme.La luz que se filtraba entre los árboles no parecía proceder del palacio. Era demasiado cálida y discreta, una claridad dorada que aparecía y desaparecía cuando las ramas se movían con el viento. Desde donde estaba solo distinguía un sendero de piedra cubierto parcialmente por los helechos.—¿Cuánto falta? —pregunté, consciente de la ropa mojada pegada a mis piernas.—Dos minutos, quizá tres. Aunque podemos volver si estás cansada.Su tono era tranquilo, pero había algo extraño en su olor. No era miedo como el que había sentido cuando apareció la plata en mi dormitorio. Tampoco deseo, aunque este continuaba presente bajo el aroma de las almendras y las cerezas. Era una mezcla de nervios e ilusión tan poco habitual en él que me hizo olvidar durante un instante el frío.El futuro Rey Alfa estaba nervioso.Y yo necesitaba saber por qué.Puse la mano sobre la suya y crucé la verja.—Después de met












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