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Bajo la Seda de la Noche

Autor: Marchu.14
last update Fecha de publicación: 2025-06-02 12:08:09

La fiesta finalmente llegó a su fin. Los últimos invitados se retiraban del salón, dejando tras de sí el eco de risas apagadas y copas entrechocando. Enzo, Amatista, Isis y Rita salieron juntos hacia el auto que los esperaba en la entrada. La noche estaba fresca, y el silencio del ambiente contrastaba con el bullicio de la velada.

Enzo sintió una punzada en el hombro, la herida de Albertina comenzaba a recordarle su presencia. Llevó una mano al lugar, disimulando el dolor. Amatista, siempre ate
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  • Mi objeto mas deseado   Un Nuevo Amanecer

    Cinco años. El tiempo, que una vez fue un látigo de angustia, se había transformado en el más gentil de los ríos, tallando suaves recuerdos en la tierra fértil de sus vidas. La Mansión del Campo no era ya un refugio, sino el corazón mismo de su universo, un lugar donde cada grieta de sus almas había sido sellada con amor y paciencia.El amanecer en las colinas era un espectáculo que nunca dejaba de conmover. Los primeros rayos del sol doraban la bruma que se aferraba a la superficie del lago y pintaban de color los robustos muros de la casa. En el jardín, el rocío brillaba como diamantes sobre el césped, y el aire, limpio y vibrante, llevaba el aroma de la tierra húmeda y los pinos.Enzo Bourth, de pie en la amplia terraza de piedra, respiró ese aire profundamente. En su mano sostenía una taza de café humeante, pero su atención estaba completamente capturada por la escena que se desarrollaba ante él. El jardín era un campo de batalla de risas y carreras.Felipe, ahora con siete años,

  • Mi objeto mas deseado   El Latido de un Nuevo Corazón

    Dos años. Veinticuatro meses que se habían deslizado con una suavidad que antes les hubiera parecido un sueño inalcanzable. En la Mansión del Campo, el tiempo no se medía en guerras o negocios, sino en las estaciones que pintaban los bosques, en los centímetros que crecían los niños y en la paz que se había arraigado tan profundamente que era el latido mismo de la casa.El jardín, ese mismo que había sido testigo de sus primeros pasos titubeantes como familia reconstruida, estaba transformado. No con la opulencia de su primera boda, sino con una belleza silvestre y personal. Guirnaldas de flores campestres —margaritas, lavanda y nomeolvides— colgaban entre los árboles, y los asientos para los pocos invitados eran simples bancos de madera dispuestos en semicírculo frente a un arco adornado con enredaderas. El sol de la tarde bañaba todo con una luz dorada y benévola.Amatista se miró en el espejo de su habitación. No llevaba blanco. El blanco pertenecía a la novia ingenua de hacía cinc

  • Mi objeto mas deseado   La Mansión del Campo

    El aire de la ciudad, incluso filtrado a través del sofisticado sistema del ala este, siempre llevaba una carga sutil de humo y tensión. Un año después de su regreso, y unos meses después de que Enzo traspasara oficialmente el mando, la última y más persistente tos de Felipe les dejó claro que era el momento de la prometida mudanza final. No era una retirada, sino una llegada.La Mansión del Campo no era la opulenta residencia principal de los Bourth. Era algo mejor. Una vasta propiedad heredada, enclavada en las colinas, rodeada de bosques antiguos y con un lago privado. Enzo no se había limitado a trasladarlos allí; la había rediseñado por completo, desde los cimientos, con una sola premisa: paz.La nueva casa era extensa pero de líneas horizontales y cálidas, construida con piedra local y madera, con enormes ventanales que invitaban al exterior a entrar. No había rejas ostentosas, solo una sensación de integración con la naturaleza. Enzo había priorizado los espacios abiertos, las

  • Mi objeto mas deseado   La Decisión del Patriarca

    La sala de juntas del exclusivo club privado era un recinto de madera oscura, cuero envejecido y retratos de hombres severos que parecían observar desde las paredes con desaprobación eterna. El aire, normalmente cargado de humo de puro y la tensión silenciosa de las grandes apuestas, hoy estaba quieto, expectante. Los cuatro hombres sentados alrededor de la mesa de caoba —Mateo, Paolo, Massimo y Emilio— no eran socios cual quiera. Eran los pilares, las extensiones de la voluntad de Enzo Bourth. Y hoy, sentían que la tierra bajo esos pilares se estaba moviendo.Enzo entró sin ruido. No llevaba la habitual chaqueta de diseño, sino un traje oscuro y sencillo. Su presencia, sin embargo, llenó la habitación con la misma intensidad de siempre. Se sentó a la cabecera de la mesa, sus manos sobre la superficie pulida, y los miró uno por uno. No había ira en su rostro, ni la impaciencia feroz que a menudo mostraba. Había una calma resuelta, casi serena, que de alguna manera era más inquietante.

  • Mi objeto mas deseado   La Sombra del Pasado

    La paz dentro del ala este de la Mansión Bourth era una burbuja dorada, pero las burbujas, por naturaleza, son frágiles. La noticia del regreso de Amatista y, sobre todo, la revelación de la existencia de un heredero varón cuya salud era un secreto a voces, no pudieron contenerse por mucho tiempo en un mundo donde la información era una mercancía tan valiosa como la cocaína o las armas.El primer indicio de la tormenta que se cernía sobre ellos fue la llamada de Mateo. Enzo estaba en el jardín interior, ayudando a Amatista con los ejercicios respiratorios de Felipe, una escena doméstica que se había vuelto preciosa y rutinaria. El tono de su teléfono, un zumbido discreto pero insistente, cortó el momento. Al ver la identificación, su expresión se endureció ligeramente.—Déjenme atender esto —dijo, llevándose el dispositivo a la oreja y alejándose hacia el interior—. Dime, Mateo.La voz al otro lado era calmada, pero la urgencia era palpable.—Enzo. Tenemos un problema. Varios problema

  • Mi objeto mas deseado   El Regreso a la Mansión Bourth

    Las semanas en la casa del lago habían tejido una frágil pero resistente red de normalidad. Los días se estructuraron alrededor de las terapias de Felipe, los juegos de Abraham y Renata en el jardín, y las comidas compartidas donde la tensión inicial había dado paso a conversaciones tranquilas. Enzo aprendió a cambiar pañales con la misma precisión estratégica con la que una vez dirigió sus negocios, y Amatista comenzó a anticipar sus gestos, a comprender el lenguaje silencioso de sus miradas. No era el amor apasionado de sus sueños, pero era una confianza cómoda, una asociación centrada en el bienestar de sus hijos.Fue en una de esas cenas tranquilas cuando Enzo, observando a Felipe reír en el regazo de Amatista, tomó la palabra.—Es hora de ir a casa —dijo, su voz era calmada, pero cargada de significado.Amatista lo miró, una sombra de la vieja aprensión cruzando su rostro. "Casa" para ella seguía siendo un concepto abstracto y aterrador.—No será como antes, Gatita —se apresuró a

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