INICIAR SESIÓNMe sentía mal. La cabeza me daba vueltas, sudaba y no respiraba bien, me ahogaba y la garganta se me había hecho un nudo asfixiante. Quería despertar pero tampoco podía. No tenía una pesadilla sino lo que sentía era mucha angustia y aflicción. Tiraba puñetes a la cama una y otra vez y pataleaba como si me estuviera peleando con alguien. un viento fuerte se colaba por las ventanas entreabiertas, haciendo trepidar los vidrios. Afuera el céfiro alocado rebotaba en los árboles con violencia y escuchaba su silbo inclemente como un horripilante aserradero que no dejaba de atormentarme y hacerme sentir mal y afiebrada.
Era la primera vez que sentía eso. Jamás me había ocurrido. Nunca tuve insomnio, resultaba raro que tuviera pesadillas y siempre dormía bien y era, además, lo que más me gustaba, estar metida debajo de los edredones, hecha un ovillo, disfrutando de mis almohadas. Lo peor es que no podía despertar. Algo me atenazaba a la cama, me encadenaba a estar allí. Por eso daba puñetazos y patadas porque no podía zafarme. Trataba de escapar , correr, huir de ese tormento que se había convertido la cama, sin embargo no podía, seguía atada a esa mazmorra que me provocaba mucho tormento y pavor. Lentamente se fue aplacando el miedo y la angustia, mi cuerpo se relajó paulatinamente y mis manos y pies dejaron de seguir peleando, aceptando las ataduras. Mi cabeza fue perdiendo peso y se hundió en las almohadas. Mi corazón desaceleró su ímpetu y fue latiendo menos de prisa, más sereno y mis brazos cayeron como plomos sobre el colchón, inertes, incluso, igual a troncos recién derribados. Y me sentí sensual, sexy y muy femenina. Me gustó esa sensación. Mordí mi lengua incluso, extasiada y excitada. Frotaba mis muslos con cadencia y había un gran fuego en mis entrañas, revoloteando y quemándome. Qué agradable era eso, sentir las llamas alzándose por todo mi humanidad, chisporroteando por mis poros y haciéndome, incluso gemir y sollozar. De pronto yo ya era una gran antorcha, ansiosa que un hombre me haga suya. Entonces crujieron los peldaños de la escalera. Lo escuché clarito. Desorbité los ojos y me levanté aterrada. Otra vez se desató la angustia y el miedo y me puse a temblar. Mis pelos se erizaron y mi corazón, de nuevo, se alteró y volvió a rebotar frenético en las paredes de mi busto. -¡¿Quién anda allí?!-, alcé la voz, entonces. El viento seguía rebotando en los árboles y los vidrios de las ventanas, silbaba aún más insolente y la noche estaba demasiado oscura y tétrica. Calcé mis babuchas, me amarré la bata y tomé un zapato con taco aguja número catorce, capaz de romperle la cabeza a cualquier intruso. Fui de puntitas por el pasadizo donde estaba mi cuarto y me agazapé para ver la escalera. Apenas podía ver por la oscuridad. Todo estaba turbio y tupido y hasta me parecía que había neblina pero no vi nada. Todo estaba quieto. Igual bajé hasta la cocina. Cerré bien las ventanas para que el viento no siguiera azotando los vidrios y me serví agua fresca. Vi el reloj grande que estaba colgado junto al refrigerador: las 2 y 45 de la mañana. -Ay, una pesadilla-, dije. Aseguré bien las puertas, revisé el desván, el cuarto de visitas, los aparadores y el ropero. Todo estaba bien. Soplé mi fastidio y me fui a dormir otra vez. Me metí a la cama y arreglé mis pelos. -Cuando estaba en lo mejor de mi sueño, me desperté-, me molesté, recordando esa repentina excitación que tuve. Ya estaba durmiendo otra vez, cuando escuché algo, como una desafinada melodía que rebotaba a lo lejos. Arrugué mi naricita tratando de identificar lo que estaba escuchando, muy distante, como si fuera un eco extraviado en medio del silbo del viento. Aguzando mis sentidos identifiqué algo. "Dime que soy tu amor/ mírame/ bésame/ y abrígate en mis brazos/ Dime que me amas/ tómame/ entrégate/ y prende luces en tu mirada" ¡¡¡Sí!!! era una canción, claro, y yo la había escuchado mucho antes, tanto que la tenía grabada dentro de mi cabeza. Me sobresalté bastante. Parpadeé aterrada y me envolví en los edredones temblando de pánico, incluso llorando como una chiquilina. Me levanté temprano, apenas despuntó la mañana. Había salido un sol fuerte y la casa estaba muy iluminada. Piaban los pájaros, haciendo mucho alboroto, y pasaban una y otra vez los carros. Había mucha gente yendo y viniendo por las calles y ladraban los perros. Me di una buena ducha, porque aún me sentía afligida, desconcertada y confundida. Luego me puse mi ropa interior, un jean, zapatillas y una camiseta blanca sin mangas. Bajé a la cocina a buscar mi monedero para ir a comprar el pan y cuando pasé por el comedor vi una taza en la mesa y la azucarera destapada, una cuchara estaba regada junto a una servilleta arrugada. Qué raro. Estaba segura que antes de acostarme había lavado y guardado todo, ¿de dónde salió esa taza? La levanté y la olí. Alguien había tomado café, muy negro incluso. ¡¡¡A mí no me gusta el café!!!! Pensé, riéndome, que necesitaba, entonces, hacerme un tratamiento psiquiátrico, cuánto antes. Había una larga cola para comprar el pan. Me puse en la fila, restregando ms pelos, aún húmedos, cuando alguien me pasó la voz. -¡Patricia!, ¿cómo has estado? Tiempo que no te veía-, me dijo. Era Felipe, un amigo de Rudolph, infaltable en las fiestas y cuando iban juntos al fútbol, a ver a su equipo preferido. Me miró con cariño. -Las cosas son diferentes sin Rudolph-, sopló él su desaliento. -Lo extraño a gritos-, reconocí, juntando los dientes. -Me imagino, nos divertíamos mucho-, dijo Felipe. -¿Sigues yendo al fútbol, entonces?-, le pregunté. -Sin Rudolph no es lo mismo, lo extraño mucho, éramos muy amigos, siempre andábamos juntos-, alzó él la mirada extraviándola por el parque contiguo a la panadería. -Para mí también ha sido difícil acostumbrarme a sus risotadas-, acepté. -Sí, se reía de cualquier cosa, tú lo haces reír mucho-, me miró entre irónico y divertido. -En realidad se reía de cualquier cosa. Recuerdo que en la playa estábamos mirando a un cangrejo amenazándonos con sus tenazas y le dije, "ese cangrejo sería un buen peluquero" y mi marido reventó en carcajadas, tanto que estremeció todo el litoral-, le conté. Felipe estalló en risotadas. -Ja ja ja, un cangrejo peluquero, por sus tenazas, ja ja ja-, no dejaba de reírse. Las otras personas que estaban en la fila, también se reían. -¿Están bien tu esposa y tus hijos?-, le pregunté. -Sí, Patricia, todos bien, y veo que tú estás siempre muy hermosa-, me halagó. Compré seis panes chapata y mantequilla. Él adquirió diez toletes y medio kilo de huevos. Nos fuimos caminando hacia el barrio, recordando las locuras de Rudolph y sus extrañas manías como usar lentes sin ser miope, llevar una pipa en la boca cuando no sabía fumar o usar siempre medias verdes. Jamás las tuvo de otro color y las que yo le regalaba de otras coloraciones, las guardaba en un gran cajón. Allí aún están, como cien pares. -Ahhhh y no te olvides de ese rock que tanto le gustaba-, me hizo acordar. -Ay, la cantaba hasta dormido-, le dije. -¿Cómo era?-, estiró su sonrisa. Empezó a tararearla, chaqueando los dedos y tamborileando un pie en el piso. -"Dime que soy tu amor/ mírame/ bésame/ y abrígate en mis brazos"-, fue entonando muy desabrido tanto que me dio mucha risa Sin embargo, ¡plop!, de repente, quedé muda, estática, petrificada, perpleja y sin reacción, boquiabierta y entumecida, empalidecida y con los ojos desorbitados. -Esa canción...-, balbuceé hecha una idiota. -Claro, claro, claro, ya me acordé bien, -"Dime que me amas/ tómame/ entrégate/ y prende luces en tu mirada"-, seguía cantando Felipe, sin entender nada, disfrutando de sus recuerdos, navegando en el pasado, reencontrándose con el amigo que tanto extrañaba. Nos despedimos y entré a la casa desconcertada, ahora más pálida, parpadeando y mi corazón rebotando frenético en el pecho. Yo había escuchado esa canción clarito en la noche, con el viento golpeando los árboles y las ventanas. Era la misma que le encantaba tanto a Rudolph y que me la cantada a cada momento, una y otra vez. Dejé el pan en la mesa y fui de prisa a la cocina. La taza que encontré en la mesa del comedor, estaba, ya, en el escurridor, después de haberla lavado. La alcé y la miré ensimismada y con los pelos en punta. ¡¡¡¡Es la taza de Rudolph!!!! ¡¡¡Su preferida!!! ¡¡¡Yo se la había comprado en uno de sus cumpleaños!!! Allí él tomaba siempre café muy negro. -Eso altera los nervios-, le decía yo, cuando tomábamos un lonche en las tardes. Yo prefería leche o simplemente manzanilla filtrante. -Al contrario, el café tiene muchas propiedad, me hace más oso grrrrrrr-, me decía, entonces, besándome con embeleso, disfrutando del deífico vino de mis labios. Puse las manos en mi boca y desorbité aún más mis ojos. -¡¡¡Rudolph!!!-, grité entonces, aterrada.Celebramos el quinceañero de Alondra y Patricia en una gran fiesta que hicimos en la casa a la par, por supuesto, del cumpleaños de Rudolph Jr. En realidad, me sentí más aliviada, porque percibía que los niños se hacían ya grandes y serían capaces de enfrentar las vicisitudes de la vida. Mi amiga Alondra también hizo una gran fiesta para su hijita mayor, Patricia. -Hace poco recién habíamos dado a luz y ahora ya estamos muy viejas, je je je-, le dije, brindando con Alondra con champán. -Es la ley de la vida, Patricia-, me abrazó ella muy emocionada. Y esa noche le volví a decir a Rudolph, muy convencida y resoluta. -Créeme mi amor, yo no lo hubiera logrado sin ti, aún seas un fantasma y que tan solo te vea yo. Tú has estado siempre allí, conmigo, como la columna principal de mi vida-, le confesé haciendo correr mis lágrimas de los ojos. -Tú lo has logrado sola, Patricia, los niños son tu hechura-, me recalcó y nos sumergimos nuevamente en miles de besos y caricias.EPÍGOLO
Los niños saltaban, brincaban y jugaban emocionados. Era como si ellos supieran que su padre estaba allí conmigo, que estaba a mi lado, abrazándome, riendo de mis historias, y eso los volvía una fiesta, muy efusivos y súper alegres. -Tus hijos te sienten, Rudolph, saben que tú estás allí y que los apoyas, aunque sea a la distancia-, le dije esa noche que nos besábamos muy acaramelados. -Es que tú eres mis ojos, mi amor, mi voz, mi aliento-, decía él encantado, acariciando mis brazos, saboreando mi boca, con su enorme cuerpo, tan áspero y velludo, frotando mi piel lozana y tibia que a él le encandilaba y hacía arder en mucho fuego. La emoción más grande para mi marido y para mí fue el primer día de clases en el colegio de los trillizos. Toda esa semana fue de intenso ajetreo comprando sus mandilitos, mochilitas, cuadernos y lapicitos. A Patricia y a Alondra les hice una trencitas muy lindas y a Rudolph Junior le eché la loción preferida de su padre. -Huele muy rico-, se divirt
La agencia recuperó de inmediato su vigencia en los medios publicitarios, los contratos se multiplicaron, hacíamos muchísimos encartes, revistas, trípticos, carteles, videos e inundamos los canales de televisión de cable y abiertos con nuestros avisajes y eso, obvio, nos deparaba muchísimo dinero y satisfacciones. Alondra y yo estábamos encantadas y ampliamos el negocio incluso a nuevas agencias en otras ciudades porque no podíamos darnos abasto con tanta demanda. De repente el éxito era abrumador para nosotras. Seguí siendo modelo, además, pese mi múltiple embarazo y las complicaciones del parto. Recuperé rápidamente mi buena forma y figura y me convertí en imagen de muchas marcas que, incluso, se peleaban por conseguirme y lograr que sea el ícono que deseaban para promocionar sus productos. No solo en línea de ropa o lencería, sino también clubes de fútbol, galerías comerciales, tiendas y hasta súper mercados, todos ellos me tenían como su símbolo y eso, obviamente, me hacía sen
Reabrimos la agencia de publicidad a los seis meses exactos, como habíamos acordado con Alondra cuando dimos paso a nuestra ansiada maternidad. Fue emocionante. Hicimos el anuncio incluso por televisión y los clientes nos mandaron muchísimos regalos, empresas grandes con las que habíamos trabajado, igualmente enviaron presentes y arreglos florales y los modelos también, incluso nos hicieron una fiesta con muchos tragos y bocaditos en nuestro hall que quedó muy chico ante tantos invitados. Nos divertimos mucho hasta altas horas de la noche. Rápidamente recuperamos la rutina y teníamos, además, nuevos prospectos en cartera, con empresarios muy interesados en la publicidad y como habíamos hecho fama, querían nuestros servicios de inmediato ofreciéndonos jugosos y millonarios contratos. De repente estábamos otra vez disfrutando del éxito, aunque eso sí, desplegando mucho trabajo, movilizándonos siempre de una locación a otra, casi sin respiro. Sin embargo, nos dábamos nuestro ti
Me gustaba ver a Rudolph jugando con los bebés. -¿Te van a ver siempre?-, le pregunté esa tarde que les cambiaba sus pañalitos. Él me miraba divertido y le hacía juego a sus hijos practicando muecas y gestos. Ellos reían, se entusiasmaban y querían que él los cargase, estirando sus bracitos impacientes y porfiados. -Solo hasta que empiecen a recordar las cosas, entonces ya no me podrán ver, es lo que creo-, me confesó trastabillando con su aflicción. -¿Y yo?-, alcé mi naricita. -Tú siempre me verás, mi amor-, me dijo, y me dio un gran besote en la boca. Primero le cambié sus pañalitos a una de las niñas la levanté y se la puse en los brazos de Rudolph. -Ella es Alondra, es la más chillona-, le dije mordiendo mi lengua. Él la tomó con mucho cuidado chasqueando la boca, haciéndole mimos y la bebé pasó sus deditos por los labios de su padre, encantada y contenta. Luego preparé a Rudolph Junior e hicimos el intercambio. y mientras acostaba en su cunita a Alondra, mi marido j
En efecto, Judith me acompañó una semana en la casa, atenta a todos las necesidades de mis bebés, muy hacendosa, precavida y ordenada y disciplinada. Rudolph no se fue de mi lado, pese a que ella estaba en la casa, incluso dormíamos juntos, pero no hacíamos el amor, porque, como les conté, la cama de Judith estaba cerca a la mía je je je. Mi marido me contaba chistes y yo trataba de no reírme pero me era imposible. -El colmo de un bombero es que le corten el agua por no pagar ja ja ja-, decía él y por más esfuerzo que hacía estallaba en carcajadas, sorprendiendo y asustando a la secretaria de Brown que se alzaba incrédula y boquiabierta viéndome reír como una loca. Me bañaba junto a Rudolph, riéndonos, besándonos, dándonos muchas caricias. Judith, creo, se convenció finalmente de que me faltaba un tornillo, porque yo me reía a carcajadas con las lamidas que me daba mi marido a los pechos y eso me estremecía hasta el delirio, y ella movía la cabeza como diciendo, "pobre loca" je







